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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1986

Alfonso Martínez Rosales, El gran teatro de un pequeño mundo. El Carmen de San Luis Potosí, 1732-1859. (Elías Trabulse)


Alfonso Martínez Rosales, El gran teatro de un pequeño mundo. El Carmen de San Luis Potosí, 1732-1859, México, El Colegio de México --Universidad Autónoma de San Luis Potosí, 1985, pp. 369, (ISBN 968-12-0303-8).

A finales del siglo XIX el sabio Joaquín García Icazbalceta afirmaba que no podría emprenderse la historia de la dominación española sin acudir a las crónicas religiosas, es decir, a las historias particulares de las provincias de las diversas órdenes que se establecieron en México.

Aseguraba que las crónicas manuscritas eran mayores en número que las impresas y que todas ellas eran "acopios riquísimos de noticias que en vano buscaríamos en otra parte".

El auge monástico del siglo XVII hizo proliferar este tipo de testimonios ya que las órdenes religiosas formaban la columna vertebral de la sociedad colonial sea por su fuerza política, por su peso económico o por su influencia espiritual en la vida religiosa, educativa y cultural. Los archivos conventuales eran cuidados con esmero con el fin de que algún día fuera redactada la historia de la comunidad y las vidas particulares de los hermanos o hermanas que agotaron sus existencias dentro de los muros del convento. Es grande la seducción que ejercen esos viejos papeles amarillentos escapados a nuestra incuria; son el reflejo fiel de una forma de vida novohispana desaparecida, pero también son el testimonio fehaciente de un momento determinante en la configuración de una mentalidad. De ellos surgieron las crónicas religiosas que no sólo son los registros historiales de la orden sino auténticas historias del México colonial. Ahí el cronista elegido por el provincial vertía tanto sus experiencias como testigo presencial de los hechos como los datos que recogía en los archivos: extractos epistolares, datos biográficos, documentos de fundaciones, instrucciones particulares, testimonios de índole económica, cuentas y nóminas. Estos datos resultan tanto más precisos cuanto gran cantidad de los originales que los contenían se han perdido irremisiblemente. Ahí el cronista narraba en un marco de edificación moralizante la historia de la fundación y progresos de su Orden y entrelazaba, a menudo con arte admirable, los sucesos menores y cotidianos con los grandes acontecimientos que afectaban a su Provincia. Su cometido era con frecuencia básicamente político: una forma de alegato jurídico histórico contra las pretensiones de las autoridades civiles, de otras órdenes o del clero secular que vulneraban los derechos de la congregación religiosa, y como estas pugnas se daban a menudo es fácil comprender por qué las crónicas religiosas del periodo que nos ocupa superan en número a las crónicas civiles. Cabe mencionar sin embargo que son contadas las crónicas religiosas que intentaron abarcar la historia completa de la Provincia durante todo el periodo colonial. Su finalidad era más modesta, dadas las dimensiones de la tarea. Así, la mayoría de estas obras se circunscriben a un período determinado o a un área bien delimitada. La conjunción de varias crónicas de diversas provincias podría dar, según se creía, una historia general de la Orden, que, cabe decir, casi nunca llegaba a realizarse.

La obra de Alfonso Martínez sobre la Iglesia del Carmen de San Luis Potosí se inscribe en esa corriente de la moderna historiografia que, al mostrar en detalle un fragmento del pasado que ha sido injustamente olvidado, ha podido revalorar parte de la vida de la Nueva España y del México independiente. Siguiendo los pasos de eminentes y eruditos historiadores potosinos tales como don Primo Feliciano Velázquez, don Francisco de la Maza y don Rafael Montejano y Aguiñaga, Martínez escribió una nueva crónica ciñéndose a las más rigurosas técnicas doxográficas y heurísticas de la metodología histórica de nuestros tiempos. Ha sabido unir lo vetusto con lo nuevo, y ha insuflado nueva vida a un género difícil que se suponía periclitado desde hacía mucho tiempo. Para elaborar esta crónica tan carmelita como potosina Martínez ha acudido --tal como sus predecedores de los siglos XVII y XVIII-- a las fuentes directas: ha recorrido diversos archivos --entre otros el valioso Archivo Histórico de estado de San Luis Potosí--, ha registrado testamentos, cartas y crónicas. En fin, ha recreado con base en fuentes primarias la historia multiforme del Carmen Potosino.

Sin embargo, esta crónica que hoy publica El Colegio de México no sólo es valiosa por sus aportes metodológicos. En mi personal opinión su mayor mérito radica en que, al reconquistar ese mundo perdido y al seguir las pautas y, a veces, hasta el modo de escribir y el léxico de sus antecesores, se ha unido a esa vieja tradición novohispana que buscaba crear, por medio de la historia y a partir de la exaltación de la propia tierra y de los santos, los sabios y los héroes que la poblaron, una conciencia patria. No a otros elementos tuvo que recurrir la historiografia oficial posterior a la independencia para fincar la conciencia histórica nacional.

La crónica carmelita de Alfonso Martínez, que va del México colonial al México nacional, siguiendo el hilo que le brindaba una obra maestra del arte barroco, si algo nos muestra es el hecho que ha sido un único y mismo espíritu el que ha animado a la naciente conciencia mexicana en esos dos siglos. Al hacer esto, nuestro cronista potosino ha desvirtuado las teorías maniqueas que han visto dos pasados y dos historias donde no había sino sólo una. En suma, nos ha dicho --o, para decirlo más claramente-- nos ha recordado, que volver a la Nueva España de los cronistas es volver, de nuevo a nosotros mismos.

ELÍAS TRABULSE