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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1986

LORENZO MEYER. Los tiempos de nuestra historia


[Nota 33]

VOY a usar esta charla inaugural para referirme al campo en el que trabajo -la historia política de México- y ha-cer una propuesta: la necesidad de incorporar una nueva é-poca a nuestra conciencia histórica. Esta propuesta no es un número ejercicio teórico sino que también tiene implicaciones prácticas, como se verá más adelante.

Los historiadores nacionales y extranjeros que trabajan los temas políticos del México independiente no manejan una sola y única cronología. Sin embargo, no creo irritar a nadie si afirmo que hay un cierto consenso sobre los momentos en que han tenido lugar cambios significativos en la naturaleza del proceso Político, es decir, cuando una de las características centrales de una época histórica desaparece o pierde im-portancia. Así pues, creo que hay consenso en que los capítu-los de nuestra historia de los últimos 176 años desde el punto de vista del poder pueden ser los siguientes, todos ellos bien conocidos:

La independencia (1810- 1821), once años que se caracte-rizaron por una lucha civil de carácter político y racial de gran brutalidad y que causó enormes daños materiales, sobre todo en el centro M país. Quienes iniciaron la lucha fueron apenas un puñado de criollos, cuyos planes originales consis-tían justamente en dar un golpe de fuerza contra los españo-les y evitar una lucha prolongada y sobre todo una de carác-ter racial. Sin embargo, perdida la ventaja que podría haberles les dado la sorpresa, Miguel Hidalgo y su grupo llamaron en su auxilio a mestizos e indios, y la sociedad criolla -incluida la Iglesia- atemorizada, se unió a los españoles y la lucha se prolongó lo suficiente como para cortar el espectacular creci-miento económico a que dio lugar el "auge de la plata" de fi-nes del siglo XVIII. Al final, el movimiento popular quedó totalmente derrotado y la independencia de 1821 fue un mo-vimiento político de carácter francamente reaccionario.

A la independencia le siguió la difícil época de los caudi-llos y los caciques (1821-1855). La falta de unidad entre las regiones y el centro, entre los grupos raciales y las clases so-ciales, llevó a que una vez concluía la presidencia de Guadalupe Victoria y consumidos los préstamos externos, las fuerzas centrífugas desmembraran el territorio del antiguo Virreinato de la Nueva España. Centroamérica fue la primera en tomar su propio camino y después Texas, finalmente la guerra con Estados Unidos arrancó más territorio, incluida la Alta California. Prácticamente cada región de México se volvía sobre sí misma y desde su óptica provinciana vio cómo se fue plan-teando una lucha de carácter nacional entre conservadores y liberales y en donde el gran perdedor sería, a fin de cuentas, la Iglesia. La figura dominante de la época es el general José Antonio López de Santa Anna, el gran caudillo que termina-ría siendo eliminado del panorama nacional por un cacique suriano, don Juan Alvarez.

El periodo de la Reforma (1855-1861) fue breve pero in-tenso. El eje de la política nacional lo constituyó el plantea-miento de los dos proyectos nacionales antagónicos: el radi-cal, el de la Constitución de 1857, que pretendió negar el pasado colonial y el presente caótico con base en la implantación de una modernidad a la norteamericana que girará alre-dedor de un liberalismo político y económico. Los conserva-dores no se opusieron al desarrollo y modernización de la economía, pero lo prefirieron encauzar por los caminos co-nocidos con una dosis de proteccionismo arancelario y un sis-tema monárquico que conservara a la Iglesia en un lugar central.

A la Reforma le sigue el periodo de la intervención (1861-1867). En estos años Europa -en realidad Francia intentó aprovechar el empate al que había llegado la guerra ci-vil mexicana y el vacío internacional de poder dejado al sur del Río Bravo por la gran guerra civil norteamericana, para construir en México un "estado cliente" que tuviera una for-ma monárquica que se basara en el partido conservador y es" tuviera presidido por un príncipe europeo de corte liberal. El triunfo de las fuerzas del norte sobre las del sur en Estados Unidos impidió que el proyecto cuajara. Con problemas en Europa y sin el colchón que le hubiera proporcionado tener en la frontera norte una república confederada con simpatías por el Imperio Mexicano, el proyecto francés se vino abajo rápidamente. Francia abandonó su aventura mexicana y poco después las fuerzas liberales acabaron militarmente con sus oponente conservadores y con su trágico emperador.

La República Restaurada (1867-1876) fue un periodo igualmente breve, aunque menos violento. Los liberales, ya sin enemigo al frente, se dedicaron a la penosa tarea de re-construir el país, dominar a las fuerzas centrífugas y dirimir por la negociación y la fuerza sus múltiples conflictos inter-nos. Una presidencia fuerte bajo el mando de Benito Juárez es lo que le dio el toque característico a la época. La muerte de Juárez antes de que hubieran podido cuajar las instituciones, volvió a desatar los conflictos internos de la élite liberal.

