©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

PAULETTE DIETERLEN. La democracia: un mercado político


[Nota 76]

A LO largo de la historia de la teoría política se ha tratado de señalar que las concepciones de democracia y liberalismo no siempre han caminado de la mano: mientras que la primera ha defendido el discutido concepto de igualdad, el segundo ha tomado como caballito de batalla el no menos discutido concepto de libertad.

El supuesto ejercicio de la libertad nos ha llevado a la conclusión de que la única forma de conservarla es garantizar que todos los individuos, por medio del voto, obtengan cierto grado de participación en el gobierno; quizá se ha pensado que la democracia es el único sistema de gobierno que se acerca al ideal kantiano de ser súbdito y soberano en una república de fines.

Ahora bien, no todos los puntos de vista sobre la relación entre libertad y democracia participan de este ideal, uno de los ejemplos más claros es el artículo de Joseph Schumpeter dos conceptos de Democracia".[Nota 77]

La primera parte de este artículo está dedicado a criticar la concepción que él llama clásica. Según esta definición el método democrático es un arreglo institucional para alcanzar decisiones políticas que ayuden a lograr el bien común y que permita a las personas que decidan por sí mismas en ciertos asuntos mediante elecciones individuales, las cuales en conjunto les ayudarán a realizar la voluntad colectiva.

Según Schumpeter esta noción de democracia está basada en los siguientes supuestos:

a) existe una noción de bien común que cualquier hombre puede descubrir por medio de un argumento racional;

b) la noción de bien común contiene una respuesta para cualquier clase de pregunta, de tal manera que cualquier hecho social puede ser catalogado inequívocamente como "bueno" o como "malo";

c) todos los miembros de la comunidad, conscientes de las metas que les falta por alcanzar, pueden discernir lo que es bueno y lo que es malo;

d) dadas las características anteriores todas las personas tienen la posibilidad de controlar los asuntos públicos de una manera activa y responsable. Pero lo que Schumpeter pretende es demostrar que ninguno de estos puntos se sostiene.

El primer problema es la inexistencia de algo considerado como "bien común", que sea único y determinado, y susceptible de ser descubierto por el ejercicio de la racionalidad. El problema no radica tanto en el hecho de que algunas personas desean otro tipo de bienes que se alejan de lo común, sino en el hecho de que los individuos o grupos pueden entender el bien común de diferente manera.

Ahora bien, hay dos maneras de tratar la noción de bien común. Una semimística, que correspondería a la concepción romántica, y cuya aplicación práctica ha tenido, según Schumpeter, resultados que nada tienen que ver con la democracia. Y otra, que a él le interesa discutir, es la noción utilitarista, la cual entiende el bien común como la máxima satisfácción económica.

Pero aunque todos estuviéramos de acuerdo con esta segunda noción, no se resolverían, según Schumpeter, los problemas individuales. Por ejemplo, podría haber opiniones distintas con respecto a la elección de una política que maximizara económicamente el estado de las personas a corto o a largo plazo. Este problema nunca fue considerado de una manera sería y sustancial por los padres "utilitaristas" de la doctrina democrática, ya que ninguno de ellos consideró que podría haber un cambio sustancial y serio en la red económica de la sociedad burguesa.

Otro punto discutible es la suposición de que lo que desea la voluntad del pueblo es discernible para todos. En lugar de recurrir a una entidad como "alma del pueblo", los utilitaristas derivaron la voluntad popular de la suma de voluntades individuales. Schumpeter analiza el fracaso de este proyecto.

Según él la voluntad común o la opinión pública suele surgir de un complejo infinito de situaciones individuales, de voliciones, de influencias, de acciones y de reacciones, De esta situación resulta que el proceso democrático no sólo carece de unidad racional sino también de sanción racional.

Por unidad racional se entiende, desde un punto de vista analítico, que el proceso democrático es simplemente caótico, y que el resultado no va a tener significado en sí mismo, como la realización de un fin o un ideal. (Según Shumpeter, para el analista nada puede ser tan caótico que no pueda ser ordenado mediante principios explicativos.)

Por sanción racional se entiende que si la expresión de la voluntad popular no es congruente con algún fin, de tal modo que el resultado no implique una dignidad ética, no se ve cómo va a otorgar una confianza a las formas democráticas de gobierno.

