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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1985

EDUARDO BLANQUEL Humanismo e historia


[Nota 112]

EN primer lugar quiero agradecer cumplidamente el honor que el claustro de esta institución se sirvió concederme al invitarme a ocupar, aunque sea por una vez, la cátedra de tan distinguido lugar de estudios. No formo parte, desgraciadamente para mí, del cuerpo docente del instituto que hoy da el "adiós" a una parte de sus egresados. Sin embargo, pienso que a fuer de viejo profesor se pensó en mí para esta ocasi¿n. Y justo porque no sé hacer otra cosa que ser profesor, querría aprovechar esta ocasión para conversar con ustedes, sobre todo con quienes hoy se gradúan, de manera natural, espontánea y sencilla, de la misma forma en que a lo largo de muchos años conversaron con quien sólo tenía en su haber, seguramente, mucho más edad y seguramente un poquito más de conocimientos.

Siento yo que un momento importante en el proceso de formación, que por cierto aún no termina, de todo profesional es aquél en que puede exigir a través de un documento de fe pública ante la sociedad que lo ha formado y de la que a partir de ese momento empezará a tomar parte activa, decía es un momento digno de hacer "alto", y de hacer alto en algo que en los propios términos en que se concibe pareciera que no lo permite. Se termina una carrera, la escolar, y se inicia otra carrera, la profesional, y los términos "carrera" y "carrera" nunca parecieron más exactos que en nuestro tiempo que quizá pudiera definirse por la velocidad. La historia, el hombre, la técnica, la ecología, todo transcurre en nuestro tiempo con una velocidad vertiginosa, desgastadora frecuentemente, y que casi nunca da ocasión al pequeño momento de reposo que nos permita, sobre todo frente a nosotros mismos, hacernos la gran pregunta, la eterna pregunta: qué soy, de dónde vengo y a dónde voy. Sin lugar a dudas la hondura del cuestionamiento rebasa no sólo mis capacidades sino la ocasión. No se trata de filosofar y no se trata de encontrar en la prestidigitación de una pequeña clase lo que nuestro pensamiento occidental se ha preguntado a lo largo de dos milenios, pero sí, en la medida de nuestra particular circunstancia, de tratar de responder a estos cuestionamientos.

La primera cuestión de nuestro tiempo que a mí me parece definitiva y determinante es su dificultad. El manejo de la historia, el asomarse al pasado, permite ver que hubo momentos en que el hombre estuvo seguro de sí mismo. Los ilustrados que habían pensado dominar la naturaleza, la historia, de convertir el sentimiento moral en algo demostrable, incluso geométricamente, que sometían en los Jardines de Versalles la naturaleza a cartabón geométrico, sintieron que tenían la verdad cogida por el pelo. Una de las figuras más altas de la Ilustración, el profesor Kant, acostumbraba pasearse por la pequeña aldea de Köenisberg con tanta puntualidad y con tanta exactitud que los habitantes de la villa ponían a tiempo su reloj con los pasos del profesor. Un dia se retrasó: había tenido lugar la espantosa catástrofe geológica que casi borra a Lisboa del mapa. Siento yo que en ese momento el hombre seguro de la Ilustración sintió un vahído y la seguridad se escapó por la ventana. Pasó el tiempo y el hombre del siglo XIX volvió a encontrar un asidero formidable, la ciencia, y han comentado los estudiosos que nada bello se parece tanto a la exactitud como transitar por las obras clásicas del siglo XIX. La medicina, el derecho; la historia sintieron que habían sido elevadas a la categoría de ciencia, y la ciencia, cuando el hombre creyó en ella, significaba ni más ni menos que seguridad. El hombre se sintió otra vez con los pies en la tierra. Esa época se terminó con una etapa bellísima que los propios europeos llamaron, valga el Pleonasmo, la "Bella Epoca". Así, una buena mañana el hombre occidental se asomó a los horrores de la Primera Guerra Mundial, y volvió a experimentar el vahído de la inseguridad.

