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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1985

EDUARDO BLANQUEL. Presencia histórica del Estado Mexicano


[Nota 50]

Lo que quiero expresar aquí es, fundamentalmente, lo que a mi entender son los, problemas más que las soluciones que plantea el estudio del estado mexicano para aquel que se acerca a su proceso en nuestro desarrollo histórico. Curiosamente creo que todos estaríamos un poco de acuerdo en que se presupone la existencia del estado mexicano, pero que para muchos la marcha de la historia mexicana puede visualizarse básicamente como un esfuerzo por constituir un Estado. Se trata, pues, de una cuestión debatible. Esto es un tema vivo y no algo exclusivamente académico. Como frecuentemente se expone en foros amplios, la participación del estado mexicano en la vida nacional es, en ciertos momentos, determinante. Sin calificar esta determinación como positiva o negativa, es indudable que su peso específico es muy grande en nuestra realidad. Por lo tanto todo acercamiento que intente perfilar sus caracteres es plausible y debe ser bienvenido, ya que invita a participar de alguna manera, más que nada pensando en voz alta las cosas que aún no se cuecen, o que no son suficientemente claras ni han sido planteadas. Por otra parte, el fenómeno general del Estado es, quizá, uno de los objetos de estudio más exhaustivamente trabajados, aunque no por cierto en nuestra realidad. Que yo sepa todavía no hay textos con alto grado académico que intenten acercarse al fenómeno particular del estado mexicano. Diríamos que hay carencia de bibliografía especializada sobre el tema. Sin embargo esto no impide que participemos en el asunto los que vivimos en este país, ni que nos dediquemos a su estudio, pues la serie de polémicas que el puro fenómeno del Estado suscita al respecto --por lo pronto su definición o sustancialidad-- son innumerables. Y esto no sólo en las diversas disciplinas en que se le estudia --derecho, antropología, sociología, ciencia política--, sino incluso de manera parcelaria, ya que los juristas, los sociólogos y los antropólogos se dividen cuando se trata de perfilar al Estado. Algunos hacen énfasis en una visión más histórica, otros en una visión más formalista; pero el asunto no está de ninguna manera bien expuesto y a veces, pienso, ni siquiera, rigurosamente planteado. A mí no me corresponde hacer esto, pues no estoy preparado. Para entrar en esa polémica --admitiendo desde luego que toda abstracción, que toda definición es una abstracción y que por lo tanto es provisional y necesariamente polémica--, es indispensable, a mi entender, plantearla para iluminar un proceso, si es que lo hay, y descubrir sus elementos de continuidad. Voy, por lo tanto, a recurrir a una definición si se quiere muy elemental y, si alguien me apura, hasta chabacana. Todos los autores, al menos los que yo he leído, dicen que no habría Estado sin territorio, sin población, sin orden jurídico y, al parecer, sobre todo sin el ejercicio de una soberanía incuestionable, sin el ejercicio de un solo poder coercitivo. Valgan pues estos elementos a manera de un simple andamio para, sobre él, tratar de ver cuáles operan y de qué manera en nuestro pasado. --Voy a pasar por encima de una parcela en la que no tengo la menor autoridad: la que se refiere al pasado prehispánico; y voy a suponer que el mundo prehispánico pudo estar compuesto, no lo sé, por auténticos estados. Si esto fue así, es visible, sin embargo, que a partir de la Conquista el esfuerzo por someter al territorio y sus pobladores a la soberanía de la Corona española la inauguró un proceso sostenido. Y ahora yo diría que vale la pena insistir en el término de esfuerzo, porque es de gran circulación, de una primera gran visión, de bulto, que la Conquista, por. la noción de fuerza que conlleva, incluso por una especie de carga emotiva con respecto al aplastamiento de los vencidos, ha generado la visión de un poder omnímodo, indiscutible, la visión de una soberanía sin más, en el sentido que he señalado, ejercida por España sobre esta parte del Nuevo Mundo. Pienso que esto se sostiene, pues no he visto hasta la fecha en las obras generales (porque todavía no tenemos obras particulares) que sobre el sistema colonial circulan que se haya perseguido, más ampliamente, con algún detenimiento, esta marcha, esta penetración, esta captación que se constituiría más o menos a largo plazo en una soberanía. Se supone que se instala un mundo político y ese mundo político, para la mayoría, carece de matices. A esta visión no es del todo ajena una parte importante de nuestra historiografía sobre el pasado colonial. Es evidente que mucha de la historia colonial se ha escrito desde una perspectiva básicamente institucional. ¿Qué significa eso? Que ese tipo de historia frecuentemente se atiene a una pura formalidad, es decir, establece la preceptiva y no se detiene o