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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1984

Democracia: realidad e ideal


Hemos hablado, hasta aquí, del estado democrático. Y, ¿qué es la democracia? ¿Cuáles son sus orígenes y sus características?

Pocos términos en el lenguaje político, así científico como vulgar, resultan tan proteicos y difíciles de precisar como el de democracia. Y no porque no se le tenga perfectamente determinado en la historia política, la ciencia política y el derecho político, sino porque se le emplea en contextos muy distintos y hasta contradictorios o bien con significados diferentes. Se habla, por ejemplo, de democracia parlamentaria en un estado tan respetuoso de las leyes y libertades como Inglaterra; y se habla de democracias populares en países de estructura totalitaria en los que no existe más que un solo partido, el comunista, que impone su voluntad sobre la sociedad estatal. Se llega a hablar, incluso, de una República Democrática Alemana, contraponiéndola a la República Federal de Alemania, cuando es perfectamente sabido que es un estado satélite de la URSS en el que no hay más que una ideología, la marxista-leninista, y un solo partido dominante, el comunista. Y así en otros casos semejantes.

Por otro lado, el vocablo democracia se emplea lo mismo para denominar la realidad de la forma de gobierno de un pueblo, en el terreno sociológico y en el jurídico, que el ideal filosófico-político al que deben tender las sociedades civilizadas, como expresión del mejor régimen político. En este último sentido, se habla de un significado "eulogístico"de la democracia, o sea, como lo que debe ser, como lo óptimo.

Aquí nos vamos a referir a la democracia en sus dos sentidos, como ser y deber ser, como forma de gobierno y como estilo de vida. La democracia, referida a la vida política de los pueblos, es aquella forma o manera de gobernara la sociedad en la cual el poder proviene del pueblo y se ejercita a nombre del pueblo y para beneficio de éste. Podemos recordar aquí la célebre definición de Abraham Lincoln en su discurso de Gettysburgh: "Ia democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". Podrá adoptar diversos procedimientos para conseguir su fin pero, en el fondo, la democracia está siempre vinculada con el pueblo, como su origen y destino. Así concebida y definida, la democracia se opone radicalmente a cualquier forma de autocracia, en la cual el gobierno está en manos de un hombre o de un grupo, del cual emanan las decisiones de poder y las normas jurídicas que rigen al país. El pueblo, en este caso, queda marginado, y sólo es tomado en cuenta para fines publicitarios.

Desde muy antiguo, la humanidad ha conocido las formas autocráticas de gobierno. Son, por así decirlo, como las organizaciones que corresponden a la infancia de los pueblos, en la cual éstos no tienen capacidad para gobernarse y necesitan que alguna persona o grupo los conduzca. Así lo muestra la historia en los pueblos del antiguo Oriente yen los pueblos primitivos de América y otros continentes. La democracia, en cambio, aun cuando tiene también raíces antiguas, aparece más tarde en la evolución de los pueblos. Se presenta en los periodosde mayor madurez en la historia de las civilizaciones, cuando las sociedades tienen mayor conciencia de sus derechos y posibilidades, y los hombres sienten que pueden decidir por sí mismos de sus propios destinos. Esto ocurrió, por ejemplo, en la civilización mediterránea de la antigüedad, en Atenas, después de las guerras médicas, cuando floreció de una manera espléndida la cultura material y espiritual en el siglo de Pericles. Y volvió a ocurrir en Roma, después del triunfo sobre los cartagineses, cuando prosperaron las instituciones republicanas y, mediante la armonía y la colaboración entre el senado y el pueblo, llegaron los romanos a dominar al mundo. Fueron épocas de madurez, en la que los pueblos llegaron a la autoconciencia y a la autodecisión.

Y esto pone de relieve ante nuestros ojos que la democracia llega y se mantiene cuando los hombres se dan cuenta de sus responsabilidades y de sus derechos, y están dispuestos a luchar por ellos. Cuando saben y sienten que para ser libres deben estar constantemente alertas para evitar que hombres y grupos ambiciosos se adueñen del poder y los esclavicen. Si los ánimos se reblandecen y la vigilancia se afloja, la democracia decae y surgen de nuevo las formas autocráticas. Esto sucedió en el mundo antiguo, cuando Grecia perdió su independencia y cuando Roma, abandonadas las prácticas republicanas, cayó en el absolutismo imperial.

En la edad media, la democracia vivió larvada, en los largos siglos de lucha contra las invasiones y el desmembramiento del poder político. Pero cuando la situación se fue estabilizándo y comenzaron a desarrollarse las ciudades, con su comercio, su industria artesanal y sus universidades, volvieron a aparecer las instituciones democráticas, bajo la forma de parlamentos, cortes, fueros, procesos judiciales y, sobre todo, de ayuntamientos, como primera forma de enlace entre el pueblo y el gobierno. Aparecieron también las primeras declaraciones de derechos contra el absolutismo regio. Testimonio de ello son los documentos que,aún existen en los archivos y museos y los magníficos edificios municipales que aún se ven en muchas ciudades de Europa.

