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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1984

Actitud filosófica


Acabo de señalar que no todos somos científicos pero todos somos hombres. Es fácil apreciar la perogrullada que acabo de pronunciar; las pláticas entre jóvenes nos muestran que, por una parte, los intereses, ideales, proyectos de los seres humanos, en gran medida son diferentes; sin embargo, en otra gran medida son prácticamente iguales. Todos se preparan para lo mismo, para ser hombres de una polis, para vivir como animales racionales. Ahora bien, si la ciencia permite a los que se dedican a ella conocer de manera racional la parcela que han elegido como objeto de estudio, la filosofía permite, no a unos cuantos hombres "explicar y/ o transformar" la realidad estudiada, sino que prepara a todo hombre --a todos los hombres-- para que se realice como el verdadero hombre que deberá ser a lo largo de su vida.

No es, en rigor, absolutamente necesario estudiar académicamente la filosofía para realizarse como hombre; pero es absolutamente indispensable la actitud filosófica ante la realidad, ante los otros y ante uno mismo.

¿Qué es lo que entiendo por una actitud filosófica? Dicho brevemente, la reflexión filosófica, la actitud filosófica que todo ser humano debe tener consiste, más que nada, en un sentido del orden. A lo largo del pensamiento occidental se ha definido al filósofo como el hombre sabio y a la filosofía como la sabiduría.

¿Qué es lo que quiero dar a entender por orden? La filosofía viene a consistir en ordenar todos los otros saberes. Se trata de jerarquizar los saberes científicos, artísticos, históricos, etc.; ubicar a la ciencia en la perspectiva que le es propia es una labor que no hace la ciencia, sino la filosofía. Aparece de inmediato la noción de jerarquía que resulta solidaria de la anterior noción de orden. Es la filosofía la que determina el valor de todas las actividades que realiza el ser humano. Filosofar significa reflexionar sobre la totalidad de lo que nos aparece, con vistas a la última razón y significado. Además, este filosofar, así entendido, es un empeño razonable e incluso necesario, del que no se puede en modo alguno dispensar el hombre que verdaderamente vive en el espíritu; quiero decir con esto último, el hombre que sencillamente piensa.

Observemos con cuidado: las cuestiones filosóficas siempre tienen una "resonancia" humana e interesan al hombre porque es su mismo ser el que se encuentra en juego. De esta manera surgen las interrogantes relativas a la naturaleza y existencia del ser, del mundo, del conocimiento, de la verdad y de la falsedad, de los valores, del bien y del mal, de la norma de conducta y de la responsabilidad, del derecho como de la sanción, etcétera.

Existe además otro punto que merece ser recordado para entender bien el planteamiento del asunto que nos ocupa. Existen algunos pensadores, grandes filósofos sin duda, que se han preguntado qué sentido tiene la filosofía, especialmente para nuestro mundo, y han destacado con razones por demás interesantes, que para hacer filosofía --y en ocasiones para su defensa-- es necesario comprender la "inutilidad" que tiene. Esto en el sentido de que la dignidad filosófica le viene precisa mente del hecho de no ser "un instrumento" que sirva para lograr un fin superior, que no es un puro medio cuya dignidad y sentido se deriven de la meta que permita alcanzar. La filosofía, señalan, tiene toda la nobleza de un fin y en este sentido no sirve para nada; se caracteriza por su inutilidad.

Hoy, cuando el ser humano se siente con tanta frecuencia desamparado a nivel exístencial, es natural que se vuelvan los ojos esperanzados hacia la meditación --entiéndase reflexión-- filosófica para esperar de ella alguna ayuda. Las nuevas generaciones, decepcionadas repetidas veces por las ciencias positivas y las conquistas tecnológicas, vuelven de nuevo su atención a la filosofía solicitando de ella alguna indicación.

