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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1987

JORGE F. HERNANDEZ. La soledad del silencio: microhistoria del Santuario de Atotonilco, Guanajuato


[Nota 86]

"Quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas."

Jorge Luis Borges

ES PRECISO COINCIDIR con Fernand Braudel cuando afirma que "No existe una historia, un oficio de historiador, que sí oficios, historias, una suma de curiosidades, de puntos de vista", pues hay tantas historias y formas de historiar como intereses u opiniones existen. Los temas y los métodos del historiador responden a la diversidad de teorías, ideas y ánimos que los incitan a historiar. Cuando Luis González hizo una Nueva Invitación a la Microhistoria se abrió la posibilidad de historiar los espacios reducidos, las microcomunidades, dándoles la misma importancia que se le confiere a las macrocomunidades. En lo sucesivo se trata de perseguir el pretérito de la vida cotidiana, que no de rastrear la noche de los tiempos de un pasado universal. En otras palabras, es necesaria una forma de historiar conducida por la pasión por la patria chica, por la bien llamada matria.

Con esta intención se eligió al Santuario de Atotonilco como un terruño a microhistoriar y se buscaron los espacios que podían servir de acceso a la investigación, pero no únicamente con el propósito de enumerar fechas y caligrafiar nombres para lograr un recetario atotonilquense, sino para dar constancia de las épocas y colocar a los personales reales en su relación con el presente. Es decir, para bajar a las estatuas de su pedestal y conocer personajes representados por ellas en sus justas dimensiones, para observar las obras de un pincel privilegiado como el de Poca sangre y entrever los motivos y el ambiente que rodeaban al artista. Así el que hacer microhistórico se puede transformar en la actividad que nos dé memoria de nuestro pasado, tal vez para liberarnos de él, ayudándonos a conocer nuestros presentes y para proponernos un futuro.

Atotonilco, Guanajuato, no es cabecera municipal y no tiene cementerio. Apenas desde 1981 cuenta con una escuela primaria y desde 1748 cuenta con un santuario espiritual que se ha nutrido de numerosas peregrinaciones de fieles que llegan hasta allí para realizar ejercicios de encierro inspirados en los de San Ignacio de Loyola.

El templo de Jesús Nazareno y las capillas del Santuario han introducido al pueblo de Atotonilco en los textos abocados al estudio y difusión arte popular mexicano. Cubiertos de murales extraordinarios, el templo y las capillas son un baluarte del barroco mexicano y un caso singularmente interesante en el catálogo artísticoarquitectónico del país.

En Atotonilco no se han realizado batallas determinantes de guerras trascendentales ni se han firmado decretos presidenciales. Pero este pueblo escuchó los gritos de Hidalgo y de los insurgentes dados en Dolores y, al pasar por Atotonilco, rumbo a San Miguel, los abanderó con el estandarte de la Virgen de Guadalupe que tomaron del interior del Santuario. Este suceso le ha dado a Atotonilco la oportunidad de aparecer, con letras doradas, en las historias patrias. Pero de ahí en fuera poco se sabe de las flores y espinas que han crecido en el lugar desde la fundación del Santuario.

Hay que descartar, por lo tanto, la posibilidad de tomar como punto de partida para llevar a cabo la microhistoria de este lugar la anécdota, bronceada y conocidísirna, de la toma del estandarte por D. Miguel Hidalgo y Costilla. Tampoco se puede considerar como entrada al Santuario el hecho de que bajo sus frescos haya contraído nupcias el insigne general Ignacio Allende. Para los que gustan de estatuas y uniformes relucientes con estos acontecimientos basta para elaborar la consabida historia patria en donde Atotonilco es un punto más del gran mapa macrohistórico. Por otro lado, los historiadores anticuarios o amantes de todo lo conservable pensarán, tal vez, que la entrada al Santuario radica en que su arquitectura, su pintura y los versos plasmados en sus muros representan un tesoro del barroco que nació a pesar de los vientos renacentistas que soplaban en la época de la fundación del templo y que han resistido, con todo y su inevitable deterioro, al paso del tiempo. Los aficionados a recordar, por otro lado, las batallas y los cañonazos de la historia además de contar con las anécdotas monumentales antes mencionadas, "entrarían" al Santuario de Atotonilco por el lado de las veces que ha servido de cuartel; sobre todo cuando la entrada de los carrancistas culminó en el fusilamiento mal ladrón de yeso que se levantaba al lado de la estatua de Jesús crucificado en la Capilla del Calvario del templo.

