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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1984

JORGE HERNANDEZ. De la igualdad entre animales


Todos los animales son iguales. pero algunos animales son más iguales que otros.

GEORGE ORWELL PROCURÓ atacar, por medio de la pluma, las barreras que se le imponían a la libertad humana. En una ocasión declaró que su propósito en todo trabajo literario era atacar al totalitarismo. Esa inquietud logró que Orweil buscara fusionar el propósito literario con un propósito político.

Rebelión en la granja fue la primera novela en donde Orwell conjugó los dos propósitos al asestar un golpe directo a los modelos totalitarios por medio de una fábula, género que permite que las acciones se desarrollen más allá del bien y del mal. Creó un mundo en donde los animales no sólo son capaces de hablar y de leer, sino que también toman el poder de la granja en donde son explotados. Es un escenario en donde los animales, al liberarse, procuran despojarse, a su vez, de todo molde o etiqueta que les han asignado los hombres

Se liberan del maltrato e intentan erradicar los vicios observados en el granjero, los cuales, a su vez, son vicios propios de todos los hombres. Prohíben matarse entre animales y tomar alcohol, entre otras cosas.

Una vez hecha la revolución, los animales no tardan en declarar la igualdad entre ellos y el repudio a todo aquel que camina en dos piernas. Pero la decepción y el estancamiento se hacen notar en cuanto los animales asimilan los dogmas arraigados en los hombres Aparecen las envidias y los engaños, se lucha por el liderazgo y por la conducción del movimiento. Se declaran traidores entre los mismos dirigentes, y por medio de la fuerza se les expulsa de la granja.

Con el tiempo, los legados y mandamientos del movimiento son revisados y cambiados, dándoles una nueva interpretación. Los dirigentes se aprovechan de la ignorancia y de la inocencia de la mayoría, ya que no todos los animales aprenden a leer bien, ni mucho menos a tomar conciencia de su situación. Los dirigentes sí saben leer bien y sí toman conciencia de su nueva posición, volviéndose tan o más autoritarios que el régimen al que derrocaron.

Resulta extraño que toda la narración se asimile a hechos reales. No se trata de una fábula fantástica que se distinga por inexplicable. No es la historia de la niña devorada por un lobo, ni el príncipe que logra despertar a la doncella del sueño eterno, sólo por tener la fortuna de ser él el príncipe y no un enano cualquiera. Es la lección de lo que acontece en cuanto se abandona la naturalidad de las cosas. En cuanto los animales adoptan las formas de ser humanas, no sólo duermen ya en camas y se visten con las ropas del antiguo patrón, sino que se emborrachan hasta las pezuñas con los dueños de las otras granjas, al grado de que los demás animales ya no son capaces de distinguir entre las caras de sus dirigentes y las de los humanos.

A Orwell lo conocemos porque vivimos en el año que escogió para titular otra novela. Bien pudo haberle puesto otro número u otro título, pero escogió 1984 y con esto aseguró que nuestra generación lo leyera y lo comparara con la realidad; que lo pongamos en las portadas de las revistas y que su nombre se vuelva lugar común. Por un lado esta difusión cumple el propósito de avisarnos, alertarnos y aleccionarnos, pero por el otro, se vuelve una forma de congelarlo, de acostumbrarnos a su presencia y no preocuparnos si se cumplen o no sus anti-utopías.

Después de leer Rebelión en la granja uno no puede menos que acordarse de la degeneración de palabras como igualdad, democracia, libertad, o mejor aún, paz, que malinterpretadas y dirigidas por los animales en el poder se convierten en discursos y en los comentarios oficiales que escuchamos diariamente. No son fábulas las noticias de gorilas que lanzan referéndums para confirmar la democracia, ni señores-cerdos que abogan por la paz, respaldados por toneladas de armamento. Son de verdad y existen los que hablan de libertad y de igualdad mientras se emborrachan con poder y prepotencia.

Vale la pena recordar que Rebelión en la granja apareció en agosto de 1945 como un intento de voz de alarma, como un buen ejemplo de crítica a los regímenes totalitarios y como una aportación a la magia de la experiencia literaria. Pero no debe olvidarse que en ese mismo mes se destruyó la ciudad de Hiroshima con un juguete que se ha vuelto más sofisticado y mucho más poderoso.

En la medida en que procuremos no convertirnos en animales, ni que éstos se humanicen, se verá la efectividad de la pluma como arma para neutralizar nuestros vicios y defectos. Sólo así se podrá reivindicar a las palabras y a los legados que han sido mal interpretados y abstraidos al grado de que su significado se vuelve desconocido. De no atender al aviso, de no tomar conciencia, se llegará, entonces sí, a creer que "la libertades esclavitud" o que "la ignorancia esfortaleza", y sucedería, a lo mejor, ya no en 1984 o 1997, sino en cualquier otro año, confirmando la posibilidad de que la fábula se vuelva realidad y de que la anti-utopía se sufra en carne viva.