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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1985

ANTONIO CARRILLO FLORES Política y humanismo


[Nota 113]

EN diciembre de 1863, ante el Reichstag, el Canciller alemán Otto von Bismarck, dijo que la política no es una ciencia exacta. Cierto, pero ello no impide definirla apodícticamente como punto de partida para esta charla.

La política es a la vez una ciencia y un arte; como ciencia se ocupa de estudiar sistemáticamente las fuerzas sociales que determinan los objetivos y la conducta de una sociedad, así como la distribución del poder en la misma -que incluye al Estado pero no se agota con él- y los mecanismos que existen para la toma de las decisiones gubernamentales que tienen que ver con la comunidad en su conjunto. Por eso Friedrich ha escrito que es frecuente definir a la ciencia política "como aquella que estudia la influencia y el poder, como instrumentos de la integración de valores llevada a cabo por las relaciones interpersonales e incorporada en éstas". Como arte, se ocupa de los métodos para alcanzar o conservar el poder -y en los estados, democráticos- para limitar su ejercicio, de manera de obtener el consenso máximo que permita lograr el orden y perseguir la justicia, sin necesidad de hacer uso de la fuerza o con un uso mínimo de ella,

El humanismo es más difícil de definir, pues esta expresión -según el autor que como clásico de la materia me recomendó mi colega en El Colegio Nacional, Antonio Gómez Robledo, el francés Ferdnand Robert- apenas empezó a usarse a mediados del siglo XIX, si bien hubo humanismo y humanistas desde hace milenios. El romano Terencio en el siglo II antes de Cristo dijo -traduzco: "Soy hombre, nada que sea humano me es ajeno o indiferente". Y tal es, al fin de cuentas, el humanismo.

Pero no era ese el pensamiento que dominó en la Grecia antigua. Citaré un ejemplo: Platón, una de las cumbres indudables del pensamiento helénico, en el Libro V de La República, se ocupó de la dimensión -ni muy grande ni pequeñaque deberían tener las ciudades, y señaló con acierto las edades óptimas para el matrimonio de hombres y mujeres; pero, cosa increíble, escribió que los hijos de los "inferiores- -esclavos, cautivos de las guerras, así como los que nacieran con defectos físicos- deberían de ser, cito textualmente de la edición inglesa de la Universidad de Oxford, -retirados a algún lugar misterioso y desconocido-. Cuando fuera de las edades óptimas se engendrara un hijo "debería impedirse que el embrión se desarrollara", pues los padres deberían de comprender que el fruto de esa unión no debería sobrevivir por el bien de la ciudad, [Nota 114] Solamente los mejores, los aristócratas del cuerpo y del espíritu deberían de integrar la ciudadanía de Atenas. Y es que, como ha escrito el propio Gómez Robledo en su introducción a La República, [Nota 115] en el pensamiento helénico "no hombre o infrahombre son respectivamente el esclavo o el meteco, que no participan en absoluto o no del todo en el status del ciudadano. Que haya estado bien o mal, agrega, es otra cosa, pero ésta fue la mentalidad antigua, y a ella debemos atenernos".

La esclavitud perduró en Roma, tierra de juristas, cuyo legado directa o indirectamente vive aún en occidente. No es pues de extrañar que la esclavitud durase en muchas regiones del mundo hasta bien entrado el siglo XIX, y que no fuera proscrita internacionalmente, y por cierto de modo gradual, sino por una convención en Ginebra en 1953. En los Estados Unidos la lucha por su abolición exigió la guerra más sangríenta que hasta entonces - 1861-1865- hubiese tenido lugar en ningún país de la Tierra. Más aún, Lincoln la suprimió solamente -y así lo dijo- porque creyó necesario hacerlo para salvar a la república, y prometió que respetaría la esclavitud en los estados del sur si no rompían la unidad del país. Estaba contra ella pero, gran político que fue, sabía que en política el camino más corto generalmente no es la línea recta.

