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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1986

A manera de conclusión


Al hacer del y del odio las categorías cardinales de la razón humana, Gaos nos trae recuerdos de toda la línea platónico-agustiniana del credo ut intelligam --sin la carga sobrenatural del credo-- opuesta al intelligo ut credam. Esa línea platónica de la que uno de los pasajes más sublimes y representativos venga dado por el Discurso de Diótima en el Banquete de Platón, y que tal vez pueda resumirse con el principio agustiniano expresado en el De Trinitate: "el precede a la razón". Es esa misma línea la que, por otra parte, privilegia el argumento volitivo por el deseo natural y la felicidad para llegar a la existencia de Dios por encima de los argumentos racionales resumidos en las cinco vías tomistas. Sólo que con una diferencia en relación a los clásicos: ahí donde la realidad del y de la volición, en cuanto intención y moción respectivamente, parecería conducir a la afirmación de la existencia metafísica de Dios, Gaos no da el salto. Acepta que las emociones y mociones tengan un objeto propio intencional: el, lo amado, la volición lo querido; [Nota 102] y que tales objetos propios sean los valores. [Nota 103] Pero en cuanto filósofo, y aquí irrumpe su ateísmo metodológico, no se justifica el tránsito de la concepción de Dios a su existencia. El argumento clásico de que no se puede tener inútilmente un deseo natural, y en nuestro caso, un deseo natural de la infinitud, sólo autoriza a concebir la infinitud como posible pero nunca, metafísicamente, como existente. Gaos se mantiene fiel a su propósito inicial: dar razón científica de la concepción de lo divino por el hombre investigando el origen de tal concepción que, como hemos visto, resultan ser el y el odio.

Después de tener un punto de partida ateo, Gaos termina en el agnosticismo. El filósofo, a diferencia del creyente o del religioso, debe permanecer en el umbral, atento al misterio y en silencio. Y si bien no puede afirmar la existencia de lo divino, concebir esto como posible, le parece una necesidad fundamental en la medida en que su acción requiere ser ordenada de acuerdo a tal ideal. Y en esta necesidad radica, precisamente, la actualidad del tema de Dios: no podemos acabar de hablar de nosotros mismos ni concebirnos siquiera en nuestra finitud y contingencia sino concibiendo y hablando por último de Dios.

A 20 años de distancia, resulta difícil creer que "Dios a la vista" haya sido una falsa alarma, como afirmaba Max Aub criticando la frase de Ortega. Testimonios y afirmaciones como la de Solyenitzin con respecto al reavivamiento de la religiosidad rusa y su redención de Occidente o la de Foucault al reconocer en la religión la fuerza unificadora del pueblo iraní por encima de cualquier esquema ideológico de izquierda o de derecha; o la de Kolakowski, que ve en la identidad religiosa y en el nacionalismo polacos el factor de desintegración del totalitarismo; o más entre nosotros, el mismo testimonio de Hélder Cámara que anuncia a un Dios vivo y actuante entre los hombres, particularmente entre los marginados, e invitando a un cambio de las estructuras injustas a través de la "violencia de los pacíficos". Afirmaciones de este tipo parecen confirmar, cada vez con más fuerza, que el tema de Dios, lejos de ser algo caduco o pasado de moda, puede ser, como lo intuía Gaos, el tema de nuestro tiempo.

Es cierto, no bastan las explosiones espontáneas de corte místico o los compromisos con una praxis liberadora para que ipso facto presenciemos y comprendamos los valores de la religión. La experiencia más bien ha mostrado una inclinación hacia tendencias extremas que hacen dudar a veces de la misma autenticidad de la religión y del sentido y significado de lo divino. El pecado más bien ha estado en el exceso no en el defecto. Y este exceso llama al filósofo y le reta a ejercer su actividad: estar atento a la experiencia, aclarar las ideas, distinguirlas, buscar un principio de orden y proponer los fundamentos. Esta fue la noble tarea de Gaos y sus reflexiones al respecto son las que he intentado poner a su consideración.


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