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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1985

SERGIO PÉREZ CORTÉS Escribir y argumentar. La inovación técnica del alfabeto


LOS hombres reconocen lentamente la potencialidad de algunas innovaciones destinadas a transformar con profundidad su organización social y su estructura mental. Algo semejante ha sucedido con el medio técnico sobre el que deseamos centrar unos minutos la atención: su aparición resulta crucial para la constitución de lo que llamamos nuestra racionalidad, para la forma en que el pensamiento salvaje fue domesticado, y, en fin, para la manera en que la razón occidental pudo organizar sus contenidos. Sin embargo, a diferencia de otras tecnologías destinadas a alterar la imagen de nuestro mundo, este objeto no vuela, no gira vertiginosamente y no produce estrépito alguno; por el contrario, su mayor mérito consiste en su discreción, en su relativa invisibilidad, en su capacidad para presentarse cotidianamente a nuestra mirada con toda la modestia de los grandes eventos. Pero no agreguemos a la cuestión un falso misterio: se trata de la aparición del sistema alfabético de escritura.

El presente artículo, que debe todo a los arqueólogos y a los historiadores clásicos, se propone destacar las consecuencias históricas y sociales provenientes de la invención de ese medio técnico, verdadero instrumento de la razón. Adelantemos una prevención inicial: se admite de antemano que las consecuencias a que habremos de referirnos no son uniformes, que varían de un momento histórico a otro, de una sociedad a su vecina y, eh fin, que una cosa es el significado potencial de la innovación y otra las peripecias políticas que le imponen o la marginan. Con todo, el propósito es recalcar que el tránsito de la oralidad o de una cuitura preaitabetica a la civilización del alfabeto no se realiza sin dejar huellas profundas sobre la forma en que los hombres organizan los contenidos de su pensamiento; se sostendrá que el pasaje de la socialización, basada en lo oral, a la experiencia de la escritura comunitaria, altera el modo en que los hombres perciben o se interrogan acerca de lo que les rodea y modifica la experiencia de argumentar, dialogar y demostrar, experiencia resumida en el término "racionalidad". Si, como lo creemos, el pensamiento es una actividad sujeta a ciertas reglas discursivas e históricas, ,entonces el medio técnico disponible en un momento determinado ocupa un lugar decisivo en ese proceso. Nuestro argumento general es que la grafía alfabética constituye una de esas técnicas del intelecto y, en consecuencia, forma parte del materialismo incorpóreo característico de los procesos de lo imaginario y del saber.

La aparición del medio técnico de escritura es, en esencia,un problema histórico porque aun cuando se encuentra estrechamente unido a la lengua hablada, a diferencia de ésta no tiene ningún soporte biológico, y no proviene de ninguna facultad propia a la especie. La teoría lingüístíca admite hoy que cada hombre es por definición un hablante y que la lengua forma parte en mayor o menor grado de su arsenal genético; pero su naturaleza no hace de él inmediatamente un lector ni un escritor. Comparadas con la facultad de la palabra, la escritura y la lectura son accidentes recientes y, en gran medida, datables, cuyo surgimiento es una aventura llena de rodeos y dificultades. A pesar de su aspiración a ser sólo una reproducción gráfica adecuada a la actividad oral, los sistemas de escritura tienen un desarrollo fundamentalmente autónomo,asociado al ácto de su apropiación, al acto de "lectura", y ambas son capacidades que se adquieren y se ejercen mediante un aprendizaje cuyas condiciones no son espontáneas: se trata de actividades no innatas sino sociales, sujetas por tanto a las peripecias de todo producto humano donde intervienen la pasión, la obstinación y la violencia.

Historia de la escritura e historia de la lectura son procesos de tal modo inseparables que para comprender el alcance de la innovación gráfica es necesario iniciar con la pregunta: ¿qué debe entenderse por Ieer"? La lectura es un acto de reconocúniento cuyo fin es asociar los rasgos fonéticos realizados en la lengua hablada con ciertos elementos gráficos convencionales. A fin de que se efectúe esta asociación, el sistema gráfico debe llenar ciertas condiciones específicas que se examinarán más adelante, pero desde ahora puede convenirse en que si ese reconocimiento se encuentra sujeto a exigencias que lo dificultan o lo complican, entonces, antes que de lectura se trata de una actividad más exigente que podría ser llamada desciframiento, interpretación o decodificación. Para todos los sistemas de escritura se cumple que el número de individuos capaces de apropiarse de cualquier conjunto de marcas gráficas está en relación inversa a las dificultades y los obstáculos que deben ser superados, puesto que las exigencias del sistema condicionan de manera directa el tipo de habilidades individuales requeridas para iniciar el proceso de lectura.

