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Ya a estas alturas el lector atento y consciente preguntará de qué se trata. Dirá por lo menos, que resulta muy extraño, totalmente paradójico, que un señor que debe su celebridad al escepticismo y que publica --alimentando tal celebridad-- por asco, tendría que guardar silencio para ser mínimamente congruente con su posición ante la vida. Que el escepticismo exigiría la quietud. El silencio.
Podrá decir más: Cioran no piensa que la vida tenga sentido --y en esto, como veremos, lleva una de las tesis del existencialismo a su extremo--, piensa que nada tiene valor, que la vida de los hombres se divierte en engaños y fruslerías. La pregunta sobre Cioran noes nada más por qué escribe y por qué publica. Es sobre todo por qué vive. O, para decirlo con las palabras justas --las que él emplearía-- por qué no se mata.
Cioran es el pensador que transgrede todafrontera. Va más allá que Montaigne, quien decía, con verdad estremecedora, que "antes de nacer todos estábamos muertos"; más allá que Dostoievski, quien hace decir a uno de los Karamazov (seguramente a Iván) que todo ser normal ha deseado por lo menos una vez la muerte de su padre; más allá que Nietzsche, que pedía que "a quien no puedas ayudar a volar, ayúdalo a hundirse"; más allá que Cesare Pavese, que pedía su cambio por Cristo: "que me crucifiquen si me aseguran la vida eterna"; más allá que Jean-Paul Sartre, que nos anunció que "el infierno son los otros" y que "el hombre está condenado a la libertad"; más, mucho más allá que Heidegger, quien precisaba en una de sus frases exactas que "el hombre es un ser arrojado al mundo"; más allá que Camus, quien descubrió también la orfandad de los hombres, su radical extranjería y su lucha inútil: el absurdo.
¿Para qué transgredir nada si a la vuelta del muro está el desfiladero? ¿Para qué vivir? ¿Para qué escribir?