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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1985

Tony Willer, Quartier Vorace y L'empire des vieux gogols (por Julián Meza)


Tony Willer, Quartier Vorace, Licu Commun, París, 1983, 218 pp. (ISBN 2-86705-011-1)

Tony Willer, LImpire des vieux gogols. Licu Commun, París, 1984, 269 pp. (I S BN 2-86705-031-6).

En su relación con lo político Tony Willer no es tal vez un representante de "la voluntad popular", pero en el mundo de la literatura tiene algo que decir, sobre todo del lado del Barrio Voraz (Quartier Vorace), o frente a El imperio de los viejos renegados (Lempire des vieux gogols). Ciertamente estos dos libros no son un descubrimiento en materia de estilo y de estructura en el campo de la novela negra, pero no deja de ser interesante asistir con ellos al espectáculo que ofrecen de la 'Francia profunda" durante el reinado de Mitterrand I.

En la superficie de la Francia de los años ochenta todo parece estar en calma. Nada se mueve, aparentemente. En realidad hay una ebullición que agita a muchos de aquellos que modelaron Francia, desde todas las posiciones políticas y militares, de la Segunda Guerra Mundial a nuestros días, pasando por la guerra de Indochina, la guerra de Argelia y la revuelta de Mayo del 68.

Sabemos donde están, o donde estuvieron (RIP), aquellos que dirigieron, desde el frente de batalla, o desde los ministerios, todas las operaciones profilácticas o depredadoras. ¿Pero dónde están aquellos que, en esas épocas de turbulencia, realizaban las bajas tareas (ordenanzas en Indochina, paracaidistas en Argelia ... ) bajo las órdenes de todo tipo de graduados?

Los sobrevivientes de las bajas tareas se reencuentran, al filo del tiempo, hacinados en los "barrios voraces" (multifamiliares periféricos, donde razas y edades se enfrentan irreconciliablemente en duelos interminables) que les roen el alma y los huesos, y que de pronto se ven amenazados por la decisión de demoler todo un barrio (voraz) o de crear milicias de autodefensa de viejos (renegados), a causa de los representantes de una "voluntad popular" que se aburren, que viven en espera de ascensos y promociones, que no pueden arrumbar sus deseos de poder.

Ambas decisiones entrañarán, sin embargo, cadenas de asesinatos a lo largo de las cuales no se hallarán, como es la regla en las novelas policíacas, ramificaciones interminables, acontecimientos insospechables e insospechados y desenlaces inesperados. Y esto se debe a que no es la trama que teje el autor la que le marca el ritmo a su escritura. Es, por el contrario, la escritura la que le imprime un ritmo a los acontecimientos y la que, a la vez, nos descubre la falsedad del inmovilismo francés y las profundidades de un país que, pese a todo, no deja de caminar hacia un porvenir --indiscernible, quizá, pero del que nadie puede afirmar con certeza que no tendrá lugar.

¿Acaso marginales de cualquier tipo (excombatientes, expolicías, ancianos coléricos, jóvenes vagos, adolescentes prostituidas, políticos jubilados, pandilleros) pueden construir un porvenir en el que la regla consistirá simplemente en ignorarlos? Esto es algo difícil de creer, pero no imposible, ni menos aún impensable. Sin embargo, la única manera de aproximarse a ese porvenir que, sobre las espaldas de víctimas y victimarios, culpables o inocentes, construye el presente, consiste en penetrar en esas narraciones.

Son éstas las que, sin ignorar sus orígenes o, mejor aún, en el escenario de su propio pasado (los antiguos recintos mineros donde germinaron los germinales) hurgan, tantean, se atropellan a lo largo del camino por donde marchan: la incertidumbre.

JULIÁN MEZA