©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

1. En busca de la libertad


Simone Lucie Ernestine Marie Bertrand de Beauvoir nació en París el 9 de enero de 1908 en el seno de una familia pequeñoburguesa. Recibió una educación cristiana, más como parte de la estructura social que como forma de vida. Fue piadosa, tal vez con exageración. Ella misma confiesa: "Era muy piadosa... me confesaba dos veces al mes... comulgaba tres veces por semana, leía cada mañana un capítulo de la Imitación; entre clase y clase corría a la capilla del Instituto y oraba allí largamente con la cabeza entre las manos; durante el día elevaba frecuentemente mi alma a Dios".[Nota 123] Y continúa: "Yo adoraba locamente a Cristo... Hacía un retiro cada año... Deseaba ardientemente unirme a Dios, pero ignoraba cómo hacerlo".[Nota 124] Incluso decide entrar de monja carmelita para consagrarse solamente a la gloria de Dios. "Yo sabía --dice-- que una implacable lógica me llevaba al claustro." A nadie le comunicó su decisión. Unicamente anunció en su casa que ella no se casaría. El padre, sonriente, le dijo: esas cosas son de adultos, no de niños.

En sus Memorias Simone narra sus primeros años, su infancia deseosa de libertad. La infancia: he aquí su primera desgracia. Su familia parecería normal: familia burguesa, ambiente delicado, educación católica, una madre amorosa, un padre culto y escéptico. Pero la niña Simone no es feliz; quiere ser ella misma y no modelada por gustos y opiniones ajenas. Ella, en la edad madura, admite paladinamente, junto con Descartes, que todo el mal radica en la infancia. Y expresa: --La desgracia del hombre procede de que ha tenido que empezar por ser niño.-- Reniega de ser niña, no de haber nacido mujer. Y cómo deseaba no haber tenido que pasar por esa etapa de la vida. "Lo que caracteriza la situación de la infancia es que se halla arrojada en un universo que se le presenta como lo absoluto al que no tiene mas remedio que someterse... El mundo verdadero es el de los adultos, a los que tiene que respetar y obedecer. Los toma por dioses. Contra el riesgo que implica la existencia, el niño se siente protegido por esta cubierta que las generaciones humanas han levantado sobre su cabeza" .[Nota 125]

Simone es la pequeña, la oprimida, la sojusgada. Los adultos son los poderosos, los dominantes, los violentos. Entre la niña y los adultos hay un abismo; son dos mundos enfrentados. Los adultos no la comprenden: "me tomaban por bestia, por cosa". "Esta niña es insociable", "Simone es testaruda como una mula", repetía su padre. Y ella se defiende. Se encierra en sí misma, no juega como las demás ninas, no le gusta salir a la ciudad. En el hogar hay división entre su padre y su madre. "A consecuencia de esto --dice-- yo me acostumbré a considerar mi vida intelectual --personificada en mi padre y mi vida espiritual -- dirigida por mi madre-- como dos dominios radicalmente heterogéneos entre los cuales no podía haber interferencia" . [Nota 126] Y por supuesto Simone se decide por su padre. Ve la falsedad del mundo de los adultos. Y sobre todo le molesta la pasividad y la resignación de la mujer. Siente el peso de su niñez como una carga insoportable.

Con la infancia terminó la sumisión fingida de Simone "yo estaba condenada a la mentira".[Nota 127] Y la oposición se convierte en franca rebeldía. Hacia los doce años se libera del pesado yugo que le habían impuesto. Por naturaleza Simone era radical --o todo o nada-- y decide afrontar las consecuencias de su nueva vida. Había perdido la fe. "Comprendí --asegura-- que nada me haría renunciar a los placeres de la tierra. 'Ya no creo en Dios' me dije un día como del modo más natural. Si hubiera creído en él, no habría consentido en mi interior ofenderle. Yo había pensado muchas veces que todo lo de este mundo nada valía comparado con la eternidad; él valía más que todo; yo lo amaba; ahora de pronto ya no se hacía sentir: todo esto se debía a que su nombre no hacía más que recubrir un espejismo. La idea que yo tenía de él se había sublimado de tal modo que había perdido los contornos, ya nada tenía que ver con la tierra y con la realidad. Su perfección excluía su realidad. Por eso encontré tan poco sorprendente su ausencia en mi corazón y en el cielo. No lo negaba para quitarme de encima un estorbo, más bien me daba cuenta de que ya no tenía nada que hacer en mi vida y concluí que había dejado de existir para mí".[Nota 128]

Rechazó al Dios recibido de los adultos, al Dios impuesto. Y ella, Simone, no quiere imposiciones. Ha leído mucho y quiere ser ella misma, quiere encontrar por sí misma su camino en la vida. El Dios impuesto es irreal. Y Simone ya no cree: "tenía que llegar fatalmente a esta decisión y liquidación. Yo era muy extremista para vivir bajo la mirada de Dios diciendo al mundo sí y no. Por otra parte me había repugnado saltar con mala fe de lo profano a lo sagrado y afirmar a Dios viviendo sin él. No podía hacer componendas con el cielo. Por poco que se le rehúse, es demasiado si Dios existe; por poco que se le conceda, es excesivo si no existe. Desde que he visto claro, corté por lo sano".[Nota 129] Y más adelante asegura: "mi incredulidad no vaciló jamás". Ya no tiene opresión religiosa ni opresión familiar; es ella misma, ha conquistado la añorada libertad. Pero queda sola, radicalmente sola. Se da cuenta de ello. Y asume con valentía esa realidad: "yo estaba sola. Sola: por primera vez comprendía el terrible sentido de esta palabra. Sola: sin testigo, sin interlocutor, sin recursos". Esta soledad es el precio de haber dejado de ser niña, y sobre todo de haber dejado de creer. Y al experimentar su soledad se da cuenta de que debe empezar a experimentar su libertad.


AnteriorRegresoSiguiente