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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

2. Los juegos del intercambio


Entre 1400 y 1800 existe una muy imperfecta economía de intercambio, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos y de la que muy lentamente emerge la economía de mercado. Por lo tanto, constituye una auténtica arbitrariedad reducir la historia económica a la economía de mercado. Es cierto que el intercambio es la vida económica, pero ésta no se puede reducir a una sola forma de intercambio, de la misma manera que no se puede homologar la economía de mercado con el capitalismo. Tampoco, por otro lado, se puede confundir el uso (o valor de uso, si se quiere) de los productos con una categoría económica, ya que el uso es del dominio de la vida material.

El mercado no es, por lo tanto, una categoría económica invariable y aún hoy, en 1986, podemos y debemos preguntarnos, por ejemplo, ¿qué características presenta el mercado en un país en el que, como México, todavía hay buhoneros, pregoneros, tenderos y mercados y ferias de pueblo hasta una o dos veces por semana?, aun cuando estas formas de intercambio coexisten con el complicado y sofisticado juego de las acciones que se venden y revenden sin que se las posea de acuerdo con los modernos procedimientos de ventas a plazo o con prima.

A partir del siglo XVIII, que es un siglo de aceleración económica en Europa, la economía de mercado crece sin cesar (tiendas y mercados urbanos llegan incluso a los pueblos, los buhoneros multiplican sus actividades y se desarrolla el private market --es decir, el mercado de las compras directas, a menudo anticipadas,a los productores, y el de las compras a los campesinos, fuera del mercado, de lana, trigo, telas--, por oposición al public market, vigilado por autoridades urbanas altaneras), pero su crecimiento no se generaliza ni mecánica ni automáticamente. Dentro de la misma Europa cada país tiene sus regiones marginales frente a esta economía: Beaucaire en Francia, los Alpes y el Mezzogiorno en Italia, los Balcanes, Polonia, Rusia y, por supuesto, el Nuevo Mundo que, todavía hoy, mantiene otro tipo de economías en muchas regiones. Esto es obvio en el caso de México, pero es evidente sobre todo en Guatemala, El Salvador, Honduras, Bolivia, etc. Ciertamente, en su obra Braudel habla sobre todo de Europa, y no sin razón, pues el oficio de historiador se desarrolló en Europa, y de aquí que los historiadores europeos se hallen, por lo tanto, ligados naturalmente a su propio pasado. Pero nada de esto anula otras historias, como la de América Latina, de las que Braudel habla aun con mayor conocimiento de causa que muchos historiadores locales; sabe perfectamente que aun cuando, comparada con otras economías, la europea parece deber su desarrollo a la superioridad de sus instrumentos e instituciones (bolsas, diversas formas de crédito), todos los mecanismos y artificios del intercambio se encuentran fuera de Europa, desarrollados y utilizados en diferentes niveles.

En esta obra rebosante de ideas se escribe sobre el capitalismo no para execrarlo, sino para observarlo atentamente, sin vergüenza y sin actitudes maniqueas. Por primera vez no asistimos a un enfrentamiento entre los buenos y los malos, sino a una confrontación entre lo que se hace y lo que no se hace, entre lo posible y lo imposible, entre lo cotidiano y lo inesperado, entre los inventos y las reacciones contra los inventos. Y precisamente por esto no hay lucha de clase sino intercambios, grandes o pequeños, que no son teleológicamente gobernados. Del siglo XV al siglo XVIII es posible observar en Europa un enorme sector de autoconsumo ajeno a los intercambios que, por su parte, existen gracias a una economía de mercado y a un capitalismo que maneja a esa misma economía que es, a la vez, su condición previa. Visto así, el capitalismo es para Braudel una realidad del Antiguo Régimen, que no traduce un nivel superior, brillante y sofisticado, que no abarca al conjunto de la vida económica y que no crea un "modo de producción" propio que tienda por sí mismo a generalizarse.

