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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1987

Alternativas para salir de la crisis


Con el propósito de corregir las deformaciones de la investigación científica en México metrópoli y en México nación se han propuesto y aún puesto en marcha no pocas políticas. A principios de los setenta se funda el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología para promover la obra de los científicos mexicanos. A partir de entonces proliferan, con la ayuda del poderoso, los programas de investigación y las escuelas formadoras de investigadores, y se aplica la técnica japonesa de enviar becados a universidades de los países del primer mundo para cosechar rápidamente buenos científicos. También aumentan los premios para la creación científica, nace vigoroso el Sistema Nacional de investigadores y un número creciente de revistas y libros da a conocer los frutos de cada vez más practicantes de las ciencias físico-matemáticas, biomédicas y humanísticas. Los gastos de CONACYT y SEP para el desarrollo de ciencia y tecnología suben 40% anualmente entre 1976 y 1981.

El único mecenas de la investigación científica ha sido el gobierno emanado --como se dice en los discursos oficiales-- de la Revolución Mexicana. Casi siempre el mecenas oficial es consciente de dónde le aprieta el zapato a la investigación científica de aquí y ahora. En los últimos años se ha vuelto, por añadidura, liberal en el patrocinio de diagnósticos y de planes de reforma. La organización de coloquios organizados por la Secretaría de Programación y Presupuesto, la Secretaría de Educación Pública y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología demuestran el interés de las autoridades en el buen desarrollo de las ciencias humanas en México. En esos coloquios se han propuesto distintas curas para conseguir la salud de la investigación científico-humanística: dotar de suficientes recursos económicos a las instituciones investigadoras, enviar jóvenes investigadores a las universidades de los países del primer mundo, hacer un plan nacional de política científica, desarrollo de grupos institucionales, unir a los distintos mecenas de las labores culturales y descentralizar los institutos encargados del fomento científico. De los múltiples remedios propuestos, sólo trataré del último. Sólo a esta cura, puesta de moda por la calamidad del 19 de septiembre de 1985, se referirá mi ensayo. Acerca de los demás remedios debe consultarse Sísifo y Penélope, una obra muy seria y regocijada del doctor Ruy Pérez Tamayo.

Con el propósito de convertir a México en un país productor de conocimientos científicos y tecnológicos, desde finales de los setenta, la rectoría del Estado ha mirado con buenos Ojos las propuestas encaminadas a sacar del D.F. a los investigadores. En las juntas, de la Asociación Nacional de Universidades y en otros foros, patrocinados por la Secretaría de Educación Pública y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, se ha propuesto una y otra vez la descentralización de la investigación científica como el medio más adecuado para un buen desarrollo intelectual del país. Todas las propuestas coinciden en el diagnóstico, pero no en los métodos a seguir. Algunos proponentes ven la solución en que los institutos universitarios de la capital pongan sucursales en la provincia mexicana. Otros recomiendan dar ayuda económica y académica a los institutos satélites de las universidades de los Estados. Unos terceros proponen la apertura de institutos autónomos de investigación científica en la vasta geografía del país.

Los tres modos de descentralización recomendados han recibido aceptaciones y repudios. La apertura de sucursales de la UNAM, la UAM, el Politécnico y otros institutos metropolitanos de educación superior parece ser la manera más factible y que ofrece mayores garantías (ISSSTE y esas cosas) a los descentralizados. Como quiera, sus oponentes dicen: "Las sucursales acabarán por convertirse pronto en siberias, en campo de destierro para investigadores conflictivos o de poco fuste de las universidades metropolitanas". ¿Quién no usará de esa magnífica ocasión para desparasitarse? Tampoco resulta caro ni dificil poner investigadores, con todo y su torta, en los institutos de investigación existentes en las universidades foráneas. En este caso, se aprovecha una estructura administrativa en funciones. Sin embargo, no falta quien argumente que con tal procedimiento no se consigue enderezar los muy torcidos troncos de la exigua investigación provinciana. Según esta opinión, los que se van de redentores a las universidades extrametropolitanas terminan crucificados. La investigación local aficionada se vuelve iracunda contra las ínfulas de los sabios que envía la metrópoli. Por lo mismo, los dispuestos a disminuirse ante la opinión pública por salir a trabajar fuera de la metrópoli deben hacer sus propios institutos, sus caparazones académicos independientes, aunque tampoco éstos, según los experimentos, aseguran una descentralización sólida y duradera. Toda planta nueva es muy vulnerable en México. Se prefiere la veredita conocida al ancho camino por conocer.

Sin embargo, se han ensayado las tres vías. Todo lo propuesto se ha puesto en práctica. La UNAM y el Politécnico han instalado algunas casas de ciencia y tecnología en diferentes lugares del país. SEP, CONACYT y las instituciones de cultura superior de la capital han contribuido con recursos humanos y económicos a la apertura y consolidación de programas para hacer investigadores e investigaciones científicas en las universidades provincianas. En 1978, la UNAM lanza un ambicioso proyecto de desconcentración; crea estaciones foráneas y sucursales que aspiran a ser permanentes. No todas las aventuras unamitas han levantado cabeza; su lento desarrollo ha sido poco saludable. Varias padecen de los males anunciados. Con todo, aún no es tiempo de opinar. Como dice Ruy Pérez Tamayo, los frutos de las experiencias aludidas no pueden cosecharse de un día para otro. La hechura "de una tradición científica es obra no sólo del talento sino también del tiempo". Aún no se puede decir la última palabra sobre las sucursales de los centros universitarios en provincia o sobre el fomento de institutos dependientes de las universidades provincianas.

Sin embargo, ya se pueden hacer comerciales del tercer modelo de descentralización. Ya hay frutos en el mercado del submodelo consistente en abrir colegios estatales a imagen y semejanza del Colegio de México, pero no dependientes de la matriz. A partir de 1978 se pone en marcha la nueva política, se inicia la experimentación con el submodelo Colmex. A principios de 1979 se abre El Colegio de Michoacán en Zamora. A un trienio de distancia de Colmich, como le decimos al de Michoacán privadamente, brotaron otros cuatro planteles similares al de Zamora. En 1982, arrancan El Colegio de Sonora, El Colegio del Bajío, El Colegio de la Frontera Norte y El Colegio de Jalisco. Enseguida empiezan los sustos acarreados por la crisis que ponen un hasta aquí a la racha de fundaciones, quizá indebidamente por lo que diré enseguida. Me voy a permitir reseñar, en pocas palabras la vida del primer colegio estilo Colmex, la trayectoria de un proyecto de descentralización sin antecedentes en México, pero ya exitoso. Pido mil palabras para referir la fundación y discurso del Colegio de Michoacán.


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