©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1986

Jacques Ellul: Jean-Louise Servan-Schreiber, Le retour du courage


Jean-Louise Servan-Shreiber, Le retour du courage, Le retour du courage,París, Fayard, 1986, 211 pp. (ISBN 2-213-01698-4).[Nota 162]

El libro que hoy publica Jean-Louis Servan-Sebreiber es sorprendente en la medida en que desafía a la moda. No entra en ninguno de los esquemas intelectuales o literarios acostumbrados desde hace unos quince años. El autor sigue su camino solo, sin inquietarse de la opinión de los intelectuales y de los filósofos contemporáneos. Anuncia tranquilamente cierto número de verdades que algunos hallarán demasiado simples, otros retrógradas, pero que a mis ojos tienen, al contrario, una gran importancia para el hombre de nuestra sociedad. Se le agradece que presente sus tesis en un lenguaje accesible para todos, sin ese vocabulario oscuro o esa retórica confusa que hoy están de moda; pues es importante que este libro sea leído por ese numeroso público al que a menudo le es imposible descifrar el pensamiento voluntariamente velado de nuestros grandes autores contemporáneos (o contemporáneos de ayer).

JLSS es un moralista. Esto ya lo sabíamos desde sus primeras obras. Pero no es un moralista de la manera que lo es un filósofo que construye un sistema moral, una ética. Es un moralista en el linaje de Montaigne: un hombre que reflexiona sobre su vida, que busca comprender los acontecimientos de su existencia y trata de sacar enseñanzas de los éxitos o de los fracasos, que intenta vivir sin proyectarse nunca en la metafísica, manteniéndose bien situado en lo concreto de lo vivo, y que piensa que, en definitiva, una experiencia humana reflexionada puede ser útil para los otros hombres. Nos dice simplemente cómo logra vivir en un mundo difícil, entre hombres de todo tipo, y esto puede valer para todos. De esto mismo se desprende el carácter a menudo familiar de sus palabras. Habla del valor y le consagra dos pasajes al valor que es necesario para levantarse por la mañana.

También es moralista en la medida en que esta reflexión sobre su vida, que propone a los otros, la expresa con ideas claras, con un afán pedagógico. En su libro no hay "juegos de espejos" ni "profundidad oceánica" o "abismal". Se trata sencillamente del valor en todos los niveles, en todas sus acepciones. ¡Qué extraña idea!, pues a fin de cuentas hoy el valor no forma parte de las virtudes puestas en primer plano en los ensayos filosóficos. Y J LSS lo sabe tan bien que enuncia esta evidencia con tranquilidad. Por otra parte, se refiere a otros valores que ya no están de moda. Me sentí especialmente contento cuando leí su texto sobre la "dignidad". Creo que prestarle mayor atención a la dignidad, a la conciencia que tengo de ser digno del "universo de belleza, de abundancia, de misterio en donde tengo mi lugar" es algo que hoy se debe volver a decir con fuerza. Según yo, ocurre lo mismo, en lo que se refiere al honor. Por supuesto, sé que se me responderá con desprecio que se trata de valores, de actitudes del antiguo régimen, superados y buenos para los aristócratas. Por el contrario, creo que si el hombre moderno prestara más atención a su dignidad y a su honor modelaría un mundo que no sería tan delirante como el nuestro.

Pero, antes que nada, lo que más me ha gustado de este libro es su constante referencia al individuo. Para JLSS seguramente el valor es una virtud individual. Creo, en efecto, que el análisis que hace no puede aplicarse al valor en masa, a la multitud, a la turba. Una carga que se precipita fuera de la trinchera no es la prueba del valor, pues al obedecer una orden uno sólo puede elegir entre la muerte delante ola muerte detrás. El análisis tampoco apunta al valor de la masa galvanizada, que aúlla porque cada uno aúlla al entregarse a los que a veces se llaman actos de heroísmo, pero que no son en realidad sino manifestaciones de inconciencia colectiva. Este no es el valor tranquilo y elegido del que nos habla este libro.

La virtud individual. Al igual que el valor, el individuo está en el centro de este estudio. Y esto me alegró de manera increíble, pues no logramos salir de este engañoso dilema: ¿qué es "primero": lo colectivo, la masa, la tribu, la comunidad, de la que el individuo no sería sino una célula? 0 bien ¿es "primero" el individuo? Siempre hay que regresar a éste para volver a fundar tanto la sociedad como la comunidad. El individuo como realidad presente y como valor por reconstruir sin cesar comienza con él mismo. Para JLSS no hay duda: todo empieza con el individuo y es a éste al que se dirige su libro. En realidad, este libro puede prestarse a dos lecturas. La primera es la siguiente: en medio de una densidad demográfica creciente el hombre moderno vive en soledad. Es esta una experiencia común. Ya no hay relaciones de amistad, relaciones "pueblerinas". Ya no hay verdaderos vecinos. Se trata aun, nos dice, de una triple soledad: existencial, afectiva y social. Esta soledad se resiente debido a la desaparición de lo que, hasta hoy, aseguraba la relación: las estructuras sociales y los valores compartidos en común; El hombre moderno ya no tiene referencias. Todo lo que antaño servía de punto de referencia para vivir, la moral común, la religión y la Iglesia, la legitimidad del poder político, la estabilidad social todo esto y muchas otras cosas han desaparecido.