casi nunca se detiene por lo menos con profundidad y cabalidad en su real aplicación y eficacia. Y el asunto es todavía más de preocuparse con respecto al todo de nuestra historiografía. De alguna manera todos cultivamos una visión de la historia, de nuestra historia, que siempre va del centro a la periferia; y en la medida en que se hace: periférica se adelgaza en su contenido. ¿Qué quiero decir con ésto? Que la historia regional es, desde cualquier punto de vista, apenas un buen proyecto, con muy pocos resultados sólidos. Cómo dice Luis González, que tiene mucha autoridad en el asunto: están por hacerse las multihistorias de una multirrealidad. Todo lo que nosotros acostumbramos historiar resulta que siempre está enfocado desde la perspectiva macrocefálica del centro del país. Esto lleva a cosas definitivamente graves. Por ejemplo la experiencia de que a poco andar mucha gente que intenta obras generales se topa con el problema señalado. Cuando nosotros, en el Colegio de México, con don Daniel Cosío Villegas, nos echamos a cuestas la tarea de una Historia General de la Revolución Mexicana, nos encontramos con un problema realmente importante: ¿cómo vamos a hacer una historia general si no hay historias particulares? Hace poco recibí un libro interesantísimo de Romana Falcón sobre, la Revolución y los cacicazgos en San Luis Potosí, que abarca desde 1910 hasta la liquidación del cedillismo. Cuando uno se asoma a la parcela particular de San Luis Potosí que ella nos muestra nos encontramos con una historia totalmente distinta de la imaginada. Lo mismo sucede con todos los demás casos y, por lo tanto, esa historia colonial acerca de cómo cuajarían las instituciones más allá de la capital del virreinato no está escrita. Incluso hay algo que agrava todavía más las cosas. Han empezado a elaborarse, aunque desde otro tipo de perspectivas, no el formalismo de la historia institucional, sino grandes cuadros explicativos, grandes esquemas de índole teórica que ni siquiera explican su información, y en los que la excesiva tersura, la excesiva lógica que parece tener la marcha de la historia colonial los hace sospechosos de simplificación. Ha sido señalado más de una vez por los especialistas que hubo, para entrar un poco más en materia, una dicotomía española, desde el momento mismo de la presencia de España en estas tierras. También, dicen, se estableció una diferencia entre los claros propósitos, de índole política, de constituir un temprano estado nacional y las condiciones de su realidad social de cara al pasado inmediato. ¿Qué quiere decir esto? Que esta especie de bicefalia de la realidad que España intentó instaurar, le imprimió un carácter muy particular, sobre todo a los primeros momentos de la organización colonial. La acción de los conquistadores, convertidos en primeros pobladores, es una utopía al revés. Se trató de llevar a cabo una construcción política perfecta. No aspiraban a que fuera perfecta la constitución política del mundo que venía y que se concebía básicamente en la cabeza del otro, sino de un mundo que era el de ayer, en unas tierras no contaminadas por las primeras emanaciones de la modernidad. ¿Qué significa lo anterior? ¿Cuál es su traducción? En el caso particular de la Nueva España algunos autores han señalado que los conquistadores cuestionaron las pretensiones absolutistas del monarca, y que era muy visible la sobrevivencia del régimen feudal. También una idea, por cierto muy decimonónica, muy heredera de la visión sacralizada por Rivapalacio, y que por cierto no ha sido superada por ningún colonialista en cuanto a la presentación sistemática de los problemas, nos lleva a imaginar que la institución virreinal fue monolítica, que el poder del virrey estaba más allá de cualquier cuestionamiento. Al profundizar un poco más, la historia institucional va mostrándonos que el virrey tuvo que compartir las funciones del gobierno con muchísimas otras jerarquías políticas que se crearon paralela o posteriormente a él. Por lo tanto, por muy desprevenido que sea uno, acaba más o menos convencido de que, de hecho y de derecho, el absolutismo en el caso particular de la Nueva España se antoja más enunciativo que real. Muchísimas funciones de aquel gobierno, tenían un margen de libertad, y al ser ejercidas plantearon problemas que cuestionaron sus puestos políticos fundamentales de la conquista. El asunto es importante y merece que se ponga un ejemplo. José Miranda señala esta dicotomía real en el caso particular del vasallaje. Al revisar documentos, el sólido historiador dice que es posible ver que, no obstante que en primera instancia el habitante de este nuevo mundo es por definición vasallo del rey de España, los papeles demuestran que a la hora del real hacer el vasallaje va siempre relacionado con el encomendero y no con el monarca. Basta con decir que se es vasallo de fulano para escamotear de alguna manera el vasallaje a la monarquía.

