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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1986

El siglo XVIII


UNO de los problemas que todo historiador ha de enfrentar es la distancia --a veces enorme-- que lo separa de su objeto de estudio. Pero si tal distancia permite en ocasiones una mayor objetividad, en otras desdibuja a tal grado los contornos que los hace irreconocibles. Las formas de vida, las ideas y aun el lenguaje cambian con tanta rapidez, que si a nosotros nos impiden la cabal comprensión de la época estudiada, un hombre que perteneciera a ella y que, por milagro, pudiera asomarse a lo que escribimos, tampoco podría reconocerla y reconocerse sin más. Con frecuencia, el paso de escasos años produce ya un espejismo, pensemos entonces en lo que más de dos siglos pueden hacer. Así, por ejemplo, al enfrentarnos con el Real Colegio de San Ignacio --vulgo Vizcaínas-- en el momento de su fundación, encontramos un "colegio" en el que no hay clases propiamente dichas, ni curriculum alguno. Un "colegio" poblado por "niñas" que pueden pasar del medio siglo. Un "colegio" que ha sido fundado por "ilustrados" que ponen su obra bajo el patrocinio de un santo conocido precisamente por su obediencia a Roma. Y, en suma, una institución "laica" cuya vida en nada se diferencia de las de las monjas más recoletas, esto último, a tal grado, que para el pueblo "las Vizcaínas" ha sido siempre un convento femenino más.

Ante el Real Colegio, pues, se tiene la impresión de estar ante un engaño de los sentidos en el que nada es lo que aparenta ser. Pero si intentamos analizarlo, pronto nos daremos cuenta de que algunos equívocos surgen simplemente del cambio de significado por el que han pasado ciertos vocablos,en tanto que otros provienen no de los documentos mismos de la época, sino de la interpretación que la posteridad ha dado a algunos hechos y del significado que les ha atribuido. En este sentido el caso de las Vizcaínas resulta ejemplar, pues entre su fundación y nosotros se extiende un siglo de luchas intestinas en el que sus ideólogos intentaron cambiar el signo de los hechos y presentar así la imagen histórica que convenía a sus fines.

Esos ideólogos hablan pues de un Siglo de las Luces, de una Ilustración americana, como si lo que fue una realidad en algunas partes de Europa hubiera pasado a las colonias como una pieza de equipaje más. Hacen tabla rasa de las diferencias no ya entre la situación europea y la americana sino entre los pueblos europeos mismos, y ven ilustrados en todos los criollos que en una forma u otra dieron muestras de amor e interés por su tierra, oponiéndose claramente a los oscurantistas y retrógradas peninsulares que habían venido a América sólo para explotarla. La lucha por independizarse de España fue haciendo cada vez más evidente que, al lado de la independencia política, era necesaria una independencia cultural. De ahí el corte radical que propone, entre otros, Lorenzo de Zavala;[Nota 2] corte que convierte el pasado novohispano no sólo en algo muerto, sino en algo totalmente ajeno a la nueva nación. Desde este punto de vista, ideas, tradiciones, usos y costumbres de la Nueva España son vistos como un aparato conceptual impuesto por los conquistadores y sin raigambre en la tierra. Por otra parte, las ideas de la Ilustración --en las que se reconoce un claro antecedente del movimiento independentista-- son exaltadas y atribuidas sin más a todo individuo destacado de fines del siglo XVIII. Entonces la caduca tradición española era incapaz --de acuerdo con los severos jueces decimonónicos-- de producir un solo fruto más, de aquí que cualquier acción progresista, cualquier establecimiento con miras al bien público tuviera que provenir de la nueva corriente ideológica, en la que se ve el instrumento que ha de traer la prosperidad y la dicha, la cultura y la dignidad a la antigua colonia.

De acuerdo con esta visión --que Picón Salas llama "melodramática"--, [Nota 3] de pronto, a fines del siglo XVIII surgió un grupo de hombres brillantes que decidieron romper con todo y, arriesgando en muchos casos la vida, lograron introducir en la Colonia los libros prohibidos de los enciclopedistas. Pero lo que deliberada o inconscientemente hicieron los historiadores del siglo XIX fue destacar las semejanzas entre los principios de la Ilustración y aquellos de los que partió la acción de los insurgentes; en cambio, callaron las diferencias, que evidentemente hubo.