Podríamos, sin embargo, para simplificar la argumentación, aceptar el punto de vista utilitarista de "bien común"; pero, según Schumpeter, para llegar a este acuerdo tendríamos que aceptar que el sujeto tiene las siguientes características:

a) posee una voluntad, una independencia y una calidad racional muy poco realistas;

b) el sujeto tiene que saber lo que quiere;

c) tiene una voluntad definida que se pone en práctica mediante la capacidad de observar y de interpretar correctamente los hechos que le son accesibles;

d) debe ser capaz de llegar a una conclusión clara y rápida, de acuerdo con las reglas de la inferencia; a partir de la existencia de la voluntad definida y de la existencia de ciertos hechos.

Parece ser que la preferencia a la que este modelo se refiere se denomina simple. Linddlom[Nota 78] afirma que en la teoría económica el gusto del consumidor en el mercado es tratado como preferencia simple. Distingue cuatro tipos de elección:

a) no se necesita buscar razones (Me gusta el helado de vainilla);

b) dependientes de hechos, de probabilidades estimadas a través de análisis, etc.;

c) de acuerdo con reglas éticas;

d) preferencias irracionales o no racionales (no deberíamos fabricar y comprar armas nucleares, pero no sé por qué las compramos).

Según Lindblom las preferencias de los votantes no son tan simples como a y d ya que contienen una gran cantidad de elementos de análisis y dejuicios morales. Esto nos lleva a concluir que las características que menciona Schumpeter son, en elécto, poco realistas y que por lo tanto las voluntades individuales no pueden ser semejantes a la voluntad común: a largo plazo hemos podido ver cómo la historia ha demostrado que es mucho mejor un gobierno para el pueblo que un gobierno por el pueblo (ejemplo: Napoleón). Después de mostrar las dificultades que presenta la noción de voluntad individual, Schumpeter analiza la noción de naturaleza humana que se encuentra detrás del concepto clásico de democracia.

Schumpeter critica la racionalidad porque, según él, hay razones para pensar que no es real. Por e emplo, la psicología de masas muestra que una aglomeración de personas actúa de manera diferente a como lo haría cada una si tuviera que mostrar abiertamente sus preferencias; además, hay aspectos de la conducta humana que hacen pensar que la racionalidad no es real. Por ejemplo: la mayoría de las veces lo que las personas desean no está definido, y las acciones que las llevan a lo que desean ni son rápidas ni provienen de una inferencia lógica; los individuos son moldeables, ya sea por la publicidad o por otros métodos de persuación; el sentido de responsabilidad es reducido. Esto, en relación con la ausencia de volición efectiva, explica la ignorancia y la carencia de juicios de los ciudadanos respecto a cualquier asunto relacionado con la política tanto nacional como internacional.

Esta debilidad del proceso racional provoca que las decisiones no las tomen los ciudadanos sino ciertos grupos.

Ahora bien, a pesar de que la doctrina clásica tiene muchos inconvenientes, aun así hay elementos en ella que se salvan. Schumpeter explica por qué.

La democracia se ha convertido en un ideal y no en un método. Hay formas y frases de la democracia clásica que están asociadas con la historia de un país. Hay determinados patrones sociales a los cuales la doctrina clásica se aplica con suficiente aproximación, Además, "los políticos aprecian la fraseología que llega a las masas y que ofrece excelentes oportunidades no sólo para evadir responsabilidades sino para aplastar a los oponentes en nombre de las personas".

El segundo concepto de democracia al que se refiere Schumpeter es el "contemporáneo", y lo define como "un arreglo institucional para llegar a decisiones políticas en las que los individuos adquieren el poder de decidir mediante una lucha competitiva que se establece para obtener el voto de las personas".

Esta definición ofrece las siguientes ventajas:

1 ) proporciona un criterio eficiente y razonable para distinguir entre gobiernos democráticos y los que no lo son;

2) permite reconocer el fenómeno del liderazgo y la competencia que éste produce;

3) aclara la relación que subsiste entre democracia y libertad individual, ya que permite que las personas entren "libremente" en la competencia para alcanzar el liderazgo político.

En una democracia, afirma Schumpeter, la función primaria del voto del elector es producir un gobierno. Y producir un gobierno es decidir quién o quiénes van a ser las personas que serán los líderes, puesto que los miembros del parlamento o de las cámaras no sólo forman un gobierno, sino que legislan y administran cada acto parlamentario, y con excepción de las resoluciones y las declaraciones en materia política, producen leyes en un sentido formal.

