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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1985

c) Ético


La peste, Los Justos y El hombre rebelde expresan el pensamiento camusiano en esta otra fase: la ética (axiológica). Camus insiste en el mal: todo hombre es un apestado, tiende al mal. Hay que buscar valores en la vida, pero para esto es preciso negarlo todo, porque todo es absurdo. Hay que empezar desde el principio. Nihilismo. Este es el punto de partida, confiesa Camus: "Mon point de départ est le nihilisme, c'est-a-dire le doute de tout. Il'y a aujourd 'hui un nihilissme dans le monde." más adelante asegura: "Je ne cherche pas á réhabiliter telle ou telle valeur, trditionnelle. Non, je me place dans le nijhilisme, et c'est la queje cjercje les valeurs constructives ... je ne veux pas la fin de notre civilisation, je veux au contraire affirmer des valeurs qui en assureront la renconstruction. Si je pars du nihilisme, c'est pour trouver des valeurs sures."

Los valores surgirán de la oposición al mal (rebelión). Esto produce una moral de la lucha, de la rebelión, pero también una moral de la dicha ("sagesse méditerraneénne", une morale "algérienne"). Las nupcias juveniles, participación intensa de la vida misma, unión profunda de hombre y naturaleza, jamás desaparecieron del pensamiento y de la vida de Albert Camus. ¿No había escrito el: "hours du ssoleil, des baisers et des parfumes sauvages, tout nous parait futile"?. En la lucha, y a pesar de ella, Camus declara, en boca de Rieux, que no se interesa ni en el heroísmo ni en la santidad; sólo le interesa ser hombre. Rebelión y dicha: este es el binomio que Camus procura realizar en su vida. Así, en La peste, el doctor Rietix es la encarnación de la rebelión, Rambert, por su parte, es la encarnación de la felicidad.

La rebelión es, por supuesto, contra Dios y contra la religión, es también contra toda forma del mal. La rebelión metafísica es el movimiento por el que el hombre lucha contra su situación de hombre y contra la creación. El rebelde metafísico protesta contra la situación humana que se le impone y se declara frustrado por la creación.

La rebelión sólo se da contra alguien. Por lo tanto, "la noción del dios personal, creador y por lo mismo responsable de todas las cosas, es la única que da su sentido a la protesta humana. Así se puede decir, y sin paradoja, que la historia de la rebelión es, en el mundo occidental, inseparable de la del cristianismo". El rebelde no niega, desafía. No suprime a Dios, simplemente le habla de igual a igual: se trata de una polémica con el deseo de vencer. Una vez derribado el trono de Dios, el hombre tendrá que crear un nuevo orden para justificar la caducidad divina.

El hombre rebelde es el que está situado antes o después de lo sagrado, y dedicado a reivindicar un orden humano en el que todas las respuestas sean humanas, es decir, formuladas racionalmente. Desde ese momento toda interrogación, toda palabra es rebelión, mientras que en el mundo de lo sagrado (de la gracia) toda palabra es acción de gracias. Así, el hombre --en el mundo de lo sagrado-- pierde su libertad. Por esto para el hombre sólo hay dos posibilidades: lo sagrado o la rebelión. Lógicamente Camus proclama que la única opción es la rebelión. Y por ello "la loi de ce monde n'est rien d'autre que celle de la force". Entonces, la rebelión es una de las dimensiones esenciales del hombre. Camus no acepta a Dios y, sin embargo, confiesa: "J'ai le sens du sacré"; "Je n'ai que respect et vénération devant la personne du Christ et devant son histoire".

El sentido de la solidaridad, ante el mal colectivo, lleva a Camus al sentimiento de culpabilidad. Todos somos culpables. Cristo también lo fue. Este sentimiento de culpa aparece claramente en La caída. Jean-Baptiste Clamence, protagonista de la obra, cuenta su vida a un compatriota suyo, abogado como él. Están en el bar México-City. Clamence había sido un brillante abogado en París. Había sido feliz; fue amado por las mujeres y se dedicaba a causas nobles. Creía ser bueno, amante de la inocencia y de la justicia. Pero tres acontecimientos cambiaron su vida y lo obligaron a huir a Amsterdam. Una tarde, después de un triunfo jurídico, había subido hasta el puente des Arts para contemplar el Sena. Se disponía a encender un cigarro cuando a su espalda estalló una carcajada. Volvió la cabeza para ver quien era: nadie. Volvió a oír la carcajada varias veces; la última, en su casa. Este hecho despertó su conciencia adormecida.