Los recursos propios del medio técnico empleado afectan directamente el acto de lectura y por esta vía al número potencial de lectores y escritores, es decir, de aquellos que en condiciones sociales se apropian y - transmiten determinados contenidos. El interés histórico de la cuestión radica en que las sociedades humanas han conocido grados diferentes de progreso en la elaboración de sus sistemas de escritura hasta concluir en la llamada escritura alfabética. Las premisas del análisis que ha conducido a esta transformación decisiva para la civilización occidental serán mejor percibidas si se definen las condiciones ideales para que un sistema alcance sus objetivos eficientes en el momento del reconocimiento:

a) El sistema gráfico debe permitir la representación de todos los sonidos de la lengua que tienen función distintiva; las marcas gráficas deben estar asociadas, por su número o por su naturaleza, con aquellas emisiones fónicas que por sujuego de oposiciones participan en la producción del significado. La lingüística moderna llama "fonemas" a esos sonidos con función distintiva y, afortunadamente para el sistema de escritura, su número es reducido en todas las lenguas naturales:

fonema / f / Graphics signo f; fonema./p/ Graphics signo p; fonema /r/ Graphics signo r; etcétera.

b) A fin de que el sistema alcance totalmente sus propósitos no debe permitir excepciones, es decir, que uno y sólo uno de sus caracteres debe asociarse a cada rasgo fónico distintivo, lo que implica que ningún sonido debe ser reconocido por conjetura a partir del contexto. Cada gráfico, rasgo o combinación debe evocar un solo Jónenia y el conjunto no debe dejar al lector ninguna decisión contextual en la elección del sonido representado: fonema /f/ Graphics signo f; fonema /p/ Graphics signo p:

pero no: fonema /f/ Graphics signo Graphics signo fonerna /p/ Graphics

c) El número total de caracteres debe ser limitado para evitar la tarea de dominar una larga lista de signos gráficos que sobrecargue la memoria antes que se inicie el acto de reconocimiento propiamente dicho. Esta condición última es fundamental porque el acto de lectura no consiste en la memorización de una lista ordenada de signos, como en la repetición infantil del alfabeto, sino en la asociación de esos rasgos con sus correlatos fónicos en millones de combinaciones originales que constituyen las palabras y las frases, y aun cuando la capacidad de memoria puede someterse a un grado elevado de entrenamiento, su participación es menos eficiente cuando se trata de dominar un conjunto importante de combinaciones gráficas. Es quizá un hecho fortuito el que el número de caracteres en los sistemas alfabéticos se sitúe en torno a los 30 rasgos, pero la diferencia es abrumadora si se les compara con los 4000 rasgos necesarios para dominar la base elemental de la ideografía china y con los 40000 rasgos requeridos para su comprensión completa. [Nota 82]

Determinando el número potencial de escritores y lectores, estas tres premisas técnicas pueden tener consecuencias históricas importantes: la limitación en el número de personas capaces de ejercer esa actividad, posibilita que una drástica reducción de esos practicantes se convierta en la desaparición de la escritura, como lo muestra el caso griego entre los siglos XI y VII a.C. Con la ruina de los palacios micénicos no es sólo la monarquía arcaica la que desaparece sino también la escritura, y cuando en el umbral de la era clásica los griegos reaprenden a escribir, se trata en realidad de una práctica diferente que ya no es el privilegio de una casta de especialistas sino una actividad que forma parte de la cultura común. Sin duda esta desaparición de los rastros escritos es, en parte, responsable de la relativamente pobre comprensión actual de aquello que los arqueólogos llaman "la edad sombría".

