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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1987

Juan José Reyes: Luis Cardoza y Aragón, El río


El río/Novelas de caballería, Luis Cardoza y Aragón. FCE, México, 1986. 898 pp.QSBN968-16-2387-8).

Las Memorias de Luis Cardoza y Aragón forman un libro complejo, no fácil de abordar. Si todo libro lo es de por sí, y en cualquier medida, el fenómeno crece cuando la ambigüedad es declarada con la intención de asumir la Verdad. No hay nada ingenuo en estas memorias, y si el recuerdo casi siempre es selectivo lo es más la reflexión acerca de él, y desde luego su expresión.

A Cardoza la cultura mexicana de nuestro tiempo le debe no pocos aciertos de importancia insoslayable. Sobre todo en el campe de la crítica de artes plásticas: con todos los excesos que pudieron llevar hasta una mitificación del muralismo y sus creadores, Cardoza no dejó de lado el registro de virtudes indudables: todas del lado inmediatamente artístico, y no del ideológico. Además el escritor guatemalteco ha sido testigo y actor de varios de los hechos y movimientos centrales de nuestra vida cultural: ha sido un activo hombre de izquierda, un divulgador del surrealismo, un opositor constante de las aventuras norteamericanas por las tierras de los centroamericanos. Sus memorias confirman que es un escritor lleno de recursos. Nada es ingenuo. O mejor: nada es inocente. Pero estas memorias causan o sorpresa o desazón tras una lectura que parta de la negación de la ideología.

De entrada el autor declara lo que piensa acerca del ejercicio que ha emprendido. Primero, el ejercicio del recuerdo (y primera manifestación de estilo): "Estoy figurándome que soy un imán que recoge tiempo. Entro desnudo en El río; no viste con palabras sino me desuella. La memoria, pulpo de diamante y humo, succionando la vida: días de cénit sin límite, todo sonrisas y gracias placenteras, y días opacos de lodoso cielo pesado caído sobre las alas". Y ante las tinieblas y la claridad el escritor abre y cierra los ojos. Tiene razón Cardoza: ningún recuerdo, y menos el de las Memorias, aparece ante los ojos de los demás naturalmente. "¿ Cómo escribir la memoria? ¿ Cómo escribir Memoria? ¿Cómo decir lo que me disputa o arrebata el olvido? ¿No viven los ríos de olvidarse, despedazando a su incesante espejo, huyendo de la memoria de sí mismos? Los ríos mueren por agua". No se puede escribir todo lo que ha pasado: el recuerdo revive el pasado, y por tanto lo transforma. De aquí, siempre en ese tono mayor que pide a gritos el acompañamiento de unas "trompas guerreras", el autor pasa a la explicación última, elegante justificación: "¿ No se miente para ser sincero? ¿ No hay entorsos a la verdad cuyo designio no fue engañar?"... hasta la exageración inédita: "Lector mío, me pongo frente al espejo y contemplo tu imagen, y cuando tú estás frente a tu espejo, contemplo mi imagen." De la ambigüedad a la democracia del recuerdo. Frente a su espejo Cardoza parece no haber visto más allá de ese otro espectador... que es él mismo: el recuerdo como ejercicio de la grandilocuencia. Y el espejo, que no podría ser más el río de Heráclito, vuelto el espejo de la madrastra de Blanca Nieves. "Espejito, espejito: ¿a quién endioso y a quién acabo?" Pero en la ambigüedad como método y bandera. El autor de El rió no dirá más que lo que quiere escuchar el espejito, que obediente responde: "No hay más ruta que la nuestra" (y la ambigüedad será sólo un escudo).

Y tal ambigüedad podría funcionar mejor con la ayuda inestimable nada menos que de Agustín de Hipona (bien calladito por el autor). "Escribo ahora y ahora es siempre porque soy El Presente que se agolpa en el triple gemido del tricéfalo cancerbero, en el Trébol del Tiempo, con el Ayer y el Mañana, fundidos en un lóbulo que es más que todo, que es más que Nada, que es más que Tres Espejos en donde contemplo tu rostro, Eternidad" (Las mayúsculas son del autor de El río). Impulsado por aquellas trompas guerreras que había imaginado el gran Darío Cardoza no vacila en identificar su ejercicio con La emoción de Lenin a la cabeza de su pueblo, que se había enfrentado a todo el presente del mundo y a todo el pasado del mundo".

