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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1986

4. Utopía y literatura


No hay utopías reaccionarias ni progresistas. La utopía es sencillamente la respuesta creativa de lo imaginario a una carencia presente, la respuesta ficticia a necesidades que los hombres, al no poder satisfacerlas en el presente, tal vez por impotencia, las posponen, las remiten a mundos ideales ulteriores.

Estas creaciones del espíritu ancladas en lo imaginario existen desde siempre. No datan apenas del siglo XVIII o del XIX. No son un aportación de la feudalidad europea. Se remontan al momento en el que el hombre primitivo creía ya haber cazado un bisonte por el solo hecho de haberlo dibujado en las paredes de una gruta. Desde el principio, el hombre ha soñado, ha imaginado.

Como el sueño, la utopía es del dominio de lo imaginario, y así como es imposible impedir la existencia de los sueños, es imposible (e indeseable) impedir la existencia de la utopía. Sin embargo, se ha querido borrar esta creación del espíritu cuando ha sido enjuiciada en nombre de verdades racionales y científicas. Así ha ocurrido a partir del siglo XIX, a partir del momento en que la ciencia del progreso y del porvenir radiante decretó que la utopía era reaccionaria. A partir de entonces se creyó lícito abofetear, pisotear, maldecir el presente en nombre de un porvenir predictible y luminoso, desde diferentes puntos de vista de la razón y la ciencia doctrinarias. Y he aquí que, de acuerdo con esos puntos de vista, ese porvenir ya fue construido, pero, desgraciadamente, no es radiante, sino triste, lamentable y ha desembocado aun en el horror.

No fueron las utopías, por lo tanto, las que prefiguraron y menos aún hicieron posible el futuro ya presente. Contra ellas, el delirio doctrinario instauró el horror, Además, cuando ese porvenir apenas iba camino a volverse presente la utopía literaria se vengó convirtiéndose en antiutopía. Así vista, la antiutopía no se ha construido como reacción contra la utopía, sino como respuesta a la ciencia y a la razón que arremetieron contra la creatividad y lo, imaginario. Y algo terrible se produjo como constancia con esta respuesta: la antiutopía ha sido más certera que la ciencia y la razón, y a tal punto que la antiutopía es a la pesadilla lo mismo que la utopía es al sueño. Es inútil ceer, entonces, que por ella misma la utopía es forjadora de monstruos, y peor aún creer que la respuesta a la utopía es la antiutopía.

La utopía es tan necesaria para el hombre como el sueño. Pero es algo totalmente diferente querer imponer por la fuerza a los demás hombres la propia utopía. Cuando se procede así se desemboca en 1984, en el Mundo Feliz.

1984 --¡qué lejos estamos ya de entonces y qué rápidamente nos metemos cada vez más a fondo en su laberinto!-- no es realmente terrible como premonición... ya retrospectiva. Lo terrible de este libro, en 1948, era relativo porque sus horrores ya habían sido experimentados por millones de hombres y mujeres, porque en gran medida, para entonces, ya no era una antiutopía. Lo terrible de esta novela era que, en su tiempo, se trataba de una demostración certificada por la realidad. 1984 es la comprobación auténtica de un sinnúmero de hechos que ya se produjeron y que, peor aún, se siguen produciendo, bajo diferentes máscaras.

Sería muy difícil anular las semejanzas entre el bigote del Big Brother y el bigote de Stalin, Hitler y sus interminables herederos. Sería inútil querer rebelarse contra la idea de que Goldestein es Trotsky. Las desapariciones nocturnas, el hecho de borrar de un plumazo la vida de los hombres, los pioneros y los espías del futuro luminoso, las purgas, la neolengua y muchos otros hechos que desfilan a lo largo de la novela de Orwell son hechos que ya ocurrieron y que no han dejado de repetirse.

No obstante su final, esta novela de Orwell no es apocalíptica. En Winston sigue vivo el fuego de lo imaginario, el sueño de una utopía inconclusa e inconcebible. Y se trata, quizá, de un imaginario más próximo al de Sciascia (el amor, el sueño, la amistad, la poesía) que al de Voltaire (el mejor de los mundos posibles).

A veces, es cierto, la utopía, convertida en antiutopía, es perversa. Tal vez porque lo imaginario es con frecuencia perverso. Pero no podemos aspirar a suprimir la utopía y lo imaginario sólo porque se trata de una perversión. Buñuel siempre creyó que los sueños perversos de Sade eran en todo preferibles al, menor intento de ponerlos en práctica. Hubiera sido más bello imaginar una bomba atómica que fabricarla. Ojalá la homogeneización burocrática y social sólo hubiera sido, en efecto, una utopía, y no el monstruo frío que nos congela.


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