Schumpeter pone como ejemplo de práctica política la práctica militar: cuando dos ejércitos se encuentran frente a frente, es decir, cuando sus movimientos individuales están orientados hacia objetos particulares determinados por la táctica o la estrategia. Pueden combatir por una colina o por una parte del país, pero el deseo de conquistar tal o cual zona proviene de un propósito práctico: vencer al enemigo. Así, el principal objetivo de los partidos políticos es prevalecer sobre los otros para llegar al poder y permanecer en él.

Y de la misma manera que la conquista de un país o de una colina no es un fin, la decisión de los asuntos políticos tampoco lo es. El verdadero fin es el material de la actividad parlamentaria.

Ahora bien, un partido político prevalece sobre otro cuando tiene más votos a favor. Y bajo esta nueva concepción el voto no sólo significa buscar representación sino, fundamentalmente, confianza.

El sistema democrático tiene una ventaja: su esencia es la competencia y, por lo tanto, no puede haber ningún líder absoluto, conio en el mercado no puede haber monopolio.

Hay que destacar también que la elección no surge de la iniciativa de los ciudadanos, sino que va a ser formada. Según Lindblom [Nota 79] la clave de esto es la persuación. Por medio de la persuación se llega a despertar preferencias del tipo b y c, es decir, preferencias dependientes de hechos, análisis, probabilidades estimadas, etc., y preferencias basadas en reglas éticas.

Para Schumpeter, desde este punto de vista, un partido no es un grupo de hombres que intentan promover un bien público basado en un principio en el que todos creen. Un partido es un grupo de personas que compiten por el poder político. El partido surge como una respuesta ante el hecho de que la masa electoral es incapaz de ejecutar alguna acción que no sea una "estampida".

En la competencia por el poder entran en juego muchos elementos: las técnicas de administración del partido, los anuncios del mismo, los esloganes, que no son elementos accesorios sino la esencia de la política.

Para Schumpeter hay otro problema que este modelo resuelve: el de los grupos minoritarios que, de acuerdo con el Modelo clásico, sobre todo en la versión utilitarista, quedan sin representación. El modelo de Schumpeter no los elimina, sino que los inserta en la parte que les corresponde. Todas las voliciones pueden quedar latentes y en un momento dado algún político las tomará en cuenta y las convertirá en un factor político. Así, la situación política compuesta por la interacción de intereses seccionales, la opinión pública y la manera de producir el modelo aparecen desde este ángulo bajo una luz más clara.

Schumpeter reconoce que el concepto de competencia por el liderazgo presenta dificultades similares al de competencia en la esfera económica, pues ésta, por ejemplo, nunca es perfecta, y por lo mismo no se excluyen fenómenos que pueden ser tachados de sucios y de fraudulentos, ya que si los excluyéramos nos quedaríamos con una idea de competencia completamente irreal.

El nuevo concepto de democracia también nos aclara una antigua controversia: quien acepte la doctrina clásica de la democracia y por lo tanto crea que el método democrático garantiza que los asuntos van a ser resueltos y que las políticas se establecen de acuerdo con la voluntad de las personas, deberá sorprenderse ante el hecho de que a pesar de que esta voluntad es innegable, real y definida, la decisión de la simple mayoría la distorsiona en vez de hacerla efectiva. Evidentemente, dice Schumpeter, la voluntad de la mayoría es la voluntad de la mayoría y no de las personas. Esta voluntad de las personas es un mosaico que aquella nunca representa. Igualarlas por medio de una definición no resuelve el problema. Sin embargo, se ha tratado de encontrarle una solución a este problema mediante la representación proporcional; pero para Schumpeter esto es muy peligroso, ya que ésta puede impedir que se produzcan gobiernos eficientes, lo cual puede ser riesgoso en tiempos de crisis.

Por otro lado, si aceptamos que la elección de un líder es la verdadera función del voto la representación proporcional simplemente no funciona. Se trata, pues, de un modelo que abandona cualquier valor moral, al igual que la teoría económica basada en el mercado en aras de la eficiencia. Pero lo que queda muy claro es que en ningún momento podemos hablar, si somos "realistas", de democracia al referirnos a un gobierno elegido por el pueblo.

Macpherson [Nota 80] llama modelo de equilibrio al propuesto por Schumpeter y le adjudica las siguientes características:

1) es elitista, ya que en el proceso político asigna el papel principal a un grupo de dirigentes que se eligen a sí mismos;

2) es pluralista, pues parte del supuesto de que la sociedad que se adapta a un sistema político democrático moderno es una sociedad plural, y se entiende por esto a un grupo de individuos que se orientan en distintas direcciones por su diversidad de intereses;

3) es de equilibrio porque presenta el proceso democrático como un sistema que mantiene un equilibrio entre la oferta de mercancías políticas y su demanda.

