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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1986

JAIME CASTAÑEDA, Jorge Ibargüengoitia: Humorismo y narrativa


HACE APROXIMADAMENTE AÑO y medio --27 de noviembre de 1983- murió en un trágico accidente aéreo Jorge Ibargüengoitia, uno de los mejores novelistas hispanoamericanos de las últimas décadas y quizá el Unico. escritor verdaderamente humorista de la literatura mexicana.

Sí, sabemos que Ibargüengoitia es un escritor singular: cuando todos respetan y veneran la Revolución mexicana, él hace un libro burlándose de ella; parodia otros libros y hace el relato más exacto de algún episodio histórico: cuando todos escriben novelas contra las dictaduras de América Latina, él escribe una deliciosa farsa, en la que los héroes son tan ridículos como sus enemigos; en un medio donde se venera tanto el culto al yo, él escribe un libro de cuentos en el que todo el tiempo se burla de sí mismo, exponiéndose torpe, ingenuo, pobre, antiintelectual; cuando cualquiera hubiera escrito una novela sociologizante, o una pésima novela policiaca, él escribe una extraordinaria historia de dos criminales que no entienden que lo que hacen es criminal; y, finalmente, escribe un libro en el que en lugar de exaltar con retórica demagogia un episodio de la historia nacional, trata de desmitificar y descifrar el significado de la conspiración de la independencia de México, su alzamiento y posterior fracaso. Y todo desde una perspectiva humorista.

Y conste que digo humorista y no humoricista, término este último, dentro del cual podría inscribirse la tendencia, tan común en ciertos escritores, que tiene como principal objetivo contar cosas chistosas, hacer reír, cayendo irremediablemente en la comicidad, pero no en el humorismo.

Conocí a Ibargüengoitia a través de sus artículos en la página editorial de Excélsior. Mi primera reacción ante esos artículos era soltar la carcajada. Pero luego, por supuesto, venía la reflexión, ya que lo que Ibargüengoitia hacía era satirizar situaciones ficticias, contar historias absurdas en apariencia, que cuando se analizaban se volvían irremediablemente reales y familiares.

El mismo desempacho y naturalidad para contar que había en su columna de excélsior, lo encontré posteriormente en sus novelas; las únicas en las letras mexicanas que logran entregarnos una visión diferente de la realidad nacional.

Después tuve la suerte de conocerlo personalmente, y lo primero que me llamó la atención en Ibargüengoitia fue su insistente buen humor. Hablaba como escribía, escribía como hablaba, y en todo era espontáneo, pausado, gesticulador... ; pero, eso sí, detrás de las palabras y del tono tranquilo de su voz, ¡qué terrible era, qué lúcido e insobornable!

Para Martín Grotjahn el sentido del humor supone madurez emocional: "cuando se controlan las relaciones sociales, cuando el individuo ha logrado -o está próximo a lograr- una relación pacífica consigo mismo sobreviene esta apreciada característica del sentido del humor... El humor y la sonrisa... se perfeccionan e integran en los estadios finales del desarrollo humano".[Nota 38]

El mismo Grotjahn precisa que "el sentido del humor se desarrolla en fases y, gradualmente, a lo largo de toda la existencia. Cada nuevo paso supone el dominio de una ansiedad, y cada conflicto controlado en las diferentes etapas de desarrollo supone un incremento del sentido del humor".[Nota 39]

Según su calidad y su intencionalidad el humor da lugar a varios compuestos humorísticos que oscilan entre el sarcasmo cruel o el chiste burlón y el humorismo, en la medida en que este último esboza una filosofía. El humorismo, hasta cuando sirve a sus propósitos echando mano de algunos otros compuestos derivados también del humor, se confunde con la filosofía.