El humanismo es hoy cosa distinta que en el mundo griego y romano. No me cabe duda de ello. ¿Qué es entonces? Para responder a esta pregunta hay que volver a la historia. Existe consenso de que surge en el Renacimiento como reacción en contra de las ideas culturales y filosóficas del medioevo, que había -dado ya lo mejor de su esfuerzo para conjugar el pensamiento filosófico grecolatino con el cristianismo. La escolástica degeneró, se hizo formal, rígida, retórica, y contra ella se alzaron muchas voces, primero en Italia, después en el resto de Europa.

En España la lucha contra el protestantismo juega un papel crucial en las lucubraciones de sus juristas teólogos. -Vitoria, Melchor Cano, Suárez-, que tienen que conciliar dos mundos: el del Estado y el de la Iglesia. "El hombre moderno ha de cuidar, dice uno de los especialistas comentando un dictamen que Cano rindió para Carlos V, que se mantengan en sus respectivas esferas, o al menos, que sus extralimitaciones no repercutan ni en su fe de creyente ni en sus deberes de ciudadano." Estaba planteada además de una cuestión teológica una lucha política entre el emperador y el Papa.

Por la influencia que tuvo en la Nueva España, es necesario citar a Tomás Moro, el autor de la Utopía - 1478-1535- y recordar que es también en la primera parte del siglo XVI cuando Maquiavelo sienta las bases para la moderna ciencia polítia independizándola de la autoridad de la Iglesia y consiguientemente del Papa, a quien propone que para escapar del ambiente corrupto de Roma se vaya a Suiza (Harvey C. Mansfield).

De esas luchas surgió algo que nos toca muy de cerca a los mexicanos- el Breve que el Papa Pablo III, uno de los más queridos que haya habido, dictó en 1537 en el cuarto día anterior a las nonas de junio, a petición del primer Obispo de Tlaxcala, Fray Julián Garcés. En él reconoció que "los indios occidentales y meridionales, así como los otros pueblos cuya existencia ha llegado recientemente a nuestro conocimiento, bajo el pretexto de su ignorancia de la fe católica... no pueden ser oprimidos como bestias brutas... Nosotros, agregaba, que ejercemos sobre la tierra, aunque no seamos dignos de ellas, las funciones de vicario de Nuestro Señor... constando que esos mismos indios en su calidad de hombres verdaderos... son aptos a acceder a la fe cristiana, decretamos y proclamamos lo que sigue: dichos indios y todos los otros pueblos cuya existencia pueda venir con posterioridad al conocimiento de los cristianos, aunque estén fuera de la fe, no son y no deben ser privados de su libertad y de la posesión de sus bienes; al contrario, pueden libre y lícitamente usar y gozar de esa libertad y posesión, y no deben ser reducidos a servidumbre. Todo lo que pudiera separarse de este principio será considerado como nulo y no acontecido". (A este Breve se refiere la UNESCO en el libro que bajo el titulo de El derecho de ser hombre editó en 1968 para conmemorar el XX aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, de la ONU, página 425 de la versión francesa).

La obra y los escritos de Vasco de Quiroga en M ichoacán y en México correspondían, pues, al espíritu de los humanistas del tiempo, principalmente a las ideas de Tomás Moro, si bien la servidumbre continuó en Nueva España porque los guerreros triunfaron sobre los frailes. Mas la semilla estaba sembrada.

Los bandos de Hidalgo, de Michoacán y de Guadalajara, en 1810, y los Sentimientos de la Nación, de Morelos, recogieron esa semilla, a pesar de lo cual la esclavitud, aunque en decadencia, siguió existiendo en México hasta bien entrado el siglo XIX.

En suma: para un hombre de hoy, reducir el humanismo al cultivo y al dominio de la filosofía grecolatina, es totalmente inadmisible. El ya citado Robert, que concede mucha importancia al estudio de las lenguas griega y latina, tiene que reconocer lo siguiente: "Amerita ser llamado humanista todo movimiento de nuestro espíritu por el cual rechazamos los hábitos de pensamiento, los principios, las enseñanzas de la época inmediatamente precedente con una sola condición, la cual casi siempre se cumple, que el espíritu para renovarlos, para rejuvenecerlos, busqui sus raíces en la naturaleza humana... Ser humanista es decidir irrevocablemente que la libertad es la ley del espíritu... El hombre es la gran riqueza, la riqueza inagotable; he ahí la idea humanista por excelencia". [Nota 116]