Además de estas características existen ciertas estipulaciones propias del modelo:

1) la democracia es simplemente un mecanismo para elegir y autorizar gobiernos, no es un "tipo" de sociedad ni un conjunto de objetivos morales que hay que tratar de alcanzar. Por esto hay autores que prefieren llamar poliarquía [Nota 81] a la democracia y por poliarquía entienden una forma de conducta que se caracteriza por poseer un grupo complejo de reglas autoritativas. Estas reglas limitan la lucha por la autoridad, precisan un orden particular y específico, y un proceso pacífico que reemplaza a un conflicto armado.

Lo que resalta en la lucha por la autoridad designada por las reglas es que la máxima autoridad se asigna como respuesta a las indicaciones de los deseos de los ciudadanos. Hay una elección y hay una indicación de que los votos cuentan por igual.

Parece ser que es imposible imaginar una manera de luchar por el poder más simple, más pacífica y más igualitaria.

2) El mecanismo es competitivo: los grupos de políticos que se eligen a sí mismos se organizan en partidos con el objeto de ganar votos, los cuales les darán las riendas del gobierno hasta las siguientes elecciones.

Por estas razones los votantes no deciden sobre asuntos políticos que sus representantes se encargarán de poner en práctica, sino que eligen a las personas que tomarán dichas decisiones. Tampoco se busca una representación, ya que ésta es imposible, y el voto, tal como Schumpeter lo afirma, es un voto de confianza.

Cuando los votantes eligen un partido manifiestan sus preferencias sobre un lote de mercancías políticas; los votantes se convierten así en consumidores y los políticos, en empresarios

En el capítulo X del libro Democratic Theory [Nota 82] Macpherson afirma que mientras la economía ha abandonado la noción de mercado como sistema puro de precios y ha regresado a la noción de economía como sistema de poder que se ejerce en bloques, la política ha tomado el concepto de equilibrio de precios y lo ha aplicado al proceso político. "Así, mientras que la economía adopta conceptos relacionados con el poder en busca de realismo, la ciencia política adopta conceptos de mercado en busca de elegancia teórica".[Nota 83]

Todo modelo da por sentado ciertas proposiciones; dos, comunes a la economía y a la política, son las siguientes:

1) cada individuo racional trata de maximizar sus ganancias (o de minimizar sus costos reales);

2) existe un mercado libre y competitivo tanto de recursos materiales como de energía para producir objetos y para consumir los objetos producidos.

La primera proposición ha sido puesta en tela de juicio por pruebas empíricas, como el mismo Schumpeter señala; pero para Macpherson el problema se resuelve al incorporar a la teoría política el análisis de utilidad marginal. Si los individuos no actúan siempre racionalmente, sino que eligen sus preferencias a partir de un sistema lógico, los partidos se pueden aprovechar de esto para producir un tipo de irracionalidad pero hasta un límite que no rebase la posibilidad de conservar el sistema. Una manera de hacerlo es proponer, por ejemplo, programas ambiguos. La racionalidad de los votantes es paradójica: las reglas de un sistema democrático están hechas para distribuir poder político de una manera equitativa, pero dicha equitatividad no podrá lograrse si todos los hombres actúan racionalmente. Si se desea que la demanda del votante racional sea efectiva, éste deberá estar bien informado. Tendrá que calcularse que la inversión de tiempo, energía y dinero que tenga que invertirse para que el votante adquiera dicha información tiene que ser equivalente al beneficio esperado. Pero la inversión siempre es muy superior al beneficio, ya que un solo voto representa poca influencia política.

En las sociedades modernas en que existe división del trabajo, la cantidad yel costo de la información necesaria para tomar una decisión racional es muy variada y llega sólo a unos pocos.

Los que no tienen acceso directo a las fuentes de información, piensan que una decisión racional es no pagar el costo.

Pero probablemente pagarían para que una agencia recabara la información. Si todos los hombres actuaran racionalmente su influencia en la política sería desigual: los que pagaran más tendrían más posibilidad de tomar una decisión, lo cual no sería igualitario. Por lo tanto, si los políticos actúan racionalmente los votantes no pueden hacerlo, ya que si lo hicieran la demanda efectiva sería muy costosa. Dadas estas conclusiones podremos prescindir del supuesto de la racionalidad.

Con respecto al punto del mercado como equilibrio parece que éste es la clave del modelo; sin embargo, hay algunos peros.

