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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1987

El libro: su inmensidad


Enorme como es, habitado de innumerables y prodigiosas páginas, El río, el libro no de memorias sino la "Fábula de mi sensibilidad", de la vitalidad poética de Luis Cardoza y Aragón, exhibe hasta físicamente la naturaleza de su excepcionalidad. ¿Cómo enfrentarse a un libro único? ¿Cómo hablar de un texto que, compartido con el lector, invita a todos los ahogos y ofrece la salvación en el momento del naufragio? Se acepta sin rodeos: El río es inmenso, fabuloso, diferente a todo lo que se ha leído hasta ahora, la suma de una vocación poética radical e irreductible, la cima de una inteligencia, el mejor libro publicado en México no sólo en 1986 sino en décadas, un asombro de la poesía y la prosa mejor y más intensamente escritas. En el lector queda el gozo del acompañamiento, los ojos deslumbrados, la certeza de una nimiedad incapaz de asimilar y sopesar las palabras, una mezcla de gratitud legítima y de esplendor nuevo y enérgico.

En El río sucede lo mismo que con los anteriores libros de Cardoza, pero aquí en plenitud inigualada: el encuentro con una forma de escribir absolutamente personal, ávida de emoción y lucidez, en la que los tradicionales géneros literarios dejan de ser compartimentos estancos para fundar un género indefinible, fuente de las palabras. Cardoza es puntual, incisivo, pletórico, gozosamente desordenado, una corriente que se deja fluir sabedora de que, en las profundidades subterráneas, lo que importa es el ritmo de la inteligencia y de la vitalidad. Todo en la escritura de Cardoza es nuevo, surge en el instante: como nunca antes, como ante ningún libro, se tiene aquí la certeza de asistir a un acto de creación.

En Cardoza la palabra es genésica, ella misma producto del paraíso y hacedora de nuevos prodigios. Las palabras surgen tan vívidamente de la tierra que se les ve aparecer como en el momento del primer hombre, de las primeras y más elementales cosas. El texto no es un eco de pasajes bíblicos o mitológicos: él mismo es nuestra Odisea, nuestro Rabinal Achí de los años ochenta aquí, en este país, nuestro Popol Vuh, nuestro Génesis, nuestro libro del Exodo (con un Moisés heterodoxo, creacionista y cubista, pintado por Picasso, retocado por Diego Rivera, electrizado por el pincel de Orozco, encarnado en una potencia liberadora siempre nueva y antigua), nuestra Visión de los vencidos, el códice de nuestros antepasados. Cardoza se ha sumergido a tal grado en las raíces de la vida y de la poesía, que no es arriesgado asegurar que ningún escritor de nuestro medio sería capaz de rozar en sus textos las fuentes de la vida y de la creación como lo hace Cardoza; todos caerían en el ridículo o en la ofuscación, en la retórica plana o en la reiterativa aparición del lugar común. Sólo el filo de una conciencia exigente y la permanencia crítica de una búsqueda de las palabras han hecho posible un libro como El río.

¿ Por qué frente a cada página he visto la imagen de un hombre arado de cuyos surcos emerge la verdura: extiende el brazo y sobre el bíceps y las venas se alza la milpa rozagante, una selva animosa, frutos y cardos? ¿Por qué en la memoria se imprime la figura de un hombre florido, de un hombre-maceta, de un hombre-invernadero a la intemperie? ¿Por qué es tan placentera y tan difícil la lectura: detenerse a cada párrafo, verse atrapado en el renglón, sufrir por la íntima oscuridad luminosa de lo escrito? El río se lee con pasión y con angustia, con entusiasmos fosforescentes y decepciones inevitables ante la imposibilidad de escudriñar su riqueza, y Cardoza lo sabe de tal manera que dedica muchas páginas a interpretar las cualidades de su ritmo escritural, la naturaleza de su pensamiento desbordado e indomesticable: "No me jubilo de cuidar de salud de mi sintaxis, inquiriendo dónde anda el sujeto de mala catadura de mi larga frase, inquieto por la preposición, el sitio de la coma, paralizado por la claridad y la solidez, cuando nada más anhelo ceñir mi noche y mi silencio con belleza que junte victoriosamente el éxtasis con la deyección", El iló, ese libro exigente: o sintonizas el ritmo delirante de sus páginas o te perdiste la fiesta.

El río es indescriptible, inabarcable, sujeto de relecturas, enigmático, nunca roíble, desbordado; más que testimonio de una "época" y de una "personalidad" --los requerimientos mínimos y convencionales de un libro de "memorias", la trampa biográfica de tanta literatura biográfica mexicana-- es el documento arduamente tangible de una inteligencia: por eso es un libro incomparable. Ha llovido mucho en los últimos días, inusitadamente en el mes de enero, cuando el agua escasea: El río se ha salido de su cauce.

Con Cardoza, uno querría siempre ocuparse sólo de las cosas y los libros que lo apasionan y que la crítica sea la forma del apasionamiento miento más genuino. Pero frente al río cardoziano las armas se derriten y es imposible seguir la conseja de Stendhal: dejar de apuntar al blanco móvil y disparar ya. Los patos y las escopetas: El río se disfraza de pato y te dirige a la cara un bombazo; a ver si sales vivo.


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