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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1986

JORGE HERNANDEZ: Jean Marie Le Clézio, La Conquista divina de Michoacán


Jean Marie Le Clézio, La Conquista divina de Michoacán, Ed. F.C.E., México, 1985, 110 pp. (ISBN: 968 - 16 - 197 7 - 8)

En el año de 1530, a orillas del río Lerma y entre los actuales estados de Michoacán y Guanajuato, el conquistador Nuño de Guzmán tor-turó, improvisó un Juicio y condenó a muerte al último cazonci Tzititzicha. Esa muerte significó el fin del glorioso reino del dios Cu-ricatieri. La espada del conquistador acallaba los cantos y preparaba el silencio para la entrada de otras palabras y de otros cantos.

En ocasiones no resulta difícil ni ilógico pensar en el pasado camino un vasto camino-impredecible. Hay vacíos que provocan lagunas en nuestra memoria. Vacíos que se hallan a merced de mentiras o exageraciones, con las que se rellenan.

Jean Marie Le Clézio, mejor conocido como novelista, logra contagiarnos con la magia y el encanto de una crónica escrita por un religioso anónimo del siglo XVI, Se trata de un texto que desafía al brillo de la espada del conquistador, pues lejos de sufrir la suerte de las estatuas destruidas La Relación de Michoacán preserva la memoria del pretérito chichimeca. Se trata de una consignación de recuerdos, de tiempos pasados en los que los dioses, y los hombres gozaban de un mismo espacio, que no puede ser rellenado por el olvido o la mentira.

Ante la impredictabilidad del pasado los relatos históricos de importancia tienen, a su vez, la intención de ser génesis: hablan de la creación de la Tierra y de cómo llegaron los dioses a asentarse en Cita. A la luz de esta forma de historiar se buscan los orígenes de una len-gua, de una religión o de un gobierno hasta de una nación. Le Clézio refiere que así sucede con los relatos primigenios deI pueblo iraní "con la epopeya del gigante Gilgamés, con el establecimiento del pueblo de Israel o finalmente con las leyendas griegas y escandinavas."

Al igual que en los Libros del Chilam Balam y en el Popol Vuh, la Relación de Michoacán refiere la génesis de la gran nación purépecha. Mucho antes de la conquista española, conquista de poder con ham-bre de oro, Michoacán había sido conquistada en aras de la gloria y con el poderío de los antiguos dioses chichimecas. Es pues, una rela-ción conmovedora que se hace eco de los tiempos en que la poesía y la historia se hermanaban y en los que los dominios de los hombres se hacían uno con los reinos de los dioses.

La historia purépecha se inicia con la llegada de los chichime-cas, guerreros nómadas que se acercan a las faldas de la sierra volcá-nica, a mediados del siglo XIII, guiados por su dios Curicaueri. Es ésta una cronología en donde a cada línea la fantasía y la realidad se mezclan confirmando la coexistencia mágica entre los hombres y sus dioses. Es un texto que se convierte en el testamento y en la memoria del pasado del pueblo de Michoacán, pueblo que, tras siglos de vida nómada y entre miles de batallas y demás ofrendas sangrientas, asien-ta y desempeña un papel importante en las civilizaciones de la América prehispánica.

Las cualidades literarias. de la Relación de Michoacán la igualan con los más grandes textos de la literatura universal. Así, no es de ex-trañarse que Le Clézio refiera pasajes de La Ilíada y La Odisea, recuer-de imágenes de la Chanson de Roland, o compare la muerte de Cando, Señor de Curinguaro, asesinado mientras soñaba por la hija de Tariácuri con el relato bíblico del asesinato de Holofernes, quien tam-bién dormía cuando fue asesinado por Judit.

Entre los muchos motores que impulsan a la historia destacan los engranajes de la magia y las poleas de lo fantástico, que se alimen-tan de batallas, cultivos, héroes costumbres y dioses -hombres que, aún siendo particulares y michoacanos, refieren un pasado de interés y de importancia universales. Tal vez por eso no es ¡lógico que la Con-quista divina de Michoacán refiera acciones de los quenguariechas que, consagrados a la oración y a la guerra y plenos de probidad y valor, recuerdan a los samurai del Mikado del Japón feudal o a los caballe-ros del Rey Arturo.

JORGE HERNÁNDEZ