©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1985

JAIME RUIZ DE SANTIAGO. La verdad como condición para una comprensión de la tolerancia


EL Siglo de las Luces se caracteriza, entre otros muchos rasgos, por la exaltación de la idea de tolerancia. Dos son las obras que, al menos, tienen importancia al respecto: en primer lugar, la Carta sobre la tolerancia, escrita por John Locke en 1689 y, en segundo lugar el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire, publicado en 1763 y realizado con motivo de los sucesos que se dieron a raíz de la muerte de Jean Calas. Otras ideas cercanas a la de tolerancia son explicadas por el mismo Voltaire en las páginas de su Diccionario filosófico, que le sirve para señalar lo que se debe entender por Dios, verdad, libertad, etcétera.

A partir de estas obras se debía construir toda una filosofía que iba a tener un éxito enorme no sólo en la vieja Europa, sino que también habría de alentar los esfuerzos de los primeros "peregrinos" que abandonaron tierras inglesas y cruzaron el Atlántico para fundar los cimientos de Norteamérica. Y no sólo en ellos, sino también en muchas de las obras de los hombres que se comprometieron a luchar por la independencia de las antiguas colonias españolas, las ideas de la Ilustración constituyeron un fuerte respaldo y un ideal de acción.

En el siglo XIX estas concepciones se encontraban tan extendidas, que motivaron la intervención del entonces pontífice, Pío IX, quien el 8 de diciembre de 1864, en un acto doctrinal de enorme trascendencia, condenó un total de 80 proposiciones que se enumeran en el famoso Syllabus, documento que completa a la encíclica Quantacura. Muchas de esas proposiciones expresan ideas propias de un mundo concebido en la ilustración.[Nota 25]

La intervención pontificia representa para muchos espíritus el punto culminante de la dramática oposición entre la tolerancia y la verdad. De manera resuelta optaron por la primera y vieron en la segunda la fuente de todas las luchas, opresiones y dogmatismos.

Automáticamente se opuso el mundo construido sobre los ideales de la tolerancia y la libertad a aquel de la Edad Media que había germinado, se decía, sobre las bases de la verdad, el dogmatismo y la opresión. Tras estas ideas se podía reconocer fácilmente la presencia del cristianismo.

Esta violenta antinomia no ha sido, por desgracia, superada y todavía tiene una gran aceptación en numerosos medios intelectuales, que se consideran a sí mismos como centros de tolerancia, libertad, modernismo y defensa de los valores más propios del hombre. Temen y condenan, con fácil complacencia, cualquier manifestación de doctrina que, por considerarse verdadera, se pueda transformar rápidamente en bandera dogmática y sea enarbolada en sangrienta cruzada contra los disidentes.

Como este tipo de espíritu reina en numerosos sitios, vale la pena hacer el esfuerzo de presentar, de manera sintética y objetiva, las tesis que se oponen a éste para ver si realmente son incompatibles, o hasta dónde se pueden tender lazos de común entendimiento. Es esto lo que intentaré en el presente estudio, mismo que dividiré en tres secciones diferentes: en primer lugar, presentaré, lo más fielmente posible, las ideas organizadas por la Ilustración y defendidas por sus seguidores; en segundo lugar, señalaré con el mismo intento de fidelidad, las ideas que al respecto sostuvieron en la Edad Media y que son recogidas y defendidas por la Iglesia católica; y, en tercer lugar, apuntaré las ventajas de la confrontación de las posturas anteriores y los frutos que de ambas se pueden obtener.

I

1. Toda la doctrina ilustrada descansa, de manera fundamental, en una cierta posición frente al problema planteado por la capacidad de la inteligencia para conocer la verdad: se considera que la verdad es algo absolutamente inalcanzable por la inteligencia humana.

Esta es una postura que se reconoce y define por su escepticismo, el cual aparece, a modo de ejemplo, en la voz "Alma" del Diccionario filosófico de Voltaire: "¡Oh hombre! Dios te ha dado el intelecto para que puedas comportarte bien, y no para penetrar en la esencia de las cosas que El ha creado".[Nota 26]Y en la voz "Bien" establece: "Debemos escribir, al final de casi todos los capítulos de la metafísica, las dos letras que usaban los jueces romanos cuando no comprendían una causa: N. L., "Non Liquet", no está claro".[Nota 27]

2. Este escepticismo "especulativo" lleva de manera necesaria un relativismo total, de manera que es defendible cualquier opinión a condición de que no se considere como una verdad absoluta y definitiva.