Lo anterior resulta aleccionador; en efecto, la filosofía busca las causas más definitivas de lo real, la inteligencia humana tiene un apetito natural de "hacer" filosofía, y es que, por estructura constitutiva, gracias a su inteligencia, el hombre busca saber; y también por estructura constitutiva el hombre anhela conocer las causas últimas de lo que estudia, de lo que le rodea. El hombre es por naturaleza filósofo, lo que de ninguna manera significa que siempre haga buena filosofía. Lo importante es que la filosofía no aparece como el resultado de una diversión o de un pasatiempo, de una curiosidad o de un espíritu ocioso, sino que más bien la filosofía responde a la exigencia de clarividencia que lleva ínsita la inteligencia humana. Por ello se puede afirmar que "somos hombres y por eso naturalmente filosofamos".

Apréciese, de paso, al mismotiempo que se señala en qué consiste la reflexión filosófica, una comparación entre ciencia y reflexión filosófica. Ante el hecho de la muerte de un ser humano el problema no consiste tan sólo en determinar si la causa de la muerte fue un infarto o un cáncer (ciencia positiva) sino en determinar por qué el hombre es mortal (filosofía); o bien, responder al modo como las cámaras legislativas elaboran las leyes positivas (ciencia positiva) deja todavía abierta la cuestión de la determinación de la razón última que, hace necesaria la existencia de tales.leyes (filosofía).

Una aclaración sobre los fines propios de la filosofía, que a veces no son entendidos debidamente. No confundir los fines que tiene la filosofía con los fines que puede tener el sujeto que hace filosofía. Puede ser que ambos fines coincidan o que discrepen. Lo que aquí me interesa que quede claro es determinar el fin al que tiende el saber filosófico. De este modo, podemos ver que un sujeto emplea su saber matemático para obtener dinero y otro recurre a la música para poder dormir, lo que de ninguna manera autoriza a concluir que la finalidad de las matemáticas consista en la obtención de dinero o la de la música sea procurar el sueño.

Para comprender lo anterior es necesario recordar que el concepto de útil se relaciona con el de medio; ambos designan realidades que son amables, que se buscan en razón del término al que conducen y que dan explicación de su apetencia. El medio vale por el fin; lo útil es apetecible por lo que permite alcanzar; no es en este sentido ninguna paradoja afirmar que si todo fuese medio nada sería medio, que si todo fuera útil nada sería útil en verdad. Algo es medio o útil en relación a algo posterior y superior. Y hay realidades que valen precisamente como medios, en tanto que hay otras que poseen la categoría de fines, son valiosos por sí mismos. La filosofía especulativa, en este sentido, no es útil para nada, no se justifica por su ordenación en algo diferente y superior; ella misma se autojustifica, es valiosa por sí misma, es, en otras palabras, un fin, ello constituye su nobleza y dignidad.

Cierto, nuestra época está afectada por una especie de ceguera absoluta con relación a aquello que precisamente por tener el carácter de fin es lo más valioso, como puede ser la importancia del amor humano, el significado de las obras de arte o el mismo sentido que guarda la persona humana. Todas estas realidades, al igual que la filosofía especulativa, se catacterizan por no servir para nada, no son medios sino fines.

¿Se podría decir, por ejemplo, que la ética carece de utilidad? Parecería absurdo sin las consideraciones anteriores. Si algo hay que lamentar en la época en que vivimos es precisamente la ausencia de conocimientos tan necesarios como los de la ética para dar a la conducta humana su cauce adecuado. A un nivel no científico, la ausencia de, la virtud de la prudencia explica en la historia que nos ha tocado vivir una serie de opciones dramáticamente negativas.

Quizá lo único que pudiera devolver al hombre el significado de su ardua existencia, el sentido de sus acciones, la luz de sus desvelos y sacrificios sería una adecuada filosofía moral. Es todo un mundo el que aparece: el de los valores, el del bien, el del amor, el de la ley, el de la responsabilidad, el del bien común, el de la justicia, el de la fortaleza, el de los derechos, etcétera.

El hombre inmerso en el mundo es como un rumiante que pace. Su cabeza inclinada hacia abajo le impide contemplar las estrellas. Pero hay estrellas entre los hombres. Si no las vemos brillar es simplemente porque no las miramos. Pero lucen y están allí a nuestro alcance y para nuestro provecho, ofreciéndonos su ejemplaridad.

Para concluir, quiero señalar que esta forma de concebir a la filosofía no es la única; existe también la concepción transformadora de la filosofía. Sin embargo, aquí expliqué la concepción que tengo de la filosofía.


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