Robert escribió la primera edición de su libro en 1946, inmediatamente después de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, ampliando conceptos que todavía en el cautiverio expresó ante sus compañeros de prisión, el domingo 4 de octubre de 1941; esto es, cuando parecia probable el triunfo nazi y la derrota de la Unión Soviética (Francia y casi toda Europa Occidental habían sido vencidas). "...Cuando yo salía de mi barraca para dirigirme a aquélla en que debía hablar, caían -dice- los primeros copos de nieve, anunciando la entrada en campaña de un "General invierno" que debía mostrarse buen artesano de nuestra liberación." Con este antecedente, es natural que el enfoque de Robert sea muy europeo, que exalte lo que en esa hora era más urgente, la libertad hollada por la barbarie nazi, y que no se ocupe en absoluto de cómo floreció el humanismo en la América del siglo XVI. Esta ha sido la gran tarea realizada en México por Silvio Zavala y por Gómez Robledo, entre otros.

Se explica también que Robert muestre un gran desdén hacia la política. "La política es, dice, una gran mentirosa; miente doblemente porque trata como inmóvil lo que cambia y como móvil lo que no cambia... ve el mundo al revés." Que Hitler y sus cómplices hayan engañado a millones de gentes, no significa que toda política sea necesariamente mentirosa, aunque sí puede a veces fijarse metas que estén a corto plazo más allá de sus fuerzas.

No mintieron los políticos que fundaron hace 40 años las Naciones Unidas al declarar que buscaban "preservar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra", a pesar de que no han evitado cientos de guerras entre estados medianos y pequeños; pero al menos han evitado el holocausto nuclear.

Es frecuente que los políticos se equivoquen cuando se apartan del humanismo. Tal aconteció a uno de los mayores estadistas del siglo, Winston Churchil, que dijo que no había llegado al poder para liquidar al Imperio. Como todos sabemos, salvo pequeños enclaves que la Gran Bretaña se niega a abandonar, como Gibraltar, las Malvinas y, tal vez, alguno más, son ahora estados libres prácticamente todas las colonias inglesas, así como las francesas, holandesas y portuguesas.

La presencia de esos estados en las Naciones Unidas, tal vez no haya alterado la estructura real del poder en la organización, porque los antiguos imperios siguen dominando el Consejo de Seguridad y la Asamblea tiene sólo voz consultiva, pero ha alcanzado logros morales evidentes: la descolonización, la declaración de la necesidad de construir un orden internacional más justo y, lo que me parece más importante: la Declaración de los Derechos Humanos, aprobada en París el 10 de diciembre de 1948, y las convenciones que, derivadas de esa declaración, se aprobaron después, y de las cuales me ocuparé adelante. Es posible, pues, como lo hace Friedrich, hablar ya de panhumanismo como una perspectiva basada en lo que todos los hombres tienen en común.

Sí, hay ya un panhumanismo, pero no puede desvinculársele, en ningún país, de su historia y de su cultura, aunque tiene por lo general una nota común que muchas autoridades que he consultado señalan: es secular, es decir, no está subordinado a ningún dogma o ideología. Es, en buena medida, más un ideal que una realidad, pero eso es propio de todos los valores y el panhumanismo es un sistema muy complejo de valores. México no es una excepción.

El ilustre y recién fallecido Jesús Reyes Heroles, en un discurso del 15 de septiembre de 1973, dijo: "Nos declaramos partidarios de un humanismo que no supone el estudio de los clásicos por ser clásicos, sino por ser humanos; que no desdeña, en aras individualistas, los méritos nacionales... Sólo es auténtico humanismo, aquel que coloca en la cumbre de todos los valores el valor del hombre, del hombre que, si algo es, es libertad y dignidad." Pero para llegar a ello, muchas luchas, que cubren siglo y medio tuvieron que librarse.