Por ejemplo, se afirma que el sistema político, además de equilibrar la oferta y la demanda de mercancías políticas, tiene que producir y sostener al gobierno, y conferir a ciertas personas en particular el poder de hacer leyes y dar órdenes, lo cual no sucede de la misma manera en el mercado económico. Sin embargo, según Macpherson la diferencia carece de importancia, pues se trata al gobierno como una olla de presión en la cual se encuentran mezclados, los intereses de los diversos grupos políticos.

La creación de leyes y órdenes es el resultado de la mezcla de dichos intereses políticos en la olla de presión, y, por lo tanto, no es importante saber quién ocupa los cargos, ya que el gobierno como mecanismo desde el cual se toman las decisiones se vuelve tan impersonal como el mercado en el modelo económico.

Después de haber aclarado esta dificultad veamos de qué manera el sistema competitivo produce equilibrio.

Primero: combina muchas demandas, algunas de las cuales son compartidas por un número diverso de individuos; de esta manera las decisiones políticas pueden ser reforzadas de manera continua y estable.

Segundo: el equilibrio se logra gracias a la competencia que existe entre los partidos por conseguir votos y entre los votantes por lograr que su partido sea el que lleve a cabo las acciones gubernamentales. Este proceso obliga a tomar ciertas decisiones que los ciudadanos están dispuestos a pagar con energía política y otros recursos.

El papel del político se asemeja al del empresario. Y así como el empresario busca obtener provecho en los negocios y no realizar una función social, aunque a veces se vea obligado a hacerlo, el político también se ve obligado a realizar ciertas funciones sociales para obtener poder, prestigio u otras satisfacciones, y para que el partido o el grupo cuyos intereses representa siga trabajando normalmente.

Según Macpherson [Nota 84] una de las características del modelo 3 de democracia es que no sólo describe y explica la realidad política, sino que también la justifica.

Por lo que se refiere al modelo clásico de democracia la diferencia no reside en las descripciones que hace, sino en el alcance de los beneficios que aduce. Los dos modelos ven a los ciudadanos como consumidores políticos con ciertas necesidades y con demandas muy diversas. Consideran que el motor del sistema es la competencia entre los políticos por los votos de los ciudadanos y ambos modelos concluyen que este mecanismo produce un equilibrio estable. Pero no se ponen de acuerdo respecto a la manera en que se mide la soberanía de los consumidores políticos. Schumpeter no considera muy importante dicha soberanía, pues piensa que a los votantes se les dan elaboradas la mayor parte de sus opciones y que las presiones a que los mismos votantes pueden someter al gobierno no son muy eficaces.

Macpherson considera que la descripción del modelo de Schumpeter es idóneo, particularmente cuando afirma que es exacta la descripción del sistema real imperante en las naciones democráticas.

Esta es una afirmación realista porque está construida sobre la base de investigaciones empíricas. Sin embargo, hay ciertas omisiones en la descripción. Por ejemplo, no se explica sobre qué base las élites deciden las cuestiones que van a someterse a la consideración de los votantes. Además, es un modelo que se adapta más a la sociedad pluralista norteamericana que a países en los que los partidos se crean en función de las clases sociales. Finalmente, es un modelo de democracia que surge de una sociedad de mercado.

Ahora bien, los defensores de este modelo lo justifican de varias formas. Afirman que el sistema, pese a todas las imperfecciones que pueda tener, es el único capaz de hacer lo que se debe o el que mejor puede hacerlo; es decir, crear un gobierno. Se creen realistas puesto que describen el comportamiento de las personas, piensan que el sistema produce un equilibrio óptimo y que otorga soberanía a los consumidores, y suponen que ambas cosas son buenas. Sin embargo, existen argumentos para señalar que el sistema de mercado político no es tan democrático, ya que el equilibrio que produce es desigual.

Dworkin [Nota 85] señala, por ejemplo, que en una sociedad en donde las personas difieren sólo "en preferencias" el mercado podría ser la mejor opción gracias a sus resultados igualitarios, y que la desigualdad del bienestar económico sería una consecuencia del hecho de que existen preferencias más caras que otras, incluyendo la preferencia que se tenga entre una actividad y otra, o entre una actividad más lucrativa y el tiempo libre.

