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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1985

André Chastel, Le sac de Ronie, 1527, Gallimard, París, 1984, 369 pp. (ISBN 2-07-023248-4)


Desde posiciones eruditas (Cantimori) o confesionales (L. von Pastor y L. Ranke) el pillaje o saco de Roma en 1527 ha sido prácticamente agotado por los historiadores que explican lo explicable y racionalizan lo racionalizable. Por su oscuridad, su extrañeza, sus movimientos confusos, su pánico y sus deslallecimientos, los atentados y el desorden inusitado que configuran ese acontecimiento exigen una reflexión en torno al papel que desempeñaron en él lo irracional y lo fortuito. Pero ¿dónde están los documentos o los irionunientos en los que se inscribe la marca de lo irracional y lo azaroso'? ¿De dónde extraer los elementos que puedan proporcionar algún soporte a esta rellexión'?

Foucault propuso alguna vez una historia de los olores o de las pasiones para dar 1,ugar a rellexiones hasta hoy inéditas. Braudel propone el estudio de las obras de arte conio fuentes de información más confiables aún que rnuchos otros documentos. En Lesae tle Rímie. 1527 th, Roina en 1527) André Chastel lleva a cabo una reflexión sobre el conjunto de reflejos, prejuicios, barreras mentales, ficciones-refugio que hoy se engloban dentro del término mentalidad (p. 15) y, que a sujuicio informan ampliamente sobre ese aconteci miento. Con este propósito busca su información en las imágenes. las piiczas de orfebrería, los relicarios. las obras de arte, y el comportamiento y destino de la personalidad y los artistas de esa fase confusa del Renacirniento (p. 16). ¿,Por qué?

A Chastel le llama poderosamente la atención el hecho de que en la atmósfera dificil e inestable de la Italia posterior a 1492 "( ... ) la cultura haya conservado tanto espacio y el arte se haya beneficiado con tantas ocasiones favorables" (p. 23). A su juicio, esto se debe probablemente a que las instituciones del Renacimiento se conservaban gracias a la representación que se tenía de,ellas y a que su consistencia en la conciencia colectiva contaba nitás que el propio Estado (pp. 23-24). Pero ¿,cuál es la representación que se tiene de esas instituciones en el siglo Xvi?

Ciertamente del siglo xvi emerge la modernidad: pero esto no debe llevar a la subestimación del retorno al modelo medieval en el que el Imperio y el Papado son, como formas de poder. representaciones complejas cuya riqueza no siempre concuerda con las exigencias de la acción (p. 24). Y de aquí la separación entre lo que expresan esas 'Tormas simbólicas", asociadas con la autoridad y la realidad del poder (pp. 24-26) vivida como ruina, muerte, deshonor. fracaso. estropeo e impotencia, tanto del lado de los vencedores (Carlos V). como del lado de los vencidos (Clemente VH).

Debido a los lastimosos rodeos de la ilusión. el hundimiento moral no deja lugar a dudas. GPuede el arte reflejar este hundin---tiento?. se pregunta Chastel. Es difícil, pero ¡lo imposible. Y de aquí el intento de llevar a cabo una investigación donde lo fortuito. las maníí`bstaciones de lo imaginario. las resonancias de la cultura. las forinas y los símbolos desempeñan un papel capital que. al mistilo tiempo que explica la extrañeza profunda de lo social, pone de relieve la insuficiencia del análisis político de las intenciones y del estudio socioeconómico de la coyuntura, de las necesidades y de los medios (p. 28). Chastel intenta. así, esclarecer a la vez et papel que en ese acontecimiento desempeñaron lo accidental y la fuerza de los símbolos, pues está convencido de que la "( ... ) perpetua incertidumbre de lo vivido, la presión constante de los sínibolos son rasgos fundamentales de la experiencia. que noaprende al desnudosirtoen los tilo inentos de efer% escencia y de desorden" (p. 3 l). Y por estas mismas razones también está convencido de que -( )el e ó analisis de las obras vole las fornias es lo único que permit unaexploraci n corilpleta de eso. que llarnainos lo irnaginario indix idual ycolectivo. el reino de los símbolos- (p. 32).