Cuando México logra su independencia, no es un estado secular. La primera constitución digna de este nombre, la del 4 de octubre de 1824, decía en su artículo 3o: "La religión de la nación mexicana es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana. La nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquiera otra." Y en su artículo 171 agregaba: "Jamás se podrán reformar los artículos de esta Constitución y del Acta Constitutiva, que establecen la libertad e independencia de la nación mexicana, su religión, forma de gobierno, libertad de imprenta y división de los poderes suprernos de la federación y de los estados".

En la década de los 30 del siglo pasado surgen voces como la del doctor José María Luis Mora (1794-1850), y actos como los del vicepresidente en funciones de presidente, Valentín Gómez Farías, que buscan secularizar al estado mexicano porque consideraban que era una necesidad para el progreso de México. Fueron esos reformadores, a mi juicio, los primeros políticos en nuestra historia independiente que conjugaron política y humanismo.

Aquel intento no triunfó. Santa Anna y los conservadores volvieron al poder; vino la guerra desventurada eÍnjusta, con los Estados Unidos, y llegamos así al triunfo de los liberales en 1855. Pero fue un triunfo incompleto, porque sí bien se logró en el Constituyente de 1857 consagrar algunos de los principios liberales, por la escisión entre "puros" y "moderados" se eludió el tema de, la separación de la Iglesia y del Estado, y la libertad de cultos.

Siguió el golpe de estado del débil presidente Comonfort, que llevó a Juárez a la jefatura del Estado y desató la sangrienta Guerra de Reforma, en medio de la cual el Benemérito dictó en Veracruz', en buena medida por insistencia de Miguel Lerdo, en julio de 1859, las leyes que no solamente separaron a la Iglesia del Estado, sino que nacionalizaron las propiedades del clero y establecieron el Registro Civil (los fueros de la Iglesia y del ejército habían sido suprimidos en 1855 por la llamada Ley Juárez, uno de los pocos, triunfos de los liberales puros, antes del Congreso Constituyente de 1856-1857).

En lo político, las Leyes de Reforma, complementando la Constitución de 1857, acabaron con la estructura heredada de la Colonia; pero ni en la Constitución ni en las Leyes de Reforma se abordaron otros problemas sociales fundamentales, como el de la tierra, al que se refirió en una iniciativa luminosa, no aprobada, Ponciano Arriaga.

Y faltaba superar el obstáculo mayor: la alianza de los conservadores con Napoleón III, los cuales creyeron que la guerra civil norteamericana haría posible acabar con la República Liberal.

Creo, con Edmundo O'Gorman, que el imperio de Maximiliano no fue pura y simplemente obra de la intervención extranjera, sino un intento fallido de los conservadores para restablecer el viejo orden colonial. El intento estaba condenado al fracaso no sólo porque el triunfo de Lincoln y la amenaza de Prusía obligó a Napoleón III a retirarse, sino porque Maximiliano nunca compartió las ideas de los mexicanos que fueron a verlo a Miramar.

Tras de la restauración final de la República en 1867, cinco años después de la victoria de Querétaro, muere Juárez y lo sucede tal vez el hombre de más clara inteligencia que haya pasado por la jefatura del estado mexicano, Sebastián Lerdo de Tejada; pero él no logra unificar a los liberales, sufre la defección por motivos legalistas equivocados del Presidente de la Corte, José María Iglesias, y tiene que dejar el poder en noviembre de 1876, al más brillante de los soldados que lucharon contra el Imperio.

El largo período que domina Porfirio Díaz se dedica, después de consolidar la estructura del Estado, obra sin duda valiosa, a promover el progreso económico del país, el fomento, como entonces se decía, pero cometiendo un grave error que sembraría la simiente de la Revolución de 19 10: se olvida de los campesinos, pecado que, como apunté, cometieron también los hombres de la Reforma.

Y es que la idea de que el Estado tomase una posición activa en los procesos económicos, no entraba en el pensamiento de aquella generación. Así lo había dicho Ignacio Vallarta en el Constituyente, y lo repetiría Melchor Ocampo cuando se opuso a la creación de un Ministerio de Fomento, argumentando que sería tan absurdo como crear un Ministerio de la felicidad. Más aún, Ocampo proponía que se abrieran las puertas de México a los inmigrantes, que un movimiento jingoista norteamericano pretendía excluir del país vecino del norte. Los liberales eran más panhumanistas que nacionalistas. El nacionalismo vendría con la Revolución.