De hecho en una fecha relativamente reciente, aún se creía que la Ilustración --nacida de la filosofía moderna anglofrancesa-- era un fenómeno europeo y que de Europa 'había pasado a las colonias americanas, fueran éstas inglesas o españolas. Pero hace unos cuantos años que la historia reaccionó "encontra de esta concepción, dándose y dando cuenta de las diferencias, nada inesenciales, de la 'Ilustración' entre los distintos países de Europa". Así, la Ilustración alemana habría estado animada por un doble espíritu, religioso y germánico, radicalmente diverso del racionalismo antirreligioso y del cosmopolitismo del modelo anglofrancés. A partir de este hecho, lo natural fue replantear la cuestión de la Ilustración en otros países europeos, con lo cual se advirtió de inmediato las diferencias. De ahí que, para José Gaos, la conclusión imperativa fuera revisar la historia del siglo XVIII, puesto que el distinto desarrollo cultural de las colonias parece haber repercutido "en el carácter y aun en la existencia de la Ilustración en ellas".[Nota 4]

Aunque desde luego, llevada al extremo (cosa que Gaos nunca hizo) esta concepción niega que pueda hablarse de Ilustración en singular y propone usar para cada uno de los movimientos europeos la palabra vernácula que lo designa; puesto que las Lumieres francesas, el Enlightment inglés, la Aufklärung alemana y el Illuminismo italiano no son términos equivalentes y no debe intentarse siquiera la traducción, ya que cada uno expresa el matiz especial que el movimiento tomó en cada país. Pero como ya dije, ésta es una posición extrema-reacción natural ante la primera, que también era extrema y de ella sólo debe retenerse la idea de que la Ilustración fue el movimiento múltiple que, a partir de sus dos grandes focos, Inglaterra y Francia, se extendió al resto de Europa y tomó diferentes características en cada uno de los pueblos que la aceptaron.

Pero si las diferencias y los matices han sido difíciles de encontrar y caracterizar, el común denominador, en cambio fue evidente desde el principio, y este es el que debemos definir ahora. A partir del siglo XVII una nueva ciencia y una nueva filosofía habían ido ganando terreno. Por una parte, el empirismo científico, representado por Newton y basado en la experimentación y la observación, logró formular las leyes que rigen la naturaleza. Y por la otra, Descartes afirmó que la razón del hombre era capaz de encontrar la explicación, lógicamente rigurosa, de fenómenos hasta entonces considerados como misterios. También se avienen entre sí este empirismo y este racionalismo que, según Turgot, Newton no hizo más que describir el mundo que descartes había descubierto. A estos dos elementos se unió un tercero, el relativismo surgido de un conocimiento cada vez mayor de la tierra y de sus habitantes. En un momento dado, estas tres tendencias se conjugaron para llevar al hombre hacia una concepción del mundo en la que el centro no es ya Dios, sino el hombre mismo.[Nota 5] Fue como si de pronto, el cristiano, que hasta entonces se había considerado como un peregrino en la tierra, hubiera decidido que, aunque por pocos años, ésta era su casa y debía hacerla lo más habitable posible. La pasajera felicidad terrena sustituyó a la felicidad eterna, y si ésta se basaba en la fe en Dios, aquella se apoyaba en una ciega fe en la razón. Tanta es la confianza que se tiene en ella que se piensa que bastará con dejarla en libertad para que todos los problemas queden solucionados de inmediato; convicción a la que se une otra, con mayor carga sentimental, en la cual se sostiene que una vez que la humanidad se libre de los errores y prejuicios que la han aherrojado, reinarán la bondad, la paz y la justicia. Como se ve, en ambos casos se insiste en la libertad o, como diría el mayor de los epígonos de la Ilustración, Kant, está se identifica con la época en la que el hombre europeo llegó a la mayoría de edad y desechó todos los soportes que hasta entonces había utilizado, porque no se había atrevido a hacer uso de su razón. "Sapere aude, ¡atrévete a saber! ¡Ten el valor de usar tu propia inteligencia! He aquí la divida de las Luces".[Nota 6]