Ningún sistema de escritura referido a las lenguas naturales satisface estrictamente las tres condiciones anteriores, pero aproximándose en mayor o menor a ese ideal, cada sistema facilita u obstaculiza el acto de asociación llamado lectura. A fin de marcar sus divergencias, se reservará el nombre de "alfabeto" a aquel conjunto de caracteres que cumple simultáneamente las tres premisas técnicas distinguiéndolo así de las escrituras ideográficas, logográficas o silábicas que sólo satisfacen alguna (s) de esas condiciones. Nítidas en ciertos casos, estas divergencias entre los sistemas pueden resultar más difíciles de reconocer, por ejemplo, al comparar un sistema silábico con la escritura alfabética. Los rasgos diferenciales y las consecuencias sociales de la adopción de cada tipo de escritura resultarán pues más claros si se comprenden estos dos sistemas cercanos respecto al tipo de análisis que realizan, pero para ello es preciso examinar brevemente el soporte material en que se sustentan: la actividad del aparato fonatorio.

Los fonólogos distinguen en los sonidos del habla dos operaciones básicas:

a) Una corriente de aire expelida por los pulmones productora de vibraciones en las cuerdas vocales, los llamados sonidos vocálicos.

b) Esa columna de aire está sujeta a un cierto número de modificaciones en el aparato fonatorio como son las detenciones / p, t, k,/ o los rodamientos / r/; alteraciones que se producen en diversos puntos: en los labios /b/, en el paladar /d/, cerca de la glotis /g/, etc. El sonido que resulta de esos dos actos consiste en una consonante /p, b, g, ... n/ introducida o rodeada por una o varias vocales /a, e, i .... u/, y el conjunto es denominado sílaba.

Este sonido combinado es el que se intenta representar en un sistema silábico. El sistema tiene un fuerte soporte empírico, porque desde el punto de vista físico es imposible aislar fonéticamente una consonante (las cuales han sido llamadas con justeza "átonas", sin sonido, o "hemífonas", que suenan a medias, como las semivocales /1/). Para ser percibida, una consonante requiere del apoyo de una o más vocales asociadas, y este dato inmediato es el punto de partida de la representación silábica. La descomposición del flujo del habla en palabras y de éstas en sílabas dentro del sistema supone un progreso en el análisis de la lengua hablada que, para muchas sociedades, se produce únicamente debido a influencias externas. A pesar de que esta etapa "silábica" es más "natural" que la descomposición alfabética, para las culturas orales ella implica un cierto grado de dificultad, como lo muestra el que la introducción de sistemas gráficos en esas organizaciones se detenga con frecuencia en ese nivel. No obstante, la escritura silábica sigue siendo un examen más "espontáneo" que el alfabeto, lo que explica la relativa facilidad de su aprendizaje que se manifiesta en la enseñanza de adultos.

La idea central del sistema silábico es asociar un signo a cada uno de estos sonidos compuestos. El número total de caracteres que contiene el sistema es entonces enorme porque depende del número posible de sílabas en una lengua natural. A partir de este momento, para este tipo de representación se presenta una doble alternativa que conduce a un único resultado:

1) O bien la memoria debe ejercitarse para recibir una cantidad importante de signos, lo que implica una sobrecarga psíquica previa al acto de lectura que requiere una cierta disposición individual, realizable sin lugar a dudas, pero sujeta a ciertas exigencias.

2) O bien se busca reducir sensiblemente el número de signos gráficos, pero en este caso cada rasgo quedará asociado a varios sonidos produciendo una ambigüedad que debe ser resuelta por el lector efectuando una elección basada en el contexto:

Graphics

un ejemplo histórico de esta última elección es el silabario - semítico occidental que consiste únicamente en 22 signos gráficos; su innovación esencial consiste,en dejar de lado los signos léxicos y los signos con más de una consonante, limitándose a un número reducido de caracteres silábicos abiertos; pero la drástica reducción en el número de rasgos indica enseguida el grado de ambigüedad que el sistema contiene, No es erróneo llamar desciframiento al conjunto de decisiones que debe realizar el lector en este tipo de escritura y es claro que a mayor número de elecciones contextuales, es mayor el grado de "profesionalización" requerido para la utilización del instrumento.

El resultado común de ambas alternativas es elevar las exigencias previas necesarias para el uso del sistema gráfico. Las premisas técnicas de éste requieren así un conjunto de habilidades que deben desarrollarse previamente, condicionando así el número potencial de usuarios. Naturalmente, esta consecuencia, existente desde el sistema silábico, se amplifica en el caso de las escrituras presilábicas, en las cuales el número de signos es más importante. El grado creciente de dificultad en la escritura tiende naturalmente a producir una casta de profesionales de la actividad, los cuales a su vez, difícilmente resisten a la tentación de introducir desviaciones artificiales con el único fin de hacerla inaccesible a los grupos excluidos (como en el caso de la logografía china); a tal extremo, que diversas sociedades enfrentadas al problema, han preferido importar algún sistema antes que intentar la reforma de su propia escritura.