Nos pueden atraer múltiples características de un texto humorístico: forma, ritmo, estilo, gracia, etc., los cuales pueden contribuir a que un texto se disfrute antes de que se devele el verdadero "mensaje", o la pura delectación estética que nos transmite al final. Naturalmente que a veces un escritor crea su propio estilo dentro del género humorístico hasta con la ayuda del disparate, o gusta de usar de éste, como apuntaba Ramón Gómez de la Serna: "en mi obra siempre ha alternado el disparate con lo que casi lo era".[Nota 40] Pero, salvo casos excepcionales, el auténtico humoristano el humoricista puede norecurrir al contraste o la comparación, narrar el hecho o la idea, tal cual ha sucedido, pero con una buena dosis de gracia, de "chispa", de humorismo.

Sin embargo puede haber confusiones; de ahí que debamos diferenciar por un lado lo que Höffding llama der grosse humor -el gran humor-, es decir, lo que para nosotros seria el verdadero humorismo ', y, por el otro, el chiste, la burla, lo cómico, que sería "el pequeño humor", o como le llamamos al principio, la humoricidad.

Evidentemente el humorista es crítico. Crítico de la vida, pero también artista. Y este artista no es humorista por casualidad., Cuando el humorista escribe una obra está perfectamente consciente M ángulo desde el que trata el tema. El humorista, en cuanto artista, nace con ese don; en cuanto estrictamente escritor, se hace, se puje e igualmente "hace" su actitud. Así pues, se trata de dos categorías bien distintas entre sí, aunque necesariamente tengan que complementarse y completarse. El don, la inspiración del verdadero humorista, viene a ser ese "algo" que impregna y se extiende por toda la obra, diga ésta lo que diga; lo sentimos apenas comenzarnos la lectura.

El humorista, así, será tanto más estimado cuanto más sublime sea su don, ese estado o delicadeza espiritual; es como el poeta, a quien se le perdona un error de forma, pero no de inspiración. Al humorista tampoco puede perdonársele la falta de esa inspiración o " vena". De otro modo el humorista deja de serio y se convierte en un simple chistoso. Pero la actitud vital, filosófica o estética se adquiere, viene de fuera, se asimila y se hace doctrina. Por eso decimos que el humor es una actitud estética de ciertos escritores ante la vida.

De manera que humorismo y comicidad son dos conceptos muy diferentes. Y aunque tienen una misma raíz -el humor- son independientes.

La comicidad proviene de un deseo de reírse de alguien o de algo que hemos humanizado -como señaló Bergson-, de reírse del ridículo; el humorismo puede ser originado por un escepticismo filosófico o político o de cualquier otro tipo. La comicidad es maliciosa; el humorismo, aunque sea irónico, no. El cómico no lo es para sí: necesita público; el humorista no necesita, para su delectación, del lector o del oyente.

El humorismo es razón y libertad, jamás falsificará sus principios para ganar los favores de los poderosos; precisamente lo contrario es lo que ha dado lugar al cómico y al bufón. La comicidad implica un deleite satírico y hasta cierta crueldad; el humorismo no. La comicidad es objetiva, 0 trata de serio, el humorismo es subjetivo, es la interpretación de la realidad que hace el humorista. Recordemos que el humorismo surge de una concepción de la vida, de una actitud filosófica ante la vida, lo cual a la comicidad le tiene absolutamente sin cuidado.

Ahondando más en la diferencia entre humorismo y comicidad o humoricismo, podríamos añadir que el primero puede representar la poetización, la intelectualización, la sublimación del humor, mientras que el segundo no requiere de las inquietudes filosófico- estéticas ni de la actitud vital que son precisas en el humorismo.

Ahora bien, tanto el humorismo como la comicidad admiten varias subdivisiones. El primero puede ser puro, poético, sublime o 11 tierno", y surgir de esa forma de la realidad más estricta, del acontecer al que el humorista, en cuanto hombre, se siente vinculado. La segunda subdivisión es la de un humorismo que podríamos llamar "realista", práctico, aunque ésta tiene un riesgo: cuanto más cargue la dosis de crítica o de moralización y busque una reforma social, cuanto menos valores intelectuales o artísticos tenga, más tenderá, a degenerar en comicidad, Y, en todo caso, esta subdivisión es el puente entre la comicidad y el humorismo puro.

