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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1986

El Hospicio de Santo Tomás de Villanueva


Después de morir a mediados del siglo XVI en su sede arzobispal de Valencia de España, el religioso agustino Tomás de Villanueva fue reconocido oficialmente como santo en los principios del XVII, [Nota 30] por lo que, cuando el 28 de mayo de 1665 la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Religiosos Agustinos Ermitaños Descalzos de las Islas Filipinas otorgó facultades precisas a fray Juan de Borja para que, en calidad de comisario procurador pasara a Nueva España y fundara un hospicio para sus misioneros en la ciudad de México, se puede decir que el culto a ese santo era un orgullo actual de los religiosos agustinos, razón que pudo contribuir a que pusieran al nuevo hospicio de México bajo el patrocinio de su nombre.

Fray Juan de Borja poco después cumplió su cometido, y aunque al parecer en los principios lo llamaron Hospicio de Jesucristo, sin embargo pasó a la posteridad, ahora lo rescatamos con su nombre de Hospicio de Santo Tomás de Villanueva. De fray Borja fundador, el padre Agustín María de, Castro aseguró que él y sus compañeros "combarcanos" vieron su retrato en pintura al pie de la escalera del hospicio en 1753, cuando él pasó por México, procedente de su natural España, con destino al oriente.[Nota 31]

La vida de esta institución corrió a lo largo de la porción restante del siglo XVII, de todo el siguiente siglo XVIII, pero la consumación de la independencia de México le anunció su fin, porque los golpes que recibió entonces sólo fueron un anticipo del rudo y definitivo que sufrió al ser expulsados del país los españoles en 1827 y años posteriores. Razón por la cual los religiosos misioneros españoles ya no podrían hospedarse y mucho menos tener la propiedad y la posesión del hospicio y sus bienes.[Nota 32]

La parte que subsiste en pie, convertida en "Hotel Cortés", está situada en el ángulo noroeste de la Alameda "Central" de la ciudad de México. Es un hermoso edificio de dos plantas que corre el lienzo de su fachada hacia ella. En la parte baja una variedad de comercios rompe su armonía; en la planta alta, el garbo de las típicas ventanas del barroco de la ciudad de México alza sus jambas hasta alcanzar la cornisa; ambos cuerpos dan al edificio una esbeltez que ahora sin perspicacia no se advierte, porque el entorno urbano está sumamente deteriorado. Pero unidas a él, la nobleza y la sencillez de la cantera clara, en contraste con el tezontle que cubre los paños de los muros, sólo son el marco de la suntuosidad y de la elegancia de la portada, que carga sus líneas y sus movimientos al centro del conjunto, en que se abre la puerta principal y sobre ella el corazón que simboliza a San Agustín y un nicho en que está la figura bondadosa en escultura de Santo Tomás de Villanueva que, por desgracia, hay que apuntar que se encuentra en estado grave de descomposición a causa, principalmente, del descuido y la contaminación ambiental. En el friso de la portada hay un medallón con esta inscripción: Sto. Tomás de Víllanueva Año de 1780. Una cruz remata el conjunto. Según se entra, aparece un gran patio rectangular a manera de claustro.

Una vez repuesto el espectador de la impresión que produce la magnificencia del edificio, fácilmente advierte que algo le falta. Y la respuesta es sencilla. No está la iglesia, tampoco su torre. Existieron ambas, y aquélla estuvo ricamente alhajada,[Nota 33] como todas las de su tiempo, pero los hombres y sus épocas y sus cosas dieron con ellas por tierra y desaparecieron sus ornamentos. El Hospicio de Santo Tomás de Villanueva no es actualmente un monumento destinado para los tan altos fines que se pretendieron en su fundación, sino que ahora es víctima del uso y usufructo de una cadena internacional de hoteles.


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