¿En qué consiste la diferencia del alfabeto respecto del sistema silábico? Como se ha visto, este último realiza un cierto tipo de análisis de los componentes de la palabra; pero su examen se ha detenido demasiado pronto, en entidades silábicas que, a pesar de su naturalismo, no son aún las unidades elementales del acto fónico y conducen a la decisión descrita entre ambigüedad o sobrecarga de la memoria. Por su parte, el alfabeto efectúa ese mismo análisis pero en un mayor nivel de abstracción: el sistema fragmenta la sílaba en componentes fonológicos más elementales, los llamados fonemas, y asocia un signo y sólo uno a cada una de esas partículas, eliminando de antemano toda ambigüedad para el lector potencial. Reconociendo las partículas elementales que son soportes de la significación, el alfabeto logra evadir aquella elección cumpliendo al mismo tiempo las tres premisas básicas a la eficiencia del acto de lectura.

La diferencia entre ambos sisteinas puede exponerse visualmente siguiendo el ejemplo propuesto por Havelock (1980) que proviene de la lengua inglesa, pero que es de una nitidez insuperable; consideremos la frase (1) liberada de todo recargo ortográfico.

(1) JAK AND JIL

(1) está compuesta de 9 signos de los cuales 7 no se repiten. Supongamos ahora un sistema silábico ideal que reprodujera para cada consonante la vocal inmediatamente anterior; en este sistema, la frase (1) sería escrita de este modo:

(2) JA KA A NA DA JIILI

(2) está constituida por 7 signos de los cuales ninguno se repite, es deicir, que siendo más "económica" a nivel de palabra que el sistema alfabético, a medida que las frases se asocian unas a otras, los signos silábicos se. irán acumulando rápidamente, exigiendo entonces una especialización de la memoria.

La misma frase (1) expresada ahora en el sistema semítico occidental, que es considerado un silabario sin vocalización (y que se encuentra en el origen de los sistemas hebreo, arameo, árabe, etc.), seria reproducida de la siguiente manera:

(3) JK ND JL

La diferencia de (2) y (3) respecto de (1) reside en el tipo de análisis efectuado por el alfabeto: por un lado, en éste, a diferencia de lo que sucede en (2) el examen es llevado hasta los últimos componentes fonémicos, mientras en oposición a (3), el alfabeto hace visibles los elementos vocales y los separa de la ambigüedad que debe ser resuelta por elección. Frente a ambos sistemas la originalidad del alfabeto consiste en reconocer los dos componentes teóricos del acto lingüístico, y en representarlos material e independientemente.

Con ello no se sugiere que el lector entrenado en los sistemas que producen las frases (2) y (3) sea incapaz de llegar a la emisión fónica primitiva; pero lo hace por intermedio de un mecanismo de memorización que en un caso agrega y en otro elimina aquello que diverge del enunciado original. La preparación previa a la lectura consiste justamente en esta familiarizacíón, que es al mismo tiempo el índice de la profesionalización antes referida.

El ejemplo hipotético permite además indicar el sentido lineal que ha seguido la evolución de la escritura. Aun cuando se admite que el proceso conoce rodeos y desviaciones, en conjunto la escritura ha pasado de la logografía (o sus variantes ideográficas) a la silabografía (casos 2 y 3) y de ahí a la alfabetografía, sin que se conozca ningún caso de evolución inversa, por ejemplo, el que un alfabeto se convierta en silabario: "Desde el punto de vista histórico el desarrollo va desde la escritura egipcia a través de la escritura semítico-occidental hasta la escritura griega". [Nota 83]