Pero si el hombre llegó a una mayoría de edad, es decir, a una emancipación, ¿de quién o de qué se emancipó? A pesar de que esta brusca liberación lanzó al espíritu humano por los caminos más disímbolos y en la llamada Ilustración convivieron deísmo y ateísmo, moralismo e inmoralismo, empirismo escéptico y sistema de la naturaleza, realismo, idealismo e incluso materialismo, exigencias de libertad y la doctrina del despotismo ilustrado, el afán de mejorar a los hombres y la desconfianza total ante el "populacho"; a pesar del desconcierto que todo esto puede producir, es evidente que la autoridad que debía desaparecer era la Iglesia, en especial en su forma católica, y también el Estado monárquico. Y aquí surge la primera de las paradojas de este momento de la Ilustración, porque si bien la Iglesia se sintió atacada desde el inicio y condenó la obra de los enciclopedistas, las clases privilegiadas de Europa acogieron el movimiento con tanto entusiasmo que puede decirse que nadie --ni rey ni burgués-- podía llamarse hombre de su época si no era un ilustrado. Para entender este entusiasmo es necesario recordar que la Ilustración se caracterizó por un afán de bienestar terreno que implicaba naturalmente acabar para siempre con el hambre, la pobreza, la enfermedad y la ignorancia. Así, ¿quién que no fuera un hombre de mala fe o un deficiente mental podía oponerse a tan deseables fines? En consecuencia se hizo de buen tono ser ilustrado y el más preciado adorno del salón de una dama era la persona de un filósofo "doméstico". Y esto a tal grado, que muy pronto los propios reyes adoptaron esta moda, y si Federico II de Prusia pudo mantener en su corte a Voltaire, en la apartada Rusia, Catalina II tuvo que conformarse con mantener correspondencia continua con D'Alambert, Voltaire y Diderot, y con una corta estancia de este último, quizá porque la aventura sueca de Descartes estaba aún en la memoria de todos. De hecho, a partir de 1730, cuando la Ilustración sentó sus reales en la capital del "Rey cristianísimo" de Francia, no hubo ya obstáculo civil que detuviera su marcha y una ciudad tras otra cayeron bajo su influencia. Si Londres y París eran ya bastiones del movimiento, Edimburgo, Amsterdam, Berlín, Weimar, Ginebra, Viena, Milán, Florencia y aun el lejano San Petersburgo, no tardaron en aceptar y promover el "espíritu de las Luces", identificado ya para entonces con el "espíritu del siglo".

Además, debe tenerse en cuenta que si bien la Ilustración ponía en tela de juicio el derecho divino de los reyes, también propugnó el despotismo ilustrado al considerar que el rey --asesorado por un grupo de ministros conocedores de la situación-- era el único capaz de promover el bien común, ya que las masas, por la situación de opresión y de miseria en que habían vívido por tantos siglos, no podían producir aún buenos ciudadanos. Se dio, pues, a la función real una dimensión hasta entonces desconocida. El rey, convertido en primer servidor del Estado, reunió en sus manos las leyes, la economía, las obras sociales, la salvaguarda de la libertad política y la felicidad de los individuos. Programa tan atrayente, sin lugar a dudas, que aun los Borbones españoles quisieron tener parte en él. De modo que Carlos III y sus ministros y consejeros --Esquilache, Grimaldi, Campomanes, Aranda y Florida-blanca-- se lanzaron a la casi imposible tarea de crear en el pueblo español un "espíritu general de Ilustración" para "dar entrada a la luz en sus dominios" [Nota 7] o, lo que es lo mismo, modernizar España. Modernización que había de ir desde el recorte de las capas y sombreros hasta la transformación del alma de siervo del español en ciudadano. Es probable que muchas de las reformas así emprendidas hayan sido contrarias a los intereses verdaderos de sus promotores, pues de hecho no es posible que a hombres convencidos de las prerrogativas reales y dispuestos a montar "un sistema policial rígido y eficaz" en contra de cualquier insurrección, les interesara formar ciudadanos conscientes y responsables. Pero una vez comprometidos con la empresa ilustrada, el rey y sus hombres no tuvieron más remedio que reformar las leyes y difundir la educación.