El Porfiriato (1876-1910) surge como resultado de la fa-lla de las nacientes instituciones políticas republicanas para resolver dentro de la legalidad el difícil problema de la trans-misión del poder. Una vez en la presidencia por la vía de las armas, el general Porfirio Díaz se dio a la tarea de construir una dictadura personal basada menos en la fuerza y más en la negociación. Se trató de una dictadura que no abandonó nunca las formas liberales y democráticas pero que logró va-ciarlas de su contenido vital. La dictadura de Díaz dio como resultado una prolongada estabilidad oligárquica que, Final-mente, puso freno a las fuerzas centrífugas y reinició la cons-trucción de un mercado nacional como la base indispensable para la creación de un estado nacional viable que permitiera a México el ingreso a la modernidad económica. La modernidad política quedó, finalmente, como un tema a ser encarado en el futuro.

La Revolucón Mexicana (1910-1920) es el decinio más violento de la historia de México independiente. En su origen, la Revoluciuón es también el resultado de la debilidad de la instituciones para lograr la transmisión pacífica del mando al más alto nivel, el de la presidencia. También puede ser visto como el cobro por parte de los grupos medios y populares de la cuenta socual acumulada durante el proceso de modernización económica llevado acabo por el antiguo régimen y su dictadura. La violencia social volvió a desatar las fuerzas centrífugas y por un momento el Estado Mexicano siempre desapareción; la vida política y su violencia se rigieron por el ritmo que marcaban los sucesos regionales. En realidad no hubo varias. Otra vez se escenificó la lucha entre cacique y caudillos, pero todos, o casi todos, abanderados de programas de reforma social.

El régimen de la Revolución Mexicana (1920-1940) se inició con el último levantamiento militar que tuvo éxito - el del general Alvaro Obregón - y habría de concluir con la incorporación durante el periodo de Lázaro Cardenas de las grandes oorganizaciones populares -obreros, campesinos,militares y burócratas- al partido oficial, partido que si no era único si era absolutamente dominante. Esta es la etapa de la nueva reconstrucción económica y del surgimiento del estado intervencionista y nacionalista, cuyo momento cumbre lo constituye el movimiento cardenista. El Estado del régimen de la Revolución termina por destacar la legitimidad liberal y se declara abierta, orgullosamente, parsial en favor de los intereces de las clases quen representa la quintaesenciade la nacionalidad mexicana: el campesinado, el proletariado urbano y la pequeña burguesía. A la democrácia social se le colocó en un lugar por encima de la democrácia política, aunque la forma de esta última no se abandonaron. La Presidencia quedó transformada en la en el centro de la del sistema político y´por primera vez, adquirió una importancia mayor, y en cierto sentido independiente, de la persona que lo ocupaba.

Hasta aquí, creo que no hay mucho debate en relación a los periodos a su esencia. Es a partir de1940 que la historiagrafía mexicana empieza a tener problemas con su clasificación. Desde la prsperctiva oficial, el régimen de la Revolución no ha concluir. Pese a ello, el grueso de los historiadores está de acuerdo que con el fin del cardenismo, los efectos políticos y económicos de la Segunda Guerra Mundial - la unidad nacional y el umento de las exportaciones - y la prioridad de Miguel Alemán dio el crecimiento económico através de la sustitución de importaciones por sobre la redistribución de la riqueza, llevaron a que México dejara definitivamente atras la época de la re volucionaria y entrara a lo que se ha llamado - fuera de los círculos oficiales- la postre volución. El el corazón de política es, por un lado la estrategia de crecimiento político por un partido oficial totalmente subordinadoa la Presiodencial, sobre todo apartir de la aliminación de la decidencia encabezada por Miguel Herníquez Guzmán en 1952.

Y es aquí finalmente viene una propuesta: la post revolución también a concluído. El momento exacto en que terminó noes, ni puede ser, muy preciso. Como ocurre en todos los periodos anteriores, el inicio y el término son meras convensiones. En mi opinión, una fecha conveniente de de conclusión puede ser 1982, el 1o. de septiembre para pretender ser exactos. Para ese momento, a punto de conculir el sexenio de López Portillo, se ha pasado abrúptamente de un crecimiento promedio del PBI del 8% anual de una crisis económica de largo alcance alcance, devido a la abrupta caída del principal producto de exportación disminuyen al igual que los cuantiosos prestamos del exterior. México tienen entonces uba deuda de externa superior a los ochenta mil millones de dólares y sin posibilidades de liquidarla. Hay devaluaciónes, control de cambios y desde luego, la expropiación de la banca a quién el Estado culpa de la crisis. Esta expropiación es, es entre otras cosas, una inesperada ruptura de la alianza establecidad en los años cuarenta entre el Estado de la postrevolución y la gran empresa y preservadahasta ese momento.

