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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1985

JULIÁN MEZA El nombre de la risa


1. UNA SUPOSICION frecuente: la risa es natural, normal, espontánea; la risa es siempre fresca, refrescante. Reír o no reír es, contra la evidencia, un dilema, o un problema que suscita tantos dilemas como formas hay de reír.

La alegría a la que parece convocar el solo nombre de la risa se esfuma en el instante en que es percibida como debilidad. La risa del idiota, por ejemplo. Su carácter festivo se aniquila en el momento en que puede ser considerada como una forma de corrupción: el chiste o la broma percibidos como ofensa. El carnaval se despoja de sus colores y de su alegría cuando están al acecho los Savonarola de la risa: reír es un atentado contra el orden, que se castiga con el fuego.

La risa es la liturgia del asno y el cerdo una navidad del siglo XI en la cantera de Notre-Darne de París en ciernes; es el alimento de los simples de espíritu que viajan a la deriva en la nave de los locos; es el pan nuestro de cada plebe en los circos de cada día. Los hombres señeros y adustos no ríen. Si acaso, sonríen, acompañando su rictus plastificado con imperceptibles ademanes que pretenden enmarcarlo.

Sin aspirar a darle la mano a las suposiciones. desde Grecia la risa es un arte, una filosofía: una manera de estar en el mundo que acompaña o hace frente a muchas otras maneras, no siempre vitales. Para el griego, la risa libera del miedo a la ley y la muerte. También libera de la dominación.

Como la comedia, la sátira de los defectos, los vicios y las debilidades es la salud del alma. En ella se dan cita el ingenio en ¡ajusta con el ingenio, la alegría y el gozo en su lucha contra el tedio. La risa es el instrumento que sirve para desarmar a la seriedad y a la solemnidad del oponente.

Como crítica del vicio, la risa sólo puede ser la apariencia del vicio: Ios juegos marginales de la imaginación desordenada" (Umberto Eco).

2. Hubo, no hace mucho, una prolongada era de certidumbre. Fue el tiempo de las creencias. Se tenía fe prácticamente en todo. El bien y el mal habían sido plenamente ¡dentificados. No existía lugar para la duda. Las dubitaciones y el erratismo fueron arrojados del mundo. Se trataba, entonces, de un renovado compromiso con el presente, obstinado en orientar el rumbo de la historia. Era un tiempo de grandes ilusiones en el que el "porvenir radiante- alumbraba el paso firme y seguro de la humanidad. La seriedad estaba en los rostros de todos los hombres que desfilaban confiados con el puño en alto. Pero la fortuna introdujo imprevistos que destronaron a todas las ilusiones. Vino entonces una era de descreimiento que hizo de la tierra un mundo triste. Ya no se creía en nada. Se desconfiaba de todos y de todo. 1:1 compromiso se tornó desencanto y no se dijo nada más.

El planeta tuvo que dar algunos tumbos antes de que, parcialmente, en algunas de sus regiones se volviera a suscitar el placer de lo ridículo, antes de que al vacío iabrado por el compromiso de la escritura con el porvenir le sucediera la escritura por el placer de la escritura, entregada a la búsqueda de una razón sin monstruos.

En este accidentado recorrido de la escritura se viaja de las islas de la certidumbre a la zoología fantástica del laberinto, a las pócimas del herbolario, a las reliquias que consagran ¡a postmodernidad desde los carninos del mundo medieval, a la verdad que ríe a costa de las filosofías hechas doctrina, dogma, escapulario de los doctores de la ciencia. Así, "el diablo probablemente" es tentado por la risa y se derrumba la arrogancia del espíritu, la fe recupera su sonrisa y la verdad se ve asaltada por la duda. Ciertamente, ahora sí, una risa es una risa es una risa.

3. Contra las pretensiones de una modernidad que infatigablemente se repite, la historia se hace presente: postmodernidad. Están de vuelta Aristóteles y Rabelais. El humor negro de Kafka asoma las orejas en la risa de Kundera y Aristóteles se torna comediante en el nombre de la risa. El hombre ríe. Dios también. Y en este espejo de la risa, por mera analogía, se suscita la comedia que suscita la risa.