La incipiente. democracia medieval --de la cual había todavía tantos vestigios en la España renacentista-- decayó, por desgracia, a mediados del siglo XVI, cuando los reyes absolutos fueron consolidando su poder en los grandes países europeos como Inglaterra, Francia y España. Volvieron los pueblos a quedar dominados por los monarcas y a pasar a un lugar secundario y pasivo en la vida política. Fue necesaria una larga lucha para que, lentamente, ocuparan de nuevo su lugar de protagonista principal en el ejercicio del poder político. Y eso sólo se logró a base de grandes revoluciones: la inglesa del siglo XVII, la de independencia norteamericana del siglo XVIII y la revolución francesa de 1789. A principios del siglo XIX el ideal democrático fue abriéndose paso con mayor decisión en los países del mundo occidental. Y también en los de América, recientemente independizados de sus metrópolis. No fue fácil el proceso de democratización. Tuvo que luchar contra la persistencia de las ideas absolutistas y de las desigualdades provenientes de los privilegios de ciertas clases sociales. Hubo necesidad de ir perfeccionando las prácticas electorales para eliminar los residuos de viejas tradiciones para poder llegar a un sufragio verdaderamente universal y sin restricciones. Hacia fines del siglo pasado y comienzos del XX, en casi todos los países civilizados del mundo se admitía, al menos, una democracia política formal, rodeada de todo el aparato de protección del estado liberal de derecho.

Las fuertes convulsiones mundiales del siglo XX, de carácter político y económico, y también ideológico, que desembocaron en las dos grandes guerras, tuvieron un recio impacto en la vida democrática de los pueblos. En muchos de ellos la democracia entró en crisis y las formas autocráticas volvieron a ganar terreno. Ya sea bajo el aspecto del fascismo militarista o bajo la del comunismo totalitario, las prácticas antidemocráticas se fueron imponiendo y la libertad política se fue apagando.

En los tiempos que corren, el mundo se ha ido dividiendo cada vez más en países democráticos y países autocráticos. Las formas de realización son muy variadas y hay numerosos matices que marcan, a veces, hondas diferencias. Hay países que mantienen sus viejas formas democráticas, como Inglaterra, Francia y Estados Unidos; otros que conservan una democracia formal, al menos en el texto de sus leyes fundamentales; y otros que abiertamente adoptan el modelo de socialismo autoritario (o comunismo totalitario, como debería mejor llamársele) forjado por la U RSS e impuesto a sus países satélites, tanto en Europa como en América y otros continentes.

En la prensa y en otros medios de comunicación social, así como también en conferencias y cursos universitarios, se habla de países del primer mundo y del tercer mundo (generalmente sin mencionar los del segundo mundo); de países alineados y no alineados; de países del este y del oeste, del norte y del sur. Y al hablar así se incurre en grandes ambigüedades, porque se manejan --sin aclararlos-- criterios muy diferentes. Unas veces son de carácter económico, otras de carácter político y otras de índole ideológica. En el fondo, y prescindiendo de su grado de desarrollo económico --países industrializados o países subdesarrollados o en vías de desarrollo-- lo que en verdad importa para clasificar a un país es si lleva una vida democrática, al menos en sus niveles mínimos, o si está dominado por una forma autocrática de gobierno.

La democracia genuina lleva siempre el sello de su arraigo popular. Los presupuestos en que se basa se remontan a lo más hondo de una filosofía del hombre y de la sociedad que ve en cada ser humano una persona investida de una dignidad eminente, por su racionalidad y libertad, y con un destino individual, propio e incomunicable. Según esta filosofía antropológica y social, el hombre tiene deberes para con la sociedad en la que vive y está obligado a subordinarse a las exigencias del interés general o bien común, pero también tiene derechos, derivados de su propia naturaleza racional y capaz de autodecisión, que lo colocan por encima de la sociedad. Esta, entonces, en el terreno de los valores supremos de la vida humana, debe servir al hombre en la realización de sus fines existenciales, como un instrumento apto y adecuado. Los fines de la sociedad y sus valores propios no pueden ni deben estar más allá o en un nivel superior, a los de la persona humana. En definitiva, es el hombre, con su razón y libertad, el que predomina y no la sociedad, con todo su instrumental jurídico y político.

Y esto no significa un individualismo a ultranza. Al contrario, el hombre, colocado en el lugar correcto que debe ocuparen la jerarquía de fines y valores, es un sujeto naturalmente sociable y comunitario que tiene fundamentales deberes de solidaridad con sus semejantes y alcanza la plenitud de su ser en sociedad con sus compañeros en la aventura del destino común. De aquí la huella profundamente social de todos sus actos y empresas: de su trabajo, de su familia, de su propiedad, de su educación, de sus actividades económicas, de su participación en la vida política.

Es, pues, un presupuesto básico de la democracia la dignidad de la persona humana, racional y libre. Y con ello el derecho de buscar la verdad a su manera y manifestar sus opiniones libremente, sin más límites que las normas morales y el derecho que tienen los demás. De aquí nace el pluralismo ideológico y la obligación jurídica y moral que tiene el estado de respetar las opiniones de sus agrupados. Un estado que quiera imponer una ideología oficial única a los miembros de su población deja automáticamente de ser democrático para caer en la autocracia.