Pero si analizamos lo que sucede en el mundo real nos podemos dar cuenta de que en la sociedad actual existen otras diferencias distintas a las preferencias. Por ejemplo, el talento no está distribuido equitativamente, por lo que la decisión de trabajar en una fábrica o en una firma de abogados o de no trabajar depende más de la habilidad de una persona que dc sus preferencias. Por otra parte, los hijos de los menos aventajados empezarán su vida con menos recursos que los hijos de los más aventajados. Además, algunas personas tienen necesidades especiales porque tienen, digamos, algún defecto y, por lo tanto, se les dificulta encontrar un buen empleo. Dworkin afirma que estas desigualdades tienen repercusiones catastróficas en la distribución de una economía de mercado.

Por su parte, Cohen [Nota 86] afirma que la libertad de vender y comprar está relacionada con bienes y servicios de varios tipos. Cuando los bienes y servicios pueden obtenerse independientemente del mercado, los individuos no sienten necesariamente una carencia de libertad si los obtienen por otros medios.

Macpherson [Nota 87] dice que en la medida en que el sistema de mercado tanto político como económico es lo bastante competitivo como para producir la oferta, así la distribución óptima de mercancías políticas, que es óptima en relación con la demanda, lo que hace es registrar y responder a lo que los economistas llaman demanda efectiva; es decir, demandas que cuentan con una capacidad adquisitiva suficiente para respaldarla.

A esto se le llama dinero en el mercado económico. En el mercado político también, aunque no exclusivamente, ya que la capacidad adquisitiva política incluye el gasto de energía en las campañas, en la organización y en el modo de participar en el proceso político.

Mientras que la capacidad adquisitiva en la política sea el dinero, difícilmente podremos decir que el proceso equilibrador es democrático.

En cualquier sociedad que exista una desigualdad considerable tanto de riqueza como de oportunidades, la oferta efectiva de algunos partidos será mayor que la de otros.

Ahora bien, según Macpherson, mientras la capacidad adquisitiva en la política sea un gasto directo de energía, esa capacidad será defendible. ¿Qué cosa puede ser más justa que un rendimiento proporcional al insumo de energía política?

Sin duda de los ciudadanos apáticos no se espera tanto rendimiento como de los activos. Pero esto sería coherente con la igualdad democrática si la apatía fuera un dato independiente, si fuera el resultado de una decisión maximizadora del individuo que posee la capacidad de establecer un balance entre los usos más rentables de su energía y su tiempo. Como por ejemplo, participar en política o hacer cualquier otra cosa.

Pero aquí también nos encontramos con que si hay desigualdades económicas habrá quienes tengan más dificultad que otros para adquirir, dominar y pesar la información necesaria para lograr una participación efectiva. La desigualdad económica crea apatía política, por lo que ésta no puede ser tomada como un dato independiente; además, el sistema de partidos de una sociedad desigual, y con sufragio masivo, necesita que se disminuya la responsabilidad del gobierno ante el electorado; con lo cual se reduce, a su vez, el deseo de los votantes de esforzarse en presentar una alternativa u opción.

Uno de los principales problemas que presenta el modelo de mercado es que dista mucho de ser competitivo y más bien es oligopólico. Hay pocos vendedores, por lo cual éstos no se ven obligados a responder a las demandas de los compradores. Los grupos de vendedores pueden fijar los precios y establecer el tipo de mercancía que ofrecen, ya que los vendedores mismos pueden crear la demanda.

Si bien Schumpeter reconoce que lo mismo en el modelo económico que en el político la competencia es imperfecta, no repara en que el oligopolio es también un tipo imperfecto de competencia.

Aunque este modelo también cae en una contradicción: parte del individuo. Pero por el oligopolio que existe en la competencia de los partidos y por la iniciativa de las élites, dicho individuo nunca manifiesta sus preferencias, sino que tiene una serie de demandas creadas por el propio proveedor. Además, las decisiones políticas quedan lejos de la responsabilidad de los votantes, ya que lo único que puede salvar al sistema son los expertos, que no necesitan justificación, pues sus razonamientos no pueden ser comprendidos por el pueblo.

Aunque, según Macpherson, este modelo sigue siendo el modelo descriptivo más correcto y lo seguiremos aceptando mientras las sociedades occidentales sigamos prefiriendo la abundancia a la comunidad y mientras sigamos creyendo que la sociedad de mercado puede darnos indefinidamente la abundancia.

Para concluir diré que mientras la libertad sea vista como posesión, como libertad de relaciones de mercado con los otros, no podrá ser vista como el valor último de la democracia moderna. Sólo si llegamos a una época en que las operaciones de mercado no se asuman como buenas automáticamente, o de hecho no se asuman como automáticas, la ciencia política, entonces, podrá buscar un nuevo modelo de democracia.