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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1985

Meursault, la naturalidad insoportable


Sin duda el último hilo familiar restante se corta con un instrumento impersonal y frío: un telegrama. Desde ese momento, como una constante aparecerán, cada vez más, lo signos del aislamiento y la incomunicación, se irá conformando el círculo histérico y mortal de la institucionalidad, que acorrala poco a poco a Mersault: por el delito de ejercer sus sentimientos y su vida, sin ambages, porque está contra el absurdo de una sociedad que hace del autoengaño el eje de su vida.

Narrado en primera persona, empieza diciendo Meursault: "Hoy ha muerto mamá. 0 quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: 'Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias. "Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer."[Nota 104]

Conocemos el apellido del personaje gracias a que la gente civilizada que se encargará de asesinarlo insiste en llamarlo "Señor Meursault"; aunque él nunca siente la necesidad de decirnos "soy fulano de tal". De habérselo preguntado nos respondería que no importaba cómo era su nombre, que tal vez lo único que nos podría interesar era saber qué le había sucedido... si acaso. Y no podemos negar que tendría razón, como la tuvo siempre, hasta el final de su vida.

Meursault viene a ser la única voz lúcida de toda una sociedad que tiene secuestrada la imaginación y la naturalidad por la estupidez y la hipocresía; que hace de las cosas menores, como las formalidades sociales, las normas jurídicas que nadie entiende, los supuestos valores culturales --como viajar a París; los estímulos laborales, etc., un fin en sí mismo, una razón para vivir... y guillotinar a Meursault "en nombre del pueblo francés".[Nota 105]

A punto de ser sacrificado físicamente, el capellán, fiscal del Espíritu Civilizado --es decir, cristiano--, también lo condenará a muerte. Sujeto de un exilio dentro de otro, Meursault habrá de ser primero asesinado por los valores, de los que vivía divorciado de por sí, para luego, por oficios del capellán, sufrir la decapitación de su alma --sea lo que sea aquello que ellos entiendan por salvación y por alma.

Meursault va cayendo poco a poco y cada vez más hondo a causa de sucesos sobre los cuales no hay control posible: desde los encuentros fortuitos con Salamano y su mujer (que en la novela toma la forma de un perro), hasta los árabes y la víctima, pasando por Maxía (su amante) y Raimundo (el factor que desencadena la desgracia).

Meursault es víctima de un doble decapitamiento, cuyo primer ejecutante es el capellán. El condenado lo relata así: "( ... ) levantó la cabeza bruscamente y me miró de frente: '¿Por qué me dijo, rehúsa usted mis visitas?" Contesté que no creía en Dios. Quiso saber si estaba seguro y le dije que yo mismo no tenía para qué preguntármelo, me parecía una cuestión sin importancia".[Nota 106]Y añade: "me miró directamente a los ojos. Es un juego que conozco bien". Ciertamente "( ... ) el capellán conocía bien el juego; ( ... ) me dijo: '¿,No tiene usted pues, esperanza alguna y vive pensando que va a morir por entero?' 'Sí', le respondí."[Nota 107]Luego, "( ... ) me adelanté hacia él y traté de explicarle por última vez que me quedaba poco tiempo. No quería perderlo con Dios. Ensayó cambiar de tema preguntándome porqué le llamaba 'señor' y no 'padre'. Esto me irritó y le contesté que no era mi padre: que él estaba con los otros".[Nota 108]

Meursault dejó claro en aquel momento su condición de exiliado, la razón por la que muere (otra forma de transterrarse) y la abyección de que es víctima. Las últimas líneas de esta extraordinaria novela son reveladoras --las anotaciones entre paréntesis son nuestras: "Para que todo sea consumado (aquí se piensa en Jesucristo, no sólo por la referencia verbal), para que me sienta menos solo, me queda esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores (fariseos) y que me reciban con gritos de odio."[Nota 109]

Seguro de que la vida está en otra parte, como Rimbaud, había dicho antes: me sentía pronto a revivir todo".[Nota 110]


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