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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1984

Los adjetivos de la democracia


La democracia, en cuanto tal, no necesita calificativos. O es, simplemente, o no es. El distinguido historiador mexicano Enrique Krauze escribió un interesante artículo (en la revista Vuelta, del mes de enero de 1984), intitulado "Por una democracia sin adjetivos". El solo título nos habla de la intención del autor. Y el contenido del artículo es extraordinariamente valioso para hacer una apreciación crítica del sistema político mexicano.

No vamos a hacer aquí un examen de ese artículo. Vamos simplemente a tomar pie en el título para explicar que si bien es cierto que la democracia, en sí, no necesita adjetivos, también lo es que en la época contemporánea, sobre todo a partir de la revolución francesa, ha tenido ciertos matices en su realización que permiten calificarla mejor y alcanzar su concepto auténtico. A esos matices nos vamos a referir con el nombre de Ios adjetivos de la democracia".

Hay que distinguir, ante todo, entre la democracia formal y la democracia real. La primera es la que está organizada y funciona según los lineamientos establecidos en los preceptos legales. Sus procedimientos están fijados, en gran parte, por las normas constitucionales, y en otra medida, no menos importante, por las leyes reglamentarias que se derivan de esas normas. En el terreno jurídico esa democracia puede ser muy perfecta y para mejorarla bastará con que se reformen las normas legales. La democracia real, en cambio, es la que existe, de hecho, en el país. La sociología política, mediante sus análisis estructurales y coyunturales, la describe y da a conocer. Nos habla de los grupos de poder que realmente existen e influyen en la vida política; del grado de participación del pueblo en las elecciones y de la medida del abstencionismo electoral; y de los factores que corrompen la pureza del proceso democrático. La historia política viene a corroborar los datos sociológicos y a situarlos en su perspectiva temporal. Por ejemplo, la vida democrática en México durante la presidencia del general Porfirio Díaz.

Fijándonos en su recorrido histórico, especialmente en los dos últimos siglos del desarrollo del mundo occidental, nos encontramos con que la democracia ha sido influida, como es natural, por la filosofía política imperante. Fue, primeramente, la filosofía individualista y liberal del siglo XIX la que la marcó con su huella. La democracia estaba basada en la concepción antropológica de Rousseau y de los enciclopedistas franceses, conforme a la cual la sociedad estaba compuesta de hombres libres e iguales: los ciudadanos, considerados como átomos de la sociedad. Por otra parte, imperaba el ideal de la libertad sin restricciones. Había que evitar las trabas que para el comercio y la industria significaban las sociedades intermedias y dar rienda suelta a las indicaciones del liberalismo económico. Así se originó la democracia individualista y liberal, que, en el fondo, sirvió a los intereses de la naciente clase burguesa.

Esta forma de democracia, con su parlamentarismo peculiar, con su multiplicidad de partidos políticos, con sus interminables discusiones y con su corrupción electoral, fue duramente criticada por los políticos del siglo XX. Después de la primera guerra mundial, algunos de los pueblos europeos más duramente castigados por el conflicto bélico,como Rusia, Alemania e Italia, se orientaron hacia el estado totalitario, después de hacer duros ataques contra la democracia hasta entonces imperante. Otros países, influidos por las ideas nacionalistas y corporativistas que entonces estaban en boga, prefirieron corregir los rumbos de la democracia antes que caer en el estado totalitario. Y así, en Portugal, por los años de 1926 y 1928 llegó al poder el profesor universitario Antonio de Oliveira Salazar, quien instauré, mediante las debidas reformas legales, una nueva forma de estado, el estado corporativo portugués, que era el fruto y la expresión de la llamada "revolución nacional". En este estado, se pretendía instaurar una especial forma de democracia a la que se denominaba "democracia orgánica"o "funcional", basada en el sufragio familiar y corporativo, por medio de la cual se deseaban subsanar los erroresy fallas de la democracia individualista y darle una importancia predominante al elemento comunitario. Se formaba una cámara corporativa al lado del senado.

Por la misma senda se orientó la revolución nacionalista española encabezada por el general Francisco Franco, aunque con sus modalidades propias. Al triunfo de esa revolución en abril de 1939, el régimen franquista fue paulatinamente transformando el régimen político español para convertirlo en una "democracia orgánica", basada también en los grupos fundamentales del la vida social: familias, municipios, sindicatos, organizaciones eclesiásticas. Hacia los últimos años de la dictadura personal de Franco, se dieron leyes para organizarlo que se llamaba. "el Reino", que comprendían las relativas a las Cortes y a los procesos electorales. Se quería dar forma a una nueva democracia en la que, sin intervención de partidos políticos, el pueblo español pudiera participar en la vida política por medio de sus organizaciones naturales.

Los experimentos políticos de Portugal y España buscaron, pues, una nueva forma de democracia que no tuviera los defectos del demoliberalismo, basado en el individuo, aislado, el ciudadano, sino que acercara a los hombres a los organismos en los que naturalmente vive, trabaja y desarrolla su actividad política, o sea, la familia, el sindicato y el municipio. Se instituyó un nuevo modo de sufragio, el sufragio "orgánico", por medio de la cual se llegara a una democracia también "orgánica" o "funcional". Esos ensayos democráticos fueron, sin duda, muy interesantes y en muchos aspectos positivos. Por desgracia nacieron y vivieron al amparo de dictaduras personales --la de Oliveira Salazar, en Portugal; la de Franco, en España-- que al restringir las libertades cívicas y políticas en sus respectivos países fueron repudiadas por el pueblo ysustituidas,a la muerte de los dictadores, por otros regímenes políticos.

