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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1986

JULIANA GONZALEZ. Nicol y la vuelta a la metafísica


"VUELTA" es regreso, retorno; pero también vuelco, viraje, giro o inversión. Tras de la crisis radical que afecta en nuestro tiempo a la metafísica, no parece posible una vuelta a ella que no implique vuelcos sustanciales, que renueven de base sus propios alcances y su definición. Esta es, justamente, la conciencia que prevalece en algunos de los empeños más significativos del siglo XX, tendientes a reinstaurar la "filosofía primera", entre los que destacan, sobre todo, las ontologías vitalistas, fenomenológicas y existencialistas. A partir de éstas, precisamente, se desarrollan, las búsquedas metafísicas, emprendidas en nuestra comunidad, por uno de nuestros "transterrados" más eminentes: Eduardo Nicol.

Como escribió José Gaos: "Los problemas que interesan a Nicol son los más importantes de la actualidad". Y en efecto, estarán siempre presentes en la obra de Nicol --tanto en la obra escrita como en la tarea docente--, las más diversas tendencias y preocupaciones contemporáneas las cuales confluyen y se concilian íntimamente en ella como un signo distintivo suyo. Están presentes, así, en la filosofía de Nicol los imperativos del vitalismo en general, tanto como los de la filosofía comprendida como ciencia rigurosa; igualmente, hay un cultivo permanente de los clásicos, a la vez que un ejercicio crítico, y un contacto directo con los hechos y problemas que genera la búsqueda activa de los propios caminos filosóficos. Concuerdan, asimismo, en sus trabajos las preocupaciones existenciales y éticas con las de la fundamentación contemporánea de la ciencia en general. Tan decisivas serán en ellas, además, las influencias de Heidegger, como las de Heráclito; de Hegel, como de Platón; de Cassirer, como de Einstein; de Nietzsche y Bergson, como de Leibniz o Kant; de Husserl, como de Sócrates. Tradición y renovación; razón y vida; individualidad y comunidad; naturaleza e historia; todo ello, como concepción unitaria, sintética, forma parte medular precisamente del programa de reinstauración de la metafísica, al modo como la concibe Nicol.

El regreso a la filosofía primera es, para él, algo no sólo posible sino necesario, dentro del proceso evolutivo de la propia historia de la filosofía. Lo cual se percibe, en principio, cuando --más allá de muchos prejuicios-- se reconoce que la metafísica es inevitable. Y no lo es porque sea inevitable para la razón --como creía Kant-- plantearse eternamente cuestiones que no está a su alcance resolver, ni tampoco desechar. Estas serían, si acaso, las interrogantes --o algunas preguntas límite-- de una tradición metafísica --históricamente circunscrita--, pero no de toda metafísica o de la metafísica como tal.

La metafísica es inevitable para Nicol porque lo son sus problemas originarios y universales (los propiamente filosóficos, y no religiosos o teológicos), que son aquellos que atañen a la historia entera de la filosofía, desde sus orígenes presocráticos. Son ineludibles, en efecto, las cuestiones acerca de la unidad y la pluralidad, la permanencia y el cambio, la realidad misma, la temporalidad, la "naturaleza" humana, los grandes predicados o categorías, las "condiciones de posibilidad del conocimiento", las certidumbres básicas e indubitables, etc.

El regreso a la metafísica lo es entonces a estos problemas primarios, siempre presentes, y no a sus respuestas y concepciones tradicionales. Más aún: lo que no parece legítimo es la pervivencia de la metafísica si ésta se sigue concibiendo como un supuesto conocimiento literalmente "meta-físico", trascendente, de lo que está "más allá" de la experiencia fenoménica espacio-temporal, o como un mero saber apriorista, "puro" y especulativo. En este sentido, la crítica kantiana es, para Nicol, plenamente vigente e irrebasable, a pesar de los intentos hegelianos y posthegelianos.