¿Qué ocurrió en Ronia en 15271

En la prinlascra de 1527 todos los que participaban en la políticacuropea se hallaban prisioneros de una situación extraña \-confusa. El ejército imperial había sido pitesto bajo el niando del condestable Carlos de Borbón, pero su tilarcha a ti-ii& és del centro de Italia ¡lo tenía nada que ker con la guerra. La querella que oponía al papado con el irilperio no itilplicaba la guerra; aunque tanipoco la excluía (p.40). Fue por 1 ... ) una especie de aceleración interna y de deslizamiento aleatorio que las circunstancias mismas del conflicto entre Clenlente y Ctrlo,, Quinto desencadenaron ese asunto con dimensiones de catástr(1fe--- (p, 4Z. -En qué (&oiisistieron esa aceleración y ese desfizamiento? Según Chastel:

El conflicto se volvió manifiesto en el nivel de los principios con la promulgación de¡ breve apostólico del 23 de junio de 1526 que recordaba los derechos apostólicos del llontífice, y su respuesta. llainada la "nienioria de Granada---, del 17 de septienibre de 1526, donde se dice que el lenguikie del ¡lapa no es cristiano y que deberá ser corregido por el Eniperador N- reforniado por el Concilio (...) Sólo quedaba, pites, nianiobrar para organi/ar. llegado el nioniento, contra el predominio español \ alenián, una guerra de liberación coniparable a la que había lle&ítdoa buen térinino. quinceaños ante.,., Julio 11 contra los bárbaros de entonces, es decir contra los franceses de Luis XII. Lo quese llamó la Ligade Coñac. porcilugarendondesefirmévelacuerdodel22de niavo de 1526 con Francisco 1, que volvió de su cautis-crio, cristafizó esta wItintad. Elaconteciiiiieiitoi'uedebidaiiieiitecciebi-,idoci&italii. Sellevabana CUbo confusos niosirnientosdetropasenel Nortede Italia, los qiércitos de cada bando eran tan heteróclitos que tenían dificultades para soldarse. El caesareas se concentraba lentaniente bajo la dirección de Carlos de Borbón, el ejército de la Liga reagrupaba contingentes %enecianos que estaban seguros de ser reforzados porsocorros franceses, pero Lautrec, honibre experirnentado de Italia. que hubiera podido ser el hombre de la situación, no atravesó el pasíode Sit&ii sino a principios del nies de agosto de 1527. H único general capa/ de conaucir estas fuerzas, un medicis, primo de Clemente, Giovanni delle Rande \erejele brillante de 28 años. fue herido de muerte en nok icilibre de 1526-n el curso de un conibate destinado a entorpecer la unión de los larisquenetes de Frundsherg, que habían descendido por los pasos de los Alpes y la ciudad de Brescia hacia la región de Mantua, y Borbón, que había llegado a Miin(pp.42-43).

¿,Cual era la composición de los ejércitos que saquearon Roma el 6 de mayo de 1527?

El ejército imperial estaba compuesto por tres grupos que chocaban entre ellos constantemente:

-diez mil lansquenetes luteranos que habían ido a Roma a abolir el poder pontifical en lo espiritual y en lo temporal;

-un contingente español de entre 5 y 6 mil tercieros que habían ido a humillar al Príncipe de la Iglesia que osaba resistir a Carlos V,

---y contingentes de italianos irregulares dirigidos por capitanes aventureros y por personas de cierto rango como Marc Antonio Colonna y Ferrante Gonzaga (p. 44).

En las tres casos se trataba de tropas que no vivían sino del pillaje y de la extoisión y, para colmo, el condestable de Borbón no contaba con fondos suficierites para hacer efectiva la paga prometida.

Frente a la heteróclita masa de estos ejércitos, el papa Clemente llevó a cabo negociaciones con el virrey Lannoy, al término de las cuales pagó una enorme: contribución que en teoría eliminaba todo peligro. Acto seguido, licenció a sus mercenarios y con el ejército de la Liga lejos de Roma se vio reducido a la impotencia (p. 45).

