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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1987

Cardoza par lui mème


Enemigo de la exhibición narcisista gratuita, el perfil de Cardoza surge sólido e inconfundible de las páginas del libro. Parece ocioso describir los perímetros de esa fotografía, mucho más si se tiene en cuenta que Cardoza se asume a sí mismo como pretexto para su escritura, pero como lectores no podemos negarnos al descubrimiento de una vida tan plena.

La organización misma de El río, con todo y sus heterodoxias, sigue puntualmente el desarrollo cronológico. Desde su memoria prenatal, desde su nacimiento en la ciudad de Antigua, Guatemala, en 1904, desde la angustiosa recuperación imposible de la infancia, Cardoza desenvuelve su propio transcurso: la vida opresiva en la proviticia guatemalteca, la desesperación de un niño que ya anhela absolutos --como todos los niños--, la persecusión política contra su padre, el traslado a la capital del país, el viaje a San Francisco, la decisión de separarse de la familia, la instalación en el París de los años veinte, surrealista y explosivo, la magnífica primera noche en París con el descubrimiento de una libertad y un destino conquistados con dolor, el abandono de la carrera de Medicina, los amigos, la publicación de los primeros libros, viajes a Cuba y a Nueva York, el establecimiento en México, tierra pródiga de adopción, el encuentro con los Contemporáneos y los pintores de la Escuela Mexicana, el trabajo en El Nacional, una década difícil en la Guatemala incipientemente democrática, el retorno a México, las polémicas, la escritura otra vez y para siempre.

Es inevitable hacerse de este itinerario vital aunque su valor en el libro dependa de la propia imaginación de Cardoza y de su reflexión incesante sobre sí mismo y sobre la poesía. No es un simple escenario: es un contexto vital para el desarrollo de una conciencia. Cardoza anula la anécdota por sí misma y la refiere sólo para fijar --aunque descrea de ello-- su propia imagen y la de sus amigos: todo es contingente y vale sólo en la medida en que deja entrever las riquezas de una interioridad, de la propia o de la ajena. El resultado es grandioso e inasible: ¿de qué trata El río? De nada: es un cauce que todo lo congrega.

Este libro es Cardoza: nadie, ocultándose, se había mostrado tanto de cuerpo entero. Es ineludible decir que de estas páginas se desprende el recorrido de un hombre magnífico y de un escritor absoluto alguien cuya obra es ya nuestro patrimonio feliz. Casi tocamos a Cardoza, que de tan sólido y tan dúctil se nos escapa y huye. Cardoza se inventa y se imagina; nos queda esta imagen y la certeza de que su joven longevidad es en él también virtud: de su generación ha sido el más vital, el más erguido, el que vivió su vida para la intensidad y para escribir El río, su magnífica victoria.


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