Es cierto que --como lo destaca también Nicol--, la metafísica ha sido en casi toda su historia una proyección teórica --y vital-- hacia un "trasmundo", lo cual, en consecuencia, origina la negación de este mundo, de esta realidad o esta vida visible, tangible, temporal y terrena. Pero según la hermenéutica de Nicol este carácter "metá", "más allá" de la metafísica no es originario ni intrínseco a la metafísica como tal. Esta no nace en realidad con Parménides de Elea, sino antes: con la filosofía misma, desde Tales de Mileto hasta Heráclito. En este último, sobre todo, se configuraría la metafísica primigenia, realmente originaria, que no tiene, en absoluto, carácter "meta" físico (trascendente y apriorista), sino al contrario: versa sobre la Naturaleza (Physis), como totalidad aprehendida en su propio fundamento (arjé), e identifica el devenir con el ser mismo y con la racionalidad. La filosofía de los milesios y de Heráclito no pretende rebasar los marcos de la experiencia, sino al contrario: expresamente para Heráclito, se trata de "hacer experiencia" de esta realidad, de "despertar", "escuchar" y "estar presentes" ante el Logos universal de este mundo, "uno y el mismo para todos".

La vuelta a la metafísica implica, precisamente, para Nicol, la vuelta a estas experiencias originarias de los primeros filósofos, reconociendo en ellas las fuentes genuinas del conocimiento a las que se hace necesario retornar. Más aún: la conciencia histórica del valor de los orígenes --que es, asimismo, una conciencia presente en las búsquedas de la metafísica contemporánea-- coincide de manera notable, en Nicol, con los propósitos fenomenológicos de la "vuelta a lo originario", a "lo dado primariamente en la intuición", como lo formulara Husserl.

El viraje primordial que ha de producir el conocimiento metafísico es, justamente, éste, para Nicol: volver a los "datos" realmente inmediatos de la conciencia. Volver y permanecer en ellos, sin rehacer la atávica invalidación de estas primeras evidencias, sino al contrario: para reconocer su carácter efectivamente evidente, incuestionable, cierto y seguro; retornar al nivel realmente originario de la experiencia, librándose, en verdad, de los prejuicios ancestrales que denigran el saber aquí obtenido, como algo engañoso, parcial, de meras apariencias, que puede --e incluso debe-- hacerse dudoso.

Nicol encuentra, en efecto, que el nivel realmente originario no sólo es previo a la teoría o al saber fundado de la ciencia, sino también previo a la misma opinión o doxa. Por debajo de éstas se halla la simple, inmediata, segura aprehensión de la realidad como tal, que tiene, justamente, las características de un saber apodíctico (evidente, indubitable, absolutamente cierto); de un saber unitario o totalizador que es la captación directa de una realidad integrada, estable y dinámica a la vez, plural y unificada, siempre plena de lo que es; o sea, del saber metafísico por excelencia.

Si se eliminan precisamente los prejuicios "metafísicos" del dualismo antropológico del "alma" y el "cuerpo", de la razón y los sentidos --separados o separables--, se puede reconocer que no hay un saber puramente "sensible" o una pura percepción (aísthesis) que, correspondientemente, sólo capta meros hechos singulares e inconexos, absolutamente variables no hay tampoco, por tanto, una pura intelección (nous) del orden invisible de las puras esencias, substancias o "cosas en sí", más allá de los fenómenos. Fenomenológicamente, según muestra Nicol, el conocimiento inmediato, verdaderamente concreto, es percepción-razón simultáneas.

Pero además, las intuiciones originarias tienen un verdadero valor metafísico, según Nicol, porque no son tampoco experiencia solitaria e inefable [como creía Bergson], sino todo lo opuesto: son experiencias comunes y comunicables: base de toda comunicación posible. El otro prejuicio "meta-físico" que ha de superarse es el de la larga tradición de un "sujeto absoluto, solitario, solipsista (que es común a "realismos" metafísicos tanto como a la tradición "idealista" de la filosofía y de la ciencia). La intuición primaria es segura o apodíctica, dice Nicol, porque no es solitaria; porque de hecho no existe tal sujeto solipsista, así como no existe la abstracción --el absurdo, diríamos-- de unos puros sentidos percibiendo hechos sueltos, atomizados.