Indefensa, Roma no pudo resistir al poder de los imperiales y tras breves escararnuzas cayó en poder de la soldadezca, aun cuando su capitán fue herido de muerte en las inmediaciones de la Porta Torrione (p. 50). Clemente, los embajadores y el personal de la curia se refugiaron en el Castello Sant Angello (p. 52), de donde podrían huir, previo pago de un cuantioso rescate, poco tiempo después.

Sin voz ni mando, dice Chastel, Roma se convirtió en el escenario de un pillaje atroz, interminable. exhaustivo y, a la vez, desordenado.

Dos versiones del acontecimiento se hacen frente ya inmediatamente después del saco. Del lado imperial están los Fli&kI)Iúiie)- coino la Wai«hqlf&ge und kurze Berichiung del 21 de junio, donde se consignan la muerte del Borbón y, el grito de los lansquenetes: "Vivui Luther Papa`, la Direptio e.vl)tígtiaiae urbis Roinae ab exercim Caroli quinfl 1527. publicada mucho más tarde, donde se insiste sobre el merecido castigo a la ciudad pontifical; y La lozana Andaluza, en donde se da gracias a Dios por haber permitido el castigo que, con derecho, se le infligió a tan gran pueblo (pp. 56-57).

Del lado pontifical se halla el In urbis Roinae excidía deffloralio, que es tina especie de requisitoria histórica contra las abominaciones del saco: "El oprobio para las reliquias, la flama para las iglesias, el incesto para las religiosas, el estupro para las matronas. la servidunibre para la gentejoven(p. 57). A este panfleto le seguirían numerosas rrierriorias y relatos que lo confirman y lo completan.

La primera reacción de España fue el silencio. Luego. en noilibre de Carlos V habló Alfonso de Valdés, su secretario. Para éste, toda la resporisabilidad recaía sobre el Pontífice, por haber actuado como unjefe de Estado imprudente. Además, dice en el Diálogo de las cosas ocurridas en Ronla:

Cada uno de los horrores del saqueo es el castigo preciso. necesario. providencial de una de las qLií! niancillaban a Roina (p. 58).

El saco de Roma tuvo grandes repercusiones en Ingiaterra. Thoillas More afirmó que los responsables de todos los horrores fueron uplandish Lutherans" (p. 60) y, dados los problenias que entrañaba la pasión de Enrique VI 11 por Anne Boleyn, el cardenal Wosley se inostró lavorable a una alianza con el Papa en contra del emperador. De itirnediato fue a firniar tratados de alianza contra el emperador a Ainicris (Francia), cil donde se le recibió con magnificencia y en donde el problema fue expuesto de una manera propia del Renacimiento: con una serie de cuadros vivientes que eran una transposición simbólica del acontecimiento. llamados pageanis: sort of displar. fflece- (P. 60).

Tal vez por una especie de censui-a que se ejerció con respecto ¿ti saco v a su responsable, Carlos de Borbón, ¡lo existen estanifias o pinturas comen]poráneas; pero el recuerdo del saco pii-duró y en grabados, lien/os y dibujos posteriores ( 1550, 1555, 1559) de autores ariónirnos o de celebridades como Jér5me Cock, Martin van Heemskerk y C. Boel, se da cuenta del acontecimiento.

Otras fuentes de información sobre ¡lis dirriensiones del saco son ¡lis estampas que poco a poco entraron en circulación. los grafitos ¡lechos sobre los frescos y las pinturas de los grandes pintores renacentistas y los as,atares de las reliquias que desaparecieron entonces.

En el estudio de estas fuentes se descubre la que es quizá lit principal justifícación del saco. Sobre todo para -los luteranos, Roma se había convertido en la nueva Babilonia y, por esto, debía expiar su pecado.