El primer líder de ella, Madero, aunque algo dice de los problemas sociales del país en el libro que escribió, La sucesión Presidencial en 1910, presenta programas muy tímidos para la candente cuestión de la tierra, en contra de los cuales se levanta Zapata en el Plan de Ayala. Don Francisco fue víctima de la traición, mas también de su buena fe, casi de su ingenuidad. Era un apóstol y un mártir, no un político.

En 1915 Venustiano Carranza, con el consejo de Luis Cabrera, dicta la ley que habría de establecer el principio de que en México la tierra debe darse a los campesinos que carezcan de ella, aunque respetando la pequeña propiedad de os agricultores particulares. Sistema que persiste hasta hoy. La obra dista mucho de estar terminada, pero conjugando los derechos del hombre consagrados en la Constitución y, en las Convenciones de las Naciones Unidas, con la política agraria y los derechos "de la tercera generación" de que hablan los juristas jóvenes, o sea, los de solidaridad, incluyendo el del desarrollo, el de la salud, el del trabajo, el de disfrutar de un medio ambiente adecuado, y otros, puede afirmarse que la política mexicana, y esa supongo yo que es la que interesa a ustedes y a mí, es una política humanista, porque busca la exaltación de la persona humana y lucha por la paz en el mundo.

Es indispensable mencionar las reformas hechas en 1946 al artículo 3o de la Constitución, a propuesta del Presidente Avila Camacho y de su Secretario, el gran humanista Jaime Torres Bodet. Allí, al definir los objetivos de la educación, esto es, al señalarse cómo se desea formar a las nuevas generaciones, se dice:

La educación que el Estado imparta, tanto a través de la Federación como de los Estados o los municipios, tenderá a desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano y fomentará en él, a la vez, el amor a la patria y la conciencia de Ia solidaridad internacional, en la independencia y en la justicia.

Será democrática, considerando a la democracia no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo; será nacional, en cuanto -sin hostilidades ni exclusivismos- atenderá a la comprensión de nuestros problemas, al aprovechamiento de nuestros recursos, a la defensa de nuestra independencia política, al aseguramiento de nuestra independencia económica y a la continuidad y acrecentamiento de nuestra cultura; y contribuirá a la mejor convivencia humana, tanto por los elementos que aporte a fin de robustecer en el educando, junto con el aprecio para la dignidad de la persona y la integridad de la familia, la convicción del interés general de la sociedad, cuanto por el cuidado que ponga en sustentar los ideales de fraternidad e igualdad de derechos de todos los hombres, evitando los privilegios de razas, de sectas, de grupos, de sexos o de individuos.

Don Jaime Torres Bodet era Secretario de Educación y había sido subsecretario de Relaciones Exteriores cuando se aprobó, en San Francisco, la Carta de las Naciones Unidas, que en su preámbulo declara:

Que los pueblos de las Naciones Unidas están resueltos a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad.

En seguida, en su artículo I, inciso 3o, enuncia entre los propósitos de la Organización de las Naciones Unidas:

Realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión.

La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en París, el 10 de diciembre de 1948, la Declaración Universal de íos Derechos Humanos a que ya hice mención. En su preámbulo afirma que el reconocimiento de la inherente dignidad, de la igualdad y de los derechos individuales de todos los miembros de la familia humana, es el fundamento de la libertad, de la justicia y de la paz en el mundo.

Esta declaración consta de 30 artículos que reiteran los principios fundamentales de la Carta, puntualizando que tales derechos corresponden a todas las personas, ya sea que vivan en estados independientes o en territorios dependientes. Incluye los derechos humanos que a lo largo de los siglos los pueblos de la tierra conquistaron, en cuanto a la vida, libertad y seguridad de las personas, a la abolición de la esclavitud, a la prohibición de la tortura y otros castigos crueles, a la igualdad de todos frente a la ley, al derecho de tener un remedio efectivo ante los tribunales por actos que violen los derechos fundamentales y a varios más, bien conocidos. Incluye, además de los tradicionales, otros derechos entre los que los principales son el de tener una nacionalidad, el de fundar una familia, el de asilo, y el de participar en la vida cultural de la comunidad y también los derechos políticos.

