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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

I. Introducción


NO nos cabe la menor duda acerca del inicio o invención de la metáfora o comparación. Es decir, sabemos perfectamente que Aristóteles no inventó la comparación. Muchos pueblos la utilizaron antes que el Estagirita. La Biblia, por ejemplo, está llena de innumerables comparaciones y metáforas. Incluso tengo la impresión de que toda La Biblia es una gigantesca metáfora a través de la cual se entienden muchas cosas que no aparecen literalmente en ella.

Lo que sí encontramos en Aristóteles es un manejo sistemático de la comparación o metáfbra. De igual manera encontramos en el filósofo griego un estudio pormenorizado de la metáfora: sus alcances, sus límites, su validez pedagógica, los diversos niveles que cúbre, etcétera.

En nuestros días Paul Ricocur --entre otros-- ha llamado fuertemente la atención sobre la metáfbra y su importancia; diversas obras evidencian lo que acabo de señalar. Pero volvamos a Aristóteles. Fundador de varias ciencias, Aristóteles se dio a la tarea de estudiar el lenguaje --las Categorías, De la interpretación, la Retórica y la Poética, algunas de sus obras-- están allí para hacérnoslo ver. Ciertamente su estudio del lenguaje es muy primitivo, sobre todo si lo comparamos con la manera en que actualmente se estudia el lenguaje, ya sea el formal o el ordinario.

Sabía el Estagirita que las cosas tienen un nombre y que con esos nombres de las cosas y otras palabras podemos construir un lenguaje que nos permita entendernos. Así pues, las expresiones que empleamos traducen nuestros pensamientos. En este sentido se dice que hablamos porque pensamos.

Sabemos --y también lo sabía Aristóteles-- que existen situaciones o momentos en la vida del ser humano en los que las palabras que empleamos habitualmente se nos revelan súbitamente con su radical insuficiencia. Por una parte son como gritos afónicos venidos a menos, incapaces de expresar el furor, el júbilo, la admiración o la desesperación de nuestro ser. Y, por otra parte, son tan bastas, tan primitivas y groseras que parecen incapaces de llegar a perfilar con mediana exactitud un pensamiento, de distinguir entre dos sentimientos, de formular todos los matices del hastío humano.

Sabemos que al ser traducido a palabras, todo pensamiento se enfría, se empobrece. Conviene advertir que esta degradación va precedida de otra; se convierte en pensamiento, lo que en principio era intuición o vivencia, en el momento en que éstas fueron conceptualizadas. Desgraciadamente, parece que el pensamiento posee ya la estructura reductora del lenguaJe. Observamos cómo una vivencia amorosa es siempre más rica que cualquier especulación sobre el amor, cómo la sensación de culpa que a veces nos sobrecoge, es mucho más profunda que cualquier pensamiento acerca de nuestra responsabilidad; cómo los sentimientos de gratitud o de gozo que enibargan a un sujeto que se sabe amado, son superiores a sus propias ideas en torno a lo que denominamos la felicidad del ser humano. Ahora bien, todas estas ideas y pensamientos habrán de sufrir una nueva y mayor restricción cuando se conviertan --o será mejor decir: se reduzcan a-- en palabras. Hay como una depauperación progresiva y fatal.

Cada uno, claro está, percibe mejor aquella deficiencia del lenguaje que más contraría sus pretensiones. Los enamorados se lamentan de que las palabras les resultan insuficientes para declarar su pasión; protestan contra el lenguaje tan átono, uniforme e impersonal. El filósofo lo encuentra demasiado equívoco y concreto. Al poeta, en cambio, quiza le parezca demasiado abstracto, inflexible y pálido. El científico lo quiere más riguroso; el sofista, más ambiguo, El pedagogo echa de menos un lenguaje más claro, aunque el místico preferirla otro más obcuro. Nunca --según parece-- podrá darse una coincidencia perfecta entre la experiencia, que es personal y concreta, y sus signos lingüísticos, que son universales y abstractos.

Consciente de todo esto --y de algo más que se podría añadir-- Aristóteles echó mano --entre otras cosas y como recurso para su filosofia-- y sometió a estudio la metáfora, la comparación para ser empleada como vehículo menos inadecuado en cuanto transmisor de conocimientos, como pedagogía académica y como criterio crítico del discurso filosófico.


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