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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

MICHEL GILLET Y MARYZE ROZAT. Malthus en la literatura popular del siglo XIX


[Nota 1]

FUIMOS un pueblo folletinizado. Antes de vivir malthusianamente, Occidente urdíó una naturaleza folletinesca, fabuló nuevos orígenes y, señalamiento estratégico, trazó una arquitectura folletinesca de la sociedad, que no fue nada más un simple desarrollo comercial del relato en la sociedad, Literatura de una cotidiancidad que se volvió alouvi, el folletón --lugar de matrimonios, abrazos, risas, muertes-- sigue siendo, al parecer, la civilización a la que pertenecemos. Relato de la prolijidad, esta combinación mercenaria y heterónoma fijó nuestro destino, codificó nuestras costumbres, estatuyó nuestros comportamientos conyugales De hecho, estamos obligados a conocer las leyes de la población que regulan el curso de la novela cotidiana. Sin semejantes lecturas, que son el bagaje cultural de la especie industrial, la anatomía del siglo XIX se nos revela como una ciencia falible.

El folletinista no es un estadístico, un balzaciano, sino un casamentero preocupado por una sola familia, y numerosos novelistas se pusieron a leer, a la manera de Richenbourg --voluntariamente autoritario, involuntariamente caricaturesco-- como si supieran un poco más que nosostros sobre la cuestión del matrimonio. La textura del folletín aparece como un remiendo de gacetillas periodísticas, de fragmentos judiciales reunidos en conglomerados en el curso de múltiples capítulos; pero en este universo, hecho aparentemente de ruidos, actúa de principio a fin una conciencia moral, una lógica matrimonial [Nota 2]. Profesoral y didáctico, el epílogo, bella arrogancia nupcial, nos mantiene dentro del código napoleónico. En lo sucesivo, al existir por derecho propio y sin competencia, el matrimonio se opone á la miseria y a la violencia, suscita el desarrollo del bien, verifica mecánicamente el poder de las buenas costumbres. Como realidad incontorneable de la vulgata folletinesca ¿son fecundos los esponsales? ¿No sería un lugar común interrogar a estos relatos acerca de la problemática malthusiaria?

Quintaesencia de las inquietudes filantrópicas, el folletín ignora todo problema político, económico, demográfico y, si no es antes del Segundo imperio, desconoce el nombre mismo de Malthus. Sólo Sue, legatario folletinesco, imaginó una propedéutica antimalthusiana al leer, según parece, a Pierre Leroux.[Nota 3] En las aguas mezcladas de la narración cotidiana y el socialismo Martin, l'Enfant trouvé (Martin, el niño hallado) refuta la metáfora del banquete, que es una escena traumática, no en el plano de la población, que es un plano abandonado, sino en el de la caridad.[Nota 4] Los años que van de 1840 a 1849, los cuales constituyeron un decenio batallador, disertaron sobre la terapéutica malthusiana y, según su costumbre, Sue, copista teatral de lo audible, merodea en los escritos de actualidad con el fin de establecer una realidad folletinesca en la que la caridad se volverá, como corolario de los textos de Leroux, lo imaginario democrático. Como amontonamiento desordenado y glotón todo folletón es el relato de láabundancia compiladora, pero de ninguna manera de la fertilidad, aunque en esos tiempos de esperanza todo socialista tiene que cohabitar con el folletinista. Martin, l' Enfant trouvé es una novela concebida en 1846, cuando el campo de validez de la interpretación folletinesca conserva la huella embrolladora de Leroux, y Malthus, hombre de una sola frase, que es nuestro funesto destino, se afirma en ella como un clínico bárbaro. jamás insistiríamos demasiado en el carácter desapegado, cesible de la imagen del banquete. El hecho de que esta haya sido suprimida después no podría inducir al folletinista a una nueva lectura.[Nota 5] Perito en deslindes que vuelve a asenrar los crueles límites de la aristocracia, Malthus simboliza para siempre el salvajismo de las clases acomodadas:

( ... ) --sí, la caridad es estúpida;.sí, la caridad es peligrosa; sí, la caridad es detestable; y no soy yo quien dice esto, Señores, sino los grandes espíritus, cuyas ciencias y cuyo genio son admirados en toda Europa, y lo que dicen lo prueban con hechos y cifras inexorables. Estos genios son mis santos; sus escritos son mi catecismo y mi Evangelio; y como buen creyente sé mi Evangelio de memoria. He aquí lo que dice textualmente Malthus... San Malthus, uno de los más admirables economistas de los tiempos modernos. Escuchad bien, Señores: [sigue la frase del banquete] ¿Es claro, Señores? --añadió el conde con una alegría amarga y triunfante. Y luego: --¡Cómo! Cuando esta excelente naturaleza, sabia madre... de policía, encarga a la dama Miseria arrojar a este exceso de vulgo ¿ iría yo, por una tonta caridad, a contrariar las instrucciones de la naturaleza ?,... vamos, pues, Señores, eso da pena. ( ... ) es una excelente lectura para disfrute de los propietarios. Con esta sana lectura fortalecerán la conciencia de sus derechos. También encontrarán ahí estas palabras, que los invito a recordad cuando el demonio de la caridad los tiente. Que cada uno, en este mundo, responda de él mismo y por él mismo. Peor para aquellos que están de más aquí abajo. Habría mucho que hacer si se quisiera dar pan a aquellos que gimen de hambre. Quién sabe si aún quedaría bastante para los ricos, pues la población tiende sin cesar a rebasar los medios de subsistencia. La caridad es una locura, un estímulo para la miseria... (...) Malthus era a la vez un hombre de genio y un hombre excelente. No tenía nada en común conesos estúpidos e insolentes reformados contemporáneos que sueñan con la luna y con lo que debería de ser, en lugar de soñar con lo que es. Malthus, que sabía la verdad de las cosas, no quería embaucar, engañar a nadie. Lógico riguroso, convencido de que las masas han estado, están y estarán siempre destinadas a ala suerte más miserable, en su admirable libro prohibió sevetamente a los pobres tener hijos. Y tiene razón. ¿Para qué sirve la simiente de estos muertos de hambre? Marcu, discípulo de Malthus y de Adam Smith, fue otro gran economista, más consecuente todavía. Valientemente propuso la supresión de los hijos de los pobres. Es muy simple: la naturaleza no quiere el estorbo del vulgo y la mortalidad hace las veces de agente de la policia.[Nota 6][Nota 7]

Este apólogo, que es una reescritura del Antuguo Régimen, será como espina clavada en la carne del relato. A través de él, el conde y sus congéneres se atribuyen, de nuevo, un privilegio de universalidad. En la cerrada promiscuidad, en el helado cereminial de estas cuantas palabras Duriveau-Malthus[Nota 8] afirma, con la aridez de una proeza de ujier, la inexistencia y la invalidez de una clase; amenaza con proscripción de todos los plebeyos, purga a la tierra de estos miserables, conducidos así a la nada. Como máquina de guerra, la empresa de Sue se las arregla contra esta codificación de un poder que racionaliza una condena a muerte. El sistema de citas, de incisiones regulares, de marcas rítmicas es una simplificación devastadora que funda el desarrollo dramático. Como florescencia de la emoción, Malthus no puede ser oído, apreciado, juzgado fuera del teatro de los sentimientos. La alquimia folletinesca quiere ser polémica y, por oposición a sus formulaciones económicas, ambiciona la primavera proletaria, promete nuevas tierras más allá de la frontera malthusiana. Con Sue el novelón aspira a conservar un discurso admisible por todos, adquiere un poder extensivo y comprensivo que da cuenta dse los mecanismos sociales y, a continuación, el texto de Leroux, convertido en entidad foletinesca, conoce un nerviosismo y una densidad únicos. Al argumentar Malthus contra el fundamento mismo de todo relato cotidiano: la oficiosidad fraternal, el epílogo, sentimentalismo manufacturador de cierto socialismo, vuelve a encantar al mundo para hacerlo habitable y proclama un igualitarismo de esencia melodrámatica. La modernidad folletinesca, lectora republicana de Leroux, afronta en Malthus a un enemigo de clase.

Como buen hombre que era, el autor de los Mystères (Misterios) creyó que el socialismo tenía en la novela --territorio privilegiado de las formas de iniciación en un porvenir proletario-- una promesa de nacimiento. Encerrarlo en el estrecho marco del reformismo folletinesco, paraje funerario de las violencias obreras, equivaldría a olvidar que una nueva lógica se impuso con el folletín. Sus escritos fueron leídos como melodramas didácticos, y al mismo tiempo que reprueban a Malthus niegan, anticipadamente, cualquier generosidad a los escritos de Montépin, Navery, Lamothe, Féré, etc. Con estos manufactureros de obediencia católica el folletón ya no elogia las reivindicaciones y, como validación del discurso industrial, es una imagen de marca del sistema imperial que se vuelve engaño para comerciar con los proletarios. En lo sucesivo, en el seno de esta totalidad unificada y sin alternativa, la caridad es un fantasma que no puede ser adornado, pues se hace coextensivo a la existencia misma del relato. Como seducción fabulosa y proceso disciplinario conforta la pasividad política e instala en la puerilidad a aquellos que fueron abandonados por Malthus. Esta crianza supone una moral, que es un noble descreimiento meritorio:

( ... ) no se dejen degradar por el vicio, no se dejen envilecer por los consejos de la miseria, los cuales a veces son pérfidos. Sean todos ustedes buenos pobres y verán la caridad de los ricos derramarse hasta el desbordamiento sobre todas las miserias. Lo que cierra los corazones y las bolsas, lo que desalienta aun a la buena voluntad son los errores y defectos de algunos pobres. Cuando vamos a pedir, a interceder en su fávor con los ricos ( ... ) también se nos dice: "Pero sus pobres tienen defectos, son pobres por su culpa, etc, etc." Nosotros los defendemos, clamamos acaloradamente por su causa, pero algunas veces estamos obligados a bajar la vista y a decir en voz muy baja y a nuestro pesar: ¡Ay! sí, en algunos casos es verdad... ¡Oh! por favor, ya no nos inflijan esta pena, ayúdennos un poco a hacerles el bien, traten de corregir sus faltas.[Nota 9]

Así, la literatura cotidiana legitima una concepción aristocrática y, como autoridad de la beneficencia, es ajena a la crueldad malthusiana. Operativa y de ninguna manera conmovida por las condiciones de la población, expresa una fuerza política y no un dato demográfico.

Evidentemente el folletín casi no festeja el matrimonio entre los pobres, sino que más bien condena las veleidades de su unión libre. Algunos relatos se inquietaron acerca de las realidades de la familia obrera, pero con simples comentarios anecdóticos. Al evocar la carestía de las rentas, que es una insolente plaga, Paul de Couder asienta la respuesta de una obrera casada desde hace tres años y que no ha tenido hijos:

¿Qué quiere usted? --respondió la joven mujer, a la vez que desplegaba la mano en torno a ella--, ¡estamos tan estrechamente alojados![Nota 10]

Como castidad malthusiana, la abstinencia proletaria marca incidentalmente a algunas novelas y, más durablemente, a las de Souvestre, quien se burlaba de los filántropos: preparadores anatómicos que acuchillan con placer cadáveres miserables. Lo mismo ocurre con el señor Lormier:

Al permitirle el matrimonio a la gente que no tiene nada se compromete el por venir de las sociedades, se agranda la plaga del pauperismo. La manera de no esperar ninguna felicidad ni ningún reposo consiste en dejar que nazcan cerca de cada pan, como dice Malthus, ¡tres hombres que se lo disputarán! Al igual que los derechos políticos, el matrimonio debería ser un privilegio. Pero no: se le niega al pueblo el sufragio universal, pero se le concede la propagación universal; se le prohibe hacer un diputado, que no le cuesta nada, y se le permite hacer niños que hambrean a la sociedad. Quisiera que un hombre no tuviese derecho a tener un hijo sino hasta después de haber depositado una fianza que asegurase los medios para alimentarlo. Pero dado que las leyes no han tomado ninguna precaución contra esta calamidad pública, la moralidad de los individuos debe suplir su insuficiencia. Es usted bastante razonable, querida, como para no entender esto. Es preciso que renuncie a su proyecto de matrimonio por el bien de todos y, sobre todo, por el suyo, pues qué sería de usted, dígame, una vez casada y convertida en madre, sin otro recurso que un salario que puede serle arrebatado por el cese en el trabajo, por enfermedad, por la muerte. ¿Ya había reflexionado al respecto ?.[Nota 11]

Si, en su conjunto, la literatura fiolletinesca no contabiliza los frutos del matrimonio, sí es la maternidad de una mujer sumisa y se complace en pintar algunos amaneramientos en los que la fecundiclad y la educación manifiestan su única identidad. Como disciplina folletinesca, como aventura obstétrica, la mujer, mamífero placentario, vive bajo la férula de cierta naturaleza, según un calendario despiadado. En el reino del relato cotidiano --cárcel de mujeres-- esta criatura, animal gestador, se asfixia en la horca de la femineidad, pero debemos señalar, sin embargo, que como mujer de una clase privilegiada casi no tendrá más de dos hijos y que el mayor será, por supuesto, un varón.[Nota 12] La familia numerosa se presenta como un hecho de comparzas, como una rareza populachera que sigue el ejemplo de Lestiboude , "quien halló que su familia era insuficiente y creyó que era su deber aumentarla con dos bebés, lo que aumentó a diez el número de sus hijos".[Nota 13]

Que se recuerde en este punto al señor Crépin, personaje de Toppfer, que fue consumido por la educación de sus once hijos, todos los cuales tenían el "chichón del gorrión bobo"...