Esta Declaración alcanzó el rango de norma del Derecho Internacional, en las Convenciones de 1966, aprobadas también por la Asamblea General de las Naciones Unidas y relativas, una a los derechos económicos, sociales y culturales, y otra a los derechos de carácter civil y político. Ahora forman ya parte de nuestro Derecho Positivo, en virtud de que fueron aprobadas por el Senado de la República, según decreto publicado en el Diario Oficial de 9 de enero de 198 1.

Los 67 años corridos desde que se promulgó la Constitución de Querétaro, pusieron de manifiesto la necesidad de incorporar a nuestra Carta Magúa derechos humanos nuevos, además de los que se aprobaron en Querétaro en 1917, y que son en lo fundamental los que venían de 1857 con la adición de los preceptos relativos a la educación y los derechos de los campesinos, temas que ya traté, a los recursos naturales y a una concepción del derecho de propiedad subordinada a las modalidades del interés público.

Me limitaré por eso a mencionar sólo los derechos incorporados a nuestra Ley Suprema después de 1946:

a) el varón y la mujer son iguales ante la ley, y la mujer goza de todos los derechos concedidos a los varones desde 1953 (artículos 4o y 34);

b) toda persona tiene derecho a decidir de manera libre y responsable e informada, sobre el número y espaciamiento de sus hijos (mismo artículo);

c) toda persona tiene derecho a la protección de la salud; (mismo artículo);

d) toda familia tiene derecho a disfrutar de vivienda digna y decorosa (mismo artículo);

e) toda persona tiene derecho al trabajo digno y socialmente útil (artículo 123). Este precepto complementó los derechos sociales aprobados en 1917 y el de la seguridad social, también posterior a aquel año.

Quiero señalar que no todos los derechos humanos recogidos en las Convenciones de las Naciones Unidas son susceptibles de ejercicio inmediato o de protección por parte de los órganos del Estado. Esta es posible respecto de la mayor parte de los derechos civiles, es decir, los que se referían a la seguridad, a la libertad y a la vida de las personas; otros en cambio, solamente serán efectivos cuando el desarrollo equilibrado del país, permita que el nivel de vida y el bienestar de los mexicanos crezca (tal es el caso de los derechos a la salud con todas sus implicaciones, incluso la planeación familiar, el derecho a la vivienda o al trabajo remunerativo).

Los tratadistas de la Ciencia Política -cito a manera de ejemplo la obra de Karl W. Deutsch, Política y gobierno, editada por el Fondo de Cultura Económica en 1976- señalan que la leyes apenas uno de los elementos que intervienen en la transformación de las sociedades, de sus hábitos y costumbres. Que lo más importante es que la comunidad voluntariamente reconozca la obligatoriedad de los nuevos valores. Esta tesis es válida en materia de derechos humanos: ¿de qué sirve, para señalar un ejemplo, que en las leyes se declare la igualdad si ésta no es respetada en el trato cotidiano?

Por estas razones afirmo que una politica humanista es aquélla en que el Estado, los partidos políticos y los ciudadanos, cuidan:

a) de eliminar todas las formas de acción estatal arbitraria, violatoria de los derechos susceptibles de protección;

b) de promover el progreso equilibrado, económico y social, para hacer posible que los nuevos derechos incorporados en la Constitución, pasen del mundo de lo ideal al de la realidad. Así lo reconoció el jurista y político Ignacio L. Vallarta, en su histórico discurso del 8 de agosto de 1856 cuando dijo: "Me río de quien cree que el hombre que anda afanoso buscando medios de matar su hambre, piense en derechos y garantías, piense en su dignidad, piense como hombre";

c) de, cosa muy dificil, aunque menos en México que en otros países, tratar a sus semejantes como iguales, independientemente de su posición social. No hablar de tú a quien no pueda contestar de tú; y

d) de defender la identidad de México como Nación y su soberanía como Estado.

