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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

MARINA TSVIETAIEVA. El poeta sobre el crítico (Fragmentos)


[Nota 88]

Sotivienrie votis de celuy a qui comme on demandoit a quoi faire il se peinoit si fort en un art qui ne pouvoit venir a la cognoíssance de guere des gens, --"J' en ay assez de peu" répondit -- el "J' en ay assez d'un. J. en ay assez de pas un"

Montaigne.

La crítica: oído absoluto para el futuro.

M. Ts.

LA primera obligación del crítico de poesía es no escribir malos versos o, en todo caso, no publicarlos.

¿ Cómo puedo confiar en la voz de X si él mismo no ve la mediocridad de sus versos?, La principal virtud del crítico es saber ver. Pero si éste no sólo escribe mala poesía, sino que además la publica, entonces es un ciego. Pero se puede ser ciego con lo propio y ver.claramente lo ajeno. Se han dado casos como el de la lírica mediocre del gran crítico Sainte-Beuve. Sin embargo, Sainte-Beuve dejó de escribir versos; es decir, se comportó consigo mismo (poeta) como un gran crítico: tras valorar, censuró. Pero aunque hubiera seguido haciendo mala poesía, el Sainte-Beuve mal poeta, de todas maneras habría sido opacado por Sainte-Beuve, el gran crítico, jefe y profeta de toda una generación. Los versos son la debilidad de los grandes hombres; nada más. Pero sólo eso, una debilidad y una excepción. ¡Y qué no perdonamos a los grandes seres!( ... )

No tiene derecho a juzgar al poeta quien no haya leído todos sus versos. La creación artística es herencia y continuidad. En 1925 explico la obra que escribí en 1915. La cronología es la llave de la comprensión.

--¿ Por qué sus versos son tan diferentes?

--Porque los años son diferentes.

Un lector inculto toma por estilo algo incomparablemente sencillo y complicado: el tiempo. Esperar del poeta versos idénticos en 1915 y 1925 es lo mismo que esperar que conserve en 1915 y en 1925 las mismas facciones.

¿ Por qué ha cambiado usted tanto en estos diez años?

Por obvio, esto no se pregunta. No se pregunta, se atestigua y al hacerlo, se agrega: "Ha pasado el tiempo." Lo mismo sucede con los versos. La similitud entre ambos es tan perfecta que voy a ahondar en ella. El tiempo, como es sabido, no nos hace bonitos más que en la infancia. Y nadie que me haya conocido a los veinte años me dirá, ahora, a los treinta: "¡Qué bonita te has puesto!" A los treinta puedo tener las facciones más definidas, puedo ser más expresiva, original, tal vez hasta bella; más bonitá, no. Lo mismo sucede con los versos. Los versos no se vuelven más bonitos con el tiempo. La frescura, la espontaneidad, la accesibilidad, la beauté du diable del rostro poético ceden su lugar a los rasgos esenciales. Ese "usted escribía mejor antes" (que tan frecuentemente escucho) significa únicamente que el lector prefiere mi beauté du diable a mi esencia. Lo bonito a lo bello.

Lo bonito es un criterio externo; lo bello, interno. Una mujer bonita-una mujer bella; un paisaje bonito-una música bella. Con la diferencia de que el paisaje puede ser, además de bonito, bello (intensificación, elevación de lo externo hasta lo interno) y la música, si es bella, no puede ser-bonita (debilitamiento, degradación de lo interno hasta lo externo). Además, cuando lo que se juzga sale de la esfera de lo visible y lo tangible, ya no se le puede llamar bonito. Por ejemplo: un bonito paisaje de Leonardo. ¡Así no se dice!

"Música bonita", "versos bonitos" son formas de demostrar un analfabetismo musical y poético. Son expresiones vulgares.

Y bien, dijimos que la cronología es la llave de la comprensión. Dos ejemplos: el tribunal y el amor. El juez y el amante parten del momento presente y van hasta los orígenes, hasta el primer día. El juez sigue las huellas a la inversa. No existe un acto independiente, existe un conjunto: el primer acto y todos los que le siguen. El momento presente es la suma de los anteriores y el origen de los futuros. Un hombre que no me haya leído desde Album vespertino (la infancia) hasta El cazador de ratas (el día de hoy) no tiene derecho a juzgarme.

El crítico es juez y amante.