El pluralismo ideológico supone pluralidad de organizaciones cívico-políticas por medio de las cuales los ciudadanos manifiestan su opinión. Y esas organizaciones deben gozar de igualdad y libertad ante la ley, de tal manera que no haya ninguna que sea más favorecida por el estado que otra. Lo mismo se diga de los medios masivos de comunicación social: prensa, cine, radio, televisión, publicidad.

La democracia verdadera no puede existir sin libertad, igualdad y pluralidad. Y debe estar acompañada por todas las seguridades jurídicas del estado de derecho, que con tanta dificultad se han conquistado a lo largo de los años: una constitución escrita y rígida; un conjunto de derechos públicos subjetivos de los ciudadanos, o garantías individuales, reconocidos por la constitución; una exigencia constitucional de que todos los actos de la administración pública estén regidos por el principio de legalidad; una efectiva separación de poderes que asegure el equilibrio y evite los abusos; una organización electoral que permita la efectiva libertad de sufragio; un respeto al pluralismo ideológico y a la diversidad de grupos de opinión y depresión; y un conjuto de recursos jurisdiccionales y administrativos para corregir los excesos y abusos del poder público. Pueden llegar, en algunos países, hasta el juicio constitucional o juicio de amparo, como en México.

Tales son los presupuestos de toda democracia constitucional en nuestros tiempos. De aquí se derivan sus postulados, sus exigencias. La democracia, para existir y mantenerse operante, pide un reconocimiento constante del principio de que la soberanía del estado se origina en el pueblo y se ha de ejercitar en beneficio de éste. O sea, que se distinga con claridad, en el binomio estado-sociedad, lo que pertenece a cada uno y la continua interpenetración entre ambos. La consecuencia de esto es la diferenciación entre la simple legalidad yla legitimidad de los actos del poder público. No basta con que se ajusten a las leyes positivas. Es necesario que reciban el constante refrendo de la voluntad popular.

Otro postulado es el del respeto de los derechos públicos subjetivos de los ciudadanos, en toda su amplia gama. Y especialmente el derecho de manifestar la propia opinión con toda libertad y el de disentir de las opiniones y procedimientos del gobierno. Sin ello, el estado sería absolutista y opresor. Y con esto vendría aparejado también el derecho a participar en los diversos organismos que de un modo u otro ejercitan la autoridad en la comunidad estatal.

Los presupuestos y postulados de la democracia son los caracteres que configuran su fisonomía y nos permiten reconocerla. Donde los encontramos, allí hay democracia; donde no, allí no hay democracia, aun cuando formalmente las leyes del país la establezcan.

El régimen democrático viene siendo así no sólo una forma de gobierno, sino todo un estilo de vida política y social. Es el estilo de vida que corrresponde a la madurez de un pueblo que decide sus destinos con plena libertad, responsabilidad: y conocimiento de causa. Es una manera de vivir y de comportarse que afecta prácticamente a todas las actividades que se llevan a cabo en la convivencia humana, desde la educación de la niñez hasta los actos más trascendentes del hombre adulto. Corresponde, en la actualidad, a ese régimen mixto en el que los políticos de otros tiempos querían encontrar la forma ideal de gobierno, gracias al equilibrio de los elementos monárquicos, aristocráticos y democráticos.

Pero la democracia, desde sus comienzos, no ha carecido de riesgos y desviaciones. Ya los grandes filósofos griegos de la antigüedad, Platón y Aristóteles, entre ellos, señalaban los peligros de que el gobierno popular, rectamente encaminado a la realización del bien común, pudiera degenerar en ungobierno de masas, de multitudes, en el que la voluntad popular pudiera ser falseada por los demagogos; y en el que, por lo tanto, el bien común quedara sustituido por el bien particular de los jefes populares. Y la experiencia histórica ha demostrado que así ha sucedido en muchas ocasiones en la vida de los pueblos. La democracia, mal entendida y practicada, ha conducido a la tiranía de un hombre o de un partido que, levantando la bandera de los derechos populares, ha cambiado los genuinos intereses de los individuos y de los grupos sociales por el interés propio, lleno de codicias y ambiciones.

De la democracia como ideal se ha pasado a una demagogia real. Y esa ha sido, por desgracia, la triste historia de muchos pueblos, especialmente aquellos que por su juventud y su falta de preparación cívica no han sabido o podido llegar a la madurez necesaria para conocer bien los presupuestos y postulados democráticos y defenderlos contra los ataques insidiosos de los enemigos.

Alcanzar la democracia y vivirla plenamente supone un esfuerzo repetido cotidianamente, una lucha continua por la libertad, el derecho y la justicia. Y eso supone un espíritu iluminado, alerta y decidido, que no siempre es fácil alcanzarlo, a nivel de pueblos. Pero es un reto al que vale la pena enfrentarse.


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