Las características técnicas asociadas al uso extensivo de la escritura alfabética son fáciles de describir pero, ¿qué implica esta innovación desde el punto de vista ideológico y de la constitución de la racionalidad occidental? Para comprender el alcance de esta mutación no basta con referirse al número absoluto de lectores y escritores que permite el sistema. Es preciso mostrar además de qué manera esta modificación técnica inside en aquello que de un modo impreciso llamaríamos el "contenido" del mensaje; porque la invención del alfabeto no se reduce a extender la experiencia común, sino que altera la significación de los contenidos socializables A fin de introducir esta cuestión, lo mejor será citar un texto importante: "(En los sistemas prealfabéticos) el alcance de la ambigüedad posible en el desciframiento es inversamente proporcional a la extensión o la generalidad de aquello a lo que se refiere el contenido. Si desea que un lector reconozca perfectamente lo que usted quiere decir, entonces no será posible decir todo lo que usted quiere decir. Es preciso ajustar las significaciones que se quieren transmitir a las significaciones que el lector es capaz de recibir." [Nota 84] La originalidad del contenido del mensaje está constantemente limitada por la ambigüedad del proceso de lectura.

Esta unión entre ambigüedad y comprensión es decisiva, porque a partir de ella se percibe cómo los diversos sistemas de escritura no alfabética sujetan el contenido del mensaje a determinadas restricciones básicas con el fin de obtener un nivel de aprehensión aceptable por parte del lector:

1) Por una parte, el mensaje debe limitarse a ciertos temas "típicos" o "canónicos" que sirvan de apoyo a la comprensión del texto, es decir, deben usarse formas ritualizadas, autorizadas o simplemente repetitivas que auxilien al decodificador a asimilar lo que está representado en la escritura a lo "ya sabido".

2) Además, el texto debe restringirse a ciertos arquetipos o personajes bien conocidos provistos de rasgos estables que sean familiares y que homogeinizen la experiencia humana. No olvidemos que culturalmente los relatos sobre algunos personajes son la memoria colectiva del grupo y deben por tanto realizar, actualizar, un conjunto de valores ideológicos admitidos. La proliferación de temas religiosos o míticos, característica de las literaturas prealfabéticas está ligada en cierto modo a la limitación de sus sistemas de escritura, que obligan a la monotonía como soporte de la interpretación.

Sólo bajo estas dos restricciones de contenido se realiza completamente el encuentro entre el "autor" y el "lector" en las escrituras prealfabéticas. El medio técnico condiciona el contenido porque éste depende de la eficacia del sistema escrito y de las posibilidades de lectura que permite. Limitando severamente el sentido de lo que puede transmitirse y comprenderse, el soporte gráfico se convierte en una restricción mayor cuyos efectos sólo devienen visibles con la liberación de esas cadenas formales. Si además esta limitación se vincula con la profesionalización de la escritura y de la lectura exigida por esos sistemas, se verá entonces cómo cierto tipo de elecciones recaen en una casta cuyo papel consiste justamente en ejercer un control sobre lo sabido, lo dicho, lo reproducido, lo verdadero. La erudición y la exégesis en esas culturas es sólo un ejemplo de esa profesionalización, de esa dictadura del contenido que ejercen con placer los profesionales del sistema gráfico. No es necesario exponer aquí las consecuencias que cada uno puede obtener con facilidad a propósito de este tipo de tiranía.

Para la civilización occidental las consecuencias de la innovación alfabética han sido enormes y no es exagerado hablar de "razón gráfica" para referirse a la constitución del pensamiento, al contenido y a los procesos del conocimiento que posibilita. Este medio técnico que ni gira vertiginosamente, ni vuela, ni asombra a nadie, habrá de revelarse como una de las modificaciones fundamentales para nuestra cultura en varios sentidos:

a) El alfabeto no sólo democratiza el uso de la escritura sino que es la premisa de esa misma democratización. No es únicamente porque evite la especialización de una casta sino que además permite su enseñanza en el momento en que las facultades intelectuales del niño no están completamente desarrolladas, lo que excluye para siempre el monopolio de ese artefacto. Desde luego, con ello no se pretende afirmar que la lectura socializada es imposible bajo otros sistemas gráficos, o que el alfabeto es responsable de la democracia, pero es claro que evadir las condiciones individuales previas a la lectura es una manera de generalizar esa experiencia, de hacer común un saber. El alfabeto muestra que no se pueden separar los medios de comunicación de las relaciones de comunicación, y que un sistema de información incluye también el control de esa tecnología.

b) El aparato de escritura deviene un medio eficiente sin valor intrínseco que no interpone sus propias exigencias a la producción y apropiación del contenido. El sistema se convierte en un objeto "invisible", un procedimiento mnemotécnico cuyo mérito consiste primordialmente en desaparecer, en eclipsarse, lo que significa que, liberado de esa carga, el aparato psíquico puede orientarse a otras actividades intelectuales. Como todo medio técnico, el alfabeto es una potencia productiva del intelecto.