Un error frecuente entre los historiadores de la economía consiste en creer que todo es economía de mercado (precios del mercado con sus altas, sus bajas, sus crisis), en reducirlo todo a economía de mercado. O bien, en privilegiar a tal punto esta economía que se olvidan absolutamente, de la producción y el consumo y, también, de que esta economía únicamente pone en relación a la producción con el consumo. Al proceder así se dejan de lado, en beneficio de la economía de mercado y el intercambio, pero no de la realidad, la vida material y el capitalismo. Además de la economía de mercado existe la masa profunda de la vida material a la que llegan a tocar los precios del mercado, pero no la penetran ni la arrastran siempre. No tomar en cuenta esto implica hacer de la historia económica algo terriblemente incompleto. Es verdad que del siglo XV al XVIII existe una economía de mercado a escala planetaria. Planetaria, pues, pero no absoluta: existe por doquier, pero sin absorber todo lo que existe.

Hay muchas cosas que han hecho cambiar o han falseado al mercado. Por ejemplo: los precios, que pueden ser arbitrariamente fijados por los monopolios de hecho o de derecho.

Se puede creer, como Braudel, en las virtudes y en la importancia de una economía de mercado, pero no se puede creer en la exclusividad de su dominio.

Entre los siglos XV y XVIII hay ciertos procesos que no se pueden incluir dentro de la economía de mercado. Para describirlos, Braudel utiliza esa palabra desacreditada: capitalismo.

La revolución industrial se anuncia mucho antes del siglo XVIII y, aunque el uso de la palabra capitalismo es reciente (Werner Sombart, 1902), el capitalismo existía desde antes. Un terrible ejemplo de este capitalismo son los países que hoy tratan de realizar, infructuosamente, su revolución industrial. No existe una ruptura total ni una discontinuidad absoluta entre el pasado --aun lejano-- y el presente.

La palabra capitalismo recibe su sentido de las dos palabras que lo subtienden: capital y capitalista.

Si el capital no es otra cosa que masa de medios sin cesar puestos en obra, y el capitalista el hombre que preside o trata de presidir la inserción del capital en el proceso de producción al que están condenadas todas las sociedades, el capitalismo es, en suma, la manera como es conducido, con fines poco altruistas, ese juego de inserción. Pero la palabra clave es la palabra capital (que en los estudios de los economistas se ha convertido en bienes de capital), dado que no sólo designa las acumulaciones de dinero, sino también los resultados utilizados y utilizables de cualquier trabajo llevado a cabo con anterioridad. Los bienes de capital, en cambio, no merecen este nombre más que cuando participan en el progreso renovado de la producción. Y por esto mismo no existe una sola sociedad que no haya acumulado ni acumule bienes de capital, que no los utilice regularmente en su trabajo, los reconstituya y los haga fructificar, Es evidente, entonces la existencia del capitalismo sin que exista, al mismo tiempo, una economía de mercado. Pero, ¿cómo distinguír entre el capitalismo y la economía de mercado?

No es posible una distinción perentoria, pues existen por lo menos dos formas de economía de mercado. Una de ellas es la que Braudel llama transparente. En ella están presentes los intercambios cotidianos del mercado, los tráficos locales o de corta distancia y, a más larga distancia, los regulares y previsibles, de donde emerge, precisamente, el proceso capitalista. También están aquí presentes, es obvio, el productor, el intermediario y el cliente. Y es precisamente a través del intermediario como se cede un poco el lugar a la otra economía, es decir, a la economía no transparente, en la que la competencia casi no existe. Pero la economía no transparente también puede ser el resultado de una hambruna, por ejemplo.

En el siglo XV el comercio interior de Portugal, observado en su masa y en su valor monetario supuesto, es superior al comercio de la pimienta y de las especias, pero se halla bajo el signo del trueque, del valor de uso. En cambio el otro se liga a la economía monetaria y permite una gran acumulación de capital que hará surgir a los grandes negociantes separados de la masa de mercaderes. El capitalismo no es, resulta evidente, el mundo de la producción, sino el de las letras de cambio, los banqueros, etc.

