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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1987

Eduardo García Correa: Ryszard Kapuscinski, El emperador


Ryszard Kapuscinski, El Emperador (la historia del extrañísimo señor de Etiopía), Siglo Veintiuno Editores, México, 1980, 168 pp. (ISBN 968-23-1010-5)

En general la reciente historia etiope resulta desconocida, y tal vez hasta es considerada irrelevante. La lejanía geográfica entre México y Etiopía hace impensable sostener cualquier interés por este país africano.

Situada entre Kenia, Somalia y Sudán, y abierta al Mar Rojo, Etiopía vivió un proceso de revolución en 1974. No obstante, de nuevo lo apartado del mundo etiope elimina el atractivo; adentrarse en causas y consecuencias de un movimiento revolucionario ajeno probablemente terminaría en cansancio. Hace falta algo más para despertar una primera curiosidad por Etiopía.

Ryszard Kapuáciuski, reportero polaco, encuentra ese motivo suficientemente sugerente. Según relata en el prólogo a su libro El Emperador, su encuentro con Etiopía se debió a su tarea de periodista. Un mes después de los primeros disparos revolucionarios llegó, en febrero de 1974, a la capital etiope, Addis Abeba. Su misión era cubrir los acontecimientos que vivía en esos momentos el país africano. En un principio la revuelta captó su atención, pero a medida que buscaba las causas de la agitación social, se percató de la existencia de lo que él mismo llama "uno de los mundos perdidos". Su interés por la revolución fue así anulándose, al mismo tiempo que aparecía, deslumbrante, la vida y el mundo monárquico del emperador Haile Selassie.

Una vez decidido a abandonar su primer propósito de escribir un libro sobre la revolución, el escritor polaco se dedicó a indagar los pormenores de la vida palaciega y la manera de gobernar del emperador etiope.

Guiado por Teferra Gebrewold, jefe del Ministerio de Comunicaciones durante el reinado del emperador, Kapuáciñski recorrió las calles de la capital etiope para encontrarse por las noches y en la clandestinidad con quienes habían conocido o tenido acceso al palacio. A través de la transcripción de esas conversaciones, con la particularidad de que el nombre de los interlocutores se mantiene oculto tras una simbología de iniciales, puntos y guiones por temor a represalias, da a conocer las extravagancias, contradicciones y miserias del reinado de Haile Selassie. La labor emprendida por Gebrewold y Kapuáciñski fue, como dice el propio autor, "la de coleccionistas que deseaban recuperar los cuadros condenados a la aniquilación para hacer con ellos la exposición antiguo arte de reinar".

La hora de las delaciones, la hora de los nombramientos, la hora de la caja son algunas de las actividades cotidianas del emperador rescatadas en el libro. En ellas se descubre la costumbre imperial del empleo exclusivo de la comunicación oral, pues de esta forma fácil y astutamente Haile Selassie se ponía al margen de cualquier responsabilidad; "el emperador podía declarar que el funcionario tal o cual le había relatado algo totalmente distinto... y éste no podía defenderse por no existir ninguna prueba por escrito".

De la misma manera sorprende el comportamiento de su corte imperial: todos deseaban ser vistos por el emperador, pero no se buscaba un acercamiento, dado que la más mínima percepción bastaba. Ahora bien, la jerarquía de los allegados al trono se establecía de acuerdo con otros criterios según el número de accesos que el "distinguidísimo señor" les brindaba, pues "es más importante quien obtiene el oído imperial con mayor frecuencia".

Parte singular de la vida en palacio era protagoniza da por quienes tenían un puesto en apariencia insignificante, pero del cual dependía en gran parte la majestuosidad imperial. En el lacayo de la tercera puerta" o en el "colocador de almohada debajo de los pies" se depositaba la armonía de la vida en palacio. Frenar al emperador por no abrir a tiempo la puerta, o permitir que sus pies colgasen al sentarse por no colocar a tiempo la almohada era una afrenta irreparable. A diario se jugaban la vida quienes desempefiaban estas labores. La persona de Haile Selassie no debía provocar ningún menoscabo en su dignidad.