Hay un elemento que da más variedad a los poderes, que compite en la dirección política de los grupos sociales de la colonia y cuya acción a lo largo de muchos años se deja sentir en toda la historia colonial: la acción de la Iglesia. Esta, no obstante su subordinación a la Corona a través del Real Patronato, tuvo también manifestaciones interesantes en sus primeros pasos. No solamente se substrajo a la acción de la autoridad civil, sino que le hizo frente. Tal es el caso del alejamiento del soberano en que se encontraban algunos grupos sociales: las organizaciones de indios en una realidad social aparte. De alguna manera fueron subtraídos --en nombre de muchas ideas políticas y religiosas-- de su participación en un todo unitario.

Hay algo que tampoco me parece a mí que suela tenerse en cuenta lo suficiente en los estudios coloniales: la magnitud geográfica sobre la cual va a ejercerse una autoridad, cualquiera que ésta sea, aunque resulte casi siempre la de un personero del monarca. La distancia geográfica con respecto a la metrópoli y la enormidad geográfica novohispana. Quiero decir con esto que la distancia geográfica fue un elemento más del aflojamiento de la pretensión absolutista. Como puede verse, el esquematismo de un poder incuestionable, arbitrario y al que no escapa un palmo de tierra ni un acto de ningún hombre en Nueva España resulta imposible de sostener. Hay además, institucionalmente, y esto es, particularmente, interesante a mi entender, una especie de juego de fuerzas, de pesos y contrapesos, que impide la arbitrariedad de la estructura superior de mando.

Por otro lado, hay algunos elementos de fuga frente al poder central que son las condiciones mismas de esta multirrealidad que señalaba antes. Se ha oído muchísimas veces, todo el mundo la ha repetido alguna vez, se ha enseñado en la escuela, una frase que pareciera resumir ella sola la corrupción y la arbitrariedad política del mundo colonial: ponerse la ley sobre la cabeza y decir: "la obedezco pero no la cumplo". Esto no me parece a mí que implique una especie de maña tergiversadora, sino algo mucho más serio: la imposibilidad de aplicación de la pura fórmula jurídica a una realidad terriblemente compleja. Fuera de la realidad que la genera originalmente, esa fórmula política resulta inaplicable. A mí me parece que si algo tendrán que enseñarnos los futuros estudiosos de ese mundo colonial no será lo general, sino lo particular y lo distinto.

Para el mundo colonial se requiere, definitivamente, una historia regionalizada. Seguramente se requiere también para todo el país; pero sobre todo en el caso del mundo colonial, cuyo estudio tuvo un gran auge que no ha vuelto a recuperar.