Al desarrollarse en una población política y numéricamente óptima, el folletón casi no se preocupa de los problemas demográficos, pero se inquieta con la disolución de la célula familiar, con los problemas educativos ligados al niño:

La familia ha caído tan bajo en el orden moral y en su propia estima que aquellos que son su cabeza y su corazón ni siquiera osan asumir la gran responsabilidad de educar a sus hijos. Mientras más vida familiar haya más enseñanza paterna y vigilancia materna habrá. Independientemente de que sea usted obrero, burgués o gran señor, el niño le pesa, su presencia lo liatiga y su mirada lo distrae del gran, único y divino pensamiento del becerro de oro, que es el único objeto digno de su nueva religión, mientras que el niño es puesto en manos venales que lo modelan por una monedas al día".[Nota 14]

Un universo semejante ignora al neomalthusianismo. Sólo Hector France, compañero folletinista de Liard-Courtois y Humbert, profesa, en la ambigüedad de los Mystéres du monde (Misterios del mundo) --mármoles quebrados del soñador Sue-- esta oscura doctrina:

( ... ) Aquellos que empujan al aumento de la población son por lo nienos imprevisores. Lo hacen con miras a un bien, lo sé. Han observado que la población de los estados de Europa aumenta, mientras que la nuestra permanece estacionaria, y al tenier ser devorados por un vecino que se vuelve cada día más poderoso hacen este razonamiento: "Hay que oponer el número al número." Quisieran que, al aumentar el número de sus hijos, los padres de familia prepararan un abundante cocido ¡a las descargas de metralla futuras! Pero las madres no dan a luz sin dolor ni educan con numerosas vigilias y penas,a los hombres para hacer de ellos carne de cañón. Sin embargo, esto es lo que amenaza a la futura generación. ¿Acaso no vale más seguir el precepto de Malthus y decir: "Absténganse"? Es verdad que si nos abstenemos corremos el fuerte riesgo de convertirnos en la presa de nuestros vecinos ( ... ) La tierra es limitada, llegará el día en el que rebosará de demasiados habitantes y, lo repito, al disminuir los campos cada días más bajo el pisoteo humano millones de seres sólo nacerán para matarse unos a otros o para morir por fálta de espacio y de subsistencia. Todo esto es tan claro como el sol que brilla en este momento por encima de nuestras cabezas. [Nota 15]todavía hay valientes familias francesas que dan el bello ejemplo de una escasa fecundidad (...) El Petit Journal ha sido uno de los primeros en aportar a estas grandes familias de trabajadores un testimonio efectivo de su interés y de su simpatía".[Nota 16]

Curiosamente, la narración folletinesca no se afirmó tan procreadora como su sostén y no colaboró de ninguna manera con las polémicas contra el despoblamiento. Hubo toda una literatura oficial que resurgió con Lannelongue, Nadaillac, Bertillon, etc,[Nota 17] pero el folletín se marituvo, callado.

Sin embargo, como el folletín era patriota no se escuchan voces parecidas:

--¡Eh! ¡eh! señor Gauthier, los cerrajeros no son flojos... He aquí a un niño al que hay que bautizar... pero hay otro en camino... Se dice que Francia se despuebla. Trataré siempre, por mi parte, de que esto sea una mentira... [Nota 18]

Y es cierto, pero esta complicidad deshonesta no podría ser confundida con la angustia de un Bertillon... Además, estos comentarios son, según sabemos, de los menos frecuentes. Es la moral y no el poblacionismo, que es un dispositivo del socialismo patriotico, la que vencerá a Alemania. No nos alistó ningún Buonarotti Folletinesco. Así, las numerosas series que pregonan el desquite hablan abundantemente sobre la guerra futura, las alianzas posibles, los armamentos necesarios, pero siguen manteniendo silencio a este respecto, con excepción de esta reflexión de Barthélemy:

( ... ) se afirma que nuestra raza degenera. Es cierto que en cantidad no se incrementa sino insensiblemente, pero no es menos cierto que progresa en calidad. ¿De dónde procede su debilidad numérica.? De la supresión del derecho de primogenitura, se dice, y se observa con justa razón que la disminución del número de niños se manifiesta sobre todo en las familias con recursos. [Nota 19]

Totalmente al contrario, la medicina popular, que es una vulgarización enciclopédica en fascículos, participa, mediante breves señalamientos morales, en la gritería natalista:

Para la sociedad, para la patria, los fraudes genésicos son una verdadera plaga, pues limitan la fecundidad, sin imponer un freno a las ansias sexuales. La población de Francia en particular ha suftido una suspensión en su crecimiento progresivo, y esto todos los estadísticos lo atestiguan con dolor. [Nota 20]

Se trata, pues, de una literatura sentenciosa que rubrica los sortilegios antimalthusianos, los decretos de las ligas moralistas, pero que no numera para nada esos consejos ni dajamás el tamaño ideal de la familia francesa.

Como salvación global el folletín no puede tolerar la enseñanza de Malthus. Al inscribirse en una lógica filantrópica soberana el epílogo establece derechos inalienables para todos y, como medida de salubridad, recrea nuevas solidaridades, santifica a la comunidad endogámica. Como comercialización de sueños simples que anuncian la realización de una convivialidad particular el texto cotidiano se desarrolla como literatura del matrimonio moral. Hay que decirlo: el malthusianismo no es una conquista falletinesca...