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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1986

MARTHA ELENA VENIER. Cartas de México. El epistolario de Frances Calderón de la Barca


HACE POCOS AÑOS, el Fondo de Cultura Económica presentó al público una edición muy corregida y aumentada de La disputa del Nuevo Mundo, libro en que la erudita curiosidad de Antonello Gerbi reunió la opinión de grandes y pequeños pensadores sobre América. Es tanta la acrimonia que destilan esas crónicas, reflexiones, informes científicos, lucubraciones de corte filosófico que, al parecer, entre el siglo XVIII y principios del nuestro, el Nuevo Continente estaba aún por descubrir. Pero Gerbi no escribió su libro para justificar esas opiniones, sino para refutarlas; como Humboldt, absorbió la experiencia de América con entusiasmo y el espíritu abierto. [Nota 150]

Entre los muchos que ven en estas tierras animalidad, impotencia, debilidad, pereza (la lista es larga), hay dos o tres defensores y algún testigo que llegó a estas tierras con pocos prejuicios --y hasta sin prejuicios--, y que luego registró en sus diarios, crónicas de viajes lo que vio y como lo vio. Uno de esos testigos es Frances Calderón de la Barca, cuyo epistolario, Life in Mexico,[Nota 151] da cuenta de dos años vividos en el territorio de Nueva España ya independiente.

Gerbi menciona pocas veces a la Marquesa Calderón, y no es extraño: por un lado, el libro se sitúa con poca dificultad en la estantería de la miscelánea, por otro, no suscita polémica. Debería decir: "no suscita polémica en estos tiempos". En su momento, leída la traducción, reaccionaron los mexicanos con alguna violencia, porqué los hechos descritos estaban muy frescos. Pero pasado el escozor, el libro se leyó sin rencores, al punto que Teixidor, a más de un siglo de distancia, puede describir el epistolario como "el mejor libro que jamás haya escrito sobre México un extranjero". ("Prólogo", p. xxxvi). Además, las ediciones (en inglés y español), no muy numerosas pero tampoco escasas, dicen que hubo por el epistolario discreta dosis de interés.

Lo que se sabe de la vida de Frances Calderón es poco y se repite en los prólogos breves o extensos que acompañan las ediciones. Escocesa de origen, tuvo la suerte de pertenecer a esas familias que fluctúan entre la alta burguesía y la pequeña nobleza, en cuyo seno los hijos (las hijas en especial) se preparan para una rica vida social no desprovista de retos intelectuales. Su educación --amplia por lo que se desprende de su texto y de algún comentario aislado-- [Nota 152] le permitió, acabado el patrimonio familiar por reveses de fortuna, sostener, junto con las demás mujeres de la familia, una elegante, escuela para señoritas en Boston primero y en Baltimore después. Casó, ya cumplidos los treinta años, con Angel Calderón de la Barca (criollo nacido en el Virreinato del Río de la Plata), a quien siguió en las venturas y desventuras de su vida política. A edad avanzada, y por mérito propio, Frances Calderón recibió el título de marquesa en la corte española de Alfonso XII.

Life in Mexico (La vida en México, como se traduce) no es la crónica de los grandes descubrimientos. Frances Calderón llegó --en los-- últimos días de 1839 a un territorio vasto hasta en su arquitectura, a una "ciudad grande y populosa" --cargada de pesadas tradiciones locales, pero que no carecía de cierto tono europeizante--, como mujer del primer ministro plenipotenciario de España en México. Frances disfrutaba, a todas luces, del boato algo provinciano que le proporcionaba su calidad diplomática, y le permitía ver de cerca, pero con perspectiva, los acontecimientos graves y menudos de la sociedad mexicana.

Pasada la impresión de los primeros meses --durante los cuales abundan en sus cartas observaciones poco piadosas sobre el ambiente que le rodea-- con los ojos abiertos, críticos, pero sin saña, Frances Calderón exploró cuanto espacio abierto se ofreció a su interés y cuanto espacio prohibido le descubrieron su curiosidad y su audacia.

Hay mucho que extraer de este larguísimo epistolario reunido en un volumen de espesor regular y letra pequeña. Capaz en la descripción, Frances Calderón se explaya, para beneficio de sus corresponsales, en el vasto cuadro de costumbres que es la vida cotidiana, en paisajes aún vírgenes, en la crónica, la historia y la leyenda, en las inseguridades de la política local y sus dramas, [Nota 153] en la minucia de sus actividades culturales y sociales, [Nota 154] en la religión, en las mujeres, en los hombres.