Tal vez sería mejor considerar a la geografia, a la historia de la región y a la biografía del fundador del santuario como los tres espacios que posibilitan una entrada digna a la microhistoria del lugar. Estos tres espacios hay que considerarlos como paisajes que sirven para ubicar al Santuario de Atotonilco en un punto específico del mapa de la República Mexicana, pero no sólo como coordenadas y paralelos, sino como cultivos y climas, flores, valles, ríos y cerros. Hay que adentrarse en el espacio geográfico intentando conocer los amaneceres y atardeceres, los fríos y los calores que rodean al lugar y determinan los horarios de la vida cotidiana en Atotonilco.

Del conglomerado geográfico surge el conglomerado social. Así, el siguiente paisaje tiene que ser el de los hombres y mujeres del Bajío que cazando, cosechando, comerciando, viajando, explotando minas y criando ganado han conformado otro tipo de panorama en torno al Santuario. No es de extrañarse que del paisaje geográfico tan diverso que ofrecen los caminos de Guanajuato, y del Bajío en general, se formara una mescolanza igual o más diversa: la de los guanajuatenses y abajeños. Todo un revoltijo de rebeldes y apaciguados, de estudiosos y neófitos, de trabajadores y haraganes, de fiesteros borrachos y mochos, de viciosos y de virtuosos. De ahí que el tercer espacio que se presenta como entrada a la microhistoria del Santuario de Atotonilco es el biográfico. Otro paisaje, otro panorama lo representa el fundador del santuario, Luis Felipe Neri de Alfaro: un asceta abajeño por adscripción, místico por convicción y santo por tradición.

Hasta nuestros días se conserva en San Miguel, ahora de Allende, el recuerdo del P. Alfaro como un mártir ejemplar. Cada año efectuaba la peregrinación de Semana Santa de Atotonilco a San Miguel cargando un pesado madero, cubierto de cilicios y realizando las tres caídas ayudado por un fortachón que lo tiraba de los tobillos con una soga. Los actuales ejercitantes de Atotonilco siguen el ejemplo que les legó el fundador de la Santa Casa de Ejercicios Espirituales flagelándose las espaldas y ayunando lo más posible durante la semana que dura el retiro espiritual. No se imaginaba el . Alfaro la cantidad de peregrinos que hasta la fecha siguen llegando a Atotonilco cuando fundó el "relicario de devoción" en medio del "páramo desierto". Así, el tercer espacio refiere las colectas y los milagros, las prédicas y las construcciones de un hombre que, entregado a la vida pastoral y a su fe, dejó las huellas de su penitencia.

La vocación literaria del P. Alfaro, que dedicó enteramente a exhaltar virtudes y ejemplos religiosos, lo ha llevado a ser considerado un auténtico poeta barroco. Los muros del Santurio tienen tienen plasmados de lo poemas de Alfaro, los versos que congujan el sentimiento y erudición, como se puede apreciar en:

¡Pasto y Pastor! ¡Qué raro ofrecimiento!

el cielo te presenta ¡oh peregrino!

¡Pasto y Pastor! dichoso tu destino!

si sabes apreciar el llanamiento.

Pasto y Pastor a un tiempo: ¡Qué portento!

Divino te presenta , si el pastor divino.

Con tal Pastor, ¿quién perderá el camino?

Con Pasro tal, ¿quién perderá el aliento?

Mi Pasto y mi Pastor sois, Jesús Mío:

que así vuestra palabra me lo advierte,

reprendiendo mi loco desvarío.

Y anuniándome en todo feliz suerte,

sois mi Pastor: no temo ya extravío,

sois mi Pasto: no temo ya la muerte.

Así pues, los tres espacios hechos entradas dan passo a que la microhistoria recorra los pasillos, las capillas del tiemplo y sus murales para relatar

Dos siglos de flores y espinas

Los Ecos del Silencio


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