Es lógico, en consecuencia, que las doctrinas y los conocimientos varíen, en la medida en que ninguno de ellos toca la inamovilidad de la verdad.

3. En un terreno "práctico" el escepticismo genera la tolerancia, pues ésta es la actitud que naturalmente se sigue cuando se comprende que todos los hombres tienen derecho a sostener lo que les parezca más conveniente, pero con la condición de que no consideren que su opinión es la verdadera, lo que llevaría a condenar al resto de las opiniones por falsas. En estas condiciones sería la intolerancia la que reinaría.

4. Se piensa que el relativismo --tesis 2-- y la tolerancia --tesis 3-- son los pilares de un ambiente "liberal" que defiende los derechos fundamentales del ser humano, los cuales no pueden subsistir en un clima dogmático e intolerante.

Por ello se puede sostener que el escepticismo es condición de cualquier investigación científica y que la tolerancia es incompatible con la afirmación de cualquier proposición sostenida como verdad absoluta.

5. En el terreno religioso son posibles dos actitudes, aunque se asemejan por la forma en que condenan al Cristianismo --y, de manera concreta, a la Iglesia católica--, considerándola como ilusoria pretensión de verdades absolutas e inmutables que ha sido fuente de toda especie de dogmatismo e intolerancia.

La primera actitud es la que se presenta en Voltaire y más tarde en Ernest Renán: se admite por ser "más verosímil", la existencia de Dios. Es más, en sus "Cartas Filosóficas" es Voltaire quien "prueba" la famosa afirmación de que "no hay reloj sin relojero", y en el "Diccionario Filosófico", en la voz "Ateísmo" escribe que: "Hoy día hay menos ateos que nunca, después que los filósofos han reconocido que no hay ningún ser vegetal sin semilla, ninguna semilla sin finalidad, etc., y que el trigo no nace a partir de la podredumbre. Han sido los geómetras, no los filósofos, quienes han rechazado las causas finales, pero los verdaderos filósofos las admiten; y, como ha dicho un conocido autor, un catequista anuncia a Dios a los niños y Newton lo demuestra a los sabios".[Nota 28]Así, estos "filósofos" admiten la existencia de Dios con base en la causa eficiente y final.

Mas no sólo consideran la existencia de Dios como más verosímil en el terreno especulativo, sino también más útil en el práctico. De esta manera, escribe Voltaire en el Tratado sobre la Tolerancia: "Es tal la debilidad del género humano, tal su perversidad, que es mejor para él, sin duda, ser presa de todas las supersticiones posibles, con tal de que no sean fuente de delitos, que vivir sin Religión. El hombre tiene siempre necesidad de un freno; y por muy ridículo que fuese ofrecer sacrificios a los faunos, a los silvanos, a las náyades, era mucho más útil adorar estas imágenes fantásticas de la Divinidad, que abandonarse al ateísmo. Un ateo razonador, violento y poderoso, sería un azote tan funesto como un supersticioso, sanguinario ( ... ). En todas partes donde exista una sociedad establecida, es necesaria una Religión; las leyes vigilan sobre los crímenes cometidos y la Religión sobre los crímenes secretos".[Nota 29]

En la citada voz "Ateísmo" del "Diccionario" escribe: "No querría vérmelas con un príncipe ateo porque, en caso de que se le metiese en la cabeza el interés de hacerme machacar en un mortero, estoy bien cierto de que lo haría sin dudar. Tampoco querría, si yo fuera un soberano, vérmelas con cortesanos ateos, que podrían tener interés en envenenarme; necesitaría tomar todos los días antídotos al azar. Es, pues, absolutamente necesario para los príncipes y para los pueblos que la idea de un ser supremo, creador, gobernador, remunerador, esté profundamente grabada en los espíritus".[Nota 30]

Verosimilitud y utilidad sostienen la existencia de Dios. Estamos, por otra parte, en pleno deísmo, el cual admite toda religión, incluso al mismo cristianismo, en tanto sistema de verdades morales que aseguran el orden y la tranquilidad sociales.