No nos adelantemos, sin embargo, y volvamos a los postulados básicos de la Ilustración. El primero de ellos era la reforma económica, ya que cualquier felicidad terrena que el hombre pudiera alcanzar tendría que basarse en la riqueza, que se identificaba con los recursos naturales. Por ello, de acuerdo con los llamados "fisiócratas", existe un "orden natural" en los fenómenos económicos, y lo que se quiere es, por tanto, encontrar las leyes de tal orden y la forma de que se realicen. Las instituciones creadas por el hombre hasta ese momento, lejos de propugnar este orden, lo habían venido alterando, por lo que era urgente y necesario abolir todo sistema de preferencia o de restricción, pues sólo así podría establecerse por sí mismo "el sistema simple de la libertad natural". En tal sistema iba, desde luego, implícita la libertad absoluta del sujeto económico, puesto que el egoísmo natural de cada individuo, que lo lleva a desear lo mejor para sí mismo, lo hace actuar a la vez de tal modo que no sólo logra su propio beneficio, sino también el bien colectivo. Pero como para los fisiócratas la riqueza se identificaba principalmente con la agricultura, lo más urgente era lograr mejores cosechas y para ello se pensó en fomentar nuevos cultivos que se adaptaran a la variedad de climas y regiones; además se abrieron canales y se desecaron pantanos. El siguiente paso fue, como era natural, promover el comercio mediante la apertura de caminos y la fundación de bancos y casas de bolsa, junto con departamentos de industria y comercio.

Ahora bien, si la finalidad era el enriquecimiento de la sociedad mediante el trabajo de todos sus componentes, también resultaba necesario que cada uno de ellos tuviera la educación adecuada para cumplir de la mejor manera posible su cometido. Uno de los temas más frecuentes de la Ilustración es la "cultura", y es innegable la labor que aquélla realizó a través de la fundación de nuevas universidades, academias y museos, y de la reforma de la instrucción. Pero, por lo que respecta al pueblo mismo, creador en última instancia de la riqueza ambicionada, la actitud de los ilustrados es, por así decirlo, menos ambigua. Para los philosophes,todos los hombres son iguales porque poseen razón y, en consecuencia, todos deben gozar de libertad de conciencia, de libertad frente a la opresión, la explotación y la ignorancia. Hubo aun ilustrados para quienes el único límite de la libertad individual debía ser la libertad del otro. Así, la sociedad que tenían como meta era aquella en la que cada hombre, consciente de su dignidad natural, era a la vez súbdito y autoridad. (¿Será necesario hacer resaltar el peligro que esto supone para cualquier poder absoluto?) Pero, para estos hombres, fruto ellos mismos de una sociedad clasista, era evidente que las masas no estaban aún capacitadas para tomar el lugar que debía corresponderles en la sociedad. El pueblo, sometido por siglos a la opresión, la superstición y la ignorancia, no podía ser llevado de pronto a ejercer la soberanía popular. Se imponía, pues, una educación gradual y, mientras tanto, el poder debía seguir en manos del monarca y de la élite ilustrada. En todo, y en la educación, desde luego, las masas nada tenían qué decir, puesto que eran incapaces de reconocer su propio bien. De modo que se les decretó una educación que no era una vía de acceso a un status más elevado, sino simplemente el medio para que realizaran su trabajo de la mejor manera posible. Se exaltó, pues, el trabajo manual, las llamadas artes mecánicas y útiles, considerando que para la mayor parte de los artesanos y campesinos aprender a leer era algo inútil que sólo los llevaría a distraerse, cuando lo que se pretendía era que conocieran bien su labor y, libres de la opresión de los gremios, encajaran en el orden natural. Así, los derechos efectivos que los ilustrados reconocieron finalmente a las masas fueron el derecho al trabajo, a una justicia imparcial y a un sistema equitativo de tributación.