A ésta última subdivisión del humorismo, que podríamos denominar humorismo realista, pertenece la obra de Jorge Ibargüengoitia, que no es de un humorismo puro, sublime (al estilo por ejemplo de un Ramón Gómez de la Serna), pero que tampoco cae en la comicidad o humoricidad vulgar que no hace reflexionar ni conmueve nuestra sensibilidad; tendencia ésta, sí, muy común entre algunos escritores modernos.

Establecida la diferencia entre humorismo y comicidad, aunque de manera muy general, a continuación hablaremos de Jorge Ibargüengoitia y su obra narrativa.

No es fácil hablar de Jorge Ibargüengoitia, y esto no lo digo por lo difícil que es pronunciar y escribir correctamente su apellido de político separatista vasco, miembro de la ETA, sino porque su obra abarca casi todos los géneros literarios: dramaturgo, crítico, novelista, cuentista, guionista y editorialista; y, sobre todo, porque el propio Ibargüengoitia siempre negó ser un escritor humorista. Entonces al público lector no le quedan más que dos alternativas: o pensar que Ibargüengoitia adoptaba poses, porque definitivamente sí es un escritor humorista: o pensar que es un escritor muy malo pues escribía en serio aunque el lector se ría de principio a fin en cada una de sus obras.

Desde luego que lo segundo de ninguna manera se puede aceptar, porque Ibargüengoitia domina la estructura de sus obras (que suele ser sencilla, lineal), domina el lenguaje (de otra manera no serían tan inesperadas ciertas frases, ciertas situaciones, no tendrían el mismo efecto las "palabrotas" que surgen en medio de frases rimbombantes y perfectamente bien hechas); domina el tema (de lo contrario cedería a la tentación de escapar ante una dificultad temática, quizá inútil pero muy real); y si domina todo eso, no puede ser un mal escritor

Y es que Ibargüengoitia tenía ese tipo de sentido M humor, tan escaso en otros escritores, de que Freud dice lo siguiente: "no se halla a disposición de todo el mundo y, ampliamente, sólo se da en contadas personas a las que caracterizarnos diciendo tienen chiste (gracia, ángel ... ). En ese sentido se nos muestra el humor como una especial capacidad perteneciente a la categoría de las antiguas potencias del alma".[Nota 41] 0, en otras palabras, Ibargüengoitia tenía una capa-cidad especial para ver la realidad dentro de una perspectiva peculiar, capacidad que se puede alterar hasta convertirse en un instrumento crítico.

Jorge Ibargüengoitia nació en Guanajuato en 1928. Tres años después emigró con su familia a la ciudad de México, donde estudió en toda clase de escuelas particulares, desde una "escondida" hasta la preparatoria del Francés Morelos, con los maristas. Pasó varios de los mejores años de su adolescencia con los Boy scouts; sus experiencias juveniles le darían mucho del material para sus mejores cuentos.

A los diez años hice un periódico -comentaba Ibargüengoitia- no sé qué tenía adentro, ni sé qué escribí, pero toda la gente que veía ese papel se daba cuenta de que era un periódico; después escribí varios cuentos, pero a partir de los doce años sufrí una especie de bloqueo y durante diez años no escribí y no leí casi nada.[Nota 42]

Obligado por las circunstancias, y como toda persona inclinada hacia las artes, hizo sus primeros estudios en una escuela equivocada; en su caso, la Facultad de Ingeniería de la UNAM. El equívoco duró de 1945 a 1949, pues ese año realizó un viaje a Europa y todo cambió: "entonces me pareció una pérdida de tiempo estudiar ingeniería, dejé la carrera y me fui al rancho que mi familia tenia en Guanajuato. Estuve tres años. Algún día escribiré un pequeño libro sobre esta experiencia. "[Nota 43]

Al regresar a la ciudad de México ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras y obtuvo años después el título de maestro en Letras especializado en Arte Dramático. "'estos años me sirvieron muchísimos cuando salí ya era yo un escritor hasta cierto punto profesional."[Nota 44]

Su orientación hacia el teatro es fácilmente explicable; por aquel entonces Rodólfo Usigli impartía en la Facultad el único curso en que se enseñaba el arte de escribir: Teoría de composición dramática.