Aquí está la teoría del héroe (de Hegel, no sobra recordar). El héroe cumple la teoría del tiempo de Agustín (sin cábalas): lee en el pasado las líneas que habrán de vivir en el futuro. He aquí a Lenin, y he aquí al escritor de unas memorias que han querido mantener la ambigüedad, para ser auténticas, pero que han partido de un arreglo nada menos que con el espejo del tiempo. "Seremos una sola humanidad a bordo de una balsa denominada Tierra: mientras tanto, persistirán las incompatibiliddes" puede escribir el autor.

Algo ha pasado con la verdad histórica. Los crímenes de los gobiernos llamados socialistas parecen no haber bastado a un tipo muy generalizado de intelectuales: es tiempo de reconocer esos crímenes, pero cualquiera será el tiempo de descalificar a los que los condenan a la vez que condenan al sistema que los hace posibles. Cioran, a quien la izquierda tal vez haya descubierto tarde en México, ha dicho con terrible razón que nadie mata sino es en nombre de la verdad. Tal verdad, y tal asuncion y tal uso de la verdad, es lo que debe ponerse en cuestión. El héroe, este héroe que reivindica Cardoza y que quiere encarnar, está más allá de la legitima reflexión de la inteligencia. Cardoza suena ingenuo, por lo menos, cuando afirma, sin más: "El designio de fondo de Paz ha olvidado la historia de nuestro continente. Ha escrito disparates sobre las luchas centroamericanas. Ha olvidado su propia historia. Su retórica no puede hacer milagros. Y si nos fijamos bien, no escucha, grita... Es demoniaca la ilusión de todo narcisismo."

Cardoza quiere lavarse las manos en las aguas de un río que no ha querido mirar siquiera. La acusación a Paz no es sólo la pretendida descalificación de un poeta mayor y de un pensador seguramente excepcional sino, por mera mecánica, la presunta confirmación de la verdad que dice el espejito propio. Cardoza no es ingenuo. Lo dicen estas frases que siguen a las que anteriormente he citado: "Para ciertos señoritos, la participación de Paz, aun cuando diga lo que ellos callan, les produce inmenso desasosiego que le esconden. Les complacería que fuese sólo una esteta. No disfrutan, no pueden disfrutar, de la amplitud de su conocimiento y su pasión anacrónica" y para ver cuánta nobleza puede correr por el mudable río: "Suelo leer con placer lo más opuesto a mi pensar". Aun la retórica buscada y la pasión anacrónica no pueden deshacer la fascinación ante el conocimiento. Sería fácil desmontar las falacias de Cardoza. Pero sería poco.

El poeta guatemalteco, héroe al fin en el sentido que él concibe, basa su tránsito por el río de la memoria y de la existencia en una vieja táctica: no quedar mal con nadie. Ni con los compañeros de ruta: Paz es anacrónico, retórico, posee un designio de fondo, y por otro lado los señoritos de la izquierda no son capaces de reconocer la fuerza de sus luces. Pero ni el anacronismo, ni la retórica, ni el designio necesariamente oscuro, ni las razones o sin razones de los señoritos aparecen o siquiera son esbozados en estas páginas. Pero el espejito no puede servir para todo: no da razones. Cardoza debió explicar las suyas, si las tiene. No solo por una elemental honradez de autor sino por sentido de responsabilidad de militante: Paz se desvía --afirma--, y bien --preguntaría cualquier lector ligeramente atento--: ¿por qué?

La vida política requiere de la afirmación de verdades. No sucede lo mismo con la literatura. Si en ésta todo se inventa, es preciso reconocer que hay algo que no puede ser invocado ni hallado: la verdad absoluta. Cardoza cree en ella. Sus frases lapidarias y pretendidamente diplomáticas lo prueban de sobra. Pero lo prueba todavía más su estilo. Ya no es ingenuo achacarle a Paz el empleo de alguna retórica. Por desgracia es torpe. Todo el libro de Cardoza está tejido con todas las lentejuelas y las crinolinas de lo cursi y con todos los meles de las marchas de las victorias soñadas. Y más que retórica hay anacronismo: la suscripción de la verdad dictada y el embate del lenguaje grandilocuente, tribunicio, nada menos que frente a la usufructuada ambigüedad de la existencia y de la historia. Y el presente que es todos los tiempos es aquí sólo la triste resurrección del pasado que ya nadie podría recordar.

JUANJOSÉ REYES