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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1986

3. El tubú o la astucia


que no era la suya, ni tenla por qué serlo, dado que se trataba de un Cándido que, pese a su alejamiento del oasis natal, poseía una instintiva conciencia de los orígenes y experimentaba una enorme dificultad para reconocer su imagen en el escaparate del museo de Béni Abbes, antes de toparse con los puritanos del desierto que cuentan las cuentas de un rosario por donde transcurren, en un horizonte ilimitado, almacenes, supermercados, depósitos, navíos, aviones, inmensas riquezas impalpables, incoloras, inodoras, insípidas, reducidas a cifras, signos, figuras abstractas en las que la austeridad y la melancolía son la opulencia sometida a la sobriedad, a los beneficios comerciales bendecidos por el desinterés, al triunfo de la tierra prometida sólo como prueba de conformidad con los mandamientos del cielo (pp. 91-92).

A medida que avanza sobre un mar de arena, Idriss imagina lo inimaginable, escruta lo inescrutable, vive lo que no se propone vivir: la negación de su imagen no fotografiada en un París que no es imagen, en Béchar, porque a fin de cuentas no se trata más que de un trompe I'oeil. Su peregrinar siempre es punto de partida pues nunca parece llegar a una meta que se aleja en su horizonte a medida que avanza, como si no quisiera llegar a ella y, precisamente por esto, los ojos de una vieja desdentada y con fama de bruja lo convierten en la imagen de un extinto Ismaîl, que se suma a las otras imágenes entretenidas en perseguirlo como lo persigue su propia sombra.

Procedente del sur, Idriss llega al fin a Orán, que es sólo meta pasajera. Aquí, por error, se hace de una fotografía que no es la suya. Mediante este procedimiento, Idriss abandona su propia imagen al abandonar físicamente el mundo árabe, Mejor aún: abandona el mundo árabe bajo una apariencia: la barba de un desconocido.

Idriss huye, y en su fuga muestra apenas capacidad para oír la voz protectora de su religión en boca de un orfebre:

Contra la desesperación y la miseria no tendrás, tal vez, más que el Corán y la mezquita (p. 113).

Sin embargo, la huida de Idriss no es más que una manera de posponer la búsqueda de su identidad o de su imagen, secuestrada por la rubia que lo fotografió y que, por este medio, la liberó y la activó en contra de él. Probablemente debido a esto el orfebre no se equivoca al decirle:

La imagen está dotada de una fuerza maligna. No es la sirvienta devota y fiel que quisieras. Sí, adopta todas las apariencias de una sirvienta, pero en verdad es socarrona, mentirosa e imperiosa. Aspira con toda su maldad a reducirte a la esclavitud (pp. 114-115).

Al llegar a Marsella una de las primeras cosas con las que chocan los ojos de Idriss es la imagen turística de un oasis, supuestamente enclavado en su Sahara natal, que nada tiene que ver con las imágenes infantiles y familiares que conserva en su memoria.


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