La vuelta a la metafísica originaria es entonces, en el contexto de Nicol, ante todo la recuperación del carácter constitutivamente dialógico del logos. El logos es palabra, en efecto, o mejor dicho, es razón-palabra, es pensamiento y comunicación. En la Intuición originaria están presentes "el ojo", la razón y la palabra, todo a la vez: es aprehensión directa y activa que "recoge" el dato y al mismo tiempo "lo hace presente" en la comunicación. El lenguaje --dice Nicol-- es apofántico: asegura la presencia. El ser aparece en la coexistencia dialógica inter-humana.

Consecuentemente, la verdad metafísica por excelencia no es ningún conocimiento teórico, ningún saber extraordinario o de excepción, que se encuentre en la cúspide o en el remate de largos procesos metodológicos, intelectuales (o existenciales) que descuentan lo dado en la experiencia primaria y común,

El saber metafísico, el único que tiene carácter de algo seguro, total e incuestionable no es ninguna verdad teórica o especulativa o científica en general, sino la simple y primaria certidumbre del hecho de ser, o de que Hay Ser, dice textualmente Nicol. O sea, la primitiva y común experiencia de la presencia total de lo real, de la eternidad cambiante que "está a la vista": del fenómeno mismo. El ser es fenómeno para Nicol, y el fenómeno es el ser, plena e irrestrictamente identificados.

La verdad metafísica es conocimiento seguro porque aún no se aventura en la búsqueda de una explicación o interpretación de qué es y cómo es lo que aparece. Este sería ya otro nivel de la verdad, siempre derivado, siempre relativo, incierto, meramente probable o aproximativo: ya se trate del nivel más inseguro, vago y oscuro de la mera opinión subjetiva, ya del más riguroso, firme y cierto de la teoría científica. Pues la ciencia misma es también opinión, sostiene Nicol. Opinión fundada, pero opinión al fin. El absoluto está en la intuición y no en el pensamiento.

El viraje completo de la metafísica estriba, de este modo, en invertir el "lugar" y la índole del conocimiento metafísico. Este no es privilegio del filósofo o de un estado perfecto del entendimiento. No es la meta de un pensamiento que abandona la experiencia [Parménides], o del filósofo que "aprende a morir y a estar muerto" [Platón], o el estadio del "saber absoluto" que se halla en el telos del "calvario de la historia" [Hegel], ni la vivencia excepcional de "angustia ante la Nada" [Heideggerl. Por el contrario, la verdad metafísica es para Nicol el punto de partida y el fundamento universal que unifica todos los modos del conocimiento y de la existencia, de la teoría y la praxis: es el mero saber empírico y común del hecho de que por todos lados y en todo momento hay ser y sólo ser.

Y resulta así, que en este nivel radicalmente fenomenológico, el ser es precisamente el devenir: la realidad múltiple y cambiante. A la identificación del ser y el fenómeno corresponde la equivalencia del ser y el tiempo. Pero se trata, en efecto, de una irrestricta equivalencia: que el ser sea el devenir implica que el devenir mismo sea el ser, y sólo el ser. No el ser y "la nada". La sobrevivencia en la metafísica del concepto de "la nada", del vacío ontológico para explicar el devenir, es, según muestra Nicol, la sobrevivencia de la denigración ontológica de la realidad cambiante y fenoménica.

Al dualismo antropológico y epistemológico de los "sentidos" y la razón, corresponde, en efecto, el dualismo ontológico del "devenir" (objeto de los sentidos) y el "ser" (objeto de la razón pura). Consecuentemente, el reconocimiento del carácter unitario del "sujeto" la integración de sus intuiciones originarias a la básica y primitiva función dialógica del logos humano (a su cuerpo, a su palabra y a su mundo) es algo correlativo a la reunificación o reintegración de los datos del "objeto": la unidad y la pluralidad, la permanencia y el cambio, el ser y el devenir, el ser y el fenómeno.