Tampoco confio en aquellos críticos que no sabemos si son críticos o poetas. Algo en ellos no funcionó, algo fracasó y, sin embargo, no tienen deseos de despedirse del mundo de la poesía. A pesar de que su estancia en él resulte incómoda e imprudente, se ven atraídos por la experiencia (del fracaso) propia. Como yo no pude, nadie puede; como yo no tengo inspiración, no existe la inspiración. (Si existiera, yo sería el primero en tenerla.) "Yo sé cómo se hace esto..." Tú sabes cómo se hace, pero ignoras cuál es el resultado. Por lo tanto, a pesar de todo no sabes cómo se hace. La poesía es oficio; su secreto es la técnica; y el éxito depende de un mayor o menor grado de Fingerfertigheit (destreza manual). (Si existiera, yo sería el primero en tenerla.) Generalmente, de este tipo de fracasados salen los críticos, los teóricos de la técnica poética, los críticos-técnicos, que en el mejor de los casos son minuciosos. Pero la técnica convertida en objetivo propio es el peor de los casos.

Algunos, ante la imposibilidad de convertirse en pianistas (la distención de los tendones) se hicieron compositores; ante la imposibilidad de algo menor, algo mayor. Aunque también hay una excepción notable de esta triste regia: ante la imposibilidad de convertirse en algo mayor (ser creador) elegir algo menor ("compañero de ruta").[Nota 89]

Esto último es lo mismo que si un hombre, cansado de buscar el oro del Rin, declarara que en el Rin no hay ningún oro y se dedicara a la alquimia. Se torna esto y esto y se produce oro. ¿Dónde está tu qué ya que sabes cómo?, Alquimista, ¿dónde está tu oro?

Nosotros, los poetas, buscamos el oro del Rin y creemos en él. Y, a fin de cuentas, a diferencia de los alquimistas, lo encontraremos.[Nota 90]

Señores, se necesita justicia, y si no la hay, por lo menos hay que tener sentido común.

Para poder opinar sobre una cosa es necesario vivir en ella y amarla. Tomemos el ejemplo más burdo, es decir, el más evidente. Usted se compra un par de botas. ¿Qué sabe sobre ellas? Que le quedan bien o no. Que le gustan o no. ¿Qué más? ¿ Qué las compró en el mejor almacén, supongamos. También conoce su actitud hacia la tienda y hacia la marca. (La marca es, en este caso, el nombre del autor.) Nada más. ¿ Puede usted juzgar sobre su resistencia,? ¿Su duración? ¿Su calidad? No. ¿Por qué? Porque usted no es zapatero; tampoco peletero.

Sólo quien vive y trabaja esa área puede juzgar sobre la calidad, la esencia y todo lo que no es la apariencia del objeto. La opinión es personal, pero la valoración le pertenece al especialista.

Lo mismo, exactamente lo mismo sucede con el arte. Tomemos un verso mío. Puede gustarles o no, tocarlos o no, puede ser "bonito" (en su opinión) o no. Pero únicamente un conocedor que ama, un ... maestro puede determinar si como verso es bueno o malo. Quien juzga un mundo en el que no vive, coniete un abuso de derecho.

¿ Por qué yo, poeta, cuando hablo con un banquero o con un político no le doy consejos, incluso post factum, tras algún fracaso bancario o estatal?, Porque yo no conozco el banco ni el Estado, y porque tampoco los amo. Cuando hablo con un banquero o con un político yo, en el mejor de los casos, pregunto: "¿ Por qué actuó usted así en esa situación ?" Pregunto, es decir, deseo escuchar y, de ser posible, asimilar el juicio sobre ese objeto que me es desconocido. Como no tengo una opinión propia al respecto y no puedo tenerla, deseo escuchar la ajena. Aprendo.

¿Por qué ustedes, banqueros y políticos, cuando hablan con un zapatero no le dan consejos? Porque el zapatero se reiría en su cara y les diría: "Esto no es asunto suyo, señor". Y con razón.

Sin embargo, ¿por qué ustedes mismos, banqueros y políticos, cuando hablan conmigo, poeta, me dan consejos: "Escriba así..." o "no escriba así". Porque --aunque parezca increíble-- yo, poeta, nunca me he reído de ustedes en su cara como el supuesto zapatero ni le he dicho: "no es asunto suyo, señor".