La democracia orgánica quedó así en el transfondo de las instituciones políticas en espera de mejores tiempos. Quizá algún día pueda prestar buenos servicios si se le asocia con la libertad política proveniente del pluralismo ideológico de una genuina democracia. La idea organicista, bien entendida, ha seguido inspirando diversos movimientos en la actualidad, en los que se pone de relieve la importancia y necesidad de la solidaridad humana en la vida social y política.

Al terminar la segunda guerra mundial y reorganizarse el mundo de acuerdo con nuevos esquemas jurídico-políticos, la democracia fue adquiriendo también nuevos calificativos. La tradicional democracia individualista y liberal recibió el adjetivo de "clásica" de acuerdo con las normas y patrones a que se habían ajustado los procesos democráticos, desde el siglo XVIII, en Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Y a los estados de los diversos continentes que adoptaron este modelo, al menos formalmente, se les llamó países de "democracia clásica". El esquema era el del viejo estado liberal de derecho, aunque con renovaciones y actualizaciones que imponían las circunstancias. Esas renovaciones iban por la línea de un neoliberalismo reformista, en el que había una mayor intervención del estado en el régimen de la propiedad, del trabaj o y de la distribución de la riqueza.

Una modalidad, dentro de esta democracia clásica, era la del socialismo democrático, adoptado por diversos estados del mundo occidental, como Inglaterra, con el partido laborista y los gobiernos emanados de su triunfo electoral; Alemania Federal y Austria, con sus partidos socialdemócratas; y los países escandinavos, con su régimen político-económico de "bienestar social" (Welfare State). Más recientemente han entrado por este camino Francia, con el triunfo del socialismo de Mitterrand, y España, con el acceso al gobierno del Partido socialista obrero español (PSOE).

Otra calificación de la democracia en los años que siguieron al triunfo de los aliados, fue la de la "democracia cristiana", que tuvo vigencia por un largo periodo en Italia, con el gobierno de Alcide de Gasperi, y en Alemania Federal, con el liderazgo del viejo canciller Konrad Adenauer. A esa democracia, inspirada en la doctrina cívico-política de la iglesia católica, expuesta en las encíclicas de los papas, y especialmente en las alocuciones radiofónicas de Pío XII, se le aplicó también el título de "democracia social", de inspiración cristiana. En este tipo de democracia hay un mayor respeto a la libertad personal y a la iniciativa privada, sin que se deje de reconocerla necesidad de la intervención estatal en los procesos económicos. Pero esa intervención debe estar normada por los principios de solidaridad y subsidiariedad, a fin de evitar cualquier totalitarismo estatal.

Dentro de esta modalidad democrática se ha desarrollado la democracia cristiana en dos países sudamericanos, Chile y Venezuela, con el nombre de democracia comunitaria y también democracia "participativa", Con este último título escribió un magnífico artículo el profesor Lino Rodríguez-Arias Bustamante, de la Universidad de los Andes en Mérida, Venezuela (en la Revista iberoamericana de autogestión " y acción comunal, editada en Madrid y aparecida en el otoño de 1983). Para él, esta especie de democracia participativa habrá de reunir las siguientes notas distintivas: 1) democracia con autoridad, respetuosa de la libertad a la vez que garante efectiva del orden social; 2) democracia eficaz, capaz de enfrentar idóneamente los problemas sociales y administrativos; 3) democracia con dinamismo, ajena al anquilosamiento de las estructuras políticas, abierta al cambio necesario y dispuesta a adoptaren su propio organismo las modificaciones que los tiempos reclaman, para no constituir en sí misma un obstáculo a las soluciones de emergencia.

Se habla, pues, de democracia social, económica, igualitaria, comunitaria, participativa y otros epítetos más. Pero lo importante es que se trata siempre de la democracia. Cuando no existe la democracia, aun cuando se emplee el término para designar al estado o la forma de gobierno, sucede como en los actuales estados de socialismo autoritario, en los cuales ni existe libertad política para los ciudadanos, ni el derecho de disentir de las decisiones gubernamentales o de la ideología oficial, ni la facultad de formar partidos políticos que representen el verdadero sentir popular. Son estados en los que predomina una oligarquía, agrupada en el partido oficial, que no permite oposición alguna. Resulta verdaderamente irónico llamarlos "república democrática" o "república popular", cuando no son más que dictaduras disfrazadas o formas muy claras de absolutismo autocrático.

Hay así multiples adjetivos de la democracia, si se toman en cuenta sus diversas formas de realización. Pero, en el fondo, hay que luchar por una democracia auténtica, por una democracia "sin adjetivos", como dice Krauze. Lo importante es que los pueblos sepan vivir con libertad, dignidad y justicia. Y que sepan defender los valores democráticos contra todos sus enemigos.


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