ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1987
* [Nota 116]

Me encontraba en ese momento en la autopista; las últimas noticias de la salud de Foucault habían sido malas, mi mujer me había explicado que los médicos parecían no saber ya qué hacer y que el tratamiento no se correspondía, casi, con el diagnóstico oficial de su enfermedad. De golpe, me vi rebasado por un potente auto, de color verde alegre, de ejes más grandes que la carrocería y con gruesos neumáticos; el auto, de modelo poco común, tenía al frente un ancho parabrisas rectangular que dejaba ver el interior. Al instante en que me rebasaba, reconocí en el conductor a Foucault, que, sorprendido, volteó hacia mi su perfil agudo y me sonrió con sus delgados labios. Inmediatamente apreté el acelerador para alcanzarlo, pero desistí enseguida dándome cuenta de que el esfuerzo era doblemente inútil: el coche verde era demasiado rápido y, sobre todo, no tenía el aspecto de una percepción, sino el perfume de una alucinación. El coche desapareció a lo lejos o dejó de existir, no lo sé. No comprendí que su ancho parabrisas delantero era el de una carroza fúnebre; fue un amigo el que así me lo hizo ver, meses más tarde. En contrapartida, el doble sentido de la alucinación se me aclaró; Foucault se había ido allá donde todos iremos y, en sus libros sobre el amor antiguo, había llegado más lejos que yo.