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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1985

La vertiente literaria


La concepción de la filosofía como la única Paideia verdadera no aparece sino hasta Platón, y aún a partir de entonces "no cambió el carácter de la educación que ofrecían las escuelas públicas. U filosofía permaneció encerrada tras los muros de las escuelas filosóficas. Las personas comunes y corrientes no se vieron afectadas por ella. Así pues, el tipo literario de educación superior permaneció intacto aún después de la época de Platón" (p. 118, n. 19).

Para el cristiano el equivalente de Homero y los demás poetas griegos, que cumplían una función pedagógica, era la Biblia. Sin, embargo, como en la educación griega, el lugar de la Biblia como literatura constituyó a su vez el contenido y la materia sobre la cual las formas y estilos griegos dieron lugar a una producción inagotable "siguiendo la regla de la imitatio" (Ibid, n.20). Bajo estos principios se inicia la nueva literatura cristiana, como hemos visto, desde la redacción de los mismos escritos del Nuevo Testamento. Y aquí, como en el resto de las modalidades y manifestaciones de la paideia cristiana, la influencia y la presencia de los elementos procedentes de la paideia griega conservan sus propias características y a la vez pasan a formar parte de algo nuevo. Lo que San Clemente Romano aplica a las relaciones que deben existir entre los componentes de la sociedad, como en el ejército y en las partes de un organismo, la noción de mezcla apropiada, en forma de una mutua penetración o fusión (krasis), se da entre lo griego y lo originariamente cristiano. Así, la literatura cristiana, por más figuras y elementos que tome de una lengua y una literatura, no es lo que fue la literatura pagana, ni tampoco la literatura judía anterior, ni tampoco una mera yuxtaposición.

En primer término podríamos destacar el significado original de helenismo. Si bien debe tenerse presente, y ya lo hemos advertido, que la adopción de una lengua lleva consigo toda una serie de elementos --la misma forma de pensar y de vivir--, no, fue éste el significado primario que se le dio, ni tampoco se le consideró lo que más tarde significó la restauración pagana en el momento del conflicto con la Iglesia. A lo que ante todo se refiere el helenismo es a la lengua, y es por ella que en la edad apostólica "observamos la primera etapa del helenismo cristiano" (p. 13).

Tengamos pues en cuenta que es todo un vocabulario el que va elaborándose; bien se trate del nombre con el cual se designa a los seguidores de este nuevo grupo (christianoi), o bien de que se utiliza para designar a la comunidad que éstos forman (ekklesia), o el que se usa para denominar el mensaje que anuncian (keygma), o el que utilizan para nombrar las reuniones e ideal de vida que han de impulsar (agapé), o para dar nombre al impulso común bajo el que deben de vivir y actuar, y gracia, al cual habrán de alcanzar la unidad (Pneuma). Así podríamos ir reconociendo también una serie de virtudes, no sólo aquellas que son enumeradas según la forma propia de los "catálogos de virtudes", sino las que son especialmente tratadas según determinadas situaciones y necesidades como la concordia (homonoia), el conocimiento filosófico de ciertas verdades (dogma), la ordenación de consuno (sympnoia panton) hasta la misma pai--deia tou kyriou.

Este vocabulario se empleaba en obras que eran elaboradas por autores cristianos para ser leídas o dichas según modelos literarios o retóricos característicos. Se emplearon formas literarias griegas como la epístola, las actas, la didaché, el apocalipsis y el sermón. "Este último es una modificación de la diatribe y dialexis de la filosofía popular griega" (p. 17). También se emplearon formas como la del martirologio y los folletos religiosos.

Jaeger destaca, dentro de esta literatura menor, haciéndola objeto de un capítulo especial, la Carta de San Clemente Romano a los corintios. "A la manera del antiguo arte retórico, les prueba por medio de muchos ejemplos muy bien elegidos (hypodeigmata) los trágicos resultados de la lucha de facciones (stasis) y de la desobediencia y los hace contrastar con las bendiciones de la concordia y la obediencia, que divide adecuadamente como un segundo Demóstenes, en ejemplos tomados del pasado remoto y otros tiempos más recientes que sus lectores conocen por experiencia propia," y aun cuando se abstiene de dar ejemplos, "aplica claramente las reglas de la elocuencia política" (p. 27).

Así pues, la literatura cristiana aparece desde las primeras generaciones de cristianos. No obstante., a quien Jaeger nos presenta como un modelo sobresaliente que se distingue particularmente por su calidad literaria es a San Gregorio Nacianceno. "En este aspecto sobrepasa fácilmente a Basilio y a Gregorio de Nisa" (p. 110); su calidad estética y su dominio de las diferentes formas y estilos lo hacen "el verdadero intérprete de la psyché de su tiempo".

Desde luego que esto no significa restar importancia a la calidad literaria de los autores del siglo 11 y 111 y a sus aportaciones en este campo. Tengamos simplemente como ejemplo la motivación y significación que para la literatura cristiana tuvo el método alegórico de la exégesis alejandrina, particularmente con Orígenes, "quien representa una etapa superior" en cuanto a la forma. El "emplea, por primera vez en la literatura cristiana, las formas tradicionales de la erudición griega, tales como la edición crítica, los comentarios, los escolios, los tratados científicos". Después de todo, su manera de escribir, "a pesar de ser clara y bien ordenada, está libre del clacicismo estilístico de sus tiempos y destaca el contenido más que la forma" (p. 87). Por su parte, Clemente nos trae el eco de los poetas griegos (Cfr. p. 23, n.28).

La importancia de los capadocios, y particularmente del Nacianceno en el aspecto literario, es la dimensión integral de toda su obra, la formación de la civilización cristiana. "No será demasiado decir que, en su caso, puede hablarse de neoclacisismo cristiano que tiene algo más que un carácter formal" (p. 107). Son parte de "un verdadero renacimiento que dio a la literatura grecorromana algunas de sus mayores personalidades" (p. 108).

Este renacimiento del siglo IV corresponde a la época en que la retórica y la filosofía compiten "por el primer lugar en el campo de la literatura y la educación. Para el cristianismo es un imperativo poner a ambas a su servicio" (p. 110).

Gregorio Nacianceno "es un distinguido representante de las ambiciones culturales de los cristianos. Sus homilías están repletas de alusiones clásicas; conoce a fondo a Homero, Hesíodo, los poetas trágicos, Píndaro, Aristófanes, los oradores áticos, los modernos alejandrinos y también a Plutarco y Luciano y a los escritores del segundo movimiento sofista, que son sus modelos directos en cuanto al estilo" (Ibid).

Todo lo cual permite que en San Gregorio Nacianceno "el renacimiento de las antiguas formas literarias griegas dé como resultado la creación de una literatura cristiana capaz de competir con los mejores productos de los escritores paganos contemporáneos y que hasta las sobrepasa por su vitalidad y poder de expresión" (p. 117).


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