Sin dejar de pertenecer a su tiempo, sin olvidar por un momento reafirmar la doctrina papal, el arte renacentista recurre frecuentement , e a la Roma antigua en los paisajes y en los edificios en particular. Y esta actitud es, tanto a los ojos de los luteranos como a los de todos aquellos que pretenden impugnar entonces la eternidad de Roma, una actitud pagana. Es esto lo que les sugieren ante todo los frescos de Rafael, Giulio Romano, Sebastiano del Piombo y el propio Miguel Angel.

Ya antes del saco circulaban al norte,de los Alpes imágenes, caricaturas y figuras satíricas de artistas notables como Lucas Cranach, Hans Ho1bein y J. Carion, que contribuyeron a ganar a las poblaciones para la causa de las ideas luteranas, a costa sobre todo del Papa, cuya investidura se transmuta en la del Anticristo, y de Roma, que ya no será la nueva Jerusalén sino la nueva Babilonia. El saco de Roma no modificó esta oposición. Al contrario, la !&ntensifícó.

Frente a la tradición de la pintura monumental del Mediterráneo, el arte directo, popular y rápido de la estampa septentrional se vuelve una poderosa fuerza de la vida cultura¡ y religiosa que actúa contra Roma (p. 106). Y de aquí que, conjusticia, se vea en este arte el fruto de "( ... ) los nuevos media que permitían la multiplicación indefinida de textos y de imágenes: la imprenta y el grabado..." (p. 92).

Otros factores que actuaron contra Roma y el papado antes del saco fueron los cálculos supersticiosos y las obsesiones que circulaban ampliamente en Italia. Cualquier cosa, por pequeña que fuese, que ocurriera fuera de lo normal era vista como un signo Hay, dice Chastel, una interapción constante de la política, los sueños colectivos y la simbólica, un despertar de la tetralogía y un enloquecimiento augural (p. 108). El retorno al interés en Joacim de Flore es la expresión más destacada de todo esto (p. 110).

Ciertamente, el 6 de mayo de 1527 no se produjo el fin del mundo, pero el saco de ¡Zoma no dejó de tener sus efectos sobre el futuro de la cristiandad y del arte, que fue una de sus primeras víctimas y, al mismo tiempo, el espacio sobre el que se inscribió la realidad del hecho.

"A dí6 de niagio 1527 ' fó la presa de Roma "es una inscripción hallada en un muro de la Villa Lante.

Otras inscripciones, hechas a cuchillo:

'T. K. hn1), Martinus Lutherus---sobre el "Triunfo del Sagrado SaG..rriemo" de Rafael, en el Vaticano;

"V.K. hn1). Got hab d ' r sela Borbotil [Dios guarde el alma del Borbór] Dielis,al-I. tira ' i` sobre la Sianza de Heliodoro en el Vaticano;

"Babilonia"enel muro nortedela Salade la ' s Perspectivas; y, en alernári,

---¿Porqué yo que escribo no debería reírme? Los lansquenetes hicieron correr al Papa" en el muro este de la misma sala.

Otra víctima de la ocupación militar fueron los vitrales, cuyos emplomados se convirtieron en balas de arcabús.

Los tesoros de Roma fueron fundidos para pagar 70 mil ducados en oro.

Las bibliotecas, por supuesto, no fueron respetadas y aun los reformadores se inquietaron por la destrucción de las fuentes del saber.

El saco de Roma fue, pues, la ocasión de un rastrillaje minucioso de la fortuna romana; pero inmediatamente cobró otra dimensión: la de una inmensa profanación. En cierta forma el asalto a la ciudad fue, al menos para la mitad del ejército imperial, una especie de peregrinación a la inversa que tuvo por blanco todo aquello que atraía tradicionalmente a los fieles: objetos litúrgicos, reliquias y relicarios que, en su mayoría, nunca fueron recuperados.