El mundo de la mercancía era un mundo muy jerarquizado, que iba de los oficios más humildes a los negociantes, pasando por los tenderos, los cajeros, los corredores, los usureros. Pero la división del trabajo, o especialización, o modernización que afecta a toda la sociedad, no afecta a su cima: los negociantes-capitalistas. Hasta el siglo XIX el comerciante de altos vuelos jamás se limitó a una sola actividad. No era comerciante en una sola rama y era, en cambio, al mismo tiempo y según las ocasiones, armador, asegurador, prestamista, prestatario, financiero, banquero y aun empresario industrial o explotador agrícola. No fue necesario esperar, es evidente, la fusión del capital industrial con el bancario para llegar al capital financiero y al imperialismo. Por lo visto, los imperialistas siempre han existido.

Por otra parte, no es verdad que el comerciante haya dividido sus actividades entre diversos sectores para limitar sus riesgos. No se diversificó. Braudel piensa que el comerciante no se especializa simplemente porque ninguna rama de actividad a su alcance es suficiente para absorber toda su actividad. Contra lo que se cree, en tiempos pasados no escaseaban los capitales. Así, los comerciantes compraban la tierra para explotarla, o tentados por especulaciones inmobiliarias urbanas, o debido a prudentes aunque repetidas incursiones en la industria, o atraídos por especulaciones mineras. Salvo excepciones, no se interesaban en el sistema de producción, sino en el trabajo a domicilio. Por todo esto, hasta el siglo XIX las manufacturas no son más que una pequeña parte de la, producción. El gran comerciante cambia a menudo de actividad porque la ganancia cambia de sector. El capitalismo es de esencia coyuntural. Todavía hoy una de sus grandes fuerzas es su capacidad de adaptación y de reconversión. Sería inútil pensar en un capitalismo que hipotecara su existencia a sus reservas petrolíferas o cerealeras.

Sólo una especialización tuvo a veces tendencia a manifestarse, el comercio del dinero. Pero antes de 1830-1860 su éxito jamás duró mucho tiempo. Tal vez el edificio económico no podía nutrirlo suficientemente. El capitalismo financiero no triunfa sino hasta el siglo XIX, cuando la banca somete a la industria y el comercio, y la economía adquiere el rigor necesario para sostener a esta construcción.

En resumen, hay dos tipos de intercambio. Hay uno que se efectúa terrenalmente, es transparente y competitivo. El otro, en cambio, es superior, sofisticado y dominante. Y no son ni los mismos mecanismos ni los mismos agentes los que rigen a estos dos tipos de actividad. La esfera del capitalismo se sitúa en el interior del segundo tipo de intercambios.

Ciertamente, hay un capitalismo pueblerino y aun un microcapitalismo de tenderos, pero es en la cima de la sociedad en donde el capitalismo se despliega, afirma su fuerza y se muestra a nuestros Ojos. El capitalismo se aloja en casa de Bardi en el siglo XIV, o en casa dejacques CoeurJacob Fugger,John Law y Necker.

Si con mucha frecuencia no se distingue al capitalismo de la economía de mercado se debe a que los dos han progresado al mismo paso y a que, equivocadamente, a menudo se ha presentado al capitalismo como el motor del progreso económico (Marx). En realidad, todo el peso ha recaído sobre la espalda de la vida material. Cuando ésta crece todo prospera. La economía de mercado también crece rápidamente a sus expensas y extiende sus nexos. El capitalismo, por su parte, siempre se beneficia con esta extensión. Schumpeter se equiveica cuando dice que el empresario es el deus ex machina. Si hay algo determinante es el movimiento de conjunto y el capitalismo existe a la medida de las economias sobre las cuales se asienta.

Aun cuando es el privilegio de unos cuantos, el capitalismo es, sin embargo, impensable sin la complicidad activa de la sociedad. Forzosamente, es una realidad del orden social, del orden político y aun de la civilización, pues es preciso que, de cierta manera, la sociedad entera acepte más o menos conciente.nente sus valores aunque no ocurre así siempre, al menos en su periferia.


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