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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1984

¿Qué, después de Dios?


Un deísta (y, como Cioran, un propugnador de la tolerancia), dio la noticia en la segunda mitad del dieciocho: "Dios ha muerto". Noticia con alarma: El gran Hegel dijo que no, que Voltaire no tenía razón: la conciencia de Dios, por el curso del espíritu, ilumina e iluminará siempre la historia Marx y sobre todo Nietzsche contradijeron al maestro de Jena y firmaron el acta de defunción (esa que había empezado a redactar Iván Karamazov con su famosa advertencia).

Dios murió, en efecto. Y, como apunta el poeta Jaime Sabines, lo reemplaza el becerro de oro: las aleluyas son ahora al dinero. Y no se trata de una cuestión teológica. Por lo demás no podría tratarse de un asunto así: en la vida diaria la idea de Dios ha desaparecido (a pesar de todas las invocaciones).

Iván Karamazov había dicho que "si Dios no existe, todo está permitido". La idea del personaje de Dostoievski no está dirigida sólo a los ateos. Al contrario: se endereza sobre todo hacia los creyentes. Quiero decir: no alude a una cuestión teológica sino a una cuestión moral, y en primera instancia ontológica.

De Dios no se puede saber nada en el plano racional, había dicho Heidegger. Camus ponía en, planos secundarios las consideradas grandes preguntas de la filosofía y afirmaba que la mayor era la que debe hacerse por el sentido de la vida. Un poco antes, un creyente entrañable --Miguel de Unamuno-- afirmaba la necesidad de la angustia: las ofertas de la vida eterna también contradicen, la única certeza vital: la constancia de la vida de Miguel de Unamuno, de sus clases en Salamanca, de sugusto porlos puros y por la poesía de Rubén Darío.

La muerte de Dios es quizá la gran coordenada del drama de nuestro tiempo. Para todos: los creyentes piensan que la gran crisis espiritual obedece al abandono de la idea de Dios; los no creyentes, a que ese abandono es demasiado reciente. Albert Camus, quizá uno de los más grandes pensadores del siglo, creía que nuestra crisis es una especie de gran cruda. No es fácil regresar a la realidad. La historia cuenta.

Cioran --aunque él mismo lo haya negado expresamente-- está cerca de Camus. El autor de El extranjero escribió que la dignidad de los hombres sólo depende de la capacidad de asunción: habría pues que asumir nuestra condiciónde mortales, de extranjeros. Conocertal condición para reconocernos, y entonces, sólo entonces, fundar una moral en la que el hombre sea prójimo del hombre no en nombre de Dios sino del más primitivo, y por eso auténtico, sentimiento humano. Camus habló también de los diversos suicidios. Y los condenó: porque entrañarían una renuncia, ennombre de lo que podría llamarse una suerte de confort espiritual.

Y Cioran escribió: "No hay mayor renuncia que la fe". ¿Qué se hace si no sé renuncia? Rebelars e contra el destino. Pero tal rebelión supone una aceptación. O mejor dicho: en la medida en que acepto mi destino me tengo querebelar ante él.

La diferencia más notable entre ambos pensadores --entre Cioran y Camus-- está en la concepción,de la rebelión. Para Camus no hay, no puede haber una esperanza trascendente pero sí --y justamente por eso-- una esperanza en la dignidad del hombre. Desarraigado de Dios, di-verso al mundo, el hombre enfrenta la muerte solidariamente. Cioran piensa que todo esto es un nuevo engaño.


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