En otra ocasión tuvo un pequeño problema con un motociclista, que lo golpeó y dio motivo, con eso. a que la gente se riera de él, un brillante ahogado. Surgió en su interior el resentimiento ysintióodio. Se sintió desdichado. Ya no pudo seguir creyendo que era amigo de la verdad y de la justicia, que era defensor de viudas y huérfanos.

Por último, una noche de noviembre --era la una de la mañana-- Clamence iba hacia su casa, por la orilla izquierda del Sena, y, en el puente RoyaL pasó detrás de una joven inclinada que contemplaba el río. Se detuvo un momento pero luego siguió su camino. Había avanzado unos cincuenta metros cuando oyó un ruido; la muchacha se habla arrojado al río. El abogado se detuvo. Sintió que debía hacer algo, pero no hizo nada. Pensé: "es demasiado tarde", y se alejó bajo la lluvia. A pesar de esto se creyó culpable de la muerte de la muchacha a la que no ayudó. Todos somos culpables en la vida, y esto es la democracia, escribió alguna vez. Todos somos culpables: "nous ne ppouvons affirmer L'innocence de personne, tandis que nous pouvons affirmer, é coup sur, la culpabilité de tous". Todos somos hipócritas. Al reconocer su culpabilidad y su hipocresía, el hombre admite que necesita perdón, pero ¿de quién?

En El extranjero Meursault jamás se siente culpable de nada. Su vida es totalmente indiferente, monótona. Es una vida sin sentido. Lo que quiere Camus en El extranjero --lo dice él mismo-- es la presencia física, la experiencia carnal, la luz, el mar, un hombre formado portal ambiente: "Ce que je vois surtout dans mon livre, c'est la présence physique, l'expérience charnelle ... une terre, un ciel, un homme faconné par cette terre et ce ciel"". En pocas palabras Meursault es el tipo del hombre común, pasivo, que simplemente vive, que sólo busca una intensa vida sensual, sin Dios, sin religión, sin moral ni pecado, ni más allá. Y como la muerte se opone al violento amor a la vida, no puede ser menos que el peor absurdo. Porque el único pecado contra la vida --asegura Camus-- es esperar otra vida y sustraerse a la implacable grandeza de ésta.

En cambio, Clamence se reconoce culpable en La caída. Ve que actúa por amor propio, y que los hombres se juzgan implacablemente los unos a los otros. El pensamiento de la muerte lo acosa y lo va transformando interiormente. La conciencia lo acusa y surge en él el sentimiento de culpabilidad. Y concluye: cada hombre da testimonio del crimen de todos los demás. Se trata --como se ve-- de una falta común, de una culpa solidaria. Clamence continúa frecuentando el bar porteño. Ahí analiza su pasado, su vida desenfrenada, indigna. Lo esencial --dice-- es permitirse todo, aunque de vez en cuando tenga uno que gritarse la indignidad propia.

¿No estamos ante la religión sin Dios (profana)? Camus (Clamence) afirma: "no es posible morir sin haber confesado antes todas las hipocresías". Pero ¿ante quién? No ante Dios, porque Dios no existe; no a un representante de Dios, ya que sin Dios no puede haber representante. Entonces, hay que confesarse ante una mujer amada, ante un amigo, ante cualquier hombre también culpable: "Puede estar usted seguro de que escucharé su confesión con un profundo sentimiento de fraternidad" --nos dirán. Es necesario acusarse, pero "no basta acusarse para volverse inocente". No queda más que refugiarse en la desesperación, porque en todo caso no es posible volver atrás. Rara vez --declara-- nos confiamos a los que son mejores que nosotros. Más bien evitamos su compañía. En cambio, casi siempre nos confiamos a los que se parecen a nosotros y comparten nuestras debilidades. Y es que --apunta Camus-- no deseamos corregirnos y mejorarnos: antes se nos tendría que juzgar culpables, "Y lo que deseamos es únicamente que nos compadezcan y que nos animen a continuar nuestro camino. En suma: al mismo tiempo querríamos no> ser culpables y no hacer el menor esfuerzo para purificarnos. No tenemos ni suficiente cinismo ni suficiente virtud; no tenemos ni la energía del mal ni la del bien".