Lo que el siglo XX tiene de más extraordinario, me parece a mí, es la inmensa posibilidad que le abrió al hombre frente a si mismo. Todo, incluso el cosmos, parece que es patrimonio del hombre del siglo XX; pero nuestro tiempo tiene sin embargo un problema. A mí me gusta, repito, a fuer de viejo profesor, precisar los términos. Creo que si las palabras fueron concebidas originalmente por el hombre como un instrumento de precisión, de definición, de denuncia de lo que las cosas eran, para decirlo en términos gratos al mundo clásico, en nuestro tiempo éstas han perdido su sentido. Lejos de decir, ocultan, y lejos de definir, extravían. Hay una palabra comodín que todo el mundo usa pero en un significado profundo casi nadie se detiene a reflexionar: crisis. Cuando alguien no sabe explicar algo, dice crisis, y con esta palabra, santa palabra, sale de cualquier atolladero. Yo creo que si nos atenemos al sentido estricto, semántico del término, lo que hoy sucede en nuestro país no es una crisis, porque justamente 'crisis' significa opción; el cruce de dos posibilidades que, como toda elección, implica una renuncia y un desgarramiento, y que finalmente son una opción válida como esquema de vida. En nuestro tiempo, esto no sucede; no hay esquema de vida que valga, no hay sistema de vida que nos entregue una visión del hombre, una definición del mundo, una ética. Hay muchas. No hablo de ausencias, sino al contrario, de proliferación. El hombre de nuestro tiempo se desgarra internamente frente a muchas instancias igualmente válidas e igualmente insatisfactorias. Mi generación, la de los hombres que hoy estamos en la madurez, los que nos preciamos de dirigir el mundo, de tener el mayor cúmulo de responsabilidades, no hemos sido capaces, sin embargo, de convertir la herencia que recibimos de nuestros mayores en un todo válido para ponerla en manos de todos ustedes.

Siento yo que en el mundo no hay crisis sino desmantelamiento general de los valores. Por lo tanto, la responsabilidad de quienes hoy son la generación que nos sigue, que nos empuja -y que Dios nos ilumine para sabernos apartar a tiempo porque si no lo hacemos nos arrollarán- tiene sobre sus espaldas una enorme tarea histórica: reconstruir y hacer vigente una visión del mundo, del hombre y de la vida. Tiene la visión y tiene la necesidad, esperemos, de recuperar al hombre como totalidad, al hombre enraizado en una sociedad y en una historia, unido dialécticamente a la naturaleza y no desconyuntado entre la materia y el espíritu, entre la esencia y la existencia, entre lo individual y lo social. Hay un artificio para que podamos trabajar mejor: dividirnos las parcelas. Por lo tanto yo, que vengo quizá de la facultad más diametralmente distinta de esta institución técnica, la Facultad de Filosofía, debía llamar la atención sobre un problema: la cultura y el hombre; ya que el quehacer de nuestro tiempo propende a las separaciones. No tenemos la curiosidad y la generosidad de asomarnos a lo que otros hacen. En la sociedad de nuestro tiempo, quienes nos dedicamos a las humanidades, somos, a veces, los patitos feos. Recuerdo una experiencia: el ingeniero construye casas, el abogado litiga por sus clientes y obtiene triunfos, el médico alivia el dolor de sus semejantes, pero alguna vez, en esos oleajes de excesivo tecnicismo que suele haber en la Universidad, uno de los técnicos se asomó a un cubículo de un profesor de Filosofía. No había retortas, ni teodolitos, ni códigos, sino la desnudez de una celda conventual. Entonces le preguntó ¿usted qué hace? Yo pienso -le contestó el filósofo-; y el otro le dijo ¿y le pagan? Algunos piensan que es realmente monstruoso que se pague por pensar, sobre todo quienes tienen la formidable capacidad de la técnica en las manos; pero yo creo que ni el más engreído humanista puede llegara pensar que sin el soporte de la materialidad y la técnica el hombre vale algo, así como el más técnico y el más científico de los hombres no puede dotara la existencia de sentido. En los claustros universitarios se ha hablado algunas veces de alas; el ala humanística y el ala técnica. La metáfora es bella, siempre y cuando no se piense que se puede volar con una sola ala. La metáfora es bella porque solamente levantaremos el vuelo para encontrarnos con el nuevo hombre si antes combinamos la técnica y el humanismo. De ahí que yo me permita sólo, repito, a fuer de viejo, alertarlos de los peligros de la soberbia de los técnicos en nuestro tiempo.

A mí me parece que nuestro tiempo, lo dije al principio, tiene como nota diferencia¡ la velocidad del cambio; nunca las cosas pasaron en la historia con el vértigo con que hoy transcurren, Por eso cuando a titulo personal uno recorre la pequeñez de su vida, por lo menos desde los 50 años, como puedo hacerlo yo, se encuentra con algo realmente insólito. Yo cobré conciencia siendo niño, la valoré siendo adolescente y joven adulto. El mundo no había cambiado tanto. Las cosas que yo oía y en las que yo creía, entre los siete y los veintiún años, eran las mismas. Pero ser padre me dio una perspectiva diferente. En un momento dado el campanazo de los años 60 me demostró que no obstante vivir bajo el mismo techo, entre mis hijos y yo se abría el abismo más terrible que generación alguna haya visto. ¿Por qué? porque a ellos les tocó el mundo bélico, el mundo de la velocidad. Las cosas cambian y se desgastan en nuestro tiempo con absoluta vertiginosidad; pero el hombre que desde el mundo clásico descubrió esta realidad que es el cambio, también desde el mundo clásico se negó a reconocerlo.