Se acepta al cristianismo, como doctrina moral, quizá la más grande y perfecta, pero se le rechaza por sus "verdades de carácter sobrenatural" --tales como dogmas, revelación, misterios, etc.-- que son siempre superstición, dogmatismo e intolerancia.

Esto lleva al mismo Voltaire a distinguir entre un gran aprecio a Jesús como predicador de una sublime moral de honestidad y justicia, una gran repulsa a la Iglesia que aparece como "la gran traición" a la doctrina de Jesús: "Viéndola bien y con atención, la religión católica, apostólica y romana es, en todas sus ceremonias y en todos sus dogmas, lo opuesto a la religión de Jesús".[Nota 31]De este modo, el terreno para Renán se encontraba debidamente preparado...

Esta concepción de la tolerancia se aúna a un fervoroso aprecio por la religión en general, y por la doctrina de Jesús en particular, a la par que condena a la Iglesia, en especial a la Católica, como fuente de opresión e intolerancia.

6. Pero en la dimensión religiosa es posible una actitud totalmente contraria, como la que ya en su época sostenía Pierre Bayle en sus "Pensamientos sobre el cometa" (1682 y 1704), y que después ha tenido una muy amplia difusión en razón del creciente ascenso del ateísmo, en especial a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

En esta actitud las ideas de escepticismo, relativismo y tolerancia se aúnan a las propias del ateísmo, el cual se sostiene por razones especulativas y prácticas. Las especulativas, por ejemplo, se deben con frecuencia a una mentalidad materialista y positivista, que sólo admite como fuente de conocimientos válidos al conocimiento sensible y como único ser existente al material; y las prácticas, a que se considera que la única moral válida --aquella en la cual los hombres no hacen a los demás lo que no desean se les haga a ellos mismos-- no requiere de ningún Ser trascendente y se puede perfectamente fundar en la propia naturaleza humana, que por otra parte es tan variable como todas las cosas.

Se puede ir aún más lejos y pensar que, en la medida en que se pretenda poseer una verdad absoluta y definitiva, no sólo el cristianismo sino toda religión es fuente virtual de dogmatismo e intolerancia.

7. Con no rara frecuencia se piensa que sólo con las premisas anteriores se puede construir una visión democrática de la sociedad, en la que se respete la dignidad y las múltiples y variadas opiniones de los hombres. En esa sociedad democrática se respetaría la libertad de las personas, concebida como "posibilidad para hacer lo que quieran", en la medida en que no se perjudique a los demás.

Se desconfiaría, en consecuencia, de cualquier doctrina que, creyendo poseer la verdad, sea naturalmente intolerante y pretenda imponerse dogmáticamente, acabando con las libertades individuales y convirtiéndose, en el terreno práctico, en la base de un totalitarismo feroz e inhumano.

Con frecuencia todos estos planteamientos se realizan a partir de posturas políticas: se sostienen ideales democráticos, defensores de las libertades individuales, profundamente tolerantes, con base en un escepticismo científico que niega la existencia de Dios y afirma conocimientos totalmente variables y relativos.

II

1. La filosofía "Medieval", que fue antecedida por la "Patrística", posee en Sto. Tomás de Aquino uno de sus más preclaros representantes. La doctrina del Aquinate ha sido reconocida por la Iglesia, en especial a partir de León XIII, como la más concorde con su propia enseñanza y, por esto, ha dado a Sto. Tomás el titulo de "Doctor común" o "Doctor angélico".

En consecuencia, tomar las tesis del "Doctor común" parece ser un buen índice de lo sostenido por la Filosofía Medieval y por la enseñanza Católica.

2. Rasgo característico del pensamiento de Sto. Tomás, y de toda la Filosofía Cristiana, es la afirmación de la bondad fundamental del ser humano. Se sostiene que, incluso a pesar del pecado original, el hombre posee una bondad natural.