Pero volvamos a nuestro asunto. Sabemos que el virrey era el vicepatrono de la Iglesia en la Nueva España; sin embargo es un hecho que la Iglesia nulificó con su conducta el poder de ese vicepatronato, y la historia del mundo colonial está marcada muy frecuentemente por los hitos de la lucha entre las dos potestades, la civil y la eclesiástica. Hay que recordar, al menos numéricamente, las veces en que esto sucedió; siempre perdieron los virreyes y, curiosamente, quienes los sustituyeron fueron los arzobispos. Esto es algo que vale la pena puntualizar. Por otro lado, agréguense a los elementos de fuga del poder civil las inmunidades del clero, que fueron muchas y muy abundantes, más de las que frecuentemente recordamos, y que resultaron de otra barrera a un elemento constitutivo del Estado: el orden jurídico. Hay, pues, otro orden jurídico, otra realidad legal que se opone, que cuestiona al monarca. Creo que incluso la realidad posterior a la colonia nos da pruebas muy rotundas del adelgazamiento de la autoridad política en el territorio de Nueva España, por la simple y sencilla razón de la distancia; pero la autoridad religiosa no escapó a esa realidad. Las autoridades religiosas y la civil no fueron obedecidas en la medida en que quienes quedaban sujetos a ellas estaban muy lejos físicamente. Ahora descubrimos otra parcela interesante; la historia de lo que fueron en un momento dado las Provincias Internas, como el caso de California. Este caso uno puede ver de qué. manera un fraile evangelizador trashumante acaba por ser una entidad autónoma, inalcanzable, casi desconocida y, por lo tanto, ingobernable para sus superiores. Por lo que se refiere a los obispos, esto cuenta en forma determinante e independientemente de la idea absolutamente cierta y válida de que la creación de las intendencias significó un esfuerzo por sanear y hacer básicamente expedita la administración económica colonial. Esto obedece, de alguna manera, al reconocimiento de una realidad, separada y distinta de la Nueva España, la que en 1776 se denominaría Gobierno superior, comandancia general de las Provincias Internas, la cual comprendía los territorios de Texas, Coahuila, Nuevo México, Nueva Vizcaya, Sonora, Sinaloa y las Californias. En tales lugares la presencia española de derecho es relativamente cuestionable, pero la presencia de hecho es absolutamente cuestionable: ahí nunca llegó la presencia real de la mano hispánica como expresión de gobierno o de soberanía, y lo que pasó después, como consecuencia de esa realidad, todos lo sabemos.

Paso ahora, rápidamente, a otro momento de la historia de México. La falta de integración política, la falta de expresiones soberanas reales que he señalado, se agravaron en la época de la insurgencia; ésta adquirió también un carácter definitivamente regional y, bien vista, abarca justamente aquellos lugares en donde la presencia de la soberanía colonial es mayor, es decir, tiene mucho de actitud contestataria. Pero no se puede hablar de una insurgencia igualmente virulenta, ni siquiera presente, en el resto del territorio novohispano. Desconocemos absolutamente la marcha del proceso independentista en muchísimas regiones del país. Un caso de esa historia trabajando, bajando, es el de las Californias. Ahí, por ejemplo, las sorpresas abundan cuando se empieza uno a acercar a esa historia sobre California que todavía no se ha escrito. Por ejemplo: el hecho de que a principios de 1822 las autoridades de la península, que vivían casi bajo un régimen feudal debido a la distancia, se niegan a reconocer el fenómeno de la independencia, y ésta es proclamada en Loreto poco después simple y sencillamente como un rechazo a la presencia de Lord Cochrane ya un posible bombardeo de las costas de California, que los ingleses seguían considerando como posiciones españolas. Entonces, la historia de la independencia es, de alguna manera, la historia de cómo afloró el fracaso político del Estado español en la Colonia. Yo creo que esto sería muy interesante si se llegara a formular, pues definitivamente no veo el éxito de la cohesión colonial.