Pero hay un detalle muy delicado en todo esto. Cuando ríe el zapatero, no teme ofender: el asunto "del señor" es superior. Con su risa únicamente señala la desigualdad. Pero si el poeta ríe, inevitablemente ofende: "el poeta", desde el punto de vista pequeñoburgués, estaría entonces por encima del "banquero". Nuestra risa, en este caso, no solamente señala al otro un lugar, sino que le señala un lugar inferior. "El cielo" señala a "la tierra". Así piensa, así divide el pequeñoburgués. Y con esto, sin saberlo, nos quita nuestra última defensa. No es ofensivo ignorar todo sobre las botas, pero no ser un conocedor de poesía es, definitivamente, humillante. Nuestra autodefensa es la humillación del otro. Tendrá que pasar mucho, mucho tiempo hasta que el poeta logre superar esa falsa vergüenza y se decida a decirle al abogado, al político, al banquero: "Tú no eres juez para mí."

No se trata de superior,o inferior, se trata de tu ignorancia en mi campo y la mía en el tuyo. Estas mismas palabras se las diría, se las digo al pintor, al escultor y al músico. ¿Porque los considero inferiores? No. A ti tampoco te considero inferior. Las mismas palabras que te dirijo a ti, banquero, se las diría al propio Igor Stravinsky si éste no comprendiera la poesía: "No eres juez para mí."

Porque cada quien es juez en lo suyo.

Todo lo dicho anteriormente dejaría de tener valor si hubiera alguien que pudiera borrar los límites de las profesiones. Y por eso, más que a los críticos y a los poetas, escuché las palabras del desaparecido F. F. Kokoshkin, que amaba y comprendía la poesía por lo menos tanto como yo, a pesar de ser un hombre de Estado. ( ... )

Respeta y ama lo mío como si fuera tuyo. Sólo entonces podrás juzgarme.

Pero regresemos a las botas y a los versos. ¿ Qué botas son malas? Las que se desgastarán (el zapatero). Las que se desgastaron (el comprador) ¿qué obra de arte es mala? La que no sobrevivirá (el crítico). La que no sobrevivió (el público). Ni al zapatero ni al crítico --maestros en su oficio-- les hace falta comprobar sus juicios. Lo saben de antemano. El comprador, ya sea de un par de botas o de un tomito de versos, necesita la comprobación del tiempo. La diferencia reside en el tiempo que requiere dicha verificación. Para saber si unas botas son malas se requiere un mes; pero para descubrir si una obra de arte es mala, con frecuencia se necesita un siglo. Ya que lo malo" (lo no comprendido, lo que no encontró profeta) puede resultar excelente, y lo "excelente" (lo que no encontró juez) puede resultar malo. Aquí nos topamos con la calidad del material de las botas y de los versos y con todas sus consecuencias; con lo tangible de la materia y lo intangible del espíritu. Cualquier zapatero regular puede decir si unas botas son buenas o malas con sólo echarles un vistazo. Para esto no necesita intuición. El crítico, para definir si una obra es buena hoy y para siempre, necesita, además de muchos conocimientos, intuición y don de profeta. El material de la bota (la piel) es tangible y finito. El material de la obra de arte (que no es el sonido, ni la palabra, ni la piedra, ni el lienzo, sino el espíritu) es intangible y eterno. No hay botas para siempre. Pero cada verso desaparecido de Safo es para siempre. Por esto (lo tangible del material) las botas que tiene el zapatero están en mejores manos que los versos que tiene el crítico. No hay botas incomprensibles, ¡pero cuántos versos incomprensibles hay!

Sin embargo, tanto los versos como las botas encierran, desde el momento de su creación, un juicio absoluto sobre sí mismos; es decir, saben desde el principio si son de buena o mala calidad. La buena calidad es para ambos la misma: la (per)durabilidad.

Coincidir con el juicio interno del objeto sobre sí mismo, adelantarse a los contemporáneos con cien o hasta trescientos años esa es la tarea del crítico y puede cumplirse únicamente si hay talento.

En la crítica quien no es profeta es artesano. Con derecho al trabajo, pero sin derecho al juicio. (...)

Todo lo expuesto anteriormente se refiere también al lector. El crítico es un lector perfecto que ha tomado la pluma.

1926

MARINA TSVIETAIEVA

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