En relación con esta época de su vida el mismo Ibargüengoitia nos dice:

Ecualido llegué al umbral de la carrera de las letras, tenía ya veintitrés años, setenta mil pesos en documentos y una experiencia de más o menos lo siguiente: Había estudiado hasta cuarto de ingeniería y lo había reprobado por completo; había trabajado de topógrafo, de laboratorista de mecánica de suelos, de calculista de lo mismo de dibujante, había sembrado jitomate con un éxito arrollador. lechugas, maíz y frijol (sin éxito el frijol); y sabía como limpiar una noria e instalar una bomba. Ahora bien, como ninguna de estas actividades es de utilidad para un escritor, vivía yo de los sotenta mil pesos. En 1953 compré un terreno en Coyoacán, y desde ese momento se acabó mi vida de rentista. Estaba yo a la ventura. Era diciembre, había ya terminado mis estudios para Maestro en Letras, especializado en Arte Dramático sin pena ni gloria, y lo primero que se me ocurrió fue presentarme a la Universidad Iberoamericana a pedir unas clases. Me las dieron inmediatamente y de Doctorado. Durante la primera parte de 1954 ; viví de los $480 que me pagaban por mis clases y los 100 que me daban a veces en la UNAM por sustituir a Usigli; luego en Septiembre, me gané la beca del Centro Mexicano de Escritores y montaron Susana y lo jóvenes, que me produjo mil pesos de derechos. En esa época pagaba yo cincuenta pesos de renta, así que con los mil o mil quinientos que hacía cada mes, podía vivir en la opulencia. Así pasó un año. En 1955, me becó la Rockeffeler en Nueva York. brindándome de esa manera, no sólo la oportunidad de ver otras tierras, sino de poder comprarme camisas cada vez que mediara la gana.. Cuando regresé de los Estados Unidos, me encontré con que el Centro Mexicano de Escritores estaba tan satisfecho con mi actuación que había decidido concederme otra brea. Aquí fue cuando empezó mi neurosis. Se me ocurrió hacer un poco de ascetismo. Dejé mis clases y otras actividades y me reduje a vivir con la beca del centro...[Nota 45]

Su actividad profesional empezó a ser aplaudida y, en 1956, su obra Clotilde en su casa, se incluyó en el tercer tomo del Teatro Mexicano Contemporáneo, publicado por el Fondo de Cultura Económica; y, en una colección similar editada por la empresa Aguilar, de Madrid, se publicaba Susana y los jóvenes. En 1959 la Universidad Veracuzana editó Ante varias efinges y, en 1964, Clotilde, el viaje y el pájaro. Dos años antes, en 1962, había concluido su excelente farsa histórica El atentado, que se editó en Cuba al año siguiente, después de haber ganado el premio de teatro de la Casa de las Américas.

También recibió un premio otra obra de teatro suya, pero nunca se dio a conocer: La conspiración vendida (1960), que con el tiempo sería la base de su último libro Los pasos de López, publicado en 1982.

Hasta aquí su principal labor teatral (ocasionalmente escribió pequeños diálogos escenificables y guiones cinematográficos). Como articulista (crítico, editorialista, cte.) figuró en varias de las mejores publicaciones del país; de 1960 a 1963, en la Revista de la Universidad de México; de 1962 a 1963, en el suplemento cultura¡ de la revista Siempre; igualmente en Diálogos, en la página editorial de Excélsior (1968-1976) y en las desaparecida Snob y Revista Mexicana de Literatura. Desde su fundación colaboró con la revista Vuelta, que dirige Octavio Paz, de la que fue miembro del Consejo de Redacción.

