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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

José Bianco pierde su reino


¿Cómo entender la obra de Bianco? toda ella parece fruto de la casualidad: Sombras suele vestir --su primer relato, publicado junto con Las ralas por Siglo XXI-- fue escrito para la Antología de la literatura fantástica que prepararon Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y Borges; sin embargo, Bianco se demoró tanto en escribir su cuento que finalmente la Antología se publicó en 1940 sin él; Sur lo presentó en su número 85, de octubre de 1941, y en 1967 fue incluido en la nueva edición de la Antología: se tardó 27 años en llegar a su sitio supuestamente original. La pérdida del reino fue iniciada en 1950 y publicada en 1972, 22 años después; la verdad es que Bianco la había abandonado desde 1955, y en 1970, "porque andaba bastante aburrido, decidí continuarla". Los libros de ensayos Ficción y realidad (1946-1976) --Monte Avila Editores-- y Homenaje a Marcel Proust seguido de otros artículos --UNAM-- son en realidad el producto de los trabajos escritos por Bianco para periódicos y revistas, que se animó a seleccionar y editar gracias a los estímulos de sus amigos. Las ratas, su otro relato, publicado por las ediciones de Sur en 1943, parece ser el único de sus textos que no necesitó de una urgencia exterior para completarse, pero uno podría aventurar que Bianco se vio compelido por el otro, por su conciencia tal vez, para lograrlo.

Bianco hizo literatura a pesar de sí mismo, y aún más: contra su más explícita voluntad, En su terror por una obra grandiosa puede hallarse tanto la conciencia de sus propios límites --sobre todo si, como parece ser, tenía siempe frente a sí la imagen adorada de Proust-- como la perversa certeza de, negándola, construir una obra superior, tan superior y exquisita que no puede prodigarse en derroches sino concentrarse en un par de tomos incomparables. Los de Bianco lo son pero, aun así, uno no deja de ver en ellos una construcción trunca, inacabada, inarmónica.

Hablando de Marcel Proust, Bianco da la clave de una interpretación que, especulativa y todo, me parece la más justa: de la enfermedad y el sufrimiento surgen las obras admirables. Proust escribió En busca del tiempo perdido luego de la muerte de su madre y como un recurso secreto para recuperarla y para deshacerse de ella definitivamente; en Borges es evidente también el deseo de reconquistar un pasado glorioso, el de sus abuelos militares, a través de las palabras; Truman Capote lo dice de otro modo en el prólogo de su Música para camaleones: Dios da al mismo tiempo la página y el látigo: la página para que el escritor se exprese en ella, y el látigo para que se torture; en El arco y la flecha, Edmund Wilson sustenta en la desdicha vital toda una teoría literaria, y hace de Dickens (huérfáno, pobre, solitario) un ejemplo clásico; Juan Quiñones, el personaje de la tetralogía de Emilio Rabasa, ese divertido escritor mexicano del siglo XIX, lo dice en El cuarto poder: "El hambre es el origen del talento". En fin, esta tradición literaria puede llegar al infinito y tiene en Lord Byron, en Oscar Wilde y en Jean Genet algunos de sus arquetipos. Bianco no sufrió ni tuvo enfermedades, no fue herido jamás: ¿de qué podía escribir ? Sólo cle la imposibilidad de hacerlo. Hizo de su felicidad la causa de su tristeza, el único surtidor de una literatura que desea permanecer.

Escribir de no poder escribir. La pérdida del reinoque toma su nombre de los versos de Darío que sirven de epígrafe, extraídos de su Nocturno dedicado a Mariano de Cavia: "Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido/ la pérdida del reino que estaba para mí..." es la relación del fracaso literario de Rufino Velázquez, un hombre acosado por una biografia monocorde y atroz, perseguido por la insatisfacción de una vida sexual descubierta tardíamente y convencido de que es imposible escribir de lo que se ignora. Rebasada la línea de los cuarenta años e impulsado por una de sus amigas-musas-amantes, Velázquez empieza a reunir materiales para una novela que será la narración de su propia existencia, una vida que parecía garantizada hacia la felicidad y que con el asesinato del padre, el descubrimiento de sus infidelidades y el enamoramiento imposible de Ruflo --su nombre típico en el libro-- por su media hermana, Inés Hurtado (luego Inés Venturelli) y por Laura Estévez (a su vez, laberínticamente, media hermana de Inés), termina por ser arrastrada a la desdicha y la confusión. Una muerte temprana, producto de una enfermedad que conduce a la parálisis progresiva, cierra definitivamente la puerta de Velázquez hacia la literatura e interrumpe los aprestos de conquista del reino que estaba para sí.

Bianco se sirve de un recurso conocido pero eficaz para contar la desgracia de Rufino Velázquez: inventa a un narrador anónimo que, en las primeras páginas de la novela, conoce accidentalmente a un Velázquez en la víspera de la muerte; se identifican, congenian y, poco antes de fallecer, el escritor fracasado pone en manos del escritor desconocido la caja de sus apuntes y recuerdos. La novela ha empezado por el final, que es su verdadero principio; el narrador entiende el absurdo compromiso moral en el que se encuentra, y de esa caja íntima extrae los elementos para escribir la novela de la vida triste de Rufino Velázquez que Rufino Velázquez no pudo escribir.

El juego es extraordinario y revela nuevamente la obsesión de Bianco por separarse de la literatura para pennanecer en ella. Su gran novela es la novela escrita por una mano anónima acerca de la novela que el novelista original no escribió; es, entonces, un producto bastardo, un accidente, un proyecto realizado por el sentido del deber, una simple casualidad. A reserva de interpretaciones ambiciosas y fallidas, y sin el deseo de caer en la trampa de identificar a Rufino Velázquez con José Bianco, todo Bianco está aquí, más que en la trama, en la estructura de la novela, en el modo elegido para escribirla. Y Bianco está también en el tema --ser escritor es imposible, nadie es escritor, nuestras mejores páginas las han escrito los otros-- y en el sentido de las anécdotas: si la vida, como resulta evidente, es aburrida, la literatura no tiene por qué no serlo. Uno descubre estas cosas luego de la angustiosa lectura de la novela, pero en su transcurso no puede cludirse la idea de que las modestas orgías y las risibles subversiones de esos jóvenes burgueses de Buenos Aires son triviales y absolutamente prescindibles. Es molesto descubrir esto en Bianco, verlo de pronto narrar como en México lo hacían Juan García Ponce, Salvador Elizondo o alguno más de los escritores de los sesenta, aferrados a una sensualidad "perversa" o a cierto experimentalismo formal que ahora --y tal vez desde entonces-- huelen arancio

Hay que agradecerle a Bianco esa épica del fracaso; agradecerle la musicalidad y el final súbito de Las ratas, con ese facinante personaje adolescente desde cuya perspectiva están narrados los hechos; agradecerle la magia torturante de Sombras suele vestir --el título se debe ahora a Góngora en Varia imaginación-- y la gracia, la erudición, el buen sentido y la ironía de sus mejores ensayos: "Centenario de Proust", "El ángel de las tinieblas" (sobre Proust y Léautaud), "De nuevo Julien Benda" y "Así es Sarmiento"; agradecerle también ese Señor Baranowski de Modigliani en la portada de su libro. Yo, por mi parte, le agradezco a Bianco un milagro que le atribuyo: haber encontrado, diez años después de su publicación, la edición original de La pérdida del reino, que desde siempre tuvo fama de inencontrable, en una librería desconocida de la ciudad de México.


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