Esta perfección se presenta en un nivel metafísico radical, pues es el propio hombre quien, gracias a su libertad, puede realizar el bien moral o el mal en ese mismo nivel. Sin embargo, la actualización de lo que es moralmente negativo nunca puede destruir en el hombre la radical bondad metafísica. Esta estará presente mientras que el hombre exista.

3. El ser humano, substancialmente uno, posee una naturaleza material y otra espiritual. Por esto es, al decir de Aristóteles, un "ser frontera" que representa la mayor perfección del universo material --por su unión con lo espiritual--, y la menor perfección de universo espiritual --por el hecho de su encarnación.

En razón de su naturaleza espiritual el hombre se encuentra dotado de esas dos facultades que son la inteligencia y la voluntad. Gracias a la primera el hombre se pone en relación con la verdad, en tanto que la segunda le abre el universo del bien. La inteligencia le posibilita al hombre buscar naturalmente la verdad, mientras que la voluntad le permite dirigirse de manera natural al bien.

En razón de la perfección radical de su ser --tesis 2-- el hombre puede alcanzar el conocimiento de la verdad y lograr el amor al bien.

4. Pero se impone una distinción, ya que la verdad se puede entender en diversos sentidos. Uno es el nivel del ser, en el que se habla de una verdad ontológica o metafísica (verdad in essendo); otra es la verdad que se puede realizar al nivel del conocimiento, y tal es la verdad lógica (verdad in cognoscendo). Una última es aquella que puede aparecer en la dimensión manifestativa del hombre, y tal es la verdad moral (verdad in dicendo o in significando).

Por esto la verdad se puede entender ya sea como manifestando a algo verdadero --un ser (verdad in essendo) o un conocimiento (verdad in cognoscendo)-- o a alguien que por expresar la verdad podrá ser dicho veraz (verdad in dicendo o in significando).

Es lo que se expresa al decir que la verdad puede ser entendida en dos sentidos. Uno, según el cual algo es dicho "verdadero" (verum). Entonces no es virtud ( ... ) sino mera conformidad del entendimiento o del signo con la cosa entendida y significada, o conformidad de la cosa con su regla. Un segundo sentido, según el cual el sujeto dice la verdad y por ello es llamado "veraz" (verax)".[Nota 32]

5. La verdad metafísica (in essendo) es la más radical porque va unida al ser propio del hombre --y de cualquier realidad. El ser humano, mientras que existe, es verdadero. Esta verdad es la propia de cualquier ser humano, lo que quiere decir que todos los hombres son tales por realizar un conjunto de notas fundamentales (esencia), que son actualizadas gracias a la existencia (ser). El hombre es así una estructura (esencia) existente (ser). Lo que se presenta a nuestra experiencia no es una pura estructura, ni un solo existente, sino esa "estructura existente" a la que llamamos hombre.

Si varía la "estructura" (esencia o naturaleza), la experiencia nos entregará "algo existente" que no será un hombre, sino cualquier otro ser. Si se quita lo "existente" desaparecerá la "estructura" en tanto real y sólo aparecerá en tanto "ideal" --ya sea como ser posible o como ser de razón.

Es lo que se quiere decir cuando se afirma que la estructura --esencia o naturaleza-- humana es inmutable: si un ser es reconocido como hombre es porque la inteligencia ve aparecer en él las notas específicas de la "estructura" humana. Si tales notas no existen ese ser podrá ser cualquier cosa, pero no será un ser humano.

6. La verdad lógica (in cognoscendo) se da en el nivel del conocimiento. El conocimiento humano podrá ser verdadero o falso en la medida en que se conforme a lo realmente existente. Por esto se puede decir que el conocimiento humano verdadero implica siempre un acto de humildad, gracias al cual la inteligencia se conforma a lo existente y se deja medir por él.

Por el contrario, el conocimiento falso o erróneo procede siempre de una actitud de rebeldía (non serviam), pues por motivos diversos --precipitación, prejuicios, intereses, pereza, etc.-- la inteligencia se aparta de lo existente y no se deja medir por él. Al parecer lo real en su pristinidad absoluta se evidencia la falsedad del conocimiento.