La crisis de 1982 tiene sus raíces en proceso que se iniciaron con anterioridad, posiblemente catorse años antes, en1968, pero sucede en todos los periodos ya mencionados. Lo que importa destacar aquí es que la crisis de 1982 es tanto en económica como política y que efectó de manera decisiva al modelo económico y, por tanto , al papel de todos los actores políticos clave del modelo postrevolucionario: el Estado interventor, la gran burguesía, clase obrera organizada, los sectores medios , los inversionistas extranjeros,etcétera.

El proponer el fin de un periodo histórico y principio de otro sólo tiene sentido si la nueva periodización ayuda a entender mejor los acontesimientos del pasado, aunque sea un pasado, aunque sea un pasado tan inmediato, y los del presente. Aquí vale la pena subrayar el hecho de que el juicio sobre los acontesimientos del pasado, no puede ser hecho de manera definitiva y permanente.Cada generación reescribe las perspectivas que le dan usu sus sircuntancias e intereses Es inegable que, hoy por hoy, la crisis económica y política es el cristal a través del cual vemos el pasado y proyectamos el futuro.

Si finalmente se acepta que México está entrando a una nueva etapa en su proceso político, entonces lo adecuado es subrayado el hecho central nuevo. En mi opnión, éste este consiste en que el estado interventor se está contrayendo, está disminuyendo su presencia en la sociedad y está dejando que otras fuerzas llenen el espacio que esta quedando vacío. La contracción en sí misma no es de gran magnitud, pero lo importante es que el periodo de expansión, iniciado aún antes de la Revolución y continuado desde entonces, parece haber llegado a punto culminante e iniciado el reflujo.

Aquí la historiografía, el aceptar que estamos viviendo algo nuevo, tiene efectos prácticos pues nos obliga a diriger los esfuerzos no a la reconstrucción de lo que se perdió sino a la creación de algo nuevo, de algo mejor, y que evitela repetición de los errores que nos llevaron a la difícil situación en que nos encontramos ahora. Me parece que eso nuevo debe incluir, por fuerza, la creación de límites al gran poder presidencial y revernir el viejo proceso de centralización. Fue la falta de contrapeso al Poder Ejecutivo lo que llevó a persistir en las políticas erróneas que condujeron a la crisis y, antes, a la creación de las enormes desigualdades sociales que caracterizaron a la sociedad del periodo postrevolucionario.

Confieso que no tengo una idea de cómo llamar a este nuevo periodo político que se inición en 1982 y cuya característica económica es el neoliberismo. Sospecho que su bautizo deberá esperar a ver a cuál de las varias posibilidades de evolución política que se abre ante nosotros es la que finalmente lo va a caracterizar. Una primera posibilidad consiste, simplemente, en prolongar hacia el futro, sin cambio , los mecánismos de control político heredado de etapa histórica anterior. Esto significaría que el cambio de la estrategia económica no le seguiría un cambio en las formas políticas autritaria. Otra forma de decir lo mismo es que el liberalismo económico ya que se empeiza a delinear, conviviría con la persistenciadel monopolio de los puestos ejecutivos por parte del partido oficial, el PRI. Otra posibilidad que desgraciadamente no se puede descartar, sería hacer frente a las tensiones e inconformidades desatadas por la crisis económica y por la perdida de legitimidad de la autoridad, acentuando las características autoritarias del sistema. En una palabra, esta segunda vía significaría sustituir la legitimidad perdida con la fuerza, sería transformar el autoritarismo benigno del pasado que tendía a incorporar a todos los actores políticos de importancia, por uno en donde dominaran las tendencias a la exclusión de aquellos grupos cuyas demandas ya no pueden ser negociadas por el gobierno debido a la falta de recursos.

Una opción mejor que las anteriores sería iniciar desde el centro del sistema, desde la presidencia, una nueva y profunda apertura de la vida política que diera existencia real que diera existencia real a la vida partidaria, Esta evolución llevaría, por fin, a la competencia pacífica por el poder a través a través de la vía electoral y presentación de programas políticos realmente distintos entre sí y con bases sociales diferentes. Una vida partidaria auténtica significaría , de manera inevitable, dar vida a los contrapesos al poder presidencial que se encuentra en la letra de nuestra Constitución pero no en su práctica. Es verdad que, en el corto plazo, esta tercera opción, la democrática y pluralista favorecería a la derecha. Sin embargo, en el largo plazo nadie tendría escriturado el futuro.

Está finalmente, una posibilidad que noes nueva en nuestra hitoria: la de que la crisis desemboque en la violencia, una violencia revolucionaria o reaccionaria. Sin embargo, las circuntancia externas y su alto costo interno la hacen , afortunadamente, poco probable, al menos por ahora,

En fin, y para concluir este breve ensayo, la nueva etapa histórica que nos ha tocado vivir está preñada de amenazas y de peligro , pero también lleva dentro de sí lo posibilidad de sustituir el pasado por algo mejor. Desde luego que la democrácia es una forma de gobierno llena de imperfección y bastante alejada de las utopías, pero, insisto, puede ser mejor que pasdo. Mi apuesta personal va por este camino. Muchas gracias por su atención y buena suerte para todos nosotros.