Fue, sin embargo, en la narrativa (novela y cuento) donde Ibargüengoitia alcanzó sus mayores éxitos, a partir de su primera novela Los relámpagos de agosto (1964). Aunque si bien es cierto que su farsa histórica El atentado, escrita dos años antes, ya había obtenido el premio de teatro de la Casa de las Américas. Asimismo hay que recordar que antes de publicar su primera novela, lbargüngoítia ya era bastante conocido y respetado gracias a sus artículos de crítica teatral.

Después de la publicación de Los relámpagos de agosto. extraordinaria caracterización de algunos episodios de la Revolución mexicana, trazada con plumazos simples y directos, pero geniales, elevando la caricatura a un rango superior, hasta convertirla en humorismo auténtico, y también premiada por la Casa de las Américas, en 1967 publicó la colección de cuentos titulada La ley de Herodes, crónicas minuciosas en las que Ibargüengoitia reitera su actitud (vocación de humorista es un libro irónico; pero no en un sentido de sátira malévola, sino más bien en una dimensión paródica y la parodia no necesariamente tiene que implicar maldad. Si con Los relámpagos de agosto Ibargüengoitia devolvió las convenciones de la novela de la revolución a sus raíces más ridículas, en La Ley de Herodes hace lo mismo con la literatura urbana mexicana.

En 1969 apareció su segunda novela Maten al león, que es la obra maestra de la ironía en la literatura mexicana. Obra que nos hace pensar en la corriente novelística de un antiquísimo lastre latinoamericano: la figura del dictador, iniciada por Valle Inclan en 1926 con su admirable Tirano Banderas, novela a la que después siguieron, entre otras, El Señor Presidente (1946) de Miguel Angel Asturias, El Recurso del Método (1974) de Carpentier y El Otoño del Patriarca (1975) de García Márquez (estas últimas posteriores a Maten al león).

Varias de sus experiencias como becario de la Universidad de Stanford y una serie de artículos periodísticos fueron recopilados en el volumen misceláneo Viajes en la América Ignota, que se publicó en 1972.

Su siguiente novela, Estas ruinas que ves (1975), fue quizá menos ambiciosa que las anteriores, pero extraordinariamente divertida. Vuelve plenamente a la autobiografía y al intimismo de sus cuentos. Con esta obra Ibargüengoitia obtuvo el premio internacional de Novela México.

El mismo año de 1975 publicó el libro Sálvese quien pueda, en el que se incluye un conjunto de artículos que aparecieron originalmente en excélsior, y la obra de teatro La conspiración vendida, que había escrito en 1960 y que sería retomada como tema de su última novela, Los pasos de López, como ya habíamos señalado. De todas las obras de Ibargüengoitia, Sálvese quien pueda es la menos conocida y tal vez la de menor valor.

En 1977, y después de muchas correcciones, apareció su siguiente novela, Las muertas. El proyecto de esta obra se remonta a mucho tiempo atrás. Ya en Estas ruinas que ves se mencionaba el caso policiaco de las tratantes de blancas que, a fines de los cincuenta, operaron en el Bajío y recibieron el apodo de "las poquianchis". Ibargüengoitia las bautizó como las hermanas Balandro. Las muertas es quizá su novela más completa, por su hechura y complejidad, pero es también la menos humorística de todas.

La imaginación y el bien dosificado humor de Jorge Ibargüengoitia de nuevo se hace patente en su extraordinaria obra Dos crímenes, publicada en 1979. Esta quinta novela resulta un verdadero deleite, y la función narrativa se da con una naturalidad y una fluidez deslumbrantes. De tema policiaco es, desde luego, la intriga lo que domina en la estructura de esta obra. Dos crímenes refleja la madurez que Ibargüengoitia había alcanzado a través de los años, así como su maestría de escritor.