7. El conocimiento intelectual posee siempre las características propias del hombre (Operatio sequitur esse), y al ser éste finito y limitado se explica que aquél --el conocimiento-- también lo sea en un doble sentido: ante todo en el sentido de que lo real es siempre más rico que la inteligencia humana y permite, en consecuencia, que ésta siempre pueda continuar progresando en su conocimiento. Esto conduce, de nuevo, a una actitud de humildad frente a la riqueza propiamente infinita de lo real. En segundo lugar, en el sentido de que la inteligencia humana avanza lenta y penosamente en el conocimiento de lo real.

De este modo el conocimiento verdadero, que no es otra cosa sino un conocimiento objetivo, es al mismo tiempo progresivo. Ya un padre de la Iglesia afirmaba que "somos enanos en hombros de gigantes", en el sentido de que es a partir de los conocimientos verdaderos logrados en el pretérito que es posible continuar el ascenso en el conocimiento objetivo --verdadero-- de lo real.

Esto introduce un doble elemento de relatividad en el proceso cognoscitivo humano, que no debe ser ignorado pero que requiere ser correctamente entendido.

Lo último porque, cuando el hombre ha logrado un conocimiento verdadero --en cualquier nivel que se trate--, ha obtenido una riqueza que rompe los estrechos límites del espacio y del tiempo. Es un conocimiento verdadero que debe ser reconocido como tal por cualquier hombre y en cualquier tiempo. Podrá ser un juicio tan banal --pero tan importante-- como "yo soy yo" o un conjunto de juicios que desemboquen en conclusiones complejas, pero lo interesante es que, si se ha accedido a algo verdadero, se trasciende el espacio y el tiempo. Es esto lo que se quiere decir cuando se afirma que un conocimiento verdadero es "absoluto". Incluso etimológicamente se quiere decir que la verdad de un juicio es independiente de --solutus, ab-- los parámetros espaciales y temporales en los que se formula.

Así se comprende que el conocimiento verdadero --absoluto-- de ninguna manera se debe identificar con, el exhaustivo: la verdad no consiste en conocer el todo de un algo, sino más bien en conocer algo de un todo.

8. Es gracias a que el hombre tiene la capacidad para acceder a conocimientos de carácter absoluto que él mismo posee un valor y una dignidad absolutos.

¿Qué quiere decir que el hombre tenga una dignidad absoluta? Significa que posee el estatuto propio de un fin y no de un medio, de un término y no de un instrumento. El ser humano vale y es amable por sí mismo, independientemente de cualquier otra realidad a la que permite tener acceso. Su dignidad deriva de su "ser", nunca de su "tener". Color, salud, tamaño, origen, riquezas, etc., son elementos accidentales que no fundan nunca su valor absoluto, mismo que se afirma con independencia de ellos.

Se comprende, en consecuencia, que el ser humano deba ser siempre respetado y que nunca sea justificable --¡desde un punto de vista moral!-- instrumentalizarlo en aras de cualquier tipo de intereses: científicos', políticos, económicos, etcétera.

Es el hombre el que, por su ser, posee derechos absolutos. Es la persona humana la que es centro de imputación de esos derechos que deben ser reconocidos y nunca sacrificados. Se entiende con facilidad que el primero de los mismos y el fundamento de los demás es el derecho a la propia existencia, sin, el cual los demás se derrumbarían.

Por el carácter gradual y progresivo del conocimiento, humano se explica que haya habido en la historia de la conciencia de la humanidad un paulatino avance en el reconocimiento de tales derechos y que de ese reconocimiento se tienda a una efectiva protección de los mismos, tanto en el plano nacional como en el internacional.

En este aspecto se explica también la dimensión de relatividad propia del conocimiento de los derechos humanos fundamentales.

9. Al lado del derecho a la propia existencia también se presentan otros derechos fundamentales: derecho a una vida conforme a la propia dignidad, a la educación, a la libre expresión, a la fundación de una familia, etcétera.

Es entonces cuando aparece el derecho humano fundamental de seguir los dictámenes de la propia conciencia y poder expresar con libertad y respeto lo que se considera verdadero. Como siempre, estos derechos tienen un limite: los derechos de los demás y las exigencias del bien común.