Ciertamente, los autores materiales del saco fueron los "bárbaros" de ¡a epoca:,el horrible furor de los españoles y el inhoble furor de los alemanes, aunque dadas las características de estos últimos se haya querido, con mucha parcialidad, echar el mayor peso de la responsabilidad sobre ellos. Y esto se debe en gran parte a las peculiares características de los reares, es decir, de los lansquenetes -magistralmente dibujados por pintores suizos como Nicolas Manuel y Urs Graf-, que a partir de 1525 eran el único rival de los suizos en el mercado de los mercenarios. Pero más allá de las responsabilidades están los hechos y, a posterior¡, las explicaciones que en este caso, como en muchos otros, traducen dos actitudes opuestas. Así, unos invocan la fatalidad, que comunica un sentimiento de injusticia; y otros, la acción Providencial, interpretada como una invitación a la penitencia después del castigo (p. 166). Pero como la desgracia de Roma no fue ni la de Troya ni la de C4rtago, sólo el más grande historiadordel siglo XVI, Francesco Guicciardini (Guíchardin), en su Sioria d'lialia, podía analizar en profundidad esa terrible desgracia (pp. 167-68). Según Chastel:

Al desmontar el despiadado encadenamiento de los hechos a partir de los errores v de las ilusiones italianas. Guicciardini transforma Poco a Poco ¡a crónica de las guerras europeas conducidas en la península en una granuiosa tragedia que sitúa menos bajo el signo de la fatalidad que bajo el de la suerte, o -as¡ bajo el del azar. Su desencadenamiento prestó por primera vez a la.I¿>rttípia, al movimiento fortuito y a la inestabilidad de las fuerzas un valor de principio que ilumina todo (p. 168).

Sólo a la luz de estas consideraciones es posible pensar que, por lo tanto, independientemente del porvenir, algo irremediable ocurrió entonces, y cuyas consecuencias aparecerían poco a poco en todos los dominios. Pero lo importante está en saber por qué ya nada sería como antes (pp. 169-70).

De 1494 a 1527 se torja, según Guicciardini, la derrota de la italianitá, que ya no ere un hecho político en un mundo cada vez más brutalmente dominado por la política de los estados, y cuya realidad eludían, por otra parte, los estados de la península que no supieron renunciar a sus pequeñas ambiciones y sucumbieron al poder ifflDeríal. es decir, a la servidumbre política y moral ,Ípp. 171-72).

Es esto lo que, en pocas palabras, le ocurría entonces a la política, contra la voluntad de los hombres. Pero ¿qué le ocurría en ese mismo siglo a la cultura, es decir, a las costumbres, a las prácticas de la vida, a los intereses profundos?

Sufrieron enormemente, a raíz de ese acontecimiento, los hombres de letras, pues se liquidó" en efectoJa morada intelectual que les ofrecía Roma y que los obligó a una prolongada y aun interminable diáspora. Y esto en gran parte porque, como lo afirma Piero Valeriano, dependían demasiado de los poderes a los que querían conciliar (p. 175). Pero la pesadumbre de los hombres de letras era también enorme porque creían, no sin razón, que Roma era la escuela del universo, el centro de una pedagogía del hombre moderno, reconocible por cierta calidad humanista (p. 176). Caída una Roma que, entre otras cosas, quería verse dibujada en los guerreros de su propia antigüedad, se produce el ataque en regla al humanismo romano (p. 18 1) por su peligrosa imitación de los modelos. Ajuicio de Erasmo, la Roma de 1527 no tenía nada que ver con la Roma antigua (p. 185). El mismo Erasmo pensaba que, al igual que en lo político, Roma se equivocaba en lo cultura[. Y de ahí esta terrible sentencia:

Esos desafortunados ignoran que la faz del mundo ha cambiado y que un ciudadano de Roma cuenta menos en Europa que un burgués en Basilea (pp. 196-87).

Pero la crítica de Erasmo desemboca en una crítica del estilo mismo del Renacimiento romano, y aunque la razón lo asiste en parte, se equivoca. En su afán moralista evangélico, atento a cuanto ocurre, es igualmente hostil a los detalles realistas, al lujo de las formas, a los modelos antiguos, a todo lo que entonces podía importar a los artistas (E. Panofsky citado por Chastel, p. 187).