Todo político si de verdad lo es, está obligado a ser humanista en el sentido que he tratado de describir, ya que no de definir. La proposición inversa, en cambio, no sería verdadera: hay humanistas, esto es, cultivadores de las disciplinas que es común llamar así, en oposición a las ciencias naturales y a las técnicas, que no tienen por qué ser políticos en sentido riguroso; aunque no dejo de conceder la razón a quienes afirman que abstenerse de hacer política es ya una actitud, si no es que una conducta política: [Nota 117]

Tal vez convenga que puntualice este pensamiento con algunos casos de nuestra historia reciente, que como es obvio, son apenas unos cuantos.

En primer lugar citaré el nombre de Justo Sierra, porque su actuación realizada casi totalmente durante el que Luis Gónzález ha llamado "ocaso del porfiriato---, alcanzó a vivir, así fuera por un breve período, el inicio de la Revolución. Justo Sierra, sin duda humanista insigne, fue político e hizo política al definir las líneas rectoras de la educación en México y lograr el restablecimiento de la Universidad Nacional. El creyó -y así lo dijo en dos memorables discursos, uno en la Cámara de Diputados el 26 de abril de 1910 y el otro en la ceremonia inaugural de la universidad, ante el presidente Díaz, el 22 de septiembre siguiente- que a través de la educatión sería posible encauzar la vida mexicana, transformándola de dictadura en democracia. En,el segundo de dichos discursos, para fundar la idea de que la Real y Pontificia Universidad de la Colonia no era "el antepasado" sino solamente el pasado de la nueva institución, dijo:

... Los fundadores de la Universidad de antaño decían: Ia verdad está definida, enseñadla", nosotros decimos a los universitarios de hoy: Ia verdad se va definiendo, buscadla". Aquellos decían. "sois un grupo selecto encargado de imponer un ideal religioso y político resumido en estas palabras: Dios y el Rey" * Nosotros decimos: "sois un grupo de perpetua selección dentro de la substancia popular, y tenéis encomendada la realización de un ideal político y social que se resume así: democracia y libertad".

Pecó de optimista, pero su figura y su obra se han salvado, como que su intuición fue más certera que la de los Constituyentes de 1917, que de manera incomprensible, en la fracción XXV del artículo 73 constitucional, pensaron que las tareas del Estado en la educación superior debían de ser temporales para entregarlas a la iniciativa de los particulares, esto es, a los grupos acomodados, tan pronto corno fuera posible. Corrigió este error José Vasconcelos, en las reformas de 192 1. En contraste, Antonio Caso, que compartía en lo esencial el pensamiento de Justo Sierra, nunca quiso hacer política en sentido estricto. Vivió al margén y por encima de las tormentas. Luis Cabrera, gran ideólogo de la primera etapa de la Revolución, fue humanista y político. Como político, durante un largo período fue opositor del sistema, pero regresó a él en el crepúsculo de su vida.

Para concluir quisiera expresar que si bien a mi juicio, ya no hay ni puede haber oposición ni en México ni en el mundo entre política y humanismo, sigue planteada otra gran cuestión que no abordo porque no es mi tema: la de la compatibilidad entre el humanismo y la técnica.

No la abordo pero afirmo, con profunda convicción que al igual que tratándose de la política, la técnica tiene también la frontera que he señalado para la política: el respeto a la dignidad y a la jerarquía de la persona humana.

Por eso agradezco a esta ilustre institución, cuyos destinos regídos años, que aunque en su nombre recuerda que forma técnicos -y ciertamente de los mejores-, cultiva las disciplinas que se ocupan de la justicia; tuvo como primer director a un filósofo, Eduardo García Maynez, y forma a sus hijos tomando lo que del viejo humanismo es digno de sobrevivir y adaptando del nuevo humanismo -del que nace en el mundo en 1945 y en México en 1917 y se define insuperablemente en 1946- todo aquello que, en armoniosa conjunción, habrá de hacer de México un país más libre, más auténtico, más feliz.