De la desprotegida trinchera de la felicidad propia o ajena, de la tristeza de una desgracia que no se reconoce en ella misma, del espectáculo de nuestra propia miseria brotan el chiste, la broma que nos tornan en risibles y nos hace reír. Somos la comed la de la risa, el desenfado, el temor al ridículo derrotado. Aun contra nuestra voluntad, o precisamente contra nuestra voluntad, nuestros hechos son ridículos.

¿Cómo se pone al descubierto esta dimensión que durante tanto tiempo pudimos mantener al abrigo de miradas indiscretas?

No hay fórmulas, pero a menudo el ridículo de los hechos nace de asimilar lo mejor (o lo que pasa por ser lo mejor) a lo peor (o a lo que se considera como lo peor) y viceversa: el rey-mendigo y el mendigorey. También es producto de sorprender con engaños-ficciones, imposibles inconmensurables y flagrantes violaciones a las leyes de la naturaleza. En este punto la maestría de Borges es en muchos aspectos insuperable, aun cuando Eco, desde las profundidades de una oscuridad más ciega que la ceguera, afirme que el bibliotecario ciego sí es Borges "porque las deudas se pagan". (¡Que entienda quien pueda!)

El ridículo emerge también de lo inoportuno y de lo inconsecuente, de la desvalorización de los personajes, de la selección de lo menos digno y de todo aquello que en las exégesis del sentido de la oportunidad y de la falsa tolerancia, que se prestan a que los más ridículos personajes sean sobrevalorados, no tiene derecho a la existencia.

Las posibilidades de fabricar el ridículo son, pues, interminables y ningún listado las agotaría ni espacial ni temporalmente. Son siempre y en todas partes la ocasión a la que dan lugar los equívocos entre palabras similares para designar cosas distintas, o entre palabras similares para designar cosas similares. Serán siernpre y en todos los lugares la locuacidad, la reiteración, los juegos de palabras, los diminutivos, los errores de pronunciación, los barbarismos... Nulla risa esi.

4. "El deseo de reducir todo a sistemas válidos para todos, la voluntad de volver coherentes todos los actos y pensamient ' os de los hombres" (Julio Caro Baroja) que ha caracterizado desde siempre a ciertas convicciones religiosas, y que con el tiempo se han desplazado hacia los sistemas de verdad y las teorías científicas, jamás han podido librarse de los carnavales y de las mascaradas que los continúan o los preceden: "fue en la época del más grande fervor católico cuando se llevaron a cabo las fiestas de los locos y del asno, la representación de los Misterios y los sermones burlescos del domingo de Pascua" (Jean Paul Richter).

Es verdad que, con frecuencia, el drama es el corolario de la fiesta. Pero nunca un drama de esta naturaleza ha tenido los mismos alcances que han tenido los dramas surgidos desde fuera de la fiesta o, peor aún, contra la fiesta. Son los hombres dispuestos a morir por la verdad los que suelen provocar la muerte de muchos otros. La verdad, entonces, estaría tal vez más cerca del hombre cuando consistiera simplemente en la posibilidad de liberarnos de la insana pasión por la verdad. Contra todas las verdades ordenadoras del universo, Ias únicas verdades que sirven son instrumentos que luego hay que tirar" (Eco).

La abadía incendiada por Eco a finales de noviembre de 1327 nos induce a pensar en la posibilidad de esa idea.

Frente a la risa, el fuego no es un elemento purificador. Por el fuego, el saber abandona definitivamente la abadía, que bien puede ser un teatro del mundo, y se instala en un mundo subvertido por nuevas teatralizaciones. Junto con el saber, todo cuanto había de terrible y maravilloso en la abadía sale a ocupar su lugar en los caminos que recorren la tierra.

El solo nombre de la risa es, por el contrario, un elemento purificador y, desde este punto de vista, no es natural, sino mágico, pues se trata de una risa que no acompaña a lo sobrenatural porque su relación es, ante todo, con la simplicidad del mundo.

Tras una máscara para contar, en un laberinto para desplazarse por los senderos de la postmodernidad, sólo nos quedan las ganas de interpretar, sólo nos queda el nombre de la risa.