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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

3. El tiempo del mundo


Todas las sociedades se descomponen en múltiples "conjuntos" económicos, políticos, culturales y social-jerárquicos. Ningún conjunto se comprende sin sus nexos (acción, interacción) con los otros. Esa forma particular y parcial de la economía que es el capitalismo sólo se explica en sus relaciones con los otros "conjuntos". Así, el Estado moderno, que no hizo al capitalismo sino que lo heredó, a veces lo favorece, a veces lo desfavorece, a veces lo deja extenderse, a veces lo bloquea. Pero lo que sí es verdad es que el capitalismo sólo triunfó cuando se alió con el Estado. Desde este punto de vista su primera gran fase la cubren las ciudades Estado de Italia: Venecia, Génova y Florencia. Después vino Holanda, en el siglo XVII. Siguió a este país Inglaterra, a partir de la revolución de 1688. Francia tuvo su momento en 1830.

El Estado es hostil o favorable al mundo del dinero de acuerdo con su propio equilibrio y su fuerza de resistencia. Lo mismo ocurre con la cultura y la religión. Al principio, la religión le dijo no a las novedades del mercado, el dinero, la especulación y la usura. Después, acabó por decirles sí. No son pocos los escritores y los pintores que, en el siglo XX, en México, le han dicho sí al Estado como manera de decirle sí al dinero.

Desde el punto de vista de Braudel es falso, por lo tanto, que el capitalismo haya sido creación del protestantismo o aun del puritanismo (Max Weber). Los países del norte no hicieron otra cosa que ocupar el lugar brillantemente ocupado durante mucho tiempo antes que ellos por los viejos centros capitalistas del Mediterráneo. Además, no inventaron nada ni en la técnica ni en el manejo de los negocios. Así, Amsterdam copió a Venecia, Londres copió a Amsterdam, Nueva York copió a Londres y México no copiará a Nueva York.

Lo que está en juego cada vez es el desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial. Y esto por razones económicas que no afectan a la naturaleza propia o secreta del capitalismo: las finanzas, el tiempo del mundo. En cada momento hay un país nuevo que triunfa sobre un país viejo y hay también un vasto cambio de escala, como el que se produce, hacia fines del siglo XVI, al pasar del Mediterráneo al Atlántico. También se puede percibir en cada ocasión un ensanchamiento de la economía en general, de los intercambios del stock monetario. Pero es el progreso de la economía de mercado la que, fiel a la cita en Amsterdam, soportará sobre sus hombros las construcciones amplificadas del capitalismo (las finanzas).

El error de Weber deriva del hecho de haber exagerado el papel del capitalismo como promotor del mundo moderno. Pero el problema esencial no es éste. La verdadera suerte del capitalismo se juega frente a las jerarquías sociales.

Cualquier sociedad evolucionada admite varias jerarquías dispuestas a abandonar la planta baja donde vegeta el pueblo. Por esto existen diversas jerarquías religiosas, políticas, militares, monetarias. De una a otra hay, según los siglos y los lugares, oposiciones, compromisos, alianzas y a veces aun confusión. En el siglo XIII, en Roma, la jerarquía religiosa y la política se confunden, al mismo tiempo que en torno a la ciudad, gracias a la tierra y a los rebaños, nacen los grandes señores, y dentro de la ciudad los banqueros de la curia ascienden muy alto dentro de la jerarquía. En Florencia, a fines del siglo XIV, la antigua nobleza feudal y la nueva gran burguesía no se distinguen. Contrariamente a lo que ocurrió en Roma y Florencia, durante mucho tiempo la Francia del Antiguo Régimen no asignó a los comerciantes, aun cuando eran ricos, más que un papel sin prestigio frente al rey y la corte.

Hay tantas formas de éxito como sociedades. Y si bien es cierto que en Occidente los éxitos de individuos aislados no son raros, la historia muestra que estos éxitos deben inscribirse en el activo de las familias vigilantes, atentas, empecinadas en acrecentar poco a poco su fortuna y su influencia, y con mucha paciencia, puesto quesu ambición se inscribe dentro de la larga duración. Así, se habla de los méritos de las grandes familias, del linaje, de lo que se llama, con un término que se impuso tardíamente, historia de la burguesía, portadora del proceso capitalista, creadora y utilizadora de la jerarquía que será la espina dorsal del capitalismo, dado que para que éste asiente su fortuna y su poder debe apoyarse simultánea o sucesivamente en el comercio, la usura, el comercio con países lejanos, el oficio administrativo y la tierra.

La feudalidad es, en beneficio de las familias señoriales, una forma durable del reparto de la riqueza de la tierra. A lo largo de varios siglos la burguesía fue el parásito de esta clase privilegiada. Vivió cerca de ella y contra ella. Se aprovechó de sus errores, de su lujo, de su ociosidad, de su falta de previsión. Se apoderó de sus bienes gracias a la usura y, finalmente, se deslizó dentro de sus filas hasta confundirse. La burguesía ya se había mezclado con la nobleza cuando se inició la modernidad. En ese momento ya estaban listos otros burgueses que iban a emprender la misma lucha. El parasitismo burgués es, en suma, un parasitismo de larga duración, pues la burguesía nunca acaba de destruir a la clase dominante de la que se nutre.. Y como muestra es suficiente un botón. Basta con remontar el linaje de los dirigentes de los países totalitarios de hoy para convencerse. Más allá de una oposición ideológica --a menudo formal-- existe la cooperación económica entre el Este y el Oeste. Por supuesto que existen otras diferencias, que no podríamos llamar menores, pero también hay entendimiento, sobre todo cuando se trata de intercambios y de operaciones financieras.

Ocurre que tal vez pasamos actualmente por una especie de descentramiento. La economía, mundo que hasta hoy tuvo su polo en Nueva York, quizá se está desplazando hacia otro lado. Aunque Braudel no cree en esta hipótesis, no es del todo válido descartarla como una posible explicación de las luchas, de los enfrentamientos entre aliados y de la crisis económica actual. Ciertamente, el desplazamiento no se producirla de manera inmediata, pero hay signos que parecen anunciarlo. También puede ocurrir que no estemos al borde de un descentramiento, sino de un recentramiento que constituiría toda una novedad en el tiempo del mundo.


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