Finalmente, con el sugerente título de Los Pasos de López, Ibargüengoitia nos deja su último libro publicado, en el que continúa y reafirma su labor desmitificadora y humorística, presente a lo largo de toda su obra. En esta incisiva novela, Ibargüengoitia nos introduce a esa pequeña historia de la Historia, trivializando lo que se supone sublime: el significado y consecuencias que tuvo la conspiración de nuestra independencia nacional.

En la obra novelística de Ibargüengoitia varía su técnica , sus temas; cambia la persona que narra, la colaboración puramente técnica de cada obra, la cronología del tiempo, pero su actitud es siempre la misma: una actitud radicalmente humorística; su concepción de la vida, con todos los pesimismo y desencantos, no es en principio esto; en su estilo reunía el humor como cualidad esencial.

Jorge Ibargüengoitia tiene un "ojo mágico" para ver la realidad; es impresionante la manera en que, como un rayo, llega a sus entrañas; se repite en sus obras esa misión desencantada de tu vida, de nuestra vida, pero sin amargura, sin odio.

Las novelas de Ibargüengoitia son una expresión humorística, desde la actitud inicial anímica del escritor -aunque él siempre lo negara- hasta la alegría formal del estilo. Es cierto que Ibargüengoitia caricaturiza a veces, con mejor o peor intención, al tomar lo más representativo de un todo, lo que puede restar intemporalidad a la obra pero, en cambio, reafirma su realismo.

La fresca prosa de Ibargüengoitia ha seducido a todos los lectores y a los más exigentes críticos. Sólo un talento profundamente minucioso, inteligente corno el suyo es capaz de salir de sí mismo para mirar, con ojos distintos, dispuestos al análisis sereno, lo mismo que los demás miran con preocupación y arraigo.

Otra de las características de la narrativa de Ibargüengoitia que hay que resaltar por último en estas notas es su facilidad para recrear la atmósfera y las costumbres tanto urbanas corno de la provincia. Su sentido del humor ha impedido, afortunadamente, que sus historias caigan en el superado análisis sociologizante, tan común entre nuestros novelistas. Su mérito primordial ha encontrado fuerza en el bisturí: las historias que narra han sido extraídas de la vida misma, presente y pasada, del pueblo mexicano.

Estas son, pues, las características más importantes del estilo de Ibargüengoitia; en las obras hay imaginación, un elemento indispensable y significativo dentro de la creación literaria, pero al mismo tiempo esa imaginación se nutre y se acompaña de las observaciones del autor.

Jorge Ibargüengoitia es un autor que aún no ha sido valorado plenamente. Siempre se le ha alabado su virtud para hacer reír. Ha sido despreciado por ser un escritor "chistoso"; como si humorista s, cómico fueran lo mismo. Pese a todo Ibargüengoitia es un gran escritor. Uno de esos escasos escritores que crecen siempre. Un narrador que satiriza el presente con la historia:

El juego del mundo, el desilusionante y a la vez divertido juego del mundo, Ibargüengoitia lo veía con una mirada tranquila pero que tenía una luz de filo de cuchillo. Humor seco, ha dicho Octavio Paz: humor de ascendencia sajona más que latina, y una cierta inclinación a difamar la realidad. Sí, pero al mismo tiempo, cierta tranquila fascinación por ese juego; juego del mundo, juego de los seres y de las cosas y de la gran Historia y la pequeña historia, y las zancadillas que lo trivializador pone a lo sublime. Empequeñecedor de enormidades, trivializador de. trascendencias. Su método era cotidianizar la historia, someterla al pequeño percance, sorprenderla en zapatillas, desperdigar en anécdotas caseras lo trascendente.

El pequeño Juego del mundo penetraba así en el gran Teatro del mundo y lo disolvía[Nota 46]