¿Qué es finalmente el disparadero de la filosofía, el disparadero del arte, el disparadero de la historia sino un esfuerzo de perdurabilidad? Un deseo concreto,bien claro, de no morirse. Aunque lo grave en nuestro tiempo es la paradoja del mundo clásico: descubre al movimiento y trata de derrotarlo pero que finalmente se pone a su favor. Los valores eternos, las cosas clásicas han quedado desiertas y las cosas frescas han adquirido la dimensión de clásicas. Ya que estoy frente a gentes jóvenes, no creo cometer ninguna herejía si en un recinto universitario digo que los Beatles han pasado hoy a la categoría de clásicos. ¿Qué quiero decir con esto? Que a los jóvenes, a los muy jóvenes, como los que tengo enfrente, los Beatles les son tan lejanos como a mí Juan Sebastian Bach. Esto ha pasado en menos de veinte años. Nunca, de veras, nunca, la historia fue tan cruel en el desgaste; nadie se acuerda ya de lo de ayer. Nada sobrevive hoy al vértigo de la destrucción. Por lo tanto, yo pienso que ese modelo de hombre al que ustedes van a arribar debe tener una serie de cualidades que serán muy importantes.

En nuestro tiempo está de moda una educación que no educa. Educar quiere decir "conducir"; yo no entiendo los sistemas educativos que abandonan al niño a su propia vocación. Esto es traicionar en su esencia a la educación. Tenemos que conducir; siempre el hombre ha conducido. Lo problemático es que hoy casi nadie sabe a dónde ir, por lo tanto no sabemos a dónde conducir. Pero esto no significa que debamos renunciar a establecer unos principios guías que ustedes transmitirán a sus hijos y a la generación que le sigue. Pienso que sr el mundo sigue tan vertiginoso como hoy, la gran virtud del hombre moderno que son ustedes, estará en su flexibilidad, en su capacidad, lo dice el término, de "reflexionar". flexionarse, estar de vuelta de la soberbia, de la sabiduría total. Posiblemente ésta sea para el futuro la mayor de las virtudes humanas: la generosidad, la comprensión, la idea de que somos, finalmente, algo que transcurre y que lo que viene atrás será valioso en nuestra madurez. Hay una cosa que a mi me desespera, por, que no hay derecho para ello. Cuando yo me encuentro en la Universidad con jóvenes nostálgicos, me dan una enorme pena porque la nostalgia es dolor del pasado perdido y el joven no puede tener dolor del pasado perdido porque no tiene pasado. Por lo tanto, no nos hagan buena a los adultos la fórmula de que este mundo no vale nada. Es su mundo y no tienen otro, y es tan absolutamente valioso como valiosos son ustedes, y tan valioso como lo quieran construir.

Y para terminar, algo que también es importante decir en un ámbito como en el que hoy tengo la dicha y el honor de poder estar: este país hizo una revolución social que entre sus mandatos y triunfos tiene, como algo muy alto, el derecho a la educación. Ese derecho, nótese, es cada vez más un derecho claro y concreto, pues lo que era derecho,se ha convertido en privilegio y ustedes están entre los privilegiados, pienso yo, en el más alto grado. En muy pocas gentes se ha reunido tanta responsabilidad como en ustedes. No se les olvide algo que tiene la sabiduría de la cultura judeocristiana: quien más ha recibido, mayor obligación tiene de dar. Este es el principio: devolver a la sociedad lo que la sociedad nos da; y para que valga la pena vivir, habrá que ganar y habrá que ganar multiplicando lo que reste. Seguramente mi manía de profesor, mi enorme confianza en la gente joven, la idea de que uno se renueva cada día cuando habla con quienes son renuevo de cada día, me hace ser un ser eminentemente optimista y esperanzado. Con esperanza espero, pues no se puede esperar sin cooperar para que este mundo llegue; no hay nada más frustrante que una esperanza sin cooperación. Esperar y colaborar con la esperanza, porque lo único que un joven no tiene derecho a decir es que su mundo está clausurado y que su existencia es una existencia sin esperanza. ¡Que Dios los guarde y mucha suerte!