Pero se recuerda que el derecho absoluto es propio de la persona y que el mismo subsiste independientemente de que sus conocimientos y expresiones sean verdaderas o falsas. Sin embargo, una cosa es afirmar la dignidad absoluta del hombre y otra, muy diferente, derivar inmediatamente de ella la verdad --o la falsedad-- de sus conocimientos y opiniones. Son cosas distintas: valor absoluto se tiene en razón del propio ser y los conocimientos dependerán, en su verdad o en su falsedad, de la conformidad con lo real. ¡No porque una doctrina sea condenable en lo que mira a su verdad, se sigue que sea condenable quien la sostiene! Por el contrario: no porque el hombre posee una dignidad absoluta todos sus conocimientos y doctrinas son verdaderos.

10. Se puede comprender igualmente que, al vivir el hombre en sociedad, existen regímenes políticos que resultan más o menos conformes con su dignidad. Es claro que cualquier tiranía --de "derechas" o de "izquierdas"-- atenta contra la dignidad humana, en tanto que el régimen democrático parece ser el más conforme a la misma. Ese régimen implica el reconocimiento y la efectiva protección de los derechos humanos básicos y, por esto, la efectiva participación de todos los hombres en aquellos asuntos que miran al bien común: en el ejercicio del voto, en la posibilidad de tener acceso al poder, en su intervención en las funciones legislativas, etcétera.

Es manifiesto que no porque un régimen se declare democrático lo será en verdad: es éste un ideal que debe ser incansablemente perseguido y preservado.

11. Existe, por último, la verdad en el nivel de la expresión --verdad in dicendo o in significando--. En este caso la verdad en el sujeto se convierte en virtud moral y se denomina "veracidad". Esta perfección, como cualquier otra de naturaleza moral, introduce orden y armonía. En este caso la veracidad establece orden entre lo que se piensa y lo que se expresa a través de la palabra o de las propias acciones.

Lo contrario a la verdad lógica es la falsedad o el error, en tanto que lo opuesto a la veracidad es la mentira. Lo propio de este vicio es el producir conscientemente una ruptura entre lo que se piensa y lo que se dice o actúa.

Puede suceder que los conocimientos sean verdaderos y su expresión veraz o mentirosa; también puede acontecer que los pensamientos sean falsos y su manifestación verídica. El sujeto dirá en verdad algo falso, siendo esto último accidental a la veracidad. "Se debe juzgar una cosa más por lo que en ella existe formalmente y por sí, que por lo que tenga material y accidentalmente. Y así, es más opuesto a la veracidad, como virtud moral, decir algo verdadero con intención de decir falso que decir algo en sí falso con idea de decir la verdad."[Nota 33]

El mundo moral es tan complicado y sorprendente --tanto como el corazón humano--, que bien puede acontecer que un conocimiento sea falso y al tener el sujeto la intención de mentir, diga algo que sea verdadero. No por ello deja de ser un mentiroso, pues ignora que su expresión es verdadera o más bien piensa lo contrario.

III

1. Existen aspectos en los que las posturas anteriores discrepan totalmente, mientras que en otros parece posible una conciliación.

El punto que separa de manera tajante a ambas doctrinas es el relativo al conocimiento humano, pues mientras la primera postura sostiene que éste es imposible, la segunda afirma su posibilidad.

Si se reflexiona con seriedad sobre el tema, se ha de repetir lo que ya decía Aristóteles: el escepticismo radicales imposible, pues al afirmarse se niega. Negar la posibilidad a todo conocimiento válido es condenarse incluso a la imposibilidad de mantener tal posición y de hacer cualquier signo que la manifieste.[Nota 34]

2. Parece razonable pensar que el progreso humano en el terreno del conocimiento --en el nivel que se quiera--, es imposible en dos hipótesis: la primera, si el conocimiento se acompaña de un espíritu realmente escéptico, que crea imposible la conquista de la verdad; la segunda, si se presenta la convicción de que ya se posee la verdad total y definitiva, lo que haría impensable la búsqueda de nuevos conocimientos verdaderos.