La multiplicidad de realidades que se manifestó con la Independencia, se agudizó con la aparición de un fenómeno recurrente, en nuestra historia, que va del momento en que empezó a gestarse la nación hasta nuestros días, y que cuestionó y sigue cuestionando, con diversos grados de intensidad, la soberanía del Estado: el caciquismo. Si algo produjo la insurgencia, eso fue una manifestación de los caciques. Ni siquiera los jefes más destacados (Hidalgo, Morelos, Rayón y Guerrero) expresaron en forma unitaria el propio movimiento. En ellos no hubo siquiera un intento de reconocimiento de una jerarquía superior. El caso claro y patente es la pugna Rayón-Morelos. Morelos jamás le hizo caso a nadie. Rayón creó y dio nombre a un elemento de cohesión política: su alteza. La Junta soberana de Zitácuaro y la respuesta de un guerrillero a las pretensiones de autoridad que frente a él pretende Rayón es la siguiente: yo no conozco "más alteza que la de los cerros ni más junta que la de los ríos". Es decir, el señor hace su guerra, tiene sus recursos, hace sus arreglos y definitivamente no comparte la noción de algo que se está buscando coersivamente. Así, hay una polarización de fuerzas definitivas durante el proceso de la guerra de independencia. Los nuevos grupos de mando tienen enfrente como primer problema, tratar de hacerse obedecer, de reorganizar una soberanía no solamente quebrantada, sino definitivamente rota. Lo anterior resulta muy visible en otro hecho de los primeros años de nuestra vida independiente: la diáspora de la reciente nación que, por fortuna, no alcanzó proporciones más graves. Zacatecas, Tabasco, Yucatán tuvieron momentos de agudo separatismo. Es decir, el país se estaba deshaciendo, la realidad geográfica se estaba deshaciendo, y el problema de Texas es el hecho que definitivamente, creo, confirma lo que digo. Pero en el problema de Texas hay ahora una nueva parcela: el problema de la actitud particular de los habitantes de cada una de las porciones frente a la intervención americana. Pensar que todos fueron patriotas, o que todos fueron entreguistas es, de algún modo, simplificar demasiado. Lo que vale para Nuevo México no vale para California, ni tampoco para Texas; en el seno de cada uno de estos lugares hay una especie de estallído, de atomización de actitudes: Primero frente a la propia España; después frente. a la república y, finalmente, frente a la presencia de los Estados Unidos. Un magníficado epígono del caciquismo, fruto de la. insurgencia, fue Juan Alvarez; el disparadero de la Guerra de Reforma fue originalmente una pelea del caudillo Santa Anna contra el cacique Alvarez. Esto, que ya ha sido estudiado por algunas personas, abre el episodio reformista que dará al traste con elementos sociales que significaban fugas de la soberanía, básicamente los grupos aforados: el clero y la milicia. En esto hay una cosa que me llama muchísimo la atención y que me ha sido sugerida por lecturas superficiales de ciencia política. Creo que una de las cosas importantes que nadie ha puntualizado, que nadie ha siquiera planteado con respecto al movimiento de reforma es la de tratar de entenderlos mecanismos gracias a, los cuales un grupo definitivamente minoritario que llegó al poder político, los liberales, reformadores de la segunda hora (los primeros no tuvieron éxito), comprometió a grandes grupos no integrados a la nación a aceptar un sistema político y una forma de gobierno. ¿Cómo logró este grupo una acción coercitiva, cómo logró inducir y conducir una acción, no nacional pero si amplia, numerosa en hombres?

Otra cosa importante: este hecho, que no veo explicado todavía en ninguna parte, se vio reforzado por un agente externo de gran importancia: la intervención extranjera. En esto también hay una cuestión de orden político que me parece importante: la intervención legítima en un Estado liberal democrático, pero esto obligó a que ese mismo estado pusiera en cuarentena las libertades políticas que le daban sustento. Quiero decir con esto que el gobierno juarista tiene que ser revisado desde esta perspectiva. No es posible seguir sosteniendo la presencia de una diáfana vida republicana durante la época juarista. Si hay un momento de dictadura que anuncie las formas que vendrán, ese es el de Juárez. La guerra civil y la intervención lo legitiman, y justifican que no sea posible otra forma de vida porque la nacionalidad, la independencia nacional estaban en peligro, pero el hombre se acostumbré, definitivamente se acostumbró y costó mucho trabajo que soltara el poder, tanto trabajo que sólo la muerte pudo quitárselo.