Clamence tuvo que hacerse a la idea de que aquel grito que años atrás habla resonado a sus espaldas no cesaba de vagar por el mundo, por la extensión ilimitada del océano, y que lo perseguía y lo esperaba siempre. "Comprendí también --dice-- que continuaría esperándome el grito en los mares y en los ríos, en todas las partes en que se hallará, en fin, el agua amarga de mi bautismo." Seguía acosado por el remordimiento, pero no estaba dispuesto a cambiar de conducta: "cuando uno sabe que tiene que cambiar, no hay posibilidad de elegir... ¿Qué hacer para ser otro? Eso es imposible. Seria preciso no ser ya nadie, olvidarse de sí mismo, por lo menos una vez. Pero ¿como es posible eso?" Clamence había hecho voto de no pasar de noche por un puente. El grito de la muchacha suicida lo acompañaba siempre. "Suponga usted que alguien se arroja al agua; hay dos posibilidades: o usted lo sigue para salvarlo y, en la estación fría, corre usted el peor de los peligros, o bien lo abandona, y los impulsos reprimidos de zambullirse nos dejan, a veces, extrañas inquietudes". Lo único que suprime el remordimiento es la muerte.

Camus (Clamence) vio dónde estaba la salvación, pero no tuvo la energía para comenzar a vivirla: "me han hablado de un hombre que tenía a un amigo en la cárcel; este hombre dormía todas las noches en el suelo para no gozar de una comodidad que no tenía su amigo. El día en que todos actuemos de manera semejante, será el día de la salvación". Camus vio la solución de sus problemas, pero le faltó más luz: "no es que sea mal hombre, sino que uno pierde la luz. Sí, perdimos la luz, perdimos las mañanas, la santa inocencia de quien se perdona a sí mismo".

El relato termina dramática y tristemente. Clamence dice a su otro yo: "Cuénteme usted, se lo ruego, lo que le ocurrió una noche en los muelles del Sena... Pronucie usted mismo las palabras que, desde hace años, no han dejado de resonaren mis noches, y que por fin oiré de su boca: 'Oh, muchacha, lánzate otra vez al agua para que tenga yo, por segunda vez, la oportunidad de salvarte a ti y de salvarme yo mismo.' Una segunda vez ¡qué ocurrencia! Suponga usted que me toman la palabra, entonces yo tendría que echarme al agua. ¡El agua está tan fría! ¡Pero tranquilicémonos! ¡Ahora es ya demasiado tarde, siempre será tarde, siempre será demasiado tarde!".

Estas últimas palabras también las encontramos en Los Justos, porque quizá Camus pensó que la salvación estaba muy lejos y que para él era ya demasiado tarde. Cuando murió llegó puntual a la cita porque vivió buscando la luz. Había dicho: "Je suis dans la nuit, et j'essaie d'y voir clair".

La evolución del pensamiento de Camus es patente. En el primer periodo hay un afán desmesurado de felicidad, una vida despreocupada, plenamente sensual, "pres du corps et par le corps". En esta época Camus --se ha dicho-- no tiene ideas filosóficas, sino emociones filosóficas. Por eso escribe: "el mundo es hermoso, y fuera de él no hay salvación alguna", "el camino de la lucha hace que vuelva a encontrar la carne. Aunque humillada, la carne es mi única certidumbre. Sólo puedo vivir de ella. La criatura es mi patria"; "tout mon royaume est de ce monde". Y aunque fue atacado por la enfermedad siguió haciendo del mundo su divinidad.. Y, sin embargo, se dio cuenta de que no hay felicidad completa. En El verano en Argelia exalta el apego a la tierra, donde, a pesar de todo, el corazón encuentra su armonía. Y escribe: "¿Qué hay de extraño en encontrar sobre la tierra la unión que buscaba Plotino? Aquí la unidad se expresa en términos de sol y de mar. Es sensible al corazón por cierto sabor de carne que le da su amargura y su grandeza. A pesar de que no hay felicidad sobrehumana, ni eternidad fuera de la curva de los días." El hombre de nuestros días vive también el culto a la carne, busca afanosamente el placer y no quiere saber de otra eternidad fuera de la curva de los días. El hedonismo elemental camusiano es practicado ampliamente, aunque con menos "inocencia" que, por ejemplo, lo hacía Meursault.