El progreso humano cognoscitivo requiere, por el contrario, de dos condiciones: una, que haya confianza en la capacidad de la inteligencia humana para lograr conocimientos verdaderos, que pueden ser fruto de una demostración (la cual debe ser proporcionada a la naturaleza del objeto que se trata de alcanzar) y otra, que exista la convicción de que la conquista de conocimientos verdaderos es una obra ardua y difícil, que requiere de una profunda objetividad y una apasionada entrega.

De otra forma, sin confianza en nuestra inteligencia y sin humildad en la búsqueda, la verdad permanecerá inaccesible.

3. Posee una gran profundidad la afirmación que señala que sólo la verdad hace libre al hombre, porque al conocer la verdad se reafirma la confianza en nuestra capacidad cognoscitiva y se impone la humildad en la búsqueda.

Solamente la verdad nos posibilita para afirmar que se la puede encontrar en cualquier sitio y que se necesita respetar y escuchar las diferentes opiniones de los hombres para ir descubriendo en ellas los elementos de verdad que presenten.

Resulta indispensable, por otra parte, establecer y respetar la diferencia entre el hombre que mantiene una opinión y la calificación que de verdadera o falsa pueda tener ésta.

4. El único ser de la naturaleza que posee dignidad y derechos absolutos es la persona humana, independientemente de realidades accidentales como el color de la piel, la pertenencia a un grupo étnico o político, el monto de sus riquezas o la verdad de sus conocimientos y opiniones.

Es muy comprensible que, en razón del carácter limitado de nuestra inteligencia, sólo a través de constantes y permanentes esfuerzos se pueda ir progresando en el conocimiento de la naturaleza humana y los derechos que le son inherentes a ésta. A este mismo proceso de progresión estará sujeta la protección efectiva que se dé a tales derechos, tanto a nivel nacional como internacional.

5. Un derecho humano fundamental es el relativo a seguir los dictámenes de la propia conciencia y a poder mantener en privado y en público lo que la propia inteligencia conciba como verdadero. En este sentido, la tolerancia representa un valor que debe ser siempre defendido, aunque quizá se pueda pensar que incluso el término de 'tolerancia' reviste una actitud negativa que seria aconsejable transformar en positiva. 'Tolerar' tiene el sentido de 'soportar', de 'permitir', cuando quizá una actitud humanamente más madura deba consistir en 'animar', 'escuchar' con interés lo que otros piensan, y 'trabajar' conjunta y solidariamente en la realización de una sociedad --nacional e internacional-- en la que el hombre sea cada vez más reconocido y respetado.

6. Parece válido mantener que verdad y tolerancia están lejos de ser realidades opuestas y contradictorias y que más bien debe sostenerse lo contrario: la tolerancia se funda establemente en la posibilidad que tiene el ser humano de conocer progresivamente la verdad, al mismo tiempo que es la verdad la que empuja de manera necesaria a respetar al ser humano independientemente del valor de sus opiniones, conocimientos y doctrinas.

Tan temible es la pretensión del conocimiento de una verdad exhaustiva y excluyente de cualquier otra, como la práctica de una tolerancia fundada dogmáticamente en el escepticismo. Por el contrario, no se debe temer sino alentar una tolerancia que nos abre a los demás en una común búsqueda de la verdad, como tampoco es temible una creencia total y radical en la verdad que nos hace atentos al valor de los demás y a la búsqueda efectiva de sus derechos.

7. Así como tolerancia y verdad representan valores complementarios y que no son antinómicos, del mismo modo es complementante la afirmación de que el régimen democrático es el más conforme a la dignidad de ser humano. En este sentido, la democracia descansa sólidamente en el respeto a los derechos humanos y en la búsqueda común de la perfección individual y social en un clima de solidaridad y complementariedad.

La verdad conduce a reconocer el derecho de los seres humanos a hacerle caso a su conciencia, a intervenir activamente en aquellos asuntos que miran al bien común, a hacer respetar la justicia y a tratar de crear un clima de profunda amistad.

El día de hoy posee especial importancia hacer todos los esfuerzos posibles para ver toda la fecundidad que posee el afirmar a nivel particular y social, nacional como internacional, la necesaria relación que debe existir entre tolerancia y verdad.