Frente a esta ausencia estamos llamados a vivir en un mundo temible, sin piedad, rápido, cambiante, que JLSS califica mediante tres términos. El stress, producido por el exceso de actividades a las que no siempre tenemos la manera de hacerles frente. La plétora: estamos atiborrados de productos, de informaciones y ya no tenemos tiempo de reflexionar para tomar una decisión o para formarnos una opinión sobre la importancia de esta decisión y sus consecuencias. Finalmente, la irrealidad: "Sin que lo sepamos, tres elementos de la modernidad han tejido una pantalla entre la realidad y nosotros: la comodidad, el dinero, el audiovisual." Y este libro nos propone tres bellas imágenes de ruptura con la realidad. Sobre el dinero: "Actuamos ( ... ) como si cada uno pudiese comprar su vida." Sobre el audiovisual: "Estamos intelectual y psicológicamente nutridos por un flujo de representaciones indirectas de lo real que no son, con relación a nuestra propia existencia, sino pseudoacontecimientos. Es preciso conjurar lo trágico para que el mundo real se aproxime lo más posible a los sueños de infancia en los que nadie muere jamás..." En fin, se puede decir que, en conjunto, nos hallamos dentro de un sistema productivista "enloquecido".

Dicho de otra manera: el hombre se halla en una situación de puesta en cuestión, desafíos, dificultades hasta aquí desconocidos y no cuenta, para hacerles frente, con ninguno de los medios comunes, antiguos, probados, con ninguna de las acciones y respuestas que nuestros ancestros hablan edificado. Entonces, no hay más que dos salidas. O bien el hombre va a ser totalmente rabasado, sumergido, y este será el hundimiento de nuestra civilización; o bien el hombre va a hacerle frente y una virtud va a encabezar al resto del comportamiento: el valor. Valor para lo cotidiano y lo absoluto, valor para vivir y valor para arriesgar y valor para morir. Muy profundamente, JLSS recuerda que el valor debe ser adosado a la conciencia de que somos mortales y a la presencia de la muerte en nuestra vida. Es preciso el valor para inventar respuestas nuevas a las nuevas preguntas y también para aprovechar los aspectos positivos de nuestra situación, pues los fenómenos que vivimos de manera negativa no son tales necesariamente. Así, la desaparición de los puntos de referencia y de las repuestas ya elaboradas de las religiones, de la moral, de las ideologías, de la miseria, en gran parte, del fracaso de lo colectivo (pese a la democracia el hombre moderno no se siente liberado; pese a la prosperidad no se encuentra colmado; pese a la desaparición de los tabúes morales el no saber vivir progresa) puede recibir una doble interpretación: "Henos aquí, pues, al fin libres de ser libres, pero esto nos da miedo." Y para responder a esto es preciso, ante todo, valor (y, añadiría, desde mi punto de vista: esperanza, aunque la esperanza me parece a menudo muy próxima al valor descrito por JLSS).

Se ve entonces claramente que el valor del que se trata en este libro está muy alejado del estrepitoso valor necesario para el combate. "El individuo al que la sociedad le entrega ahora la antorcha del porvenir (...) debe llevar a cabo la tarea de existir y de volver a responder, por él mismo, a las tres eternas preguntas: ¿Qué hago aquí? ¿Qué está bien o mal? ¿Y después, de la muerte qué? Las respuestas tradicionales ya no caben aquí. Como el stress, la soledad también puede ser recibida y vivida positivamente. Pero a cada paso reaparece la exigencia del valor: ceñir la pregunta, hacerle frente, dar su respuesta. Nos hallamos, pues, en presencia del mayor desafío que se le haya hecho al hombre desde hace cientos de años. Y para fundar este valor es preciso, primero, conocer la medida de nuestra debilidad. "Creo darme mejores posibilidades al reconocer, de partida, en mi vida la presencia de la ansiedad, la fragilidad, la soledad, la ignorancia, la ineptitud..." Nos hallamos verdaderamente reducidos a comprometernos con una reconstrucción del hombre en función del valor.