Puestos a escoger temas para el comentario, la tarea no es sencilla en un texto de esta naturaleza. Se cae con frecuencia en el detalle, es fácil dejarse llevar por el humor de la autora, y, además, todo lo que puede enumerarse en bloque --salvo excepciones-- ha de buscarse aquí y allá, perdido entre líneas.[Nota 155] Pero el de la religión surge con menos dificultad, porque recorre el texto de manera tácita o explícita, y porque su tono, oscuro a veces y casi siempre abigarrado, satura sin recato y con autoridad todo quehacer. No es en el lado visible en el rito, su iconografía o en la jerarquía eclesiástica --a la que describe con realismo y humor-- [Nota 156] donde cae el interés de la Marquesa por la religión.

Frances Calderón era protestante. Su matrimonio con un católico no fue, para ella al menos, [Nota 157] tan conflictivo como dictaban las costumbres poco flexibles del siglo, y su vida mexicana no parece haber sufrido alteración por esa circunstancia. Más aún, no hay rastros en el texto y en los pocos comentarios externos, que el grupo social que frecuentaba estuviera consciente de la situación, [Nota 158] a menos que haya habido más tolerancia y discreción en esa época de la que estamos acostumbrados a suponer.

Aunque se entiende que tenía obligación social, sujeta, como estaba, a la que requería el puesto de Angel Calderón, el interés personal puede calificarse a veces de curiosidad excéntrica. Asistía Frances Calderón a misa con regularidad y observaba las fiestas del calendario católico. Figuran en sus cartas procesiones, innumerables visitas a otras tantas iglesias, la semana santa, la consagración del primer arzobispo de la época. independiente, las penitencias colectivas, descrito todo con mucho detalle y cierto matiz de distancia. En otros aspectos, la religión tiene para la Marquesa un interés poco fácil de explicar. Caso singular es su participación en las penitencias colectivas, los desagravios, que se hacían en el mes de septiembre y duraban varias semanas. Para las mujeres, la penitencia era un sencillo e incómodo ejercicio que consistía en ponerse de rodillas con los brazos en cruz durante varios minutos. Pero el de los hombres era bastante violento, por lo que dice la Calderón y corrobora Waddy Thompson en sus Recolections of Mexico (memoria posterior al epistolario y sin ninguna de sus virtudes). Cuenta Thompson que los penitentes "se herían severamente con duras cuerdas que formaban un silicio de varias puntas. No se parecía éste al castigo que Sancho se infligía para desencantar a Dulcinea, porque tuve en mis manos una de esas disciplinas empapadas en sangre".

Oculta en una galería de San Agustín, adonde consiguió llegar por favor de algún personaje muy influyente, Frances asistió a esta penitencia. Reunidos en la iglesia había un par de centenares de hombres, o más, que atendían las exhortaciones de un guía espiritual. Oscurecida la nave comenzaron a oírse los golpes de la disciplina que a los pocos minutos delataban la sangre que corría. No bastaron los ruegos del guía para que disminuyera el entusiasmo de los penitentes, que siguieron ejercitando su fervor durante minutos eternos. No encontró Frances Calderón para esta experiencia, que al parecer le dejó mal sabor, ninguna explicación plausible, salvo quizá, la comparación poco sustanciosa entre ceremonias parecidas que practicaban simbólicamente los europeos.

En una de sus cartas, casi al finalizar el primer año (1840), escribe Frances Calderón a su corresponsal: "...Olvidaba decirte que conseguí permiso del arzobispo para visitar Santa Teresa... Pensarás que paso mi vida en los conventos, pero no encuentro otros lugares tan interesantes, y sabes que siempre he tenido afición por ellos" (p. 343).

Frances Calderón no explica las razones de su afición, [Nota 159] pero muy pronto, a escasos tres meses de su llegada, comenzó las diligencias. Dice en una carta del mes de abril: "He procurado en los últimos días conseguir el permiso del Señor Posada --que pronto será consagrado arzobispo--, para visitar los conventos de monjas..." (p. 188). De lo que Frances pudo ver, quedaron registradas dos visitas, una a La Encarnación, otra a las monjas teresianas, como escogidas muy a propósito, porque la vida conventual de las dos órdenes tenía diferencias singulares: las primeras pertenecían a la aristocracia del monjío, las segundas a lo más estrecho y sufrido.

En esas visitas --de las que Frances no puede salir sino complacida, por las atenciones de que es objeto y porque se le descubren tesoros artísticos, allí en custodia, ocultos al resto de los mortales mexicanos-- procura sin mucho éxito llegar al origen de ese higiénico y sacrificado encierro. Sólo descubre que el orgullo es condición inseparable de la vida conventual: "pride that apes humility", dice citando a Coleridge. En el aislamiento del claustro, las dulces monjas tienden a mirar el mundo con cierto desprecio, que no se acopla bien con el verdadero espíritu cristiano.