Erasmo se equivocaba, dice Chastel, al pensar que hay incompatibilidad entre cierta literatura y la inspiración evangélica, pues él mismo se nutría de imágenes y de fórmulas clásicas y debía su inteligencia a los autores paganos (P. 188).

Además, su afán moralista lo lleva a un punto en el que su crítica ya no es la del espíritu profano y las malas costumbres de la curia, ni la del comercio de las cosas santas y las supersticiones, ni siquiera la de las afectaciones ingenuas del estilo ciceroniano. Lo que denuncia, entonces, en el Ciceronianus, es la pasión intelectual por la historia, el arte y el pensamiento del mundo antiguo (p. 189) que, ciertamente y con razón, sobrevivirán en el interior del mundo cristiano.

Durante el pontificado de Adriano VI el arte y la cultura se vieron seriamente amenazados. Este pontífice no gustaba del arte ni de los artistas y la historiografía italiana describe su pontificado como un periodo en el que irrumpen violentamente la incultura y el error en el mundo romano (p. 195).

Esta descripción es correcta, pero es incompleta. Adriano VI fue también un hombre humilde y piadoso (p. 124) que desdefló la pompa y el esplendor romanos, pero que no recibió apoyo en su ministerio. En cambio Clemente VII fue, ante todo, un medicis, un Papa sobre el que Míguel Angel escribió a uno de sus colaboradores:

Ya sabrá usted q ue M edicis ha sido hecho ¡lapa. Me parece quetodo el mundo se alegra por esto. Pienso que para el arte se haránallámuchas cosas... (p.209).

Clemente VI¡ leía su breviario por las mañanas en el Jardín de¡ Belvedere, cenaba mientras escuchaba a la orquesta de cámara conducida por Gianicomo piffero da Cesena (pp. 209-10). El italiano (toscano) se afirmó durante su papado. Fue también durante su mandato cuando el protomanierismo toscano empezó a pesar suavemente sobre el rafaelismo romano (p. 212). A este período corresponden el "Cristo Muerto"del Rosso y 'Ta madone"del Parmesano. El saco de Roma de 1527 interrumpió este proceso.

Clemente VI¡ volvió a Roma el 6 de octubre de 1528, pero ¡as cosas ya nunca volverían a ser como antes. Entre otras cosas, en medio de una especie de distracción general se llevó a cabo el cisma e Inglaterra se pasó al campo de la Reforma; Carlos V se hizo coronar emperador por Clemente en Bolonia el 24 de febrero de 1530 y, más tarde, el 5 de abril de 1536, fue recibido triunfalmente en la misma Roma.

En principio, la diáspora había concluido, pero muchos artistas ya no volvieron a Roma. Rosso y el Parmesano, entre otros. El mismo Papa puso fin a lo que Chastel llama el estilo elementino (p. 280). Sin embargo, muchos artistas jóvenes hallaron el camino de Roma y el mismo Miguel Angel volvió para ejecutar "El juicio final", que dará un nuevo giro a la vida artística de Roma y en el que quizá no está ausente la espera escatológica surgida de la obsesión que producen los horrores de 1527 (p. 28 l). Pero ¿hasta dónde llega esta escatología?

En su momento, el saco de Roma por los ejércitos de¡ nuevo Carlomagno fue la respuesta terrible de la historia a los sueños de los humanistas italianos- (F. Yates citado por Chastel, p. 31 l). Pero ese mismo acontecimiento provocó un notable deslizamient ' o: "( ... ) el mito de Roma -la idea de la gran herencia antigua- tiende a desempeñarse ahora en favor de la potencia imperial, a expensas de la realidad italiana. Aun es posible que la teoría 'imperialista' del poder político único, superior a la autoridad religiosa, haya preparado la teoría'absolutista'del sigloxvii. Y no habría tenido la amplitud obsesiva que tuvo bajo Carlos Quinto y Felipe 11 sin los acontecimientos espectaculares..." (p. 132) de entonces.

Tal vez las teorías del poder que sucedieron a estas dos teorías figuren en parte dentro de la misma genealogía.

JULIÁN MEZA