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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1984

La ciencia o el conocimiento científico


Dos palabras sobre la ciencia o el conocimiento científico. Occidentalmente hablando el conocimiento científico --solidario de la concepción que de la ciencia se tiene-- ha permitido acuñar dos sentidos principales, pero distintos. Uno es el concepto antiguo de ciencia; se le concibe como un proceso inmanente a nosotros mismos. El paradigma de esta concepción lo tenemos Platón. Éste imagina que el alma ha vivido antes de su vida terrestre, en un mundo divino, en donde contempla la realidad verdadera que está constituida por las ideas; en esta primera etapa gozaba de una vida bienaventurada y perfecta en compañía de los dioses; pero luego ha perdido sus alas y ha caído sobre la tierra. A pesar de esta caída experimenta un oscuro deseo de recuperar su estado perfecto y este deseo de perfeccionar su ser se manifiesta a través del conocimiento científico, que es la reminiscencia del mundo de las ideas; de esta forma, el conocimiento, haciéndonos comunicar con el ser, restablece una perfección de la que estábamos privados.

Es imposible dejar de reconocer que Platón nos habla en forma de un mito. Pero resulta igualmente cierto que este mito oculta una profunda verdad. Dentro de esta concepción, el conocimiento científico señala que el alma humana viene a ser como un espejo vacío que refleja los objetos, tal como lo señala, por ejemplo, Spinoza: se trata en el conocimiento, del tránsito de lo confuso a lo claro y distinto; es generador de alegria y perfección, transforma el alma.

Pero, señalaba, existe otra concepción del conocimiento científico: el conocimiento no es un en si mismo, más bienes un medio para dominar las cosas. Saber para poder, sería el lema, tanto de Francis Bacon como de Augusto Comte. Esta concepción ve también en el conocimiento un progreso, pero que es, no tanto un perfeccionamiento interior, cuanto una extensión de nuestro poder sobre las cosas exteriores.

Esto, que está perfectamente claro en los manuales, en las exposiciones que impartimos a nuestros alumnos y que ellos repiten igualmente con claridad, en la realidad no se da con esta nitidez; existen seres humanos que mantienen indistintamente una u otra de estas dos concepciones (a veces inclusive las dos son practicadas por el mismo individuo). Esto dificulta algo más las cosas. Me explico: no obstante que todos nosotros somos herederos de la concepción moderna de ciencia, existen sujetos que sostienen la primera concepción acerca del conocimiento científico. Probablemente hubo sujetos, entre los antiguos, que tenían un conpepto de la ciencia muy parecido al que actualmente, se tiene, utilitario.

Cierto, no todos nosotros --y esto es de extraordinaria importancia-- somos científicos; pero, vivimos en un mundo en mayor o menor grado impregnado de ideas científicas, a veces de ideología científica y, definitivamente, estructurado por la derivación de la ciencia, me refiero a la técnica. No se puede negar que basta abrir los ojos para darnos cuenta que el mundo que habitamos actualmente tiene por todos sus lados la huella del hombre, la huella de la técnica humana.

Que la ciencia y la técnica representan dos actividades estrechamente vinculadas, he aquí una afirmación que no puede seriamente ponerse en duda hoy en día. Indiscutiblemente, la técnica prolonga a la ciencia, encarnando en la realidad más concreta las concepciones científicas, manifestando en gran escala su seriedad, lo bien fundado de sus concepciones y su eficacia. Recíprocamente, los progresos científicos son ampliamente tributarios de los desarrollos técnicos que proporcionan sin cesar todo conjunto de utensilios cada vez más refinados, que hacen posibles experiencias nuevas, análisis más precisos y cálculos más complicados. La suerte de ambas es comun, su crecimiento es necesariamente simultáneo y resulta imposible imaginar hoy una sociedad humana que decida desarrollar una de estas dos actividades dejando vegetar a la otra.

Esta unión en un destino común crea entre científicos y técnicos una solidaridad de hecho; no solamente ellos se encuentran en el seno de numerosos comités que bajo el vocablo de "científico y técnico" les conviene a estudios comunes; de hecho se sienten y han sido considerados como miembros de una misma familia.

Cada una de estas dos concepciones sobre la ciencia, sobre el conocimiento científico, tiene a su favor una serie de características. Por el momento no quiero detenerme a analizarlas todas con detalle. Una característica que la segunda concepción del conocimiento científico primera es la siguiente: una de sus ventajas radica en que su progreso puede separarse con él; el descubrimiento de un procedimiento técnico puede concretarse, en efecto, en el lenguaje, en un escrito, o vaciarse, mejor, en un objeto material; estos descubrimientos pueden sumarse los unos a los otros, condicionando los que preceden a los que siguen; y de esta manera, el progreso resulta colectivo, se puede hablar de un progreso de la humanidad.

Quiero, con las ideas que me están escuchando, que aprecien la visión que de la ciencia puede tener una reflexión filosófica. La filosofía, en todo caso, como yo la concibo, no se ocupa fundamentalmente de transformar las cosas, la realidad; la filosofía no deduce lo que debe ser a partir de lo que existe. Reflexiona sobre lo que existe; veremos algo más adelante cómo y para qué reflexiona, qué logra con esto.

Apreciemos el profundo contraste que existe entre el conocimiento considerado como transformación de nuestro ser y el conocimiento en cuanto acrecentamiento del poder sobre las cosas.

El primero afecta a nuestro fin más íntimo; el segundo, a nuestros medios de acción; el primero es la relación de lo que somos esencialmente, de nuestro destino personal; el segundo, lo que vamos adquiriendo, pero sin que el fin de esta adquisición quede determinado para nada.

Ahora bien, la civilización moderna, sobre todo a partirdel siglo XVI --en materia de ciencia natural-- ha nacido de una atracción cada vez mayor hacia el segundo tipo de conocimiento científico. Gracias a un progreso que acrecienta continuamente nuestro capital mental, los hombres tienen a su disposición medios de acción cada vez más numerosos y potentes. Estos medios están fundamentados en técnicas y conocimientos que sólo unos cuantos, a veces un reducidísimo grupo de personas, poseen y, por consiguiente, por una parte proporcionan a todos los hombres los medios de acción; no les exigen, por otra parte --y esto es muy de destacarseen este momento-- ningún fin.

Esto significa, entre otras cosas, que la ciencia, tal y como es entendida actualmente, no conoce finalidades para el ser humano. Actualmente ya comenzamos a darnos cuenta dónde nos puede llevar tanto, la ciencia como la técnica. Los científicos piensan que en la ciencia está permitido hacer todo cuanto la ciencia puede hacer. No hay ciencia que nos diga qué se hace con la ciencia. Esto, ponderémoslo, es muy alarmante, no hay directrices, finalidades antropológicas que la ciencia se sienta con la obligación de respetar. Simplemente se detiene cuando no puede ir más adelante.

Los mayores pensadores de los siglos XVII al XIX sintieron el espoleo de este ideal de un conocimiento progresivo que asegurara al hombre el imperio del mundo material; este ideal ha sido determinante en sus concepciones del universo y del hombre mismo.

Un brevísimo paréntesis: la filosofía, entre otras cosas, es un admirable esfuerzo por mantener el equilibrio entre los dos tipos de conocimiento de los que vengo hablando y por mostrar que sólo el primero puede dar sentido al segundo. La filosofía --insisto, entre otras cosas-- es una protesta continua del espíritu contra el enrolamiento en la rutina de las técnicas.


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