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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1986

2. Cándidos y Cándidos


No podemos imaginar el humor contenido en el célebre Cándido de Voltaire como algo análogo al humor con el que nos topamos en el quizá, no muy célebre, pero no por esto inferior, Cándido o un sueño siciliano de Leonardo Sciascia escrito, por supuesto, como una especie de homenaje paradójico al Cándido de Voltaire.

Ciertamente, estos dos autores nos hablan de la ingenuidad de un Cándido que no parece hecho para vivir en su época: el ilustrado siglo XVIII, en el caso de Voltaire; el deslustrado siglo XX, es el caso de Sciascia. También nos hablan los dos de un hombre que no tiene la suficiente malicia, que carece de la astucia necesaria para hacerle frente al mundo en cada una de estas dos épocas. Pero la manera de abordar la inocencia de los personajes en sus relaciones con el mundo cambia sensiblemente de un autor al otro. Aunque existen analogías y semejanzas entre los mundos que corresponden a cada una de estas dos épocas, cada uno tiene lo suyo y cada quien lo vive a la manera como la quiere su autor.

En el Cándido de Voltaire prevalece el optimismo. El héroe, que parte en busca de un futuro perdido en el espacio (el mejor de los mundos posibles), jamás se da por vencido. La búsqueda de este Cándido se lleva a cabo dentro del universo exterior y lejano al que persigue, alentado por su amigo Panglos y por el amor a Cunegunda, que no son ni la ilustración ni el saber, sino el prejuicio y el oscurantismo o, en opinión de Voltaire, la estupidez humana. Y precisamente por esto Cándido jamás podrá alcanzar su meta. No se llega al mejor de los mundos posibles a caballo sobre prejuicios y oscurantismos, fábulas y leyendas (a horcajadas sobre el jamelgo del socialismo utópico, se dirá a partir del siglo XIX), sino en la locomotora de la ilustración (que arrastrará los vagones del socialismo científico, también a partir del siglo XIX), aun cuando la ilustración (y el socialismo científico) se tuvieran que imponer por la fuerza: con la presión del despotismo (y la puesta en marcha de algunos tanques y helicópteros). Pese a la candidez de Cándido, la razón triunfará, en el caso de Voltaire.

En el Cándido de Sciascia no se enseñorea la misma especie de optimismo, y el presente ocupa el lugar que en la novela de Voltaire le corresponde al futuro. Además, la búsqueda del presente no se lleva a cabo dentro de un universo exterior y lejano, sino en el interior de su personaje: en su buena voluntad, en su capacidad para amar, en sus relaciones transparentes con los otros. Con esta manera de proceder, Cándido nunca obtiene, aparentemente, ningún beneficio. Pero sólo aparentemente porque si bien es cierto que nunca obtiene los beneficios que satisfacen a los demás, sí aprende, en cambio, algo que lo reconforta y jamás le quita las ganas de vivir: su conocimiento y su reconocimiento en y a través de los otros.

La ingenuidad del Cándido de Sciascia no es pues semejante a la del Cándido de Voltaire. El personaje de éste cree en un mundo mejor, futuro, lejano. El Cándido de Sciascia cree en él y en los otros, aquí y ahora.

En el primer caso Cándido nunca llegará a ese mundo mejor y sólo será la víctima de los demás. En el segundo caso nos separamos de Cándido cuando se encuentra, en el camino que lo conduce hacia él mismo, con la simplicidad del mundo, sin que por esto, ciertamente, deje de ser víctima de los demás.

El Cándido de Voltaire es cándido porque cree en el porvenir, sin contar con las armas de la Razón (Voltaire) o de la Ciencia (Marx). El Cándido de Sciascia es cándido porque cree en los hombres, aun cuando éstos se aprovechen de su ingenuidad; pero es cándido sobre todo porque es un hombre que cree en el hombre que cree en los hombres.

La diferencia entre estos dos Cándidos consiste en que el de Sciascia se halla más próximo a él mismo por su creencia en el hombre, mientras que el de Voltaire se aleja de él mismo en la medida en que su porvenir radiante también se aleja de él.

El Cándido de Sciascia es pues tan optimista como el Cándido de Voltaire, pero la diferencia entre estas dos especies de optimismo estriba en el hecho de que mientras Voltaire cree en la Razón, la Ilustración, el Progreso y el Saber, Sciascia confía en la poesía y en el amor, de donde vendrá precisamente el reconocimiento de Cándido por él mismo.

¿De dónde proceden las diferencias que hemos señalado? Proceden, ciertamente, de las diferencias de época --histórica, si se quiere--, pero no por razones de progreso, sino por los efectos de éste en la conciencia de los hombres.

En el siglo XVIII se vivía apenas en el umbral de la modernidad que hoy, pese a sus comodidades, nos oprime. Entonces se esbozaban apenas los inicios de un porvenir radiante que, gracias a la razón y al progreso, iba a liberarnos de la opresión y a hacernos felices.

En cambio, ahora que Sciascia ha escrito su homenaje al Cándido de ese Voltaire que no deja de hacernos reír con su porvenir radiante, los hombres se muestran cada vez menos dispuestos a reírse de un porvenir que es ya presente. El siglo XX ha vivido demasiadas pesadillas engendradas por los dulces sueños de la Razón como para seguir navegando en las aguas del optimismo. Por esto, sin duda, con mucha frecuencia el hombre de hoy se abandona al desencanto y al escepticismo. Pero cuando no es así, y aún mantiene encendida la pasión del optimismo, no lo hace a la manera del siglo XVIII. El optimismo de hoy es un optimismo moderado, que excluye la creencia en el porvenir radiante aún vivida como dogma de fe por los herederos de los discípulos de Panglos.

Como novelista, Voltaire no le quita a uno el sueño. Como ilustrado, lo convierte en pesadilla. Su fe ciega en la Razón hace escarnio de su propia obra.

Sciascia sueña. Sueña que sueña, y su sueño sólo es sueño. Por esto su despertar se lleva a cabo sin sobresaltos, con una simple confianza en el sueño.

No se trata en absoluto de afirmar que Voltaire le apuesta a la Razón contra los hombres. Al contrario, Voltaire aspira a las bodas de la razón con el hombre.

Tampoco se trata de descalificar la ironía y el humor negro que son, por otra parte, lo más placentero de la novela.

Burlarse de la ingenuidad en una novela no es ni pecado ni crueldad. Por ella misma la sátira de Voltaire es regocijante.

Pero también es válido ironizar sobre Voltaire cuando se revela como militante de la Razón, a la que concibe como el único recurso posible para escapar a la imbecilidad como vocación, entre otras cosas porque

abrazar la causa del racionalismo no garantiza la inmunidad contra el virus de la estupidez, y sobre todo porque

eludir el canto de la razón lógica y encerrarse en el mundo de lo imaginario no es irremisiblemente causa de imbecilidad.

Cándido no es cándido por imbécil, sino porque vive un mundo de sueños a los que, armado de razones, Voltaire también aspira.

A partir de las diferencias que he señalado intento algunas reflexiones.


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