Así se generó un salto histórico cualitativo. Se generó un gobierno fuerte que, terminado el conflicto internacional, encontró otra razón de preeminencia y de perdurabilidad al arrogarse el papel de promotor del fortalecimiento del carácter nacional y del desarrollo económico. Y hay un hecho que le da la razón. la ausencia de otras entidades sociales a las que correspondería la segunda actividad; concretamente lo que llamaríamos hoy la iniciativa privada. Ante esa ausencia real el Estado actúa con el propósito de llenar un vacío de funciones; pero curiosamente también lo hace dentro de un marco constitucional de liberalismo estricto. Aunque al mismo tiempo, es por exigencias de la realidad un gobierno fuerte e interventor. Entonces, esos gobiernos fuertes, el de Juárez primero, y el de Díaz después, se abocan a la aceleración de la nacionalidad por caminos semejantes; uno básico, sostenido, siempre presente: el de la educación, que proponiendo un sistema de ideas, de valores cívicos, incluso de mitos históricos les permita superar las diferencias reales de los grupos que no se limaron a lo largo del mundo colonial en los primeros años de la organización de la República y tampoco en el mundo de la reforma, que quería lograr una solidarización para que los que aún no se integraban lo hicieran.

El gobierno fuerte de Díaz (esto lo ve espléndidamente Molina Enríquez) tiene la virtud de mantener realidades múltiples superpuestas, con derechos propios, y utilizarlas para fincar su poder; pero se reservó, eso es incuestionable, la autoridad suprema, absoluta e ilimitada que encarnaba en última instancia la soberanía. Es decir, toleré la existencia de múltiples poderes, siempre y cuando la última palabra, la decisión final de mande fuera suya, así lo ejerció y esa es una parte importante de la explicación de su permanencia.

Pienso que no sería aventurado decir que las situaciones reales de los que he llamado gobiernos fuertes van a ser elevadas a un orden jurídico, van a ser legitimadas por la Revolución mexicana. Hay una solución de continuidad, y la Revolución acepta todo esto, lo consolida, lo explícita dentro de una estructura jurídico-política y se embarca en la tarea de promover una auténtica cooperación social. Y esto nos trae al presente definitivamente.

El Estado se convirtió así en el eje del desarrollo social y económico del país, pero es perfectamente visible que su fuerza no se compara con la (le la sociedad civil; el Estado resulta hoy desproporcionadamente desarrollado frente a una nación débil. Además, como no existe hoy un auténtico proyecto de vida nacional, los grupos sociales buscan sus propios caminos de desarrollo que son casi siempre incompatibles entre sí.

A todo lo anterior se agrega un problema más: la penuria de nuestra vida política; la ausencia de participación ciudadana hace evidente que el Estado carece de instrumentos de legitimación. Antes esa legitimación le venía de su quehacer hábil, nutrido de una buena dosis de justicia social, hoy sus tareas son cada vez más torpes y su incapacidad para convertirse en agente de la justicia social es ya indudable.

Así parece cerrarse un ciclo: un Estado que nunca lo fue del todo en el mundo colonial, al que le costó un enorme trabajo serlo a partir de la 'Independencia, que culminó su poder durante los años que siguieron al periodo de estricta reconstrucción nacional posrevolucionaria y que hoy muestra signos inequívocos de crisis, porque de alguna manera todos sentimos que ya no nos expresa cabalmente.

La nación, tarea inacabada, no encuentra ya ni a su artífice ni a su guía. La nación no se descubre ya en la imagen de su deber ser que certeramente formulaba Stuart Mill diciendo:

Una parte de la humanidad constituye una nacionalidad si sus miembros están unidos entre sí por simpatías comunes que no existen entre ellos y los demás, lo que los lleva a cooperar entre sí de mejor gana que con cualquier otro pueblo, a desear estar bajo el mismo gobierno y a desear que haya un gobierno integrado exclusivamente por ellos.

Para terminar diré que ese énfasis en la pura metafísica de la identidad nacional y peor aún en la supuesta pérdida de algo que no está claro que exista, nos da la dimensión del extravío de un Estado que se mueve en la angustia de puros formalismos.