c) A largo plazo, ese medio técnico modifica el contenido de la experiencia social, porque liberando la significación de las restricciones de la forma escrita, permite la transmisión y la apropiación de una experiencia más compleja y socializada, constituyendo en cada sujeto un participe de ese saber generalizado. Dispersando esa experiencia, el alfabeto contribuye a la construcción de otro tipo de solidaridad social modificando el espacio de lo imaginario, y no sólo en el sentido de que cada uno pueda apropiarse de los testimonios más complejos o más sutiles escritos en su propia lengua, sino facilitando la traducción entre lenguas diversas sujetas al mismo sistema escrito.

d) Finalmente, el sistema alfabético ensancha los límites del pensamiento porque por vez primera permite registrar y conservar todo tipo de discurso en prosa sin limitarsu contenido intrínseco. Las exigencias formales (de escritura silábica, de ritmo, de rima, etc.) que son necesarias para la reproducción oral de largos pasajes, desaparecen. Las restricciones a la significación provenientes de la forma que debía adoptar el enunciado como soporte para la memorización o con el fin de evitar la ambigüedad, se borran de¡ todo, dejando libre curso a lo dicho y a lo pensado. Esto no quiere decir que se anule enteramente la importancia del cómo está dicho, de la forma del enunciado (que seguirá siendo el calvario de los poetas); pero ese medio gráfico ya no se interpone y deja como únicas limitaciones prácticas las condiciones de la sintaxis o de otro tipo de operaciones que provienen de la lengua y no de la escritura.

El alfabeto ensancha el dominio del pensamiento permitiendo la reproducción de esos millares de enunciados hormigueantes, inéditos u originales, insólitos o impensables que ya no están condenados a extinguirse sino que pueden socializarse, argumentarse, hacerse discurso público. La repetición oral (¿pero cómo estar jamás seguros de su fidelidad?), ya no es necesaria para ejercer la crítica o la discusión; el problema de la memorización ya no domina la vida intelectual. Modificando la naturaleza de la comunicación se incrementa la acumulación, el análisis y la creación de conocimientos. Nuevos modos de pensar, de referirse a la experiencia vivida, pueden ser inventados y generalizados. El dominio del pensamiento se extiende porque la experiencia individual ya no es una peripecia subjetiva sino una actividad social, y esta socialización creciente, esta nueva solidaridad humana merece el nombre eminente de civilización: "La escritura existe solamente en una civilización, y una civilización no puede existir sin la escritura".[Nota 85]

Los historiadores clásicos han señalado con frecuencia que la filosofía como forma primera de la argumentación basada en la razón, está ligada a las condiciones políticas de las ciudades-estados de la edad clásica. La política y el logos están vinculados porque éste no toma conciencia de sí sino a través de su formación cívica, en el momento en que la ley de la ciudad ya no es imposición arbitraria sino discusión en la plaza. Pero, ¿cómo separar este progreso de la razón del soporte gráfico de la escritura, de la emergencia y de la reproducción de esa cultura civil escrita? Se ha comprendido poco que el dar un soporte gráfico al discurso no es sólo transcribir lo que se piensa; la reducción escrita de los conceptos implica también un cierto número de transformaciones, un orden, una eficacia que altera las posibilidades de la razón. La escritura es un nuevo modo de examinar el discurso, un desplegamiento que permite la inspección y favorece la crítica. Extender frente a la mirada la forma del discurso permite tomar conciencia de sus diferencias, de sus contradicciones, de las reglas que lo ordenan; posibilita la elaboración de la lógica que lo estructura. Ciertos procedimientos del intelecto como la lógica, el álgebra o simplemente la división aritmética, son de naturaleza eminentemente escrita y las ciencias más prestigiadas de la antigüedad, la lógica, la retórica y la gramática, son imposibles sin la manipulación del texto. Así es como la escritura prescribe nuevos hábitos a la razón. [Nota 86]