Complemento de la visita a los conventos es la toma del velo, ceremonias a las que Frances Calderón asiste empujada por la curiosidad o por el compromiso. Pocas veces su prosa fina se inclina hacia el alarde o hacia el drama, pero en las cartas que informan sobre la toma del velo llega al patetismo; "next to death --dice Frances-- I cosider it the' saddest event that can occur in this nether sphere". (p. 258).

Reflexiona Frances Calderón sobre las razones que persuaden a una criatura, apenas salida de la adolescencia, o adolescente aún, a ingresar en un mundo que la separa, sin ningún simbolismo, con un velo tan tupido y negro como el que cae tras ella al terminar la ceremonia, de los pocos cariños conseguidos en su corta vida. A la joven mexicana no se le ofrecen muchos atractivos. La estrecha y afectuosa relación de la familia extendida pocas veces la saca de los corredores de la casa. Su relación con los hombres se reduce a los de la parentela y al confesor, cuya persuasión no ha de ser poca. Su escasa y mala educación [Nota 160] no le abre nuevos horizontes ni le presenta mejores alternativas. Además, y no última en importancia, está la ceremonia, rica en detalles tentadores. Por un día todo girará en derredor de la joven: la ataviará el mejor vestido, llevará las mejores joyas, será objeto de todas las atenciones, de todos los halagos; por ella se oirán quejas y se derramarán lágrimas. Ese gran acontecimiento, del que participa, a más de la familia, todo el grupo social con ella relacionado, es el último gran impulso que recibe la joven para ingresar al convento. La futura novicia sonríe a los gentiles que deja atrás --piensa Frances-- como el ladrón que ante la multitud ofrece al verdugo su cuello en un alarde de valor, como el soldado que ante el pelotón da él mismo la voz de "fuego", como la viuda hindú que enciende la pira funeraria sin lágrimas. Diferente sería la historia si la sentencia alcanzara al ladrón en el calabozo, al soldado en la soledad de su cuartel, a la viuda en el silencio del hogar. Habría menos de estos "sacrificios humanos" --cree Frances--, si en lugar de entrar al claustro con una fastuosa despedida, la monja cruzara la puerta del convento tan en secreto como una carga de contrabando. (p. 216).

No dice la Marquesa si las visitas a los claustros y la asistencia a la toma del velo satisficieron su capricho. Pero de esas experiencias sacó una conclusión muy personal, de la que no se desdijo aun en su vejez. Terminada una de esas ceremonias, camino a su casa, "iba pensando en qué ley de dios permitía que una criatura fuera arrebatada así de la madre que le dio vida y la alimentó, para emparedarla hasta el final de sus días en un claustro, con extraños a los que no la ligan vínculos y a los que no debe obligaciones. Admitiré sin reticencias que el convento puede ser refugio bendecido para las calamidades de la vida, cielo para los desamparados, lugar de descanso para el agobiado, asilo seguro y santo en el que esperan nuevo hogar y amigos generosos al que no tiene ya lazos familiares y ha perdido sus viejos afectos; pero no puede destinarse al frío del claustro un corazón ardiente en la flor de la juventud. Que los jóvenes busquen su oportunidad de sol y de tormenta; el retiro de quietud y de sombras es para la vejez débil y desprotegida". (p. 267).

En los primeros días de su vida en México, Frances Calderón, resume, en un exabrupto, su impresión general sobre el catolicismo: si hubiera más ministros genuinamente entregados a su fe, en vez de los innumerables fanáticos que llenan, púlpitos y conventos, la religión católica --cuyo poder era incontestable aún en esa edad del siglo-- tendría incluso más fieles, pues en nada compiten con ella las sectas protestantes en perpetua lucha unas con otras. En México, además, la religión es el único control para lo que Frances Calderón califica como excesos de pobres y ricos (p. 164). Esas iglesias solemnes, impotentes, oscuras, perpetuamente sucias [Nota 161] --escribe a comienzos del segundo año-- acogían por igual a vagos, pordioseros, pobres mujeres que cargaban su prole y aristócratas. Los ojos que recorren la nave no ven sino "a mass of dark and keecling figures, or a representation of holy and scriptural subjets". (p. 369).

En vista de su posterior conversión al catolicismo (1847), me pregunto si Frances Calderón estaría reuniendo todos los datos necesarios para tomar esa decisión con conocimiento de causa. Es probable. Aquí y allá deja entrever que se siente más atraída por ese aspecto que ella cree unificador de la iglesia católica que por la asepsia de la protestante. En todo caso, su discreción parece haber corrido pareja con su sinceridad; no hay líneas que delaten fervor de converso ni actitudes extremosas y sí muchas de comentario objetivo y hasta crítico, que no dan pautas para mayores lucubraciones.