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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

Todas las religiones son testigos vivientes del camino de la humanidad hacia Dios.


Para fortuna del cristiano contemporáneo, la Iglesia ha delimitado claramente su posición en Nostra aetate, Declaración de las relaciones de la iglesia con religiones no-cristianas, del Concilio Vaticano II, y en una lista continuamente creciente de pronunciamientos papales y otras declaraciones eclesiásticas de elevado nivel. El Concilio dice lo siguiente: [Nota 98]

Desde la Antigüedad hasta el presente, ha existido entre diversos pueblos una cierta percepción del poder oculto que revolotea sobre el curso de las cosas y sobre los eventos de la vida humana... Así, en el hinduismo los hombres contemplan el misterio divino y lo expresan con un inagotable florecimiento de mitos y a través de la búsqueda de una pesquisa filosófica. Buscan liberarse de la angustia de nuestra condición a través de prácticas ascéticas o profunda meditación o un vuelo amoroso y confiado hacia Dios. El budismo, en sus múltiples formas, reconoce la insuficiencia radical de este mundo cambiante. Enseña un camino por el cual los hombres, con un espíritu devoto y confiado, pueden u obtener un estado de libertad absoluta u obtener un alumbramiento supremo por sus propios esfuerzos, o por ayuda más elevada. De igual manera, otras religiones para ser encontradas por todas partes intentan de distintas maneras responder a las incansables búsquedas del corazón humano proponiendo "formas", que consisten en enseñanzas, reglas de la vida y ceremonias sagradas. La Iglesia católica no rechaza nada que sea verdadero y sagrado en estas religiones.[Nota 99]

Se nota que el Concilio puso énfasis en el empuje religioso básico de cada religión "empuje que surge de las incansables búsquedas del corazón humano", siguiendo la profunda introspección de San Agustín. El elemento común del corazón incansable, considerado como experiencia fundamental de la humanidad, es como un puente dorado que toca las costas de incluso religiones tan diferentes como el budismo y el cristianismo e hinduismo e islam. Así, la experiencia religiosa es, desde este punto de vista, una experiencia de búsqueda, de peregrinaje, en donde todos participan, marchando hacia la gloriosa Jerusalén. Esta ciudad puede ser llamada Grail, Nirvana o el Paraíso occidental siempre es la consumación de paz, amor y unión. No es de extrañarse que los monasterios benedictinos a menudo muestren la inscripción, Pax, Paz, sobre el portal. Jerusalén es una ciudad de paz. Y el gran Dogen Zenji dio a su monasterio budista el nombre de Eiheiji, que significa "el templo de eterna paz".[Nota 100]

La raíz más profunda de este anhelo de todas las religiones ha de ser encontrada en la naturaleza del espíritu o, más precisamente, en las ocultas energías de nuestra propia alma espiritual. Es propio del espíritu romper las limitaciones de la materia y, buscar la autorréalización en un reino que comúnmente llamamos el reino de los valores. El movimiento del espíritu es hacia el infinito; su criterio es el de la perfección absoluta. La belleza estética es ya la huella del espíritu en cuestión; la fuente de las aspiraciones éticas está en los manantiales profundos del espíritu del hombre. Belleza estética, aspiraciones éticas y nuestra incansable búsqueda de la verdad y el entendimiento, como Platón y Aristóteles nos lo recuerdan, son todas, manifestaciones de la naturaleza espiritual del hombre. Pero sobre todo --punto que ha sostenido con fuerza Kierkegaard-- la búsqueda religiosa es lo que mejor indica la naturaleza espiritual del hombre o, a la inversa, dado que el alma humana es un alma espiritual, estamos, por nuestra propia naturaleza, comprorrietidos con la búsqueda religiosa. Esta es, finalmente, el significado del famoso dictado de Tertuliano, anima naturaliter Christiana, o del recordatorio inmortal de Agustín, "Nos has creado, Señor, para ti mismo".[Nota 101]

De esta manera, entonces, la religión es el sedimento que deja la actividad del espíritu en el alma. De la misma manera que no hay un ser humano sin un alma espiritual, así tampoco hay un alma espiritual sin la potencialidad innata --la dynamis de Aristóteles-- para la búsqueda religiosa. Así es como entiendo a Pablo cuando habla de la creación "quejándose en un gran acto de alumbramiento" con la esperanza de liberarse de su condición presente (Rom.8:22-23). Todas las religiones participan de este acto de "quejarse" y en eso todas son, de hecho, testigos vivientes del encaminamiento eterno de la humanidad hacia la gloriosa Jerusalén .


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