La filosofía es, históricamente hablando, el primer discurso argumentado cuyo fin es convencer por medio de la razón alejándose de la imposición del mito, dándole forma desapasionada e impersonal a los mecanismos que explican el mundo objetivo. Es por eso que, dentro de su sencillez, los primeros sistemas filosóficos tienen más interés por el mundo mítico que rechazan que por los principios que contienen. Pero debe subrayarse que este pasaje del mito a la razón, que consiste ante todo en estructurar un tipo de interrogación sobre lo real, en darle forma lógica al debate, sólo era posible a condición de socializar ese saber. Ninguna tradición critica puede sobrevivir cuando los pensamientos escépticos de cada uno no son anotados, transmitidos, puestos a disposición de todos en el debate público. Más que referirse al despertar de un nuevo sentido crítico con la filosofía, quizá debería hablarse de una acumulación, de una reproducción del escepticismo caracteristica del discurso racional, posibilitada por el sistema de escritura.

La actitud escéptica, ese sano impulso de la razón que funda la filosofía, requiere que el pensamiento se aleje de las condiciones inmediatas de la enunciación, que examine a mayor distancia y de un modo más abstracto y general el discurso. Es en este sentido que. la escritura no es simple repetición de lo oral sino un medio material con nuevas necesidades y nuevas respuestas. Ella objetiva el discurso y por eso somete nuestra percepción a un orden que no es ni la representación de similaridades reales, ni representación de imágenes; ella rompe la unidad natural del mundo percibido y le impone otra estructura. Oponiéndose a la fluidez y a la continuidad del lenguaje verbal, ella abstrae y extrae los elementos del habla, permite un examen retrospectivo y minucioso, separa los conceptos del contexto y unos conceptos de otros; por eso abre posibilidades cognitivas impensables a una cultura oral. [Nota 87]

La idea misma que se tiene de "discurso racional" depende de esa socialización. En el mundo occidental, cuando ese modo lógico de argumentar alcanzó el predominio, cuando la prosa fue identificada con el discurso conceptual, la poesía, que era la enciclopedia tribal, el vehículo de transmisión de la cultura, debió ser relegada a otra categoría qo ligada a la razón sino a la inspiración, al éxtasis o al entusiasmo, convirtiéndose en sujeto de otro tipo de examen: el juicio estético. La forma de nuestra racionalidad y la expresión de nuestras pasiones tienen un origen civil y material. [Nota 88]

Es bien sabido que algunas culturas otorgan a la palabra un lugar fundamental haciendo de la persuasión una fuerza política y hasta -como sucede con los griegos clásicos- un dios (y es por eso que, en su origen, la lógica contenida en los Analíticos y los Tópicos de Aristóteles es una teoría militante contra la irresponsabilidad de los sofistas). Pero el carácter propiamente público de una cultura, la discusión del saber común en la plaza requiere de un instrumento que posibilite la conservación, la reproducción y la crítica de lo ya dicho, de lo sabido. Tan incipiente como resulte, el sistema alfabético asegura ese alto nivel de transmisión y, de cualquier modo, Aristóteles puede al menos quejarse de que en los textos de Heráclito es imposible saber dónde concluye una frase y se inicia otra.

Una precaución final: el alfabeto es sólo una premisa en la democratización de la cultura; para hacerse efectiva, la innovación está sujeta a un complejo político e ideológico que la desborda con mucho. Las aventuras del sistema son motivo de otra historia y sus consecuencias están limitadas por avatares sociales entre los cuales pueden encontrarse los apegos más irracionales. Con todo, es difícil pensar en nuestra cultura sin la escritura alfabética y representarse la noción de civilización sin la constitución de la racionalidad efectuada por el pasaje de la oralidad a la escritura. Claro que la vida está hecha de tal modo que una vez que se ha impuesto la civilización escrita, debe iniciarse una lucha por rescatar las tradiciones orales. Pero es evidente que esa invención anónima es un momento crucial en el proceso de construir un pensamiento, de domesticar nuestro salvaje y hacerlo humano.

JUNIO DE 1985

Referencias bibliográficas

Gelb, I.J., Historia de la Escritura, Alianza Universidad, Madrid, 1976.

Goody, J., La raison graphique. La domestication de la pensée sauvage, Editions Du Minuit, Paris, 1979.

Havelock, E.A., Origins of western literacy, Ontario Institute for Studies in Education, Monograph Series 14, Toronto, 1976.

The Greek concept of Justice, Harvard University Press, Cambridge, 1978.

Cultura orale e civilta dellá scritiura, Editori Laterza, Roma, 1983.