La fenomenología, así, converge con la dialéctica: entendida ésta precisamente como la síntesis esencial de los opuestos: uno-múltiple, permanente-cambiante, absoluto-relativo. A su vez, la dialéctica coincide con la fenomenología: vuelve a ser --como era en Heráclito-- dialéctica concreta, "empírica", de la realidad visible. Es dialéctica positiva que reconoce el ser tanto a lo que es como a lo que no-es. La negación no tiene para Nicol carácter ontológico, por cuanto éste fuese una efectiva carencia de ser; "algo" que ontológicamente tendría que remitir a "la nada" como su fundamento, como el sustrato ontológico de toda negación concreta y "lógica" [según sostiene Heidegger]. El no-ser no es la nada ni remite a la nada, dentro de la dialéctica positiva de Nicol.

El devenir, en efecto, queda cabalmente reivindicado porque se le identifica con el ser y sólo con el ser. La realidad cambiante no es una "realidad a medias" o un "medio ser" "penetrado de nada"; el cambio y la diversidad no implican --según ha creído siempre la metafísica-- una falla ontológica, una mengua o defecto, y no son, por ende, mera apariencia o puras "sombras", de modo que se tenga que postular la existencia de otro mundo, el del verdadero ser, que consistiría, por tanto, en una pura identidad, fuera de la materia, de la vida y del tiempo.

Pero esta concepción no se supera si, como una contrapartida suya, se pretende entonces que hay una pura pluralidad sin unidad, y un puro cambio sin consistencia. Si se admite el puro "fenomenismo" de las meras apariencias que, si acaso, sólo la formalidad racional justificaría o sólo la actividad pragmática salvaría por su utilidad. Metafísica o antimetafísicamente prevalece el mismo prejuicio: que la realidad patente no es el ser, que el devenir no es propiamente, ni es racional.

Todo lo contrario es lo que ocurre si se identifican plenamente el ser y la realidad, el ser y la presencia temporal. Se invalida entonces cualquier desarrollo trascendente de la filosofía del ser, convirtiéndose ésta en una metafísica, cabe decir, de la "inmanencia": de lo que está aquí, de la realidad espacio-temporal. Lo cual tampoco parece significar, en la metafísica de Nicol, que se pretendan invalidar las búsquedas de algo trascendente en el orden religioso o teológico. Se trata sólo de recobrar la autonomía, el campo propio de la metafísica como filosofía primera, y por ende, queda a salvo la independencia de las otras búsquedas humanas que rebasan el campo y los objetos propios de la ciencia del ser. Ni la teología toca o resuelve los verdaderos problemas de la metafísica, ni a la metafísica competen las cuestiones --las respuestas últimas, precisa Nicol-- de las búsquedas religiosas en general. Incluso, tampoco se invalidan en la metafísica de Nicol los grandes misterios que presenta el ser mismo. Pudiera decirse que la seguridad en la certidumbre básica de la presencia es apertura sin fin, tanto a las búsquedas de la ciencia y de la razón, como a las interrogantes humanas de la mística, de la poesía, de la vida misma. El absoluto en la base no cierra el "sistema"; abre a la relatividad y a la historicidad de las creaciones del hombre.

Y al quedar ontológicamente revalorada la realidad presente, queda también revalorada la realidad humana, se origina por fuerza otra idea de la vida y otra idea del hombre y de su ser mismo. Este precisamente se cifra a su vez en la presencia y la temporalidad: en nada aparte o separado de la naturaleza (de la propia corporeidad), ni del devenir histórico (de su realidad temporal). Pero a la inversa: la condición natural y temporal del hombre tiene plenitud ontológica y no es por tanto fuente de engaño, el pecado, la nihilidad o el sinsentido.

El ser hombre es para Nicol precisamente su expresión, o sea, el factor fenoménico y cambiante por excelencia; lo que diversifica y a la vez comunica; es la exteriorización física o corpórea, y al mismo tiempo, el orden del sentido y la espiritualidad. El hombre no oculta su ser (su esencia propia) tras sus manifestaciones: su ser mismo consiste en manifestar, en hacerse presente y hacer presente la realidad en la expresión. En este sentido, el ser del hombre, más que ningún otro, es fenómeno (apariencia, presencia) y es tiempo (actividad, praxis).

