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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1985

Manuel Vázquez Montalbán, La rosa de Alejandría (por Julián Meza)


Manuel Vázquez Montalbán, La rosa de Alejandría, Planeta, Barcelona, 1984, 249 pp. (ISBN 84-320-5569-7).

En una época en la que parecen florecer, dentro y fuera de las grandes letanías, los nombres de las rosas, no podía faltar, asociado en genitivo con el nombre de la rosa, el nombre de Alejandría.

Aun cuando se trata de una novela policiaca, no hay enigma, no hay mística, no hay misterio en la prosa de La rosa de Alejandría. Todo el misterio se halla en media docena de versos:

Eres como la rosa de Alejandría,

morena salada,

de Alejandría,

colorada de noche blanca de día,

morena salada,

blanca de día.

Como España, como la España de los ochentas, la rosa transita de un color a otro, del claroscuro a la sombra, de la palidez al rojo. Es la indemnidad frente al destino --incierto y, al mismo tiempo, paradójicamente definido-- de la llegada a un puerto donde se dieron cita los colores difusos de la modernidad; de una modernidad tardía o, por qué no, pasada de moda. De aquí la claridad, y aun la transparencia con la que un marino se despoja de "la gracia del mar" al contacto con una tierra que es, simultáneamente, punto de partida y eterno retorno. De aquí también la oscuridad, y aun la sordidez de una agreste geografía, rural y urbana, por donde desfilan los rostros indiscernibles del miedo y de la añoranza, del desprecio y de la locuacidad, de la mezquina rapacidad, de la angustia, de la miseria humana que hace frente al escepticismo, al desencanto de ese Pepe Carvalho que sin proponérselo quiere afirmarse en la voluntad savonarolesca de deshojar (como se deshoja una rosa) y pegarte fuego a un libro, aunque

(...) la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos".

Quizá es cierto que la sabiduría del mundo hace ya tiempo que se consumió en los laberintos de las bibliotecas; pero, desde entonces, ¿hemos sistido a la gestación de otro género de sabiduría? ¿O acaso puede denominarse sabiduría al triste espectáculo que ofrece el supuesto desenfado con el que se cree asistir al fin de los tiempos modernos?

La España de la transición, en la que Carvalho despliega su vocación detectivesca, es un lugar común. No es un lugar común la España catapultada de las profundidades de los tiempos premodernos, donde el protagonista de La Rosa de Alejandría lleva a cabo sus pesquisas, al caos de los tiempos modernos donde, blanca o colorada, la rosa se engaña, o cree poder engañarse al afirmar que vive de lleno en la modernidad.

Es indiscutible el agotamiento de un realismo retórico que linda con lo grotesco en los confines (arbitrarios) de un género (la novela) que se sospecha al borde del colapso. Es inagotable una realidad en la que el pretexto de un crimen y la búsqueda del cri,inal da lugar a una sucesión de hechos y personajes cuyo recuento vence a la impotencia de ese realismo.

¿Una novela policiaca La rosa de Alejandría?

Fuera de la tradición anglosajona de la novela negra, La rosa de Alejandría halla su genealogía precisamente en el origen de la novela negra: la novela popular europea del siglo XIX, en la que crímenes y criminales no son sino, literalmente, el pretexto que da pie a la reflexión sobre la manera, circunstancial, como el hombre está en el mundo. Junto con Sciascia y, más recientemente, Eco en Italia y Tony Willer en Francia, Vázquez Montalbán nos recuerda la novela por entregas en la que los asesinatos, o los asesinos no son el eje de una acción dramática, sino el hecho circunstancial, dentro de una reflexión, que los torna acontecimientos. Así, el telón de fondo de La Rosa de Alejandría es, en realidad, el proscenio de la España de los reyes y de los primeros ministros, de las beatas de Alicante y de las callgirls de Barcelona, de la pudibundez y del deshonor.

JULIÁN MEZA