Por su carácter mismo, la Ilustración pasó de largo junto al pueblo, fue acogida con gran beneplácito por burgueses y nobles, y encontró sólo un formidable enemigo, la Iglesia católica, que se supo atacada por aquélla desde el primer momento, tanto institucional como dogmáticamente. Ni siquiera es, necesario acudir a los ejemplos extremos de Voltaire y su famosa frase: il faut écraser I'infame,o del barón D'Holbach, "enemigo personal del Todopoderoso", para darnos cuenta del marcado sesgo irreligioso y aun blasfemo de la Ilustración francesa, que redujo la teología cristiana a un mero pasaje de la historia del hombre. Los llamados esprits forts eran precisamente quienes habían roto todo lazo con la religión de sus antepasados y tenían por galardón la incredulidad en materia religiosa. En consecuencia, la Iglesia repelió el ataque y aun en Francia --donde la Ilustración había llegado a un equilibrio casi perfecto con las instituciones-- hubo momentos en que la presión de ésta sobre el gobierno llevó a éste a quemar públicamente algunos panfletos, en tanto que las autoridades eclesiásticas excomulgaban a los enciclopedistas y sus obras pasaban a engrosar el Indice.

Como era de esperarse, la mayor resistencia al movimiento fue la que presentó la península ibérica, pues en ella existía una triple y firme barrera casi imposible de salvar: "los dogmas de la Iglesia católica, la filosofía escolástica a ellos ligada y la fidelidad política a las monarquías iberas".[Nota 8] Así, a pesar de que según Sarrailh, "el derecho a pensar libremente y de no sacar las opiniones sino de la razón se detiene, para casi todos los ilustrados españoles en el reino de la fe",[Nota 9] la Inquisición no estuvo dispuesta a correr riesgos y lanzó su ataque frontal contra todos los "espíritus fuertes", prohibiendo bajo pena de excomunión la lectura de las "doctrinas escandalosas" y apostrofando a los "volteristas" y "rusistas" como "impíos", "ateístas", "libertinos" y "disolutos".

Pero en este tejido de paradojas que es el siglo XVIII, aparece una más. Ya sea por defender la ortodoxia católica frente a la demoledora crítica a la superstición y al fanatismo, o sea porque se haya visto la justicia de muchos de los postulados ilustrados, lo cierto es que fueron algunos sacerdotes los que introdujeron el modernismo y la crítica ilustrada en su país. Así, la Sociedad de Jesús, que por entonces tenía el monopolio de la educación superior tanto en España como en sus colonias, a partir de la XV Congregación de la orden (Roma, 1706) inició el estudio de Descartes; aunque fuera un "Descartes puramente científico expurgado de sus heréticas proposiciones metafísicas", [Nota 10] pero que en todo caso significaba un deseo de tener acceso a la modernidad. Como lo representa también el hecho de que en 1748 se celebrara en el Seminario de Nobles de Madrid un certamen matemático, hecho que, dada la rigurosa uniformidad de la enseñanza jesuita, se repitió poco después en Barcelona.[Nota 11]

Pero si los jesuitas se sintieron atraídos por la ciencia moderna, cabe dar al benedictino fray Benito Jerónimo Feijoo el título de antecesor de la Ilustración en España. Se trató, no cabe duda alguna, de un intento enteramente ortodoxo. Feijoo enderezó sus ataques en contra de la superstición, la excesiva credulidad y el fanatismo. Su meta era volver a un "cristianismo interior, desnudo, exigente y excitador del alma aletargada en una niebla de prácticas mecánicas y sin fuego".[Nota 12] Pero lo hizo de tal modo que estimuló a otros a una crítica de las costumbres y allanó el camino a muchas ideas ilustradas. Entre otros, debe mencionarse al jesuita José Francisco de Isla, cuya novela, Fray Gerundio,fustiga el amor de muchos religiosos por el dinero. Por ello, según José Luis Romero, la fórmula española del pensamiento ilustrado puso precisamente el acento en el terreno de las costumbres y las creencias, como también en las cuestiones económicas, en tanto que en ella "entraba en muy pequeña escala la especulación política y no alcanzaban mayor significación las reflexiones religiosas, ni aun las filosóficas por lo que tenían, de vecinas de aquellas".[Nota 13]