De pronto, durante un viaje del emperador a Brasil uno de sus colaboradores más cercanos, descendiente de una familia leal y noble, merecedor años antes de una beca en los Estados Unidos, organizó un golpe de Estado. German Newiman encabezó el complot, lo acompañaron su hermano, el general Mengistu Newman, jefe de la guardia imperial, y el subcoronel Workenh Gebayehu. Sin embargo, la rebelión, que buscaba transformar las antiguas estructuras del país africano, no prosperó; al poco tiempo el ejército etiope expulsó a los rebeldes, quienes más tarde fueron fusilados o ahorcados, mientras Haile Selassie retornaba triunfante a su país.

Sin embargo, la conspiración afectó en lo profundo al emperador etiope. A partir de entonces, Haile Í Selassie intentó modificar su manera de gobernar, e introdujo nuevas actividades en el quehacer imperial. La hora del desarrollo, la hora internacional y la hora político-militar son algunas de esas acciones peculiares introducidas por el monarca. Inclusive un grupo nuevo de personas, ajeno a la antigua aristocracia gobernante, fue llamado a colaborar; su misión sería construir y planificar el desarrollo etiope.

Haile Selassie dedicó entonces gran parte de su tiempo a inaugurar aeropuertos, puentes, edificios, hospitales; es decir, las obras donde el progreso se materializaba y donde, tal vez, cristalizó su fin.

Sin poder desprenderse de la actividad periodística, Ryszard Kapuácinski investiga finalmente la revolución etiope; aunque el destino de sus averiguaciones permanece vinculado al trono. Quizás se deje de percibir aquí la singularidad M gobierno de Haile Selassie y se penetre en sucesos comunes a cualquier revuelta, pero la desusada personalidad del monarca nunca se extingue y hace de su derrocamiento un hecho igualmente original.

En enero de 1974 un hecho sin importancia aparente provocó un nuevo descontento: el alza de precio de la gasolina marcó el inicio de la revolución. El ejército, en vista de los problemas sociales que a partir de entonces envolvieron al país, decidió tomar el poder y desmontó gradualmente a la antigua elite gobernante. El miedo se posesionó de los antiguos colaboradores del emperador y se temió incluso por la vida de Haile Selassie, aunque el emperador siguió recorriendo sin peligro los pasillos del palacio. El. mito imperial se sobre puso, en un principio, el vigor de las fuerzas armadas. Haile Selassie parecía intocable, al grado de que en medio de todo el ajetreo revolucionario se le permitió instaurar una actividad nueva: la hora de la gimnasia. Por las mañanas y en plena revolución el palacio, obligatoriamente, comenzó a ejercitarse para no perder "la habilidad y flexibilidad".

La vida se mantuvo así durante un tiempo pero llegó, como se esperaba, el momento en el que los nuevos gobernantes tuvieron que enfrentar a la figura imperial. El emperador aparentaba estar perdido, pero contaba con un arma: el respaldo histórico de la tradición. Los etiopes, en general, seguían creyendo en la bondad, generosidad y sabiduría de Haile Selassie; los males los atribuían a sus colaboradores.

Para poder degradar al rey de reyes sin causar un trastorno social, los militares utilizaron con gran sutileza los medios masivos de comunicación. Poco a poco, a través de la prensa y la radio, dejaron entrever a los etiopes los errores cometidos por el emperador. Conforme se mencionaban nombres y hechos la imagen divina de Haile Selassie fue consumiéndose. El emperador abandonado en palacio y sumido ¿n un silencio cada vez más prolongado pudo percatarse de la transformación que sufrió el murmullo de la calle al convertirse en gritos de protesta. Por ventanas y puertas penetraron en el palacio los reclamos "¡ladrón, estafador, devuélvenos nuestro dinero!" fueron las voces diarias que retumbaron en los oídos de Haile Selassie.

Fue entonces cuando el nuevo gobierno cerró para siempre las puertas de la residencia imperial y junto con ellas clausuró la pompa, la vida, el mundo emperador etiope. Haile Selassie sólo sobrevivió unos meses más. El 28 de agosto de 1975 murió en el antiguo palacio de Menelik a causa de una deficiencia circulatoria. Su memoria causará repugnancia a muchos, la miseria a la que sometió al pueblo etiope es imperdonable; sin embargo, como una manifestación más arte de gobernar, sigue siendo capaz de motivar el interés, a pesar de lejanías geográficas y aparentes incompatibilidades.

EDUARDO GARCIA CORREA