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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1986

6. Un hombre sin palabras


Idriss en París se vuelve un hombre cuyas palabras --o las palabras de los otros, sobre todo-- no evocan nada en su espíritu. A partir de ese momento Idriss se halla atrapado por las imágenes. Tal vez porque llegó al mundo de las imágenes en donde las palabras apenas si permanecen, aun cuando todavía tienen sentido, Idriss corre el riesgo de desvanecerse.

Bajo un insospechado influjo, Idriss cree en la imagen. Cree en la imagen de la mujer-leona que yace tras el vidrio del Peep-show, y encuentra una explicación hasta cierto punto satisfactoria en el comentario de su primo Achour:

Existía para tus ojos, pero no para tus manos. Aquí todo es para los ojos; nada para las manos. Los escaparates son como el cine y la televisión: para los ojos, ¡sólo para los ojos! Son cosas que deberías comprender; ¡Y mientras más pronto mejor! (p. 191)

Tal vez así Idriss comienza a convertirse en descubridor: la rubia que lo fotografió, al principio de la novela, sólo existe para sus ojos. Es imagen. Y por esto Idriss empieza a hundirse en lo imaginario: sentado, a solas, a la mesa de un bar parisino, Idriss lee en una tira cómica la historia de la rubia que lo fotografió en Tebelbela. Transportado por las imágenes de la tira cómica, a las que les atribuye su propia voz, atraviesa la cortina de lo imaginario y transforma en la rubia del desierto a una mujer, que, a pocos pasos, consume algo frente a la barra. La consecuencia de esta transposición es simple: tras recibir algunos golpes, Idriss concluye la secuencia en la inspección de policía, donde es fotografiado de frente y de perfil.


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