La temporalidad propia del hombre es la historia. Como lo precisa Nicol: el hombre es histórico en su ser mismo. Y esto significa que, con y por la historia, adquiere las notas definitorias de su "naturaleza". Esta no es algo inmutable e independiente del tiempo, sino que se gesta en él. El hombre produce diversas "ideas del hombre" (nacidas tanto de su praxis como de su theoría) y tales ideas tienen un importante ontológico: son modos de ser dice Nicol. La historicidad (necesidad de expresión) es un constitutivo ontológico porque el devenir no es --menos aún para el hombre-- algo aparte del ser. Consecuentemente, la historia misma tiene ser y racionalidad: unidad, permanencia y realidad, no es sucesión inconexa, ontológicamente discontinua; no genera "saltos" ni cancelaciones; es esencialmente persistencia dinámica, continuidad dialéctica por la que se integran el pasado, el presente y el futuro, lo nuevo y lo viejo, el cambio y la estabilidad.

Asimismo, en tanto que expresión, el hombre es a la vez comunicación e individuación (lo uno por el otro). El reconocimiento de la pluralidad constitutiva de la existencia, desautoriza toda idea de "esencias" uniformes y la propensión de los sistemas metafísicos a subsumir al individuo en la "universalidad" o la "totalidad". Pero pluralidad e individualidad no justifican la abstracción de sujetos inconexos, autosuficientes, solitarios, originariamente in-comunicados, o para los cuales la comunidad fuese siempre mera evasión de la "autenticidad". La unificación metafísica del ser y el devenir, del ser y el fenómeno, hace posible, en la ontología del hombre, la reunificación dialéctica de lo uno-plural y, en consecuencia, de la unidad comunitaria y la individuación.

Y tampoco la libertad puede concebirse en oposición a la necesidad y a la determinación, ni por su parte, la condición natural y social del hombre puede justificar los determinismos y reductivismos de cualquier índole. El hombre es irreductible a mera naturaleza, sin dejar de ser naturaleza. La condición libre es, en última instancia, la condición histórica y ética del hombre: literalmente sobre-natural, como la conceptúa Nicol. La libertad no se ejerce ni aparte ni contra la naturaleza, sino desde ella, sobrepasándola a la vez en la acción transformadora.

Puede ser recobrada, así, la condición específica e irreductible del hombre y, con ello, su areté o excelencia propia. Estas no son tampoco algo separado, cuyo origen y destino fuesen trascendentes o extramundanos, sino al contrario. El hombre tiene en su ser mismo el principio de su condición libre, fundamento de toda virtud y todo valor.

En síntesis, pues, algunos de los aspectos que a nuestro juicio tiene mayor significación y validez en la vuelta a la metafísica propuesta por Nicol, son los siguientes:

1º Resulta decisiva, en efecto, la peculiar congruencia que hay, por un lado, entre la vuelta a los orígenes históricos de la filosofía, y el método fenomenológico; y por el otro, esa confluencia esencial que se produce entre la propia fenomenología y dialéctica se iluminan recíprocamente y se unifican a tal grado que de esta conjunción parece depender la posibilidad de que se acabe de recobrar la plenitud ontológica de la realidad cambiante.

Particularmente nos parece indudable que el regreso a las fuentes originarias de la experiencia (tanto histórica como fenomenológica) es condición indispensable para una necesaria revivificación del conocimiento, sobre todo en tiempos de excesivos formalismos, a cuyas abstracciones corresponden el vacío y la pérdida de significación. Asimismo, es evidente que no basta recobrar la temporalidad (el cambio) de la real, sin recuperar (junto con el ser de los temporal) la presencia empírica, inmediata y "corporal" de la realidad. Como no basta, a la inversa, admitir el valor de la experiencia o de la intuición, si el sujeto de la experiencia es un sujeto escindido, sin cuerpo, sin lenguaje, sin vínculo y sin mundo; si no se reconoce, en fin, que el fenómeno es (dialécticamente) multiplicidad unificada y persistente: real y racional en sí mismo. A la "invisibilidad" y "ocultación" del ser, a su carácter no fenoménico y corpóreo, correspondió, en efecto, su in-temporalidad o in-mutabilidad. Deshaciéndose un recorrido (fenomenología), tenía que deshacerse el otro (dialéctica). La coincidencia fenomenologíadialéctica hace posible, entonces --y esto es lo que nos parece de mayor alcance--, el reconocimiento de la efectiva condición espacio-temporal del ser, unitariamente espacio-temporal.