Tampoco debe olvidarse la labor de los "impíos" ministros de Carlos III y de las llamadas precisamente "Sociedades económicas de amigos del país". En consecuencia puede decirse que --si bien con características muy distintas a las de la Ilustración inglesa o francesa-- en España hubo, durante la segunda mitad del siglo XVIII, una minoría selecta formada por hombres que "ni ciegos ni fanáticos", con un sano temor a los excesos y mucha burla sobre quienes "copian como monos lo extranjero", leyeron a los enciclopedistas y a los fisiócratas y de ellos tomaron lo que les pareció más necesario: la libertad económica, el mejor reparto de la tierra, la libertad de trabajo frente al despotismo de los gremios, la dignidad que le es inherente y la vergüenza que significa la mendicidad, sin olvidar la reforma educativa y moral que debía poner a España a la altura de las demás naciones europeas, pero sin que nada de esto llevara a la pérdida de sus tradiciones propias. [Nota 14] Así, aunque no fuera ésta la intención de los "disolutos" e "impíos" ilustrados que se habían apoderado del gobierno, surgió en España un eclecticismo conocido bajo el término contradictorio de "Ilustración católica". Se trata de una corriente espiritual que se "abre entusiastamente a la seducción del 'espíritu del siglo', pero [que], al mismo tiempo, salvaguarda y reafirma su adhesión a los dogmas de la Iglesia o su fidelidad a la doctrina del origen divino del poder real".[Nota 15]

En una manera muy natural, esta fórmula pasó de España a sus colonias americanas y, por ello, lejos de suponer una ruptura brusca entre una y otras, fue un cambio gradual, provocado en buena medida por los propios funcionarios españoles que "fueron los intermediarios por los que las nuevas corrientes de pensamiento de la época llegaron a las colonias y [fueron] también muchas veces los mejor informados, hasta ese momento, para exponerlas".[Nota 16] Me parece necesario señalar aquí que las ideas y reformas de estos ilustrados caían en un terreno fértil, pues si en España la educación en los colegios jesuitas empezaba a ser blanco de feroces ataques, ya que no atendía "de ninguna manera a las realidades que preocupaban al rey y a sus ministros",[Nota 17] en las colonias, la educación proporcionada por la Compañía de Jesús gozaba de tan enorme prestigio que puede decirse que el común denominador 'de los hombres que aparecen como "ilustrados" en la historia de México es su estancia, mayor o menor, en el Colegio de San Ildefonso o en algún otro de los colegios mayores de provincia.[Nota 18] Situación que, por lo demás, no era privativa de la Nueva España, pues como señala Picón Salas, "en la pequeña ciudad provincial hispanoamericana... es el colegio y el convento jesuita no sólo el mayor centro de luces, sino también la banca y el oculto foro donde se debaten muchos asuntos de política local".[Nota 19]

Es, pues, un hecho, que las sociedades coloniales conocieron también una época de reformas. Se fundaron periódicos y universidades, se abrieron imprentas, academias y museos, escuelas de minas y de cirugía y el continente mismo fue objeto de investigación científica, la cual se llevó a cabo primero por el español, Ulloa y después por la exploración del francés Condamine y otras. A imitación de la metrópoli, peninsulares y criollos organizaron "Sociedades de amigos del país" o se inscribieron en las españolas, a fin de fomentar entre la élite la conciencia de la necesidad de estimular el desarrollo de la agricultura, e inundaron el Consejo de Indias con sus escritos (llamados Representaciones) en los que un sector de la sociedad --comerciantes, mineros o labradores-- criticaba los obstáculos a los que se enfrentaba y demandaba reformas.


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