Sin embargo, hay una posible segunda lectura de este libro. La crisis que caracteriza a nuestra sociedad no sólo exige valor; también lo permite y casi lo reduce. Y aquí tenemos ya no una interpretación, un requerimiento, sino una interpretación optimista de lo que nos parece tan difícil: el valor está en camino de renacer, El hombre moderno comienza a recobrar esta virtud. Ya no es el hombre perdido, pues hay signos de este retorno. En lo sucesivo hay que tomar conciencia de que este valor no es solamente el gran valor, digamos existencial (aunque también lo es), sino también el valor para la vida cotidiana que es preciso asumir, aun cuando no siempre nos demos cuenta. Este será, nos explica el autor en páginas excelentes, el valor de decir "yo", el valor de decir "no", el valor para estar solo (¡y, en consecuencia, aburrirse!), el valor para resistir y continuar hacia y contra todo, el valor para cambiar y, a veces, para reconocer que se había uno equivocado, el valor para tomar decisiones que modifiquen nuestra existencia y manifiesten nuestra libertad, el valor para reflexionar (es decir para también, eventualmente; ¡volver a hallarse con uno mismo!), el valor para no actuar (el rechazo a intervenir cuando no es necesario es lo contrario a una cobardía). El valor para aceptar la complejidad y para ignorar, pero también para no admitir las ideologías simplificadoras de lo real. El valor para comprometerse a sabiendas, asimilado por nuestro autor al valor para amar, al valor para envejecer sin volverse amargo ni desesperado... He aquí algunos de esos valores necesarios para llevar una vida verdaderamente humana. Ya decía yo que JLSS se revela profundamente moralista, pues en todo este "programa" centrado en el valor, propone en realidad un estilo de vida, una manera de ser, una voluntad de dirigir uno mismo su propia vida y por esto nos hallamos, en realidad, muy próximos al estoicismo, en el sentido pleno y noble de este término.

¿Todo el mundo es capaz de este ascetismo? El autor reconoce que para hallar en uno mismo el valor necesario en el momento adecuado hay que tener(o constituirse) cierto tipo de personalidad. Para hacer del valor una regla de vida hay que ser alguien. Y se adopta aquí un vocabulario un poco más técnico: hay que ser intradeterminado, desidentificado (es decir, capaz de reconocer la especificidad de lo que es uno). Hay que ser capaz de asumir la ansiedad producida por nuestra condición misma (la muerte), o por las condiciones sociales (el rechazo, la insignificancia). Hay que ser capaz de desear (pero diferenciando bien el deseo profundo M ser de esos innumerables deseos variables y superficiales producidos por la publicidad; el deseo se identifica aquí con las ganas de vivir). Es pues todo un cambio del tipo de hombre lo que exige el valor, y esto apunta terriblemente contra la facilidad, la masa, la superficialidad, el estallido producido por nuestra sociedad técnica. Se trata, en suma, de rehacer al hombre. Pero rehacerlo a partir de nada, o de una prédica o de una pedagogía, tiene pocas posibilidades de triunfo, y esto no deja de tener importancia.

Y es aquí donde vemos el sentido de esta "segunda lectura": JLSS ve signos manifiestos, en nuestro mundo occidental, de un cambio de personalidad que corresponde a un retorno del valor. Y esto se ve en la vuelta del interés, entre los intelectuales, en el individualismo, en la mutación del discurso político que ahora exalta a la empresa y apela la iniciativa individual, en el retorno a la "ley del mercado" y, después, al florecimiento del "movimiento asociativo", a la voluntad, de las personas o de los pequeños grupos, de afirmarse, de tomar en sus manos ciertos problemas, de tener una participación política más activa que un voto periódico, de crear obras, centros culturales, etc. Lejos de haber producido el hundimiento humano, el fracaso de las ideologías y la crisis empujan bruscamente al hombre a intentar vivir por él mismo, es decir, a manifestar valor...

Sin duda, todo esto es exacto, pero es en este punto donde, sin embargo, me separo del autor: lo hallo demasiado optimista. Estoy de acuerdo con el primer modo de lectura de su libro; el segundo me parece demasiado alejado de la realidad. Una golondrina no hace verano. El liberalismo no es la libertad y la responsabilidad. Los discursos políticos casi no tienen efecto. En lo que se refiere a los intelectuales que se interesan de nuevo en el individuo soy muy escéptico en cuanto a la calidad de su "individuo" en la medida en que generalmente se entregan a innovaciones sin tener en cuenta el estado real de la sociedad en la que estamos sumergidos. Y es esto, en efecto, lo que más me inquieta. Frente a los medios de telecomunicación que sumergen al hombre en una oleada continua de informaciones dispersadoras, en medio de esa "diversión" permanente que le impide tomar conciencia de lo real, entre los dramas y catástrofes ampliamente difundidos que producen una angustia de segundo grado, un enorme sentimiento de impotencia y la tendencia a replegarse en su caparazón ("Es terrible, pero no puedo hacer nada"), en presencia de las crecientes exigencias de la competencia en un mundo que da miedo, con, en el subsuelo de la conciencia, el terror a la guerra atómica, con, en fin, todos los movimientos, masificadores y unificadores que afectan al hombre moderno, no veo ni la aparición del individuo consciente ni la aparición del valor estoico... Creo firmemente que no saldremos de los callejones sin salida en los que nos encontramos (y que la identificación de los discursos de derecha y de izquierda hicieron aparecer) sino gracias al retorno del valor. Pero el motor para hacerlo volver todavía no está presente. Son precisos llamamientos múltiples para que algunos acaben por tener el valor para introducirse dentro de nuevas vías de civilización que impliquen rupturas radicales con los imperativos de nuestra sociedad. Este libro puede ayudarnos enormemente a ello.

JACQUES ELLUL