2º Es, asimismo, evidente que una cabal vuelta a la metafísica implica la recuperación del ámbito ontológico, real, del ser en sí, cuestionado desde la duda cartesiana. En gran medida, es cierto, la modernidad se cifra en el acento, casi exclusivo, que se pone del lado del sujeto del conocimiento, de la conciencia, el yo (empírico o trascendental), la idealidad, la "representación" o la "voluntad". De manera incontrovertible la tradición idealista invalidó todo "realismo ingenuo", toda idea de una "cosa en-sí" independiente de la experiencia y de la conciencia, propios de la concepción griega y medieval. Pero también es cierto que, a su vez, el idealismo de la modernidad requiere ser superado recobrándose precisamente la realidad de "la presencia". El "" no es mera "voluntad" y "representación".

Sólo que la única alternativa que parece legítima es --más allá de toda parcialidad "realista" o "idealista"-- el reconocimiento de la esencial relatividad de "sujeto" y "objeto": del hombre al mundo y del mundo al hombre. E n el viraje hacia la base intuitiva propuesta por Nicol, en efecto, una recuperación del ser "en sí". Pero lo que a ésta puede conferir validez es que dicho "en sí" no es concebido ya como un orden absoluto, en sentido literal (ab-solutus) de algo solo, aparte separado, sin nexo o relación. No es algo separado de la realidad ni cabe hablar de ello aparte de su "captación" humana. Dentro de la metafísica de Nicol, significativamente, una conjunción dialéctica de receptividad-actividad: la presencia del ser es, a la vez, su presentación y su representación humanas. No hay, ciertamente, ontos sin logos, ni logos sin ontos: el lenguaje es el receptáculo activo del ser.

3º El no-racionalismo es, por su parte, otro de los signos de la metafísica de Nicol que se inscribe también en muchas de las grandes tendencias del mundo contemporáneo. Reconocer la insuficiencia y los límites irrebasables de la razón ( y de la ciencia) es paso obligado para trascender las ilusiones y los dogmas positivas y racionalistas en general. lo obligado es, en efecto, la constatación de la complejidad de lo humano o, más bien, del carácter no fundamental sino fundado (derivado) de la conciencia misma y de la razón, tal y como ha sido evidenciado, tanto en el orden filosófico y psicológico (Nietzsche y Freud, como en el social (Marx).

A una necesidad análoga parece responder, en el orden, específicamente metafísico(ontológico y epistemológico), la tesis de Nicol de que las construcciones teóricas de la razón (metafísica o científica) no se fundan en sí mismas, sino que están fundadas en algo más originario: en la experiencia primaria y común, directa y dialógica, de la realidad patente.

Aunque también es cierto que la invalidación del racionalismo no ha de implicar la de la razón como tal. Nos parece por demás importante, así que en Nicol, precisamente, el cierre de las pretensiones absolutistas de la razòn y de la ciencia produzca, al mismo tiempo, una notable revalidación de éstas. No cabe, desde luego, la verdad absoluta, pero tampoco el mero relativismo y la arbitrariedad. Porque hay ser y hay una racionalidad inherente a lo real, por eso tiene sentido la búsqueda de verdad científica o teórica. Pero tiene sentido precisamente --y esto es lo que vale--, como una búsqueda siempre relativa, creadora e infinita: camino abierto, siempre aproximado y perfectible que lleva su grandeza en su propia y esencia historicidad. Tiene sentido la metafísica misma, no ya en su tendencia a rebasar los marcos de la experiencia, sino al contrario: como una forma radical de hacer experiencia, de situarnos ante la realidad en su ser mismo, a la vez que se reconoce el poder y la virtud del logos humano en su interminable tarea de problematización y de creación simbólica.

