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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

II. La comparación en Aristóteles


La presente ponencia pretende ser una aproximación o introducción al estudio de la comparación en Aristóteles. De ninguna manera pretende ser exhaustiva y completa. El tema, además de importante, es muy amplio. Los límites de la ponencia no permiten sino hacer una introducción al tema, además de señalar sus principales ideas.

Es instructiva la no equivalencia --buscada voluntariamente-- entre comparación y metáfora en el caso de Aristóteles en particular. En efecto, podemos pensar --como primera aproximación-- en una cita doctrinal del mismo Aristóteles. Esta se refiere de hecho a la metáfora y no precisamente a la comparación. Sin embargo, si continuamos investigando en el corpus aristotelicum encontramos que la metáfora puede servir como comparación y viceversa, ya que sólo cambia la formulación: "la comparación (en algunas traducciones aparece el término 'imagen' en lugar del término comparación) también es metáfora, ya que difiere poco de ella".[Nota 48]

Al tratar de las propiedades de la expresión, y en primer lugar de la claridad, Aristóteles dice que los términos propios dan claridad al lenguaje, mientras que los traslaticios lo elevan y le prestan ornamento. A continuación puntualiza particularmente sobre la metáfora y señala que "La metáfora, más que nada es la que da claridad y agrado y distinción".[Nota 49]

Téngase presente que se trata, desde luego, de la metáfora adecuada, como lo precisa Aristóteles. De cualquier manera no deja de llamar la atención que el mismo Aristóteles atribuya a la metáfora la primacía en el orden de la claridad. La metáfora será adecuada --agrega-- si tiene su base en la debida proporción; de lo contrario, se mostrará que es impropia, pues las notas divergentes se encuentran sobre todo en la yuxtaposición.

De esto se puede inferir que también las notas convergentes y semejantes destacarán sobre todo en la yuxtaposición, dado el caso que tuviéramos la metáfora apropiada, fundada --de nuevo-- en la debida proporción. Y esto ha de ser, evidentemente, en beneficio de la claridad, de esa claridad que Aristóteles ha adjudicado a la metáfora, sobre toda otra forma de expresión.

Si se transfieren ahora estas conclusiones de la metáfora a la comparación, cuando menos dentro del ámbito de la teoría y de la práctica del mismo Aristóteles, que tan íntimamente vincula una a otra, se puede concluir que es también la claridad lo que en primer lugar pide a la comparación la especulación aristotélica, tan conocida por su carácter abstracto.

Aristóteles ha vinculado la claridad a la metáfora más que a ningún otro recurso expresivo; claridad que haremos extensiva --de manera hipotética, pero no gratuita-- a la comparación.

Ahora bien, esta claridad ha sido rebajada por muchos comentaristas a recurso de iluminación extrínseca del pensamiento, o también a simple ornato o a los demás valores estético-literarios tan bien registrados por Aristóteles. Téngase presente que Aristóteles no postula el atributo de la claridad sino para la metáfora apropiada, fundada en la semejanza. En esa claridad confiamos al acercarnos al binomio comparación y pensamiento en Aristóteles.

La comparación es una figura del lenguaje, aunque en este caso sin implicación literaria alguna. Se puede describir como aquello que vincula dos términos explícitos mediante una conexión gramatical que indica semejanza.[Nota 50] Jamás debe confundirse la comparación con el ejemplo, simple verificación de la noción o ley general en un caso concreto. El ejemplo carece casi siempre de aquella alteridad en los términos que es indispensable para lograr la yuxtaposición, gracias a la cual destacan, según el parecer de Aristóteles, las notas divergentes y, por lo mismo, como ya se dijo, las convergentes y semejantes.

Queremos aquí mostrar que la comparación, como la entiende Aristóteles --en cuanto forma de pensamiento-- permite ser desdoblada en dos vertientes esenciales: la que está frente al sujeto cognoscente y la que mira a los objetos implicados; el que trata de conocer y la comparación misma. La primera atañe a la comparación en cuanto función cognoscente; la segunda, a la validez cognoscitiva de la función. La primera es gnoseológica; la segunda, viene a ser crítico-ontológica.

La obra de Aristóteles, valiosa por muchos conceptos, no sólo considera las comparaciones como una forma práctica de pensamiento, sino que además formula una teoría de la comparación, la cual, evidentemente, nos interesa para la interpretación de sus comparaciones.

Hace ya tiempo que Paul Ricoeur llamó la atención de manera sistemática e insistente, sobre la importancia de la metáfora en el discurso. En una de sus obras se pregunta: [Nota 51] "¿Es la metáfora una obra en miniatura?, La obra completa, ¿puede ser considerada como una metáfora prolongada?" A estas cuestiones viene a dar una respuesta sustancialmente afirmativa. Existe, según P. Ricoeur, una cierta convergencia entre la interpretación de la metáfora y la de la obra de que ella forma parte. Así, si la interpretación de metáforas locales es iluminada por la interpretación del texto como un todo, también viceversa: "la interpretación de la obra, tomada como un todo, es controlada por la explicación de la metáfora como fenómeno local del texto".[Nota 52]

Ahora bien, es notable que el ejemplo que cita Ricoeur procede curiosamente de la Poética de Aristóteles. En realidad este ejemplo le permite a Ricoeur mostrar la doctrina de la metáfora y de la mimesis, entre las cuales ve la presunta conexión de la tesis que intenta formular. Veamos esto con algún detenimiento. Señala Aristóteles que la mimesis hace parecer las acciones humanas más altas de lo que son en realidad; por otro lado, la función de la metáfora es trasponer los significados del lenguaje ordinario en favor de los peregrinos. Se pregunta Ricoeur si no existe una afinidad profunda al mismo tiempo que mutua entre el proyecto de hacer parecer las acciones humanas mejores de lo que son y el procedimiento especial de la metáfora que eleva el lenguaje por encima de sí mismo.

No obstante que hay algunas diferencias entre la metáfora y la coniparación en la doctrina de Aristóteles, prácticamente se equiparan como lo aclararé más adelante. Aunque el objetivo que Aristóteles y Ricoeur persiguen, y probablemente también la visión que uno y otro profesan, es distinta, no deja de llamar la atención sobre lo similar de ambos proyectos. En efecto, por muy sugestiva que sea la persecución de las imágenes o comparaciones en la esfera del subconsciente, pienso que la alienación de las mismas en el plano de lo consciente es algo que posee su verdad; más aún, parece que la investigación de esta verdad precede al sondeo del subconsciente.


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