En el segundo periodo (el absurdo y la rebelión) Camus hace el absurdo un punto de partida para su reflexión. Quiere encontrar el equilibrio entre la razón divinizada que pretende explicarlo todo (racionalismo) y lo irracional que todo lo sumerge en la total oscuridad, en el vacío. Esta irracionalidad, convertida en agresividad, tiene en nuestros días múltiples formas que amenazan llegara una guerra de todos contra todos. ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Para qué un mundo de valores? Todo es absurdo, especialmente el hombre, piensan muchos. ¿No estamos viviendo la frase camusiana: "Chaque homme témoigne du crime de tous les autres"? El mayor crimen es ser hombre. ¿No escribió Sartre que el pecado original es haber nacido en un mundo en el que hay otros hombres? Por eso Camus dice: "no es fácil ser hombre, todavía menos ser hombre puro", porque todos somos culpables. ¿No dan ganas de creer que muchos se empeñan en vivir la conocida frase "el hombre es el lobo del hombre" ("homo homini lupus")? De aquí la rebelión, el ateísmo o la simple indiferencia porque Dios no evita el sufrimiento, sobre todo de los niños. Dios mismo es culpable. De ahí la huída del hombre: huída de sí mismo, de los demás y de Dios. En el último período ya Camus está obsesionado por la culpa. Clamence se siente culpable, pero no está dispuesto a dar su vida. Pretende justificar lo injustificable porque quiere volver a la inocencia sin dejar de ser malo. Así, Camus escribió en Carnets: la sexualidad no conduce a nada. No es inmoral, pero es improductiva". El hombre tiene dos caras, es fundamentalmente mentiroso. El estado de culpabilidad aprisiona al hombre. Clamence se refugia en una vida disoluta para vencer el sentimiento de culpa. Se ausenta de París con la esperanza de encontrar en Amsterdam la paz. Y sin embargo su fuga no lo salva. Ahí vuelve a oír la risa extraña que antaño le preocupara y el grito de la suicida. Por eso la angustia y la tensión entre el deseo de una inocencia inaccesible y la aceptación de la culpa; la tensión entre el mal inevitable y el ansia de libertad completa.

El hombre contemporáneo vive también angustiado y acosado por la culpa. Es cierto que en muchos hay una profunda "ceguera para los valores", pero en otros todavía late la llama de un persistente culpabilidad, y para apagarla recurren a la violencia y al placer.

"Clamence está consagrado al presentimiento de la falta. Perdido para la inocencia, inseguro de su crimen, su misma palabra lo vacía poco a poco de su realidad y lo vemos ausentarse en los repliegues de su discurso, donde aparece nuestro rostro a medida que el suyo se borra. El condenado tiene también su nombre. Clamence es una voz sin persona, una máscara de mirar vacío, un espejo maléfico donde no desciframos sino dolor y remordimiento, y su espantosa vanidad" (Brisville, J-C, Camus, Gallimard, París, 1959, p. 70). ¿Camus, testigo de nuestro tiempo? Yo pienso que sí. Muchos han dicho que el literato-filósofo está superado. Yo opino que los problemas humanos son de todos los tiempos. Y como Albert Camus trató --bellamente-- esos problemas, creo que sigue teniendo validez.

Pienso que Dios, aunque no está de moda, sigue causando molestias en la conciencia de los hombres de nuestro tiempo. Como lo vivió Camus: "¡Ah, querido amigo. para quien está solo sin Dios y sin amo, el peso de los días es terrible! Y como Dios ya no está de moda, hay que escogerse un amo. Por lo demás, la palabra Dios ya no tiene sentido; entonces no vale la pena que uno se ponga a correr el riesgo de escandalizar a la gente."

Basta reflexionar un poco sobre las actitudes cotidianas para dar la razón a Camus testigo de nuestro tiempo.


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