4º La afirmación de un saber originario e inmediato, que se considera incluso el saber metafísico por excelencia, es sin duda la tesis fundamental de la metafísica de Nicol pero la que plantea también serias dudas y reservas.

A nuestro modo de ver éstas obedecen quizá de las dificultades propias de lo fácil mismo. Pues además del peso que aún tienen los siglos de pensamiento racionalista, la vuelta a lo más próximo e inmediato: a la experiencia primaria previa a cualquier toma de posición parece precisamente lo más lejano e inaccesible. Resultan, de echo, indesglosables la "aprehensión" y la "interpretación", lo "dado" y lo "constituido" por el logos.

Pero si esto es así, podemos decir que el conocimiento metafísico de "lo dado" y "lo originario" no es dado, ni originario. Implica, en este sentido, si una nueva modalidad de "trascendencia" y un método o camino. No para ir más allá de la experiencia sino más allá, o mejor dicho, más acá, de los niveles de la teoría y de la doxa en general. No es cuestión , es cierto, de acceder a una realidad separada o de desocultar un ser encubierto tras la apariencia, sino --según se vio-- de un despertar del sujeto como era para Heráclito. No es "salto" pro encima de este mundo sino "penetración" y efectiva "permanencia" en él, si así puede decirse. La experiencia metafísica (fenomenológica) requiere entonces de una especie de conversión o purificación del modo ordinario de existencia en el cual, como decía asimismo el efesio, aunque los hombres estén "presentes" se hallan "ausentes", "sumidos en su mundo particular". Se trata, en efecto de lograr el estado de asombro y de apertura ante la realidad, de no dar por causabido, de deshacerse de juicios y perjuicios, de tomar conciencia de la propia conciencia, para poder acceder al nivel de la experiencia directa y básica. El reconocimiento de lo inmediato y originario, no es él mismo inmediato y originario. Es difícil y mediata adquisición. Y ésta no es, asimismo, otra cosa que un simple reencuentro con lo que ya estaba: " la evidencia básica y apodíctica de la existencia.

5º Finalmente, uno de los aspectos más dignos de destacarse, en éste y en todos los casos, es el de las repercusiones existenciales y axiológicas que se derivan por fuerza de las concepciones metafísicas ( o antimetafísicas). Es obvio que la conciencia (o la inconsciencia) que se tiene del ser en general, de la existencia, de la racionalidad y consecuentemente de la naturaleza humana, es inseparable del mundo de valores y de las formas concretas que privan en una sociedad y un tiempo determinados.

Como se ha intentado poner de relieve, una metafísica cifrada en la plena reivindicación ontológica de la realidad cambiante, reivindica de manera esencial el ser y la estancia del hombre en el mundo, promueve otros modos de valorar la vida y la condición humana. Este es, efecto, para nosotros uno de los aportes principales de la metafísica de Nicol. Por una parte, como lo destacábamos, el ser corporal y temporal del hombre no le condena ya a la mera fatalidad determinista ni ala pura muerte y soledad. En la propia naturaleza histórica del hombre están dadas las potencialidades de la libertad, de la pervivencia y de la comunicación.

Por la otra, la recuperación de la certidumbre de la realidad, de su plena identificación con el ser mismo, puede generar en efecto otro modo de estar ante la Naturaleza y ante los otros, ante el absoluto de la presencia del universo cambiante. Es evidente que el hombre no está solo frente a los otros ni frente a una realidad dudosa, oculta, inconsistente, caótica e inaccesible. Esta no es la caverna platónica. Cada cosa --como ve Nicol--, hasta los fenómenos más efímeros, puede ser testimonio del hecho absoluto de ser , de la eternidad de la presencia.

El hombre no está solo y puede generar otros modos de genuina vinculación consigo mismo, con los otros y con el ser: modos libres, éticos, creativos, racionales, realmente humanizados, de existir y coexistir. La vuelta a la metafísica conlleva así, en su núcleo mismo la posibilidad --en verdad decisiva-- de un viraje axiológico que permita